Aceleracion del cambio. ¡Sálvese quien pueda!

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1946

La actividad económica, política y social es cada vez más difícil. El trabajo y con éste las relaciones dentro y fuera de las organizaciones, exige cada vez más de todos ante una realidad en la que lo único permanente es el cambio, mientras la incertidumbre se torna prácticamente una constante generalizada. Vivimos la época denominada «trituradora» o de turbulencia, en donde la única voz que impera es ¡Sálvese quien pueda!, la misma con la que Robert D. Gilbreath titula su libro (1).
En lenguaje ágil y profundo, esta obra es una pausa aguda que indica un estado de alerta en donde todos estamos o pronto estaremos a prueba: el camino que se recorrió en el pasado, ha dejado de funcionar, continuar por él anota Gilbreath podrá acarrear serias frustraciones.
En la actualidad los cambios, la concurrencia, la globalización, la tecnología de información, la privatización, las campañas de servicio y calidad, las presiones para aumentar la productividad, las fusiones de empresas, los cambios demográficos, y muchos otros, se han combinado para hacer que nuestras condiciones de trabajo y preocupaciones sean diferentes. Nos enfrentamos ante un nuevo mundo de trabajo que requiere otras reglas y técnicas de supervivencia. El futuro ya no es lo que era y, por lo mismo, Jack Welch, presidente de General Electric, ha llamado a la próxima década, «el decenio de los puños apretados».
Aprender a desaprender
Debemos aprender de prisa, ser ingeniosos y rápidos para sobrevivir y tener éxito para salvarnos, porque la fuerza irreversible es el cambio, el nuevo entorno y las nuevas reglas. Se acabaron los días en que un colaborador de cualquier nivel era parte de una división o un departamento. Se acabó la seguridad de las fuentes de trabajo y algunos vínculos asociativos.
Cada vez hay que hacer más con menos y ser más eficientes y más efectivos. Ya no podemos hablar de ellos y nosotros en el esquema de una organización ni del mundo. La globalización marca las reglas del juego. Tenemos que desaprender señala Gilbreath lo que nos han dicho (y siguen diciéndonos) sobre lo que se necesita para triunfar, y tenemos que aprender lo que realmente tiene éxito hoy, en la época del tumulto.
La aceleración del cambio en la vida económica tiene un efecto que pasa desapercibido. Consiste en que los conocimientos se quedan anticuados para casi todo el mundo, inmediatamente después de haber sido adquiridos. En cuanto se aprende algo que funciona, deja de ser útil.
De aquí que el autor de ¡Sálvese quien pueda! insista en que tiene más sentido concentrarse en las técnicas y habilidades que funcionan en todas las circunstancias: aquellas que uno puede llevarse de un puesto a otro, de un sitio a otro, de un trabajo a otro. Es fundamental vincularse a esas habilidades y no a las momentáneas necesidades de un cargo de una organización. Las sugerencias fundamentales que se apuntan son: hágase más adaptable, más elástico y más valioso, aprenda aquello que funciona en muchos sitios y circunstancias; escuche, haga prospección, realice innovaciones, responda, adáptese y dirija.
«No haga esfuerzos que no son más que esfuerzos, ni busque apariencias, o la aceptación de los demás. Persiga resultados tangibles que pueda identificar y que puedan atribuirse a usted. Los resultados le protegerán frente a los ataques de los competidores e infundirán miedo a quienes alimenten esperanzas de sustituirle. Los resultados siempre se pueden llevar con uno mismo a donde sea».
Todo el saber hacer del mundo es útil a menos que se trate del apropiado saber hacer. El saber qué significa utilizar la técnica adecuada en el momento apropiado y por las razones pertinentes. En épocas de cambio, uno no puede dar por hecho el qué. Y por lo mismo hay que empezar en los qué hacer, antes de pensar en los cómo hacerlos: qué hay que evitar, qué es lo que vale la pena, que es importante y a que nos enfrentamos.
Ahora bien, «actuar acertadamente está bien, pero actuar prontamente está mejor». La rapidez es una mezcla de velocidad y agilidad. Los buenos jugadores de basquetbol cambian de la defensa al ataque tan pronto como un movimiento fallido golpea la canasta, y por ello son rápidos. Aprenden antes que nadie las nuevas tendencias, inclinaciones y cambios, y responden con mayor rapidez. Igual que en la vida, no hay que olvidar que estamos en una carrera competitiva, pero la línea de llegada cambia de frente a atrás, de lado a ladoinstantáneamente.
En ¡Sálvese quién pueda!, Gilbreath transmite a sus lectores tendencias para ver el mundo laboral como realmente es. Más aún, muestra lo que separa ganadores de perdedores e invita a embarcarse en un mundo permanente de perfeccionamiento. «Al poner en práctica esas técnicas, aumentará su propio valor, resistencia y agilidad Aprenderá no sólo a sobrevivir y tener éxito, sino también a disfrutar y dominar los desafíos del cambio. Y acabará haciendo lo que le gusta, y gustándole».

