Luz memorable

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1874

Los griegos, en Occidente, descubrieron cánones de belleza, categorías estéticas, relaciones de la belleza. Y durante siglos se han ido descubriendo más. El griego nunca creyó que él creaba belleza, sino que la encontraba. De ahí su alegría cuando descubría pautas para engendrar obras en la belleza: es algo que encontraba y de lo cual participaba.
El clásico, como el romántico, recibían lo que venía de la realidad, se sentían agradecidos y la acogían. El artista era el gran hombre sensible a modos de belleza más sometidos a reglas objetivas que están ahí y que, incluso, pueden sujetarse a fórmulas matemáticas. Por ejemplo, la regla de oro griega: cuando se divide un cuerpo humano conforme a ella, esa división produce belleza. Podemos decir que es algo que está ahí, el sujeto no lo ha creado, lo ha descubierto.
En el siglo XX dicho de modo muy general el arte rompe con la búsqueda de la belleza. Tanto el griego como el romántico no querían dominar, querían dejarse influir. Beethoven, por ejemplo, que estaba a caballo