¡Estamos en Guerra! Manejo de la opíníón pública en Méxíco durante la Segunda Guerra Mundíal

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P ara México, como para muchos otros pueblos no salpicados por la sangre ni chamuscados or los lanzallamas, las guerras mundiales han sido experiencias vicarias, delegadas en los medios de comunicación colectiva. De allí la importancia de su control y el adecuado manejo de la opinión pública. A cincuenta años de la entrada de México en la segunda guerra mundial, el período 1942-1945 presenta sorprendentes faceta para los investigadores de las ciencias sociales, y, de manera especial, para los interesados en cuestiones comunicativas.
Nuestro país se convirtió en un fascinante laboratorio de propaganda para las potencias extranjeras y, en menor escala, para el gobierno nlexicano.
La controvertida ambigüedad del concepto de propaganda, y su cada vez más notable confusión con el de publicidad, exige partir de una definición, que en mi caso, es <<el intento
sistemático y deliberado de moldear las percepciones, valoraciones, conocimientos y conductas para lograr respuestas que facilitan los intentos de quienes manejan esa coniunicación persuasiva». Conviene enfatizar un aspecto: la propaganda más eficaz es la que forma actitudes, la creadora de categorías de interpretación y/o valoración que persistirán como conductas durante largos años. En resumen, la que <<educa>> al público. Desde otro ángulo, si esa propaganda se inserta en las instituciones culturales de una país, se garantiza una influencia permanente sobre su opinión pública. De allí los esfuerzos que en tiempos de guerra han realizado los propagandistas extranjeros por establecer bibliotecas públicas, financia empresas de comunicación, promover giras en el extranjero, etcétera. En algunos de estos casos, México ha servido como ~conejillo de Indias».
Capítulos decisivos
La planeación, implemenración y resultados de las acciones de comunicación colectiva que, ya desde la primera guerra, realizaron en nuestro país los propagandistas extranjeros,
constituyen capítulos decisivos para la historia de los medios en México. Capítulos clave para entender situaciones que actualmente vivimos o padecemos. Al tratarse de campañas de información persuasiva conlplejas y ambiciosas, emprendidas en muy corto plazo, representan, además, un riquísimo filón de ejemplos y conclusiones prácticas sobre las funciones y disfunciones de la ciencia de la coniunicación aplicada a nuestras singulares características nacionales. Los estudios de propaganda realizados durante la segunda guerra mundial marcan, de hecho, el inicio de la comunicología moderna. Es verdad que entre 1914 y 1918 se dieron ya avances impresionantes, pero estaban aún poco integrados a las bases psicológicas y sociológicas que surgieron en el período de entreguerras. La vorágine del primer conflicto mundial obligó a desarrollar empírica, aunque eficazmente, la propaganda. Al término de la guerra aparecieron numerosos ensayos y libros que hicieron reflexionar sobre las técnicas y alcances del fenómeno. En la Unión Soviética la propaganda fue integrada al aparato estatal. El fascismo alemán la desarrolló luego maquiavélicamente aprovechando la cinematografía sonora y la radiodifusión. Desde Berlín, las radiodifusoras se transformaron en potentísimos ventiladores ideológicos cuyas ráfagas llegaban hasta América Latina.
Las guerras -en tanto períodos de gran aceleración informativa-, han servido como catalizadoras para el mejoramiento y modernización de los sistemas comunicativos. Las ocultas actividades de los propagandistas también influyen poderosamente. En México, a cambio de la adhesión a sus causas, otorgan a los diarios mexicanos, ya desde 1914, muchas facilidades para modernizar sus servicios cablegráficos. Es célebre, por ejemplo, la pugna sostenida entre el diario El Universal, financiado por los norteamericanos, y El Demócrata, por los alemanes. Ayudas semejantes se realizarán 25 años más tarde en todos los instrumentos de comunicación colectiva disponibles.
Vaivenes de la desconfianza

