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Además de la estrategia, para hacer rentable un negocio se necesita entender que, en el fondo, lo más importante siempre es el desarrollo de personas. 

 

José Medina Mora, presidente de CompuSoluciones y expresidente de Coparmex, charló con istmo durante el encuentro «Empresa, Crecimiento e Inclusión» organizado por el IPADE Business School y la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Éste tuvo como intención resaltar que la comunidad empresarial en América Latina tiene un reto de amplio espectro: conseguir que la persona de la Alta Dirección tome un papel protagónico en el desarrollo inclusivo de sus países.

Algunas de estas reflexiones se hicieron a partir de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) en materias de economía y empresa. Desde este enfoque habló el empresario mexicano:

Soy José Medina Mora, empresario de la industria de tecnologías de información, basado en Guadalajara, Jalisco. Vine a este evento en Roma, con el interés de entender un poco más allá de la responsabilidad del empresario.

 

TRANSFORMAR LA SOCIEDAD
El contenido de la doctrina social de la Iglesia no se trata de un cúmulo de conocimiento general, sino que pretende ofrecer una verdadera guía de discernimiento y de comportamiento para la transformación de la sociedad. Sin embargo, como en toda organización y en cualquier comunidad, los auténticos cambios sociales serán efectivos y duraderos sólo si están fundados sobre un cambio decidido de la conducta personal (cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 134).

Estoy convencido de que el cambio en nuestro país va a surgir a partir de las empresas, y para que la empresa cambie, desde luego, el que tiene que cambiar es el empresario. Los cambios para que puedan darse realmente tienen que empezar por la conducta personal, para que entonces a partir de ese ejemplo se dé el cambio en los colaboradores. El proceso de cambio efectivo no puede ser el cambio de alguien aislado. Ahora bien, el primer paso que tenemos que dar es vivir el respeto a la dignidad de la persona, reconocer que todos somos iguales y todos somos seres humanos, aunque cada uno tenemos distintas habilidades y distintas responsabilidades, distintas posiciones en la organización, etcétera. Esta conciencia es el fundamento sólido para lograr que el cambio realmente se implemente.

La Doctrina Social de la Iglesia señala ante todo al amor recíproco entre los hombres como el instrumento más potente de cambio, a nivel personal y social. El amor recíproco, en efecto, en la participación del amor infinito de Dios, es el auténtico fin, histórico y trascendente, de la humanidad (cfr. CDSI, 55).

Se me ocurre ‘traducir’ esta idea del amor recíproco entre los hombres como la ‘unidad’. Para que funcione la empresa necesita marchar en unidad, de modo que pueda conseguir su misión y sus objetivos. También puede entenderse como aquello que conocemos como ‘la regla de oro’: haz a los demás lo que quieras que hagan contigo o no le hagas al otro lo que no te gustaría que te hicieran. Puede funcionar como una traducción muy sencilla y cercana, independientemente de la religión que se siga o de la cultura de la que se provenga y no nada más en la empresa, sino en toda relación entre personas.

 

CUATRO PRINCIPIOS
Los principios permanentes de la Doctrina Social de la Iglesia constituyen los puntos de apoyo de la enseñanza social católica: se trata del principio de la dignidad de la persona humana en el que cualquier otro principio de esta doctrina encuentra fundamento, el principio del bien común, de subsidiaridad y de solidaridad (CDSI, 160).

1. Dignidad humana
El principio de la dignidad humana da fundamento a todo lo demás: una sociedad justa puede ser realizada solamente en el respeto de la dignidad trascendente de la persona. Ésta representa el fin último de la sociedad, que está a ella ordenada (cf. CDSI, 132). Lo mismo ocurre en la empresa: «poner a la persona en el centro es lo que permite el crecimiento. Los empresarios deben orientar su actividad al desarrollo personal de sus colaboradores. Nuestra función como empresarios o directores va mucho más allá de la generación de empleo y de la riqueza que trae el crecimiento económico, y tiene que ver con la formación de personas. Tenemos una grave responsabilidad con los colaboradores, mientras trabajan en la empresa, en su formación integral, en el aspecto intelectual, pero también en el social, en el físico y en el espiritual. De tal manera que, en esas cuatro esferas, podamos formar personas de bien que, el día que ya no estén en la empresa, independientemente de qué actividad estén desarrollando, sean mejores personas».

