LETRA DE TIERRA

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LETRA DE TIERRA


Un suspiro poblado de fantasmas mujeres-sombras con rebozos  ahogando sus espaldas: pueblos que  viven desmayos ocres, . Esa es la huella de Juan Rulfo −obra que requiere amplia formación y madurez intelectual para se apreciada−; clave para descubrir el quehacer de nuestra literatura latinoamericana.
Sergio Oscar Figueroa Licea
Pedro Páramo de Juan Rulfo. Sólo  con esa novela −de apenas 150 páginas− la escritura mexicana alcanzó su cota más alta, y México otorgó al arte universal una de sus mejores fábulas.
Hasta 1945, Rulfo escribió y destruyó todo lo que escribía; y fue en ese año que comenzaron a aparecer espaciadamente sus cuentos «La vida no es muy seria en sus cosas»,  «Nos han dado la tierra» y  «Macario» que, años más tarde, se reunirían en un único volumen de narrativa breve: El llano en llamas (1953). En 1955 salió a la luz la obra Pedro Páramo, y después de ella, Rulfo se sometió a un largo silencio que duraría hasta la muerte. Esto sin embargo, no ha disminuido la importancia de su obra; al contrario, ha sido una prueba de fuego de la que sale airosa para quedarse en la mejor literatura de nuestro siglo.
El mundo narrativo de Rulfo, es un mundo rural. Heredero de una tradición casi documental −la novela de la revolución mexicana−  Rulfo logró que toda su obra expresara la realidad social de los campesinos de Jalisco, pero sobre todo, su propia vivencia. Su originalidad consiste en haber evitado desde el comienzo los cánones vulgares del realismo.
Arrancado de su natal Jalisco (Sayula, 16 de mayo de 1918), y al abandonar Apulco, donde creció, se sintió extraño en la capital a la que se había trasladado por necesidades de estudio y trabajo. Intentó, de algún modo, rendir cuentas de su desacomodo en «El hijo del desaliento» y en «La vida no es muy seria en sus cosas», relato destinado también a explotar la angustia y los conflictos del hombre en la gran ciudad.
Los libros  de Rulfo –Pedro Páramo y El llano en llamas- fueron y siguen siendo un acontecimiento valiosísimo para nuestro país, porque además del nivel óptimo de acabado literario, sobre todo, Rulfo demostró que en México y en Latinoamérica se podían escribir ya obras maestras; nuestra literatura empezaba a hallarse en un plano de igualdad ante los escritores más relevantes de cualquier parte del mundo.
Que «La vida no es muy seria en sus cosas., según reza el título del primero de los cuentos publicados por Rulfo (revista América, junio de 1945), es una convicción que parece extenderse por toda su narrativa como un lema subterráneo.
Aunque la crítica parece no haberlo advertido, Rulfo no ha perdido el sentido del humor. El humorismo de Rulfo es a menudo el de sus personaje narradores, con sus retruécanos cargados de intención, como cuando, al anochecer, un grupo de peones comenta la muerte de Miguel Páramo:
−A mí me dolió mucho ese muerto- dijo  Terencio Lubianes−, todavía traigo adoloridos los hombros». El humorismo de Rulfo no busca distraernos: es un reconocimiento de la plena humanidad de sus personajes; un recurso que el permite explorar la condición humana desde una perspectiva diferente, equilibrar la tensión del relato, queda a salvo de patetismo.
Sobre tierra yerma
El referente histórico −real−, es ante todo, la época en que el autor ambienta sus relatos. Existe un periodo preciso en perfecta pero disimulada relación con los demás. Ese espacio es el de la rebelión cristera (1926-1928), durante la gestión presidencial de Calles, cuando la revolución que parece haber terminado para iniciar un tiempo de afirmación institucional, inicia un nuevo período armado. Rulfo había sido testigo sólo de una parte de esa etapa, particularmente violenta, cuando tenía menos de diez años de edad. Por eso la recuerda y relaciona con su vida, como la recordará y relacionará con su arte.
Pero la violencia de una realidad de armas, explicable por el mismo hecho de la revuelta y expresada a menudo con inusitada plasticidad −como en el episodio de Pedro Zamora y su juego «al toro» con las víctimas de El llano en Ilamas− es una violencia consustancial a los personajes de Rulfo, como una semilla secreta que cada uno guarda y que súbitamente germina. Los cuentos de Rulfo son imágenes de esa violencia soterrada y su sistema narrativo consiste precisamente en desarrollarla en un entramado original de historias, haciéndola cargar como una especie de cruz sobre cada uno de sus protagonistas Paciencia y espera infinitas. Dos rasgos de la personalidad de Rulfo, que a veces se truecan en fatalidad.