En ambas guerras mundiales, un aniplio sector de la opinión pública en México simpatizó con los germanos, hecho explicable, en parte, por reacción a la invasión norteamericana
al puerto de Veracruz, la expedición punitiva del general Pershing, y las represalias con motivo de la expropiación petrolera de 1938. La extendida actitud germanófila
en México al principio de la segunda guerra mundial, constituye, indudablemente, uno de los hechos de opinión pública más interesantes durante el conflicto. Este fenómeno, intentó ser medido por el gobierno mexicano en 1940, pero, temiendo exacerbar el antiyanquismo, el Presidente Cárdenas se opuso. Académicamente, tal decisión impidió realizar análisis prospectivos de la evolución actitudinal hacia los contendientes y el conflicto. Lo importante, sin embargo, es que, en ambas guerras, el principal objetivo de los Estados Unidos respecto a los mexicanos fue intentar invertir esas actitudes. Un cambio de 180 grados sumamente difícil especialmente en períodos breves de tiempo. Si bien existen elementos para considerar el éxito de estas campañas, resulta difícil determinar su extensión y profundidad.
Aunque sólo por unos instantes, vale la pena señalar que en ambas guerras mundiales, pero sobre todo en la segunda, la propaganda norteamericana realizó -a golpe de dólares- una campaña notablemente más intensa y eficaz que la del gobierno mexicano. Y no sólo eso. En diversas ocasiones, materiales que parecían provenir de las dependencias nacionales, como programas de radio internacionales, estaban realizados y financiados por los vecinos del norte. En cualquier caso, de momento, lo que interesa destacar es que -con la evolución de la guerra- la propaganda alemana fue eliminada, y prevalecieron en el país dos grandes frentes de conlunicación: el de los Estados Unidos y el del gobierno mexicano.
En relación con la propaganda nacional, los años de la segunda guerra mundial están n~arcados por objetivos comunicativos no sólo muy variados y distintos, sino repentinamente fijados por el incierto desarrollo del conflicto. Si hasta el inicio de las hostilidades, la guerra había sido simplemente una importante información internacional, al arrancar 1940 se presenta como una magnífica oportunidad para el crecinliento económico del país y, sobre todo, como una gran excusa para recomponer la resquebrajada unidad nacional.
En 1941 la propaganda enfatiza que la guerra es una inminente amenaza para el país y justifica, como puede, el establecimiento del Servicio Militar
Nacional y el acercamiento con los Estados Unidos. Con el hundimiento del Potrero del Llano, y la consecuente entrada de México en el conflicto, la propaganda pretende dos objetivos difíciles de conciliar: mostrar los peligros reales del compromiso bélico y, simultáneamente, convencer al desconfiado pueblo mexicano de que no sufrirá derramamiento sanguíneo. Una vez que se avizora la victoria de las naciones unidas, la temática cambia nuevamente. México sí debe participar en la contienda, pues será beneficioso en la posguerra, pero lo hará sólo con un escuadrón aéreo, el 201, formado por 300 valerosos pilotos. En el frente interno, además, debe continuar otra «guerra», contra un enemigo
más poderoso que las balas: el analfabetismo. Cri-Cri no podía resumirlo mejor: «que tengan toditos los niños sus libros abiertos, ha sido la
orden que dio el General*.
Con bandazos tan bruscos, con períodos de tiempo tan breves entre los diversos contenidos de una y otra campaña, con una estructura comunicativa limitada y, sobre todo, con una enorme población analfabeta, es difícil evitar la sospecha de que para las masas, la guerra haya sido un fenómeno bastante complejo de asimilar.

