Estética y ética. El genio como excusa

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En 1985, el estreno mundial de La basura, la ciudad y la muerte, de Rainer Werner Fassbinder fallecido hacía tres años, resultó imposible. El Teatro de la ciudad de Franckfort comunicó el once de noviembre que la obra se retiraba debido a la protesta de la comunidad judía. Fassbinder, autor demoledor, se ensañaba en esa obra con la especulación inmobiliaria, con la sociedad que la hacía posible, con el judío rico que se convertía en el símbolo de ese mundo.
En La basura… hay un viejo nazi, Han von Glück, que dice: «Si el judío se hubiese quedado allí de donde venía, si hubiese sido “gaseado”, yo dormiría mejor hoy. Se han olvidado de “gasearlo”. No bromeo. Es lo que pienso en el fondo de mí mismo».
¿Todo está podrido?
Fassbinder no defendía esa actitud del nazi; simplemente la presentaba. El nazi era cruel; el judío no tenía escrúpulos. No hay buenos ni malos. Todo está podrido. Pero algunos críticos literarios que en otras ocasiones no dejaron de aplaudir obras tan iconoclastas como ésta o más pensaban ahora que ese tipo de expresiones «incitan al odio racial» y no son admisibles.
Habrá que señalar, por tanto, algunos límites a la presentación de creaciones que pueden quizá estar bien hechas (en el caso de La basura… la crítica se mostró muy dividida), pero que resultan ofensivas para algunas minorías.
A veces, hasta la expresión de un gran hallazgo poético, creativo, ha de someterse a normas elementales de prudencia. Sólo el predominio del prejuicio, defendido además con hipocresía, impide aceptar esta conclusión. Cuando en México se presentó una exposición donde se hacía la parodia de la Virgen de Guadalupe con Marilyn Monroe, algunos críticos se rasgaron las ya por otro lado muy rasgadas vestiduras porque las autoridades eclesiásticas y gran parte del pueblo, declararon que el montaje hería la sensibilidad cristiana. En 1985, en Alemania, la defensa de la sensibilidad hebrea tuvo más suerte.

La «belleza» del mal

La cuestión de fondo escapa, sin embargo, de cualquier planteamiento simplista. Se trata de la relación entre ética y estética. El arte aunado al bien moral no ofrece dificultad alguna para su aceptación. Desde el siglo XIV, por ejemplo, contamos con esa genialidad de la Divina Comedia. Dante es un maestro en casi todos los sentidos y gracias a él y a otros sabemos que el bien es fuente posible de la más alta inspiración. Pero, ¿qué sucede con el mal moral? En su sentido más radical, la belleza máxima es la del bien máximo, pero existe también una belleza del mal, aunque sólo fuera porque de algún modo se refiere al bien que niega.
Si eliminásemos del arte y de la literatura la representación del mal nos quedaríamos sin una parte de la tragedia griega, sin poesías de amor de todos los tiempos, sin casi toda la novela y el teatro contemporáneos. Hay quienes, desde un punto de vista ético, aceptan la representación del mal con tal de que el artista, de algún modo, dé en la obra claves suficientes para condenar ese mal. Pero, ¿qué se dirá si eso no ocurre? ¿La obra no será bella por ser «mala»? Me parece difícil que se pueda contestar que así es. Cuando hay arte, la calidad se abre camino siempre.