La vía de la escucha

La información es el oxígeno de hoy. Tenemos que mejorar nuestra escucha porque la información no sólo anuncia oportunidades sino también amenazas. Escuchar es estar alerta para percibir todo sonido inesperado.
Para sobrevivir en el cambio, el objetivo debe ser la cantidad. Quienes escuchan bien dejan que todo entre y lo analizan después.
Escuchar es necesario para cualquier persona sobre todo si su interés es determinar su posición, saber hacia dónde se dirige la empresa para la cual labora, qué puestos de trabajo son prometedores y cuáles no tienen futuro, y cuándo y dónde hacer sus movimientos cuando el tumulto empiece a hacer efervescencia.
Escuchar bien requiere esfuerzo, es más interesante y más potente que escuchar mal. A medida que se agudiza la habilidad de escuchar, podrán iniciarse los estados de clasificar, analizar y pensar.

La vía de la prospección

Después de escuchar, el paso siguiente consiste en buscar entre lo que se ha recogido. La finalidad debe ser examinar relaciones, refinar información para convertirla en significado. El éxito de hoy está en encontrar problemas y resolver oportunidades.
La finalidad de la prospección consiste en investigar conexiones, encontrar problemas y seguirles la pista hasta sus causas, hallar y resolver oportunidades ocultas de las que otros no se han dado cuenta. Los demás considerarán a los prospectores como diferentes, y en realidad lo son. No tienen miedo de ir a donde van y preguntar lo que preguntan. Intentan conectar los puntos de información que les rodean y trazar dibujos. Como buenos oyentes, los prospectores no son críticos ni selectivos, sólo inquisitivos y no se apartan de su camino cuando persiguen los objetivos de su dedicación: la supervivencia y el éxito.
Ser una persona se enfatiza en ¡Sálvese quien pueda! significa hacer prospección y encontrar y resolver enigmas. La prospección ayuda a entender el mundo y hacerlo mejor.
Los prospectores empresariales tienen confianza en sí mismos, son valientes y entusiastas. Irán a cualquier parte, harán todo tipo de preguntas y tendrán todo en cuenta en su intento por mejorar, por vencer los desafíos actuales.

La vía de la innovación

«La innovación no consiste en hacer las cosas mejor, sino en hacerlas de otro modo con mejores resultados». La innovación no es más que tomar lo que se tiene, o lo que se puede obtener rápidamente, y utilizarlo para conseguir lo que se quiere.
La mayoría de nosotros podemos ser innovadores porque se trata más de un desaprendizaje que de un esfuerzo de aprendizaje. Tenemos que olvidar, ignorar, evitar y, a veces, desobedecer las reglas no escritas, las suposiciones, las instrucciones generales y las pautas que nos han metido en la cabeza desde pequeños.
El mayor problema con la innovación es que nos han enseñado a no hacerla.
Los productos y servicios innovadores tienen características comunes. Suelen ser simples, sin complicaciones y carecer de algo que tenían sus predecesores. Surgen cuando nos concentramos en los resultados de los mismos e ignoramos sus características. Y no siempre requieren avances tecnológicos.
La innovación es rápida, produce resultados inmediatos y no requiere años de entrenamiento ni habilidades especiales. Es el premio por escuchar y ser prospectivo.
Es posible que con la innovación no esté inventando nada, pero sí es factible eliminar el despilfarro, reducir costos y aumentar beneficios, mejorar condiciones de trabajo y fomentar la calidad; porque la innovación es el acto de cambiar fuera de los límites del crecimiento, a pesar de las regulaciones que se oponen al progreso, y sin tener en cuenta la seguridad que proporciona actuar de acuerdo con las reglas.