La radio internacional: ruido en el aire
Dentro de las numerosas peculiaridades comunicativas originadas con la segunda guerra mundial, destaca la intromisión extranjera en la opinión pública nacional, particularmente a través de la radio de onda corta, íntimamente  ligada a la tarea diplomática. Tradicionalmente -y la tradición databa de vanos siglos la diplomacia se realizaba de acuerdo con ciertas reglas fijas, una era que los gobiernos es tablecían comunicación únicamente entre sí. Al término de la primera guerra mundial, apenas iniciada la década de los veinte, la radio de onda corta cambió la conducta y la naturaleza misma de las relaciones internacionales. «Desde entonces, -señala Robert W. Akers (‘)- los gobiernos comenzaron a dirigirse ellos mismos a las gentes de otros países, en el lenguaje de esos países, y sin consultar a los gobiernos involucrados». Era una incursión que, sorteando obstáculos geográficos y barreras aduanales penetraba impunemente desafiando a las legislaciones de aquellos países que, como México, habían impuesto severas cortapisas a la influencia extranjera a través de la radio e, incluso, a las radiodifusoras del país, en un intento por conservar el poder y por impulsar sus valores nacionalistas. Desde que a finales de los años treinta empezaron a avizorarse los primeros nubarrones de guerra, la radio alemana de onda corta se potenció extraordinariamente desde el Ministerio de Propaganda de José Goebbels. En México, sin embargo, su influencia fue muy limitada y, por ello, los propagandistas intentaron colocar ese material directamente en la banda estándar a través de sus embajadas y legaciones. La incursión se transformó durante la segunda guerra mundial en una franca intrusión, con consecuencias que trasminaron a las estructuras de las radiodifusoras afectando sus políticas de programación, sus presupuestos y posturas ideológicas. Resultado de todo ello fue un extraordinario impacto en la
opinión pública cuyos sentimientos, actitudes y conductas sufrieron notables alteraciones.
Los siguientes elementos resumen sucintamente los principales fenómenos derivados de la incursión e intrusión de los propagandistas extranjeros en la radio mexicana durante
la segunda guerra. A través de sus embajadas y legaciones, los gobiernos extranjeros: l) se dirigieron ellos mismos mediante emisiones de onda corta directamente a los mexicanos; 2) lo hicieron en castellano; 3) contrataron también a comunicadores nacionales de alta credibilidad para que, actuando como testaferros y a espaldas de la opinión pública, les sirvieran como portavoces; 4) ajustaron la puntería de sus mensajes mediante estudios sin precedente en México de psicología social, de medición de medios comunicativos y audiencias, de impacto de los mensajes tanto en zonas urbanas como rurales, etcétera; 5) lo realizaron sin intnferencia por parte del gobierno; 6) obtuvieron el apoyo de empresas y agencias de publicidad trasnacionales que, colaborando con sus gobiernos, añadieron a sus fines comerciales los de propaganda; 7 )a ctuaron en conniz~enciac on los empresalios nacionales de la comunicación algunos de los cuales fueron convencidos mediante amenazas o cohecho; 8) tomaron decisiones que
afectaron la libre competencia entre los distintos medios; 9) en el caso de los norteamericanos, buscaron, y en algunos casos lo lograron, la asimilación -de estilos y confenidos- de la radio mexicana a la de su pak; 10) sus fines políticos trascendienm la época y circunstancias de la guerra, preparando el terreno para la posguerra.
Censura

No es posible hablar de la opinión pública en un país durante un período de guerra de la misma manera que durante uno de paz. La razón es muy simple: en el pi-iniei-o se
endurece la censura al grado que se procuran eliminar todas las informaciones del enemigo . Sin acceso libre a la información, tenemos que hablar de opiniones impuestas al público, pero no de diversas opiniones del público, dentro de las cuales destaque alguna más general. Pero pecaría de ingenuo quien esperara que la censura y la desinformación
estuvieran ausentes en una situación como la de la guerra mundial, o la más reciente del Golfo Pérsico. De ésta, hoy sabemos que muchas informaciones que posteriormente
resultaron falsas (como el supuesto desembarco masivo de las tropas multinacionales en las playas de Kuwait) fueron intencionalmente «filtradas» para desconcertar a los
iraquíes. También en este aspecto sobran ejemplos de desinformaciones durante la segunda guerra en los escenarios de batalla y en países como el nuestro. Temerosa de las represalias, la prensa mexicana publicaba noticias que en ocasiones lindaban en la parodia. Las informaciones contrarias a la causa aliada se distorsionaban u omitían. Hubo un diario que, por ejemplo, para no decir que las tropas aliadas se retiraban de Noruega y se disponían a reembarcarse derrotadas hacia la Gran Bretaña, publicó el siguiente encabezado: <<Los Aliados Avanzan Hacia el Mar».
Control total