 

2. Bien común
El principio del bien común puede considerarse como la dimensión social y comunitaria del bien moral (CDSI, 164). La persona no puede encontrar realización sólo en sí misma, es decir, prescindir de su ser «con» y «para» los demás. Esta verdad le impone no una simple convivencia en los diversos niveles de la vida social y relacional, sino también la búsqueda incesante, de manera práctica y no sólo ideal, del bien, es decir, del sentido y de la verdad que se encuentran en las formas de vida social existentes (CDSI, 165).

El bien común afecta a la vida de todos. Exige la prudencia por parte de cada uno, y más aún por la de aquellos que ejercen la autoridad. El bien común comporta tres elementos esenciales: en primer lugar, el respeto a la persona en cuanto tal; en segundo lugar, exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo; implica, finalmente, la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo. En palabras de José Medina Mora:

Cuando pensamos que el objetivo de la empresa no es la generación de utilidades, sino el desarrollo personal de los colaboradores y que esas utilidades son una consecuencia de hacer bien el trabajo: dar un excelente servicio a los clientes, desarrollar al mismo personal, generar una cultura de principios y valores, cumplir con las obligaciones fiscales y legales que tenemos como empresa; podemos aplicarnos en este desarrollo del personal de distintas maneras. Una propuesta concreta es el pensar en cada persona: ¿qué es lo que necesita? Para lo cual necesitamos saber cuál es su situación real; estar cerca.

A veces pensamos en que queremos resolver los problemas que existen en el país o en el mundo, que queremos impulsar el bien común; pero debemos y podemos empezar en casa, es decir, empezar en la empresa a disminuir la pobreza educativa, la pobreza patrimonial, la pobreza de salud con nuestros propios colaboradores, y esto sería una manera de aterrizar cómo lograr este desarrollo inclusivo dentro y desde las organizaciones.

 

3. Subsidiariedad
La Doctrina Social propone el principio de subsidiariedad. La experiencia constata que la negación de la subsidiaridad limita, y a veces también anula, el espíritu de libertad y de iniciativa (cfr. CDSI, 187). «Al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por las lógicas burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos» (Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 48). El empresario Medina Mora afirma:

Digamos que, en el mismo desarrollo de la gente, parte del reto es que ellos puedan, de alguna manera, replicarlo. Dentro de la empresa, al facilitador le instruimos para que parte de su labor sea, precisamente, el desarrollo del personal que tienen a su cargo, de tal manera que esto pueda multiplicarse. La formación no es nada más para el director que la recibe, sino que, a su vez, la tiene que aplicar a la hora de capacitar y de formar a otras personas. Por eso, dentro de la empresa, le llamamos facilitador y no supervisor: el supervisor es el que, desde arriba, ve cómo se deben de hacer las cosas, el que ordena; el facilitador es el que impulsa para que la gente haga la labor que tiene que hacer mientras se desarrolla como persona.

Es un deber de todos los miembros de la comunidad: ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades, en el desarrollo de los mismos miembros de la organización.

4. Solidaridad
El término «solidaridad» expresa en síntesis la exigencia de reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos. El compromiso en esta dirección se traduce en la aportación positiva que nunca debe faltar a la causa común, en la búsqueda de los puntos de posible entendimiento incluso allí donde prevalece una lógica de separación y fragmentación, en la disposición para gastarse por el bien del otro, superando cualquier forma de individualismo y particularismo (cfr. CDSI, 194).

El principio de solidaridad implica que cultivemos la conciencia de la deuda que tenemos con la sociedad en la cual estamos insertos. (cfr. CDSI, 195).

El tema de la solidaridad entra muy bien en lo que en la cultura empresarial llamamos la responsabilidad social empresarial; tema que puede atenderse desde cuatro pilares, donde el primero es la actuación ética; el segundo, poner a la persona en el centro de las organizaciones; el tercero, el cuidado del medio ambiente; el cuarto pilar es precisamente la vinculación con la comunidad, que es donde empata con la solidaridad. Es decir, dado que la responsabilidad que tenemos como empresarios va mucho más allá de nuestra empresa: invita a levantar la mirada, ver la realidad de nuestros hermanos y ver cómo puedo yo ayudar. Hay como un concepto muy sólido que lo materializa: compartir. Me parece que es ahí donde la solidaridad aterriza, se concreta. No importa si tienes mucho o poco, comparte algo de lo que tienes. 

