La historia de una mala historia o el nuevo traje del emperador

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Entre nuestros grandes capítulos de historia nacional contemporánea habremos de recordar (a menos que algún «intelectual>> lo borre)  la divertida e indignante historia de los libros de texto … de Historia. La polémica que ellos originaron despejó el ambiente «morféico» en el que los mexicanos nos movemos con frecuencia. Y eso es muy de agradecerse.La discusión recorrió diarios, revistas, ondas largas y cortas, pantallas televisivas y, por si fuera poco, llegó hasta el graffiti (en una barda fue posible leer: <<Cambio 10 estampas de Pepe el Toro por una del Pípila>>). El debate cruzó en buen momento: el otro tema que trataban los medios se concentraba en la lucha electoral Bush-Clinton-Perot, y como a nuestros vecinos los hemos visto siempre con mirada distante, preferimos discutir temas nacionales.
Fueron cuarenta y cinco personas las causantes del «despertar» mexicano; cuarenta y cinco individuos que lograron lo que parecía inalcanzable: hacer de nuestra historia «oficial» un debate que rayaba los límites de la telenovela. ¿Existía o no Agustín Melgar?; y de no existir, ¿qué hacer con su recuerdo?; porque, ¿con quién quejarse por haber reprobado Historia, justamente por no saberse los nombres de los Niños Héroes?; ante esta circunstancia, ¿la Secretaríade Educación Pública otorgará algún diploma aclaratorio? Las interrogantes hacían palidecer a la misniísima caja de Pandora.
Un conejo despistado
Hace muchos años que un tema no resultaba tan comentado, al grado que se modificó de polémico a escandaloso. Pero los problemas, como tantas otras cosas, suscitan dos actitudes: de apatía o análisis. Hagamos de lado que sonios tierra fértil de mitos («el mito reposa sobre el suelo más vivo de la sensibilidad mexicana, y ha crecido en él vigorosamente», decía Alfonso Reyes); olvidemos la redacción de estos libros escritos con la solemne austeridad que envidiaría el cartujo; omitamos la ineptitud de escritores y correctores ante la avalancha de errores de tal magnitud como equivocar la situación de territorios. Todo esto podía pasar- Lo que a todas luces resultaba ofensivo era el manejo deliberado y sin tapujos de estos textos al servicio de intereses políticos.
Ya se sabía que eso de la historia «oficial» no pasa de ser una Historia mal remendada, pero de un año a otro, modificar el panorama tan dramáticamente con la excusa de que en México nadie protesta, resultó algo más que provocador. Como si al pobre conejo del mago le cambiaran -continuamente y sin previo avisotodos los trucos que, tras varios años de práctica, ha ido depurando.
Alquimista del tiempo

La jerarquía de los oficios y actividades humanas cambia con los años y las costumbres. En la época prehistórica el oficio de cocinero era, seguramente, más estimado que el de cazador (por aquello de  que los pterodáctilos tenían huesos duros de roer). En las cortes, cuando los hombres vestían trajes de sueño, la labor del sastre y el bordador era indudablemente mejor pagada que la del pintor. Hoy, una labor respetabilísima es la del historiador; aquel que da razón y cuenta del volátil paso del tiempo.
El historiador es la memoria de una época, el alquimista del tiempo, el que guarda su esencia y la conserva inalterable para -paradójicamente- mantenerla siempre nueva. Pero cuando la Historia se torna anecdotario, cuando el sentido de la anécdota se pierde en madeja de intereses bien delimitados, la Historia pierde significado. La crónica de la anécdota se hunde, además, en un espacio inmediato del que resulta difícil salir; remite a una visión y tiempo actuales. Y la Historia no puede entenderse así. La historia de una Historia vista con ojos actuales dará siempre un tono de falso relato, de narración mal entretejida, de ceguera contemporánea  y de poca comprensión al quehacer del hombre en su momento y circunstancias concretas. En el caso que nos ocupa (unos libros de texto de Historia que adolecen deliberadamente de memoria) «no es -como señala Ignacio Aréchaga- que la gente se sienta ofendida en sus creencias; se siente ofendida en su inteligencia. Y si uno escoge la provocación, ha de estar dispuesto a enfrentar las reacciones que suscita».
Como en todo romance