Respecto al manejo de la opinión pública en México, habría que señalar que, en efecto, entre 1940 y 1945 hubo un «manejo», en el sentido de <<manipulaciónq~u, e implicó el uso de todos los medios de comunicación y numerosos activos de las potencias extranjeras en nuestro país. Si bien la radio fue el medio que  con mayor persistencia machacó las consignas patrióticas y bélicas, el Gobierno recurrió a todos los instrumentos de difusión masiva. La propaganda tapizó de consignas los muros de las ciudades y los escaparates comerciales. Se esparcieron numerosos ve lantes desde aviones. Se martilleó al pueblo con exhortaciones y consignas realizadas, en su mayoría, con muy es casa idea de comunicología. El cine proyectaba cintas como Mexicanos al pito de guen-a, Soy puro mexicano, Epionaje en el Golfo cuyas dosis de nacionalismo culminaban interpretándose en la sala el himno nacional. En los periódicos aparecían recuadros con consignas de apoyo. Algunas viñetas representaban en sus faenas a campesinos, obreros, pescadores, etcétera,
a los cuales se exhortaba con frases como «La victoria de México depende de la producción de campos y talleres». Surgieron corridos como el de ‘<la guerra», el de «Pearl Harbor y el del <201>.
En las actividades de propaganda libradas en México durante la segunda guerra intervino, junto con los funcionarios de las embajadas o legaciones, un ejército de civiles pertenecientes a las colonias alemana, francesa, inglesa, japonesa y norteamericana establecidos en el país. Actuaron también, y muy eficazmente, las empresas multinacionales de esos países, que no sólo mezclaron en sus campañas la publicidad y la propaganda, sino que de muy diversas maneras chantajearon a los dueños de los medios de comunicación colectiva para alinearse a sus causas. Se usaron también los canales de comunicación organizacional para realizar propaganda. Las agencias de publicidad norteamericanas establecidas en el país durante esa época, jugaron un papel relevante, pues en sus manos quedó el manejo de los contratos con los medios y, más importante aún, la producción de los principales programas radiofónicos durante la época. Respecto al manejo de los medios, es también Estados Unidos quien más interviene, pues además de la hacia los medios y sus efectos, cuya investigación en prensa y cine, fue abundhtísima y provista de datos iienos de significado. En lo relativo a radio, en 1943 el Departamento de Estado patrocina y realiza -a través de  prestanombres- la primera encuesta nacional sobre preferencias radiofóc nicas en México, de una gran trascendencia para la historia de este medio.
Como he señalado anteriormente, el período de la guerra marca el comienzo de la comunicología en México con lo realizado por los norteamericanos. Veamos, a continuación, algunas aplicaciones prácticas relativas al manejo de imágenes, a decisiones de contenido, a recursos retóricos y, también, a efectos contraproducentes en la comunicación.
Fabricantes de Imágenes
Como ha podido evidenciarse en Vietnam y ahora en el Golfo Pérsico, en la época moderna la batalla de los medios es parte fundamental de los elementos de la guerra. Esto incluso para naciones, como México, fuera de los escenarios bélicos, a las que han llegado versiones «de segunda mano>>. Las virtualidades de cada medio se han conjugado para dar como resultado amalgamas conceptuales entre el mundo mítico y el real; entre lo emotivo y lo racional. Hija natural de tan bizarro matrimonio, es la imagen: causa y efecto de las actitudes, las valoraciones, y, desde luego, las conductas. «Ahora que el hombre ha prolongado su sistema nervioso por medio de la tecnología -señala Marshall McLuhan-, el campo de la batalla tanto de la guerra como de los negocios, ha pasado a la formación y destrucción mental de imágenes>>. Esta lucha por el control en la formación y la destrucción de imágenes ha sido el hilo conductor de los esfuerzos de propaganda desarrollados en México durante y a partir de la segunda guerra mundial. Gracias al desarrollo de la comunicación persuasiva como disciplina científica en el período de entreguerras, abundantes esfuerzos de investigación intervinieron en el proceso de fabricación de imágenes y no menos en los de distribución y medición de sus efectos. Como señala Dominique Wolton, una de las más grandes paradojas del conflicto del Golfo Pérsico es que, siendo la esencia de toda guerra la presencia de la muerte, precisamente este tipo de imágenes hayan sido las más excluidas por la censura. Como las imágenes trascienden las convenciones de tiempo y espacio, muchas de las maniobras Ilevadas a cabo por los propagandistas en México entre 1940 y 1945, estaban destinadas a ser aprovechadas en la posguerra. Los norteamericanos buscaban despojar a Europa del mercado latinoamericano y, por ello, una de las políticas de propaganda fue destacar aquellas imágenes que presentaran industrias europeas en Ilamas y maquinaria destruida para disipar cualquier esperanza de tratos a mediano plazo de los empresarios latinoamericanos con sus homólogos europeos.
Complejo por naturaleza, el manejo de imágenes implica un cuidadoso estudio de las ideas que conducirán la psicología de las masas. En el contenido de la propaganda oficial destaca sobre todo el énfasis que se puso en la valentía del mexicano. Junto con este aspecto, veremos a continuación dos técnicas muy eficaces para el manejo de la opinión pública: el aprovechamiento de los «mártires», y la creación de mitos y leyendas.
El machismo mexicano