En distintos lugares he platicado una anécdota que me pasó y que me hizo palpar la importancia de compartir. Lorena Ochoa, que llegó a ser la golfista no. 1 del mundo, se comprometió a cambiarle la vida a los niños de San Cristóbal de la Barranca, a las afueras de Guadalajara. Una zona muy pobre y muy insegura. Cuando nos invitó a conocer la obra, era una mañana fría de invierno y en Guadalajara puede llegar a hacer mucho frío. Me recibió un chavo con playera de manga corta. Yo llevaba suéter, pero de verlo, me daba frío. Después de un rato me decidí a quitarme el suéter y regalárselo. Este chavo me dijo dos cosas: la primera, ‘gracias’; pero la que me impactó fue la segunda, porque me dijo: «ahora yo le puedo regalar mi suéter a alguien más, porque siempre hay alguien más amolado que uno». ¡Este tipo tiene un suéter y cuando le regalen el segundo piensa a quién dar el primero! ¡Esa es la solidaridad! 

Ante la realidad de pobreza y desigualdad que vivimos en el país, si estamos esperando que el gobierno con sus programas sociales lo resuelvan, nunca va a ocurrir. Esto lo tenemos que resolver a partir de las personas, a partir de la empresa, a partir de ser solidarios. No necesitamos tener mucho, simplemente con que compartas algo de lo que tengas con los demás, vamos a ir resolviendo esta desigualdad.

Platicando esa anécdota en la empresa a un comité de voluntariado, les movió mucho la historia y entonces promovieron una iniciativa que se llama: «Abre tu clóset», que consiste en donar algo de lo que tenemos, pero lo más importante es encontrar quien lo necesita y dárselo. No se trata de desechar, sino más bien es compartir. Eso le da vida y desarrolla la solidaridad.

 

Algunas ideas para compartir

Un mensaje a los empresarios y a los directores: insistir en que nuestra función y nuestra misión va mucho más allá de la generación de empleo y del desarrollo económico, y tiene que ver con la formación de personas. Es decir, la persona en el centro de la empresa es lo que permite el crecimiento. Si la persona crece, a partir de la capacitación que le damos, va a ayudar a crecer a la empresa.

Un mensaje a las escuelas de dirección es que necesitamos formar empresarios en principios y valores. Independientemente de la estrategia del negocio para hacerlo rentable, necesitamos esta formación para entender que estamos desarrollando personas. Personas para bien. En la medida que las escuelas de negocios incluyan también esta formación en valores, lograremos tener mejores empresarios, con lo cual, tendremos mejores empresas y, así, podremos incidir en un mejor país y en un mejor mundo.

Un mensaje para los jóvenes: que sepan que sí podemos tener un país sin corrupción, que sí podemos tener un mundo sin corrupción. Pero que, para esto, se requiere paciencia, se requiere perseverancia y se requiere también optimismo de que lo vamos a lograr. Es algo que tenemos que ir haciendo poco a poco.

El mundo nos presenta una serie de retos extraordinarios. Se puede construir el desarrollo con principios y valores, entre otros temas, para poder tener este desarrollo erradicando la corrupción, disminuyendo la pobreza y, claro, ofreciendo esta posibilidad de desarrollo inclusivo para todos, dentro de las organizaciones. 

Una mención especial para incluir a las minorías: a las mujeres, a las personas con alguna discapacidad, a las personas en condiciones de pobreza, si les damos la oportunidad, se podrán desarrollar bien dentro de las empresas y, así, lograr también un mejor desarrollo.

Puesto que en el rostro de cada hombre resplandece algo de la gloria de Dios, la dignidad de todo hombre ante Dios es el fundamento de la dignidad del hombre ante los demás hombres. Esto es, además, el fundamento último de la radical igualdad y fraternidad entre los hombres, independientemente de su raza, nación, sexo, origen, cultura y clase (CDSI, 144).