Ezra Pound, a pesar de todo

Así ocurrió con Ezra Pound, de quien se celebrará, en 1995, el segundo centenario de su nacimiento. Pound, durante un período de su compleja y larga vida, defendió el fascismo, el nazismo, el antisemitismo más insoportable. En unas famosas charlas radiofónicas, durante años, sostuvo la causa del Eje y atacó a su propia patria. Por estos hechos fue encarcelado literalmente enjaulado y vivió en prisión mucho tiempo. Era el poeta fascista casi por antonomasia. Lo que Pound defendía en algunos de sus famosos Cantos no sólo era inoportuno políticamente: resultaba una incitación al odio, es decir, un mal moral grave.
Ha pasado el tiempo y los Cantos se sostienen solos, a pesar de los pasajes intolerables. Ezra Pound es un gran poeta, quizá el mejor poeta profesional (dominio del ritmo, de los recursos estéticos) del siglo XX. Además, de un modo como hasta ahora nunca se había intentado, Pound conectó con la gran poesía de cualquier tiempo y de cualquier cultura. ¿Cómo se puede desconocer esto? El caso de Pound, que ahora sale de un largo ostracismo. permite decir algo más sólido sobre las relaciones entre ética y estética. Esto: para que una posible situación conflictiva se plantee ha de haber arte grande, arte de verdad. La «mala» (sin categoría, sin clase) representación del mal puede ser descartada enseguida, sin necesidad de condenas morales. Esa «mala» representación no queda; es equiparable a cualquier acto común de mal de los que, por desgracia, el mundo está lleno. Una «mala» producción no merece más atención de la que se presta a la noticia, en el periódico, de un robo, de un asesinato, de una violación. Que aparezca bajo el rótulo de «novela», «cine», «teatro» o «cultura» se debe a que con algo tienen que llenar esas secciones. No todos los años se produce una obra maestra.

Desesperada nostalgia

Las relaciones conflictivas entre estética y ética se plantean en aquellos casos en los que hay obra maestra y esa obra puede leerse como una especie de retablo del mal, cuando no de su apología. Pero entonces sucede algo inquietante: las cimas de la creación estética no son simplistas cuando rozan la condición ética del hombre. No es que la estética se convierta en su propia ética; es que, cuando hay obra maestra, incluso si camina entre los caminos del mal, se deja traslucir como una desesperada nostalgia del bien. André Gide, un autor ahora casi pasado de moda y que tan bien encarna lo que aquí intento decir, escribió en una ocasión que la belleza del mal es como el perfume de nardo que la Magdalena no hubiera derramado.
Es una forma hermosa de decir que el mal es la privación de un bien, que no tiene una entidad, por así decirlo, sustantiva. Y como hay una belleza del bien, hay una belleza del bien posible y no realizado sino como su privación, como mal. Goethe, que también pensó en estas cosas, presenta a Mefistófeles, en el Fausto, como «el espíritu que siempre niega». Por todo esto resulta simplificador dar a entender que algo es artísticamente valioso por el simple hecho de defender el mal. Como también resulta falso decir que algo es artísticamente valioso por el simple hecho de que defienda el bien. Ese «algo» tan difícil de definir en lo que consiste lo poético, en su sentido más amplio, no queda explicado sólo por categorías éticas.

Dulce y amargo

Todo esto es complejo, porque el hombre no puede ser pintado de dos brochazos. Refiriéndose a Pound y a Céline (otro gran escritor, fallecido en 1961, filonazi, inmoral), «Le Monde» señalaba: «Tienen en común el genio y la abominación. ¿El genio es una excusa?». Yo no lo sé, pero el genio, cuando se da, está ahí. El primer «genio» del mal se llamaba Luzbel, según la antigua tradición. De él, poéticamente también, escribe Juan en el Apocalipsis: «Un dragón color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos; sobre sus cabezas siete diademas; su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las lanzó sobre la tierra».
La representación de Satanás en la Divina Comedia es magnífica; es magnifica; ese ser es todo menos insignificante. Y Milton, en El paraíso perdido, comparte esa inquietud ante al padre de la mentira, el espíritu que siempre niega. Estos no son mitos sin consistencia. Mientras se vive en la historia nada es completamente explicable. Las grandes obras artísticas pueden ser a la vez dulces y amargas, como aquello que escribió también Juan: «Tomé el libro de la mano del ángel y me lo comí; era dulce como la miel a mi boca, pero en cuanto lo hube comido se me llenaron de amargura las entrañas».
Si no se tiene un estómago fuerte es mejor no probar las obras maestras del mal, porque el gusto por el bien puede quedar estragado irreversiblemente y, sin ese sabor del bien, el hombre no es hombre. Pero los libros del Libro por antonomasia no han ocultado nunca la realidad. Nada de lo que puede ocurrir puede tomar por sorpresa. «Y vi a la mujer emborracharse de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús, y al verla me quedé estupefacto. Y el ángel me dijo: ¿De qué te extrañas?».

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