Desde siempre -los sucesos en torno a la «Tormenta del desierto» no fueron la excepción-, una de las piedras angulares de las campañas de propaganda bélica ha sido «por qué luchamos»: la justificación ante el propio pueblo y ante el mundo, de los motivos de una decisión tan dolorosa y radical como una guerra. Hace 50 años, el gobierno mexicano
se hizo la misma pregunta. ¿Cómo explicar una guerra tan compleja y ajena a un pueblo receloso y mayoritariamente analfabeta como era el mexicano? ¿Cómo involucrarlos? ¿Qué podía aportar en un escenario donde ya imponían las reglas de juego los sofisticados armamentos a base de portaaviones, radares, submarinos, etcétera? La respuesta no era fácil, pero algún valor había que inyectar en la propaganda nacional para unificar su temática y justificar la presencia del país en la contienda. El resultado fue el machismo. El cine mexicano, resuelve, a su manera, la incomprensibilitiad de la guerra adaptándola a las categorías mentales de su auditorio, y diluye, idealiza o pervierte la verdadera dimensión del conflicto. Como en cualquier película de charros cantores, todo se resuelve con un poco de tequila, balazos, canciones y amoríos.
En el estereotipo del charro -sombrerudo, bragado, bigotón, rápido con la pistola, hábil con el caballo y con la soga, pero sobre todo muy macho- el gobierno apoya su propaganda para infundir confianza y orgullo a una población que ignora la cruel realidad de una guerra moderna. Acusando muy poco sentido de responsabilidad, algunos volantes, corno el que recoge el *Corrido de la guerra» describen el campo de batalla como un picadero charro donde cual toros bravos los tanques nazis pueden lazarse. Ignoran, desde luego, que en 1939 una división de esos tanques convirtió en un revoltijo de vísceras a toda una división de caballería polaca que en un acto de heroísmo tan sobrecogedor como inútil quiso frenar con sus corceles y lanzas la arrolladora fuerza acorazada nazi. En «Soy puro mexicano*, la película más ambiciosa de la propaganda nacional, un charro -representado
por Pedro Armendárizfrustra una terrible, pero sobre todo muy pedagógica, invasión nazi a México. La pieza musical del mismo nombre que la película, cantada por Pedro Vargas, señala en una estrofa:
Yo soy puro mexicano/y me he echado el
compromiso/con la tierra en que nací/ de
ser macho entre los machos/y por eso
muy ufano/le canto a mi país.