En un artículo periodístico (“Los libros de histeria». Hugo García. El Financiero, 10 de septiembre) se mencionaba que el gran defecto de los nuevos libros es su proverbial tedio, ahora intensificado por la brevedad con la que se tratan los temas, a manera de catálogo que enlistara informaciones. Y el autor señalaba: «cualquier capítulo de los libros puede ser leído sin problemas por un interlocutor de Eco o de los noticiarios de Imaiisión; así de pobres son, pobres y aburridísimos>>.
Como en todo romance, el amor por la Historia nace de su descubrimiento. Resulta por lo menos difícil pensar en un enamorado de sus raíces, si no existe un conocimiento que justifique el aprecio y la bienquerencia por la propia identidad. Y no hablo sólo de una estimación -que ya sería contar con mucho- que bordeara el ámbito nacional, me refiero a un orgullo e interés por lo humano. Datos escuetos y memorizables para mentes flacas y perdidas, elabrados por mentes desmemoriadas y manipuladoras.  En un ámbito
coloreado de tal paisaje, nuestros valores serán cada vez más relativos, y nuestras creencias, caparazones huecos con olores rancios.
Adiós a un mismo sentir y a la conciencia de una sangre que nos riega a todos. Con esta orfandad será difícil oír la sentencia de Reyes: <Consentaos unidos. Sacad razones de amistad de vuestras diferencias como de vuestras semejanzas. Mañana caeremos en los brazos del tiempo. Opongamos, a la fuerza obscura, la muralla igual de voluntades>.
 