La fatalidad enseñoreada de la atmósfera de «Luvina», o la que marca la penosa condición social de los personajes en «Nos han quitado la tierra». En los cuentos de Rulfo los personajes transitan, se mueven sobre una tierra yerma. Es el viaje al no se sabe dónde, que al llegar a Luvina, por ejemplo, provoca la pregunta atónita del personaje a su mujer. ¿En qué país estamos  Agripina? … ¿Qué país es éste, Agripina?
Rulfo no es precisamente un renovador, sino al contrario, es el más sutil de los tradicionalistas. Pero justamente en eso está su fuerza. Escribe lo que conote y siente, con la sencilla pasión del hombre de la tierra en contacto inmediato y profundo con las cosas elementales: amor, muerte, esperanza, hambre, violencia. Con él, la literatura regional pierde su militancia panfletaria, su folklore. En Rulfo la crónica se trueca en interpretación. 0, si se quiere un término menos intelectual, en imagen. Y no puede haber una ha gen completa sino de algo que históricamente ha concluido.
Acción desnuda
La intención primordial de Rulfo es dejar a un lado el sentimentalismo para ahondar más en la angustia esencial del hombre, en su condición primigenia y requiere hacerlo sin caer en generalizaciones, sin dejar arrastrar hacia la consideración de un inexistente hombre metafísico, sino a partir de seres humanos arraigados  en la tierra y en el tiempo.
Por otra parte, Rulfo se esforzó por dejar que esa profunda  angustia existencial se manifestara por las palabras mismas de los personajes, por su acción desnuda, sin necesidad de intervenciones «aclaratorias » del autor.
No tendría sentido hablar en particular de cada uno de los cuentos, pues con eso el lector se vería privado de ese elemento de sorpresa, de descubrimiento, que implica su lectura. No en el sentido de desenlace inesperado, pues no es ésa la técnica más socorrida por Rulfo; sorpresa en un sentido más alto, el del paulatino ir adentrándose en un mundo misterioso y sobrecogedor, violento, tierno y elemental.
Fuera de «El hombre donde hay tres planos distintos de narración, los cuentos de Rulfo carecen  de complicaciones graves para el lector, no obstante la enorme riqueza de recursos técnicos que el autor despliega en ellos, lo cual es doblemente admirable. No así Pedro Páramo, de la que el propio Rulfo declaró, en una plática con Joseph Sommers:
«También para mí, en realidad, es oscura. Creo que no es una novela de lectura fácil. Sobre todo intenté sugerir ciertos aspectos, no darlos. Quise cerrar los capítulos de una manera total.  Se trata de una novela donde el personaje central es el pueblo  Hay que notar que algunos críticos toman como personaje central a Pedro Páramo. En realidad es el pueblo.  donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto. No hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen ni tiempo ni espacio. Así como aparecen se desvanecen.  Y dentro de este confuso mundo, los únicos que regresan a la tierra (es una creencia popular) son las ánimas, las ánimas de aquellos muertos que murieron en pecado. Y como era un pueblo en que casi todos morían en pecado, pues regresaban en su mayor parte. Habitaban nuevamente el pueblo, pero como ánimas, no como seres vivos».
Es útil recordar esta advertencia cuando se inicia la lectura de Pedro Páramo, y no olvidarla cuando vuelve a leerse, pues ésta es una novela para ser releída. Sólo de esta manera, en lecturas sucesivas, es posible descubrir los diversos planos de la narración, el ir estableciendo el sutil universo de interrelaciones que dan a su estructura, a primera vista caótica, una bien trabada armazón, una perfección deslumbrante.
Sutil y magistral
En el ambiente  físico de los cuentos de Rulfo se palpa la infertilidad de la tierra, la pobreza absoluta de los personajes, un vagar  constante hacia nadie sabe donde, y la existencia de pueblos  que, si antes tuvieron épocas de prosperidad (Comala, en Pedro Páramo, sería el mejor exponente) , en el «ahora» del relato son pueblos fantasmas habitados por fúnebres mujeres de rebozos negros o por viejos, o por viejos que ya no pueden trabajar y sólo rumian la desesperanza hasta que llegue la hora de morir.  Pueblos habitados también por ánimas en pena, convertidos  en una imagen secular del purgatorio.
El tremendismo, al que Rulfo peligra caer constantemente dada la bárbara acción de sus personajes, desaparece gracias a un sutil y magistral estilo de narración que está tan lejos del regodeo en la violencia como del mentir, por el querer suavizar, la dura vida del campo mexicano .
Tomando en cuenta todas sus obras, Juan Rulfo publicó diecinueve cuentos, un par de textos para cine y una novela. Difícilmente podrá hallarse un caso semejante en que fama tan grande se encuentre cimentada sobre obra tan breve y sobre tan displicente actitud del autor para con su trabajo.

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