En otra escena, un indio tapado con un sombrero y embozado con su sarape agita el pie al ritmo de esta canción en el momento en que Pedro Vargas canta:
Si me gustan los balazos/y le entro
a los trancazos/es por puro vacilón.
¡Por puro vacilón!

Más surrealismo, imposible.
Los mártires

Desde épocas inmemoriales, los mártires han jugado un importante papel en la movilización de masas para objetivos bélicos. El 24 de mayo de 1942, el zócalo de la ciudad de México se transformó en gigantes cacapilla ardiente para velar el cadáver de Rodolfo Chacón, maquinista del <<Potrero del Llano>>, caído luego del artero ataque nazi al buque tanque. Por las circunstancias del país en esos momentos, la puesta en escena, las proporciones de participación pública que involucró y las urgentes necesidades de un sentimiento de unidad nacional, este evento puede ser considerado como uno de los actos de propaganda más interesantes y emotivos que se hayan tenido en México, para sensibilizar y galvanizar a la reticente opinión pública mexicana. Si la aceptación del público a la imagen predeterminada de una persona o evento, es una de las batallas
ideológicas más importantes entre los propagandistas, transformar esa imagen en un mito es conquistar definitivamente un importante territorio mental. El mito rebasa los limites de la objetividad para colocar sus linderos en la subjetividad sublimada, en los significados densos, condensados, inexplicables, detonantes de la imaginación y tremendamente eficaces y duraderos. <<Rommel: el zorro del desierto>>; <<Los aguiluchos del 201>>, <<Alemania: el Reich de los mil años>>, «La Roma eterna>>  etcétera,
son sólo algunos ejemplos de la mitología propagandística.
En la segunda guerra, de la mano con los intereses de la propaganda, el mexicano convierte fácilmente algunos hechos y personajes en mitos y leyendas. De entre todos, ninguno
como el del <<Escuadrón 201>>, que jugó un papel importantísimo para la justificación externa e interna de la guerra. Internamente, se constituyó en el símbolo máximo del México valeroso, celoso de su soberanía y técnicamente bien preparado en lo militar. Para el pueblo, en los <<aguiluchos>> del «201» toman cuerpo las innumerables escenas gráficas, acústicas o cinematográficas, que hasta entonces su fantasía había encarnado, mediante préstamo étnico, en los norteamericanos, ingleses, alemanes, japoneses, etcétera. Los mitos y leyendas sobre los pilotos mexicanos proliferaron. Que sorprendían por su destreza; que nadie tan valiente como ellos; que eran los más <<machos*
y su-ma-men-te temidos por los japoneses … Por eso, cuando a mediados de noviembre de 1945 retornaron a México, haciendo un recorrido triunfal de varios días desde la línea fronteriza hasta la capital, el pueblo se les entregó sin reservas homenajeándolos con desfiles, actos en plazas públicas y teatros. Recibieron también, desde luego, el máximo honor que puede rendir nuestro pueblo a sus ídolos: un corrido, el «Corrido del 201», del cual resultan emblemáticas estas estrofas:
Bajo otro cielo profano/en nuestro
avión de combate
pitaremos sin ambages/<<¡Somos indios mexicanos!>>.

Adiós mi Guadalupana/Adiós mi madre
querida

Adiós la novia la Juana/Adiós la flor
de mi vida.