La vía de la respuesta

Todo el mundo puede reaccionar al cambio pero pocos tienen el sentido y el valor de responder. Responder es mostrar una reacción favorable, pero si la reacción al cambio no es favorable y demostrable, no es una respuesta.
Si escuchar es el comienzo de la comunicación, responder es su forma suprema. Al responder se demuestra interés, sinceridad y dedicación a los resultados.
No basta con el interés, la dedicación, etcétera. Hay que demostrar qué se tiene y hacer que a uno le paguen por ello.
Quienes no comprenden la diferencia entre respuesta y reacción, raras veces llegan a la meta.

La vía de la adaptación

Adaptarse significa ponerse en forma para un nuevo uso o situación, a menudo mediante una modificación. El cambio es ahora sinónimo de salvación: renovar o morir.
Es así que la prospección y la innovación ayudan a rectificar la comprensión y enfoque de los problemas y oportunidades. La respuesta dirige el cambio, lo utiliza en provecho propio, hace que dé resultados. Con la adaptación, el individuo se modifica y, por lo tanto, también sus oportunidades. La persona resultará mejor adaptada al mundo e implicada activamente en él. Maleable y dispuesta para readaptarse y volver a implicarse.
Aprender a transformarse no significa aceptar ciegamente las reformas y dejarse llevar por todo lo nuevo y diferente. Es respetar la fuerza de la evolución, comprender cómo actúa y poner en acción ese conocimiento.
Adaptarse es un proceso, el mismo de intentar nuevos métodos, de aprender y olvidar lo aprendido, establecer otros contactos y relaciones y adquirir distintas técnicas.

La vía de la dirección

Las fuerzas del cambio crean estupendas oportunidades nuevas para quienes detentan puestos de dirección.
Dirigir afirma Gilbreath no es más que conseguir resultados a través de otros.
Los dirigentes aprovechan lo que ya existe. Utilizan fuerzas que están empezando a mostrarse. Buscan la prueba de la existencia en esas energías, las estimulan y liberan.
Dirigir requiere gente suspicaz que reconozca las fuerzas del cambio, el aumento del descontento y las posibilidades que van más allá de los límites habituales de la estructura y la conducta. Los dirigentes las encuentran y liberan.
Siempre que se reúnen varias personas en nombre del cambio, nace un dirigente. Este se define a sí mismo por sus acciones ya que la dirección no es un cargo sino una manera de pensar y actuar.
Los dirigentes que escuchan y hacen prospección ven el futuro cuando éste está aún formándose. Lo ven contornos bien definidos destacándose sobre el fondo mientras otros están quietos sin levantar la vista del suelo.
La capacidad de ver lo que puede hacer el cambio es lo que separa a los dirigentes del resto. Juegan a «supongamos que funciona». Los dirigentes viven en el futuro y ensayan el éxito.
Para concluir baste anotar como punto de reflexión la propia conclusión que Gilbreath utiliza en su libro: «No es ninguna coincidencia que los buenos dirigentes sepan escuchar, que perciban la inminencia de lo inesperado, cómo se acerca el cambio. Establecen conexiones y esbozan estructuras haciendo prospección entre la enorme cantidad de información, a veces confusa, que se nos viene encima, y se dan cuenta de las nuevas amenazas que representan las oportunidades que están formándose. Ponen en entredicho las reglas del pasado, incumplen algunas de ellas, interpretan otras a su manera, innovan sin cesar para hacer lo que todavía no está hecho. Demuestran movimiento y acción, superando rápidamente la barrera del pensamiento, y traen a la vista un trozo del futuro».
No temen intentar ver qué pasa, fingir que está todo arreglado, ni adivinar lo que haya la vuelta de la esquina. Saben que, a fin de cuentas, la dirección se demuestra con resultados, no con intenciones. Eso los mueve a luchar por obtener resultados, por dar respuestas inteligentes. Mientras que otros reaccionan ante el cambio encerrándose sus conchas para protegerse, los dirigentes tienden hacia el exterior multiplicando sus ideas y su energía a través de los demás. Se convierten en la fuerza de adaptación de la organización, la que actúa contra la inercia y la complacencia ayudando al grupo a redefinirse, a tomar nueva forma, a concentrarse de nuevo y a prepararse mejor para hacer frente a los tiempos de desorden que le esperan. Dirigir es la culminación de la supervivencia. Es el proceso de éxito. Es el tesoro al final del recorrido de las vías. Es el acto final de la autoconservación y de la salvación del grupo. Así es como se salva uno mismo».

* McGraw-Hill. Madrid. 1992, 147 págs.

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