Lo mejor es posible
La encrucijada de estos libros de texto es posible gracias a la existencia de dos personajes: los crédulos y los cínicos. 
Cuando lo importante es «pasar» la materia (no importa qué tengamos que pasar para pasada), el contenido es lo de menos. Resulta un dato churrigueresco pensar o ahondaen lo que se <<estudia» Casi lo mismo que rizar el rizo.
La actitud del crédiilo está impregnada de apatía porque está dispuesto a creer con una creencia que es sólo pasividad. Nuestros días están plagados de un credulidad precipitada, sin arraigo. La enseñanza se ha vuelto mercado noticioso que no requiere cautela, que no precisa compromiso, que no despierta curiosidad porque no supera la ficción ininterrumpida de los sucesos televisivos.
Cuando lo fundamental es el interés -del signo que se quiera-, cruzar «por encima de» (actitud habitual del cínico) es un dato por demás superficial.
El comportamiento cínico se apoya en la fría supresión del espacio de los otros. «La difusión del cinismo  -afirma Rafael Gómez Pérez- tiene como primera consecuencia el aborto de las posibilidades no exploradas.
Al señalar que no existen criterios de valoración absolutos, al cínico le resulta fácil acomodar su versión de la realidad como la pieza maestra de un rompecabezas histórico. Impone y coacciona en las ideas y las actitudes; su materia prima son los otros: su falta de conciencia cierta y verdadera sobre algo. 
Y sin embargo, a pesar de los cínicos y de los crédulos; a pesar de los datos telegráficos que borran (al son   de una mano interesada) vidas, ideales. Datos e ideas, a pesar de los pesares, sigue escudándose −carriendo bajo nuestros pies− la vena que riega  millones de vidas −hoy y siempre − que viven vidas “verdaderas”.   Un latir que hace retumbar una fe cierta: lo mejor, si queremos, es posible.
En esta tierra nuestra de mitos, resulta sencillo −con  la facilidad del trapacista− ver todo entenebrecido cuando está en el candelero de la discusión algún tema negro.  Pero la polémica de los libros de texto tuvo un dato luminoso la reacción que provocó la gente.
Y el todo esto me recuerda el cuento del nuevo traje del emperador.
El mito del color negro.
Al final de sus días, después de haberse convertido al catolicismo, decía el periodista norteamericano Malcolm Muggeridge “A menudo he pensado que si hubiera cronistas 
Un relato de Anatole France ilustra el vano empeño por reconstruir y conocer la historia completa. Cuenta que un joven príncipe de Persia cuando sucedió a su padre en el trono, mandó llamar a los sabios para que elaboraran una historia universal que sirviera  para cometer menos errores en su gobierno. Los sabios tardaron más de 30 años en cumplir su cometido y le presentaron seis mil tomos. El monarca, ante la imposibilidad de estudiarlos ordenó  le hicieran un compendio histórico más en armonía con la brevedad de la vida humana. En. el segundo intento, el compendio se redujo a mil quinientos tomos y veinte años de trabajo. El monarca envejecido, exclamó: «Abreviad y dáos
prisa*. Diez años más tarde, los académicos le presentaron quinientos volúmenes y nuevamente el monarca señaló la urgencia de abreviar más. Cinco años después, ya en su lecho, moribundo, el rey de Persia recibió del decano de la Academia la síntesis de la historia de los hombres con estas palabras: «Nacieron, sufrieron y murieron».
La historia explica el presente, y la brevedad en un. texto escolar es indispensable. Quien detiene en demasía su pensamiento en el pasado será un erudito, pero difícilmente podrá mejorar el presente y proyectar el futuro.  El pasado, en cierta manera nos constituye. La historia hace distintos a los hombres y a los pueblos; es la fuente de identidad personal y colectiva. Forman parte de esa historia los mitos creados para modificar  o crear nuevas condiciones en lo que, en su tiempo, fue presente.
Aparentemente retomar los mitos carece de sentido; el cambio de circunstancias podría hacerlos inoperantes. Tenemos sólo un ejemplo de la historia regional:  los «chiles en nogada»  Cuenta la tradición que este suculento platillo se elaboró por vez primera para celebrar la consumación de la independencia por el ejército  trigarante.  Una vez incorporado  al menú de fiesta ¿será  necesario recordar cual fue  el motivo de su inicial  elaboración? Han pasado -desde
ese septiembre de 1821 hasta la fecha- más de 170 años y las garantías reclamadas entonces «independencia, religión y unión» parecerían no ser lema para las actuales circunstancias políticas. Habrá que inventar otro platillo que las recuerde?
Ante la imposibilidad de reconstruir y conocer todo el pasado, se eligen pasajes o episodios relevantes. Al transmisor  de la historia, en este caso los textos oficiales recientemente publicados, toca escoger los fragmentos que fortalezcan los intereses  educativos del momento. Es notorio el afán por subrayar nuestra realidad mestiza, biológica y cultural. Por vez primera en textos masivos se incluye como parte del mestizaje la vertiente africana y asiática. No en balde se popularizó  “La china poblana” y el “arroz a la mexicana” .
En la transmisión de la historia se puede tender a reducir el pasado a uno  solo de los elementos que lo conforman: idioma, familia, religión, política o economía , entre otros, o la mención de unas cuantas personalidades.
 Es extraño que se omita el largo y penoso proceso de castellanización, cuando el 90% de los mexicanos tenemos una lengua materna que en España se llama castellano y en México, español. ¿Valdría la pena apuntar la permanencia de la familia como el valor central del mexicano, inalterable  por centurias?
¿Acaso es comprensible que la religión se toque sólo como “conflicto” , cuando en 1990 el 88% de la población  se ha declarado católica? Podría ser también un nuevo mito que los lideres destacados o modelos propuestos, provengan en su mayoría del sector público. ¿Los promotores de medios de comunicación, los deportistas caso no son líderes?
¿Será  posible que todo haya sido economía en el pasado, presente y futuro? S i es así ¿cómo explicar las pirámides de Egipto o las de Mesoamérica?  S i el factor económico se absolutiza, las consecuencias para hoy y el futuro pueden anular el gran legado de nuestra historia.  Se perdería  la gran riqueza del pueblo mexicano que esencialmente se distingue por la fusión  de diferentes  vertientes y la asimilación fecunda de las mismas. Esta asimilación nos permite vivir sin discriminación racial y convivir en la frágil unión anhelada en diversos puntos del planeta. Esta armonía en la convivencia no se consigue exclusivamente con el elemento económico.
Equilibremos los factores sin temor a aceptar, para mejorar, nuestra multifacético  realidad.
 Lucina Moreno Valle Suárez
en Tierra Santa en tiempos de Jesucristo, me habría dedicado a averiguar lo que pasaba en la corte de  Herodes, habría intentado que Salomé me diera la exclusiva de sus memorias, habría descubierto lo que estaba tramando Pilatos … y me habría perdido por completo el acontecimiento más importante de todos los tiempos». 
Y, pensándolo bien, ¿no nos pasa lo mismo? Es de pena abrir un periódico, oír los resúmenes de noticias en radio entristece al más pintado y contemplar un noticiero en la televisión puede llevar a una depresión nerviosa profunda. ¿En ningún libro se habla del acontecer diario, de lucha cotidiana, esforzada y alegre, de un pueblo?
Aquí es donde entra un poco, o un mucho, el nuevo traje del emperador. El pueblo sabe que el emperador está desnudo;  pero la verdad llega a ser tema-tabú, y de tanto gritar las virtudes del traje, el nuevo modelito del emperador va configurándose en la mente de cada uno de los que gritan. Si el cuento se hubiera escrito en esta época -y registrado en nuestros libros de texto-, no hay duda que se manejarían porcentajes «oficiales» de lana y algodón que  compondrían el material de la susodicha vestimenta; y tampoco habría duda de que, quien manejara la imagen del presidente (la monarquía absoluta lleva hoy otro nombre…), declararía también oficialmente, por qué el traje se había confeccionado en gris Oxford y no en gris perla.
El cuento del nuevo traje del emperador lo vivimos todos porque en medio de un mundo que se nos pinta artificialmente de negro tenemos, cada día, la certeza de convivir con el blanco.
Si un extraterrestre captara nuestros medios de información o leyera nuestros libros de texto, se daría una idea muy pobre de lo que es la vida cotidiana de la mayor parte de la humanidad; llegarían hasta él pocas noticias, poquísimas, de la huella de bondad que anima muchos corazones humanos.
 Tal vez deberíamos, antes de seguir derribándonos la moral, derribar el primer mito, el del color negro. Y sólo entonces, el nuevo traje del emperador será lo que es: una mentira hecha jirones en el cuerpo desnudo de nuestra sociedad.

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