La censura, por otra parte, impidió que el público conociera aspectos menos edificantes de sus míticos pilotos, como el suicidio de uno de ellos al regresar de un vuelo, o el que en sus ratos de ocio forjaban sables de samurai que, simulando ser auténticos, vendían a los soldados aliados con estudiada inocencia y picardía.
La representación
Un axioma con frecuencia aprovechado dentro de la comunicación persuasiva es el de que todo cambio de circunstancias o de conducta debe ser priniero imaginado por la
persona o personas involucradas en él. De allí el relevante papel que jugaron -en el período previo a que los Estados Unidos entraran en guerra- las revistas de ficción que presentaban el posible escenario del país en caso de participar en la contienda. Ese mismo efecto, pero con mayor fuerza aún, es el provocado por la técnica teatral del manejo de roles o de situaciones conflictivas, por ejemplo, los simulacros de bombardeos del enemigo desarrollados en varias ciudades de la República …
México fue una expresión a gran escala de estos principios. La respuesta de la población, apagando luces y refugiándose en sus casas, es uno de los antecedentes más interesantes en nuestro país sobre los efectos de la propaganda en la opinión pública mexicana. Veamos, ahora, dos disfuncionalidades de la comunicación sucedidas en nuestro país durante la guerra: el «efecto bumerang, y la «trivialización» del conflicto.
<<Efecto Bumerang>>
La moderna jerga comunicativa ha bautizado como «efecto bumerang>> aquellos mensajes o campañas que obtienen un resultado contrario al esperado. En 1943, los propagandistas norteamericanos lo vivieron en carne propia. Desde principios en 1942Ja propaganda norteamericana buscó demostrar un poderío militar superior al del Eje. Fotografías y datos sobre acorazados, portaaviones, fortalezas volantes, cañones, tanques, jeeps y demás parafernalia bélica, inundaron Latinoamérica para agruparla definitivamente con la causa aliada. Pero aquella impresionantem usculatura de acero y municiones espantó a sus vecinos del Río Bravo, y muy pronto se rumoró que al término del conflicto todo ese armamento se utilizaría para apoderarse de México. Como un bumerang que golpea la nuca de quien lo lanza, los comunicadores fueron sorprendidos. Se programó entonces enfatizar la política del «Buen vecino», adoptada ya entre 1939 y 1941, y proyectar una imagen del pueblo norteamericano como simpático y pacífico. La publicidad, por su parte, contribuyó presentando mensajes mesiánicos sobre un futuro poco menos que comparable al paraíso terrenal.
La trivialización del conflicto
La trivialización del conflicto Otro gran problema para los comunicólogos fue la trivialización del conflicto. Al igual que lo observado hace un año en Irak, en la segunda guerra la trivialización fue resultado de la saturación de los contenidos bélicos en los medios. El afán por hacer consciente al mexicano sobre la guerra, y los peligros reales de verse involucrados en ella, derivó en una sobredosis de informaciones bélicas. Esta apretada imposición de la «agenda de ideas>> resultó contraproducente, pues diluyó la seriedad del conflicto. El mexicano, o no parecía entender lo que realmente significaba estar en una guerra mundial o simplemente no podía dejar de tomarse todo a la ligera. El caso es que con el peculiar filtro de su idiosincrasia minimizó los riesgos y en algunos casos terminó en franco choteo. Y así, cuando en lo más álgido del conflicto sesionaba la Comisión Permanente del Congreso para determinar si México debía declarar la guerra a Alemania, unos envalentonados cetemistas exigieron a los congresistas no sólo el fulminante rompimiento de hostilidades con los nazis sino el proceder de inmediato para cuanto antes realizar ila toma de Berlín! Afuera, mientras tanto, en la esquina de las calles San Juan de Letrán y Madero dos hombres gritaban con fuerza desde la acera a los transeúntes: «¡Guerra!, ¡Guerra! … Llévese sus tortas, ¡Tortas! ¡Tortas de la Guerra!».
Resultados de las campañas
¿Cuáles fueron los resultados de la campaña propagandística norteaniencana en México durante la segunda guerra mundial? Como hemos dicho anteriormente, es difícil precisarlo, dada la carencia de estudios de opinión pública al inicio del conflicto, y su continuidad bajo un niismo patrón de medición. Algunos autores han señalado
que el efecto más importante fue la conquista para el ideal norteamericano de los dueños de los medios de comunicación en nuestro país, aspecto que dotó de gran continuidad a esa campaña y favoreció las desarrolladas con motivo de la «Guerra fría>>. Pienso que, en cualquier caso, es aplicable el axioma con que desde 1948, Bernard
Berelson expresó la relación entre comunicación y opinión pública: <<Algunos tipos de comunicación, respecto a algunos tipos de temas, ofrecidos para la atención de algunos tipos de gentes, bajo ciertos tipos de condiciones producen ciertos tipos de efectos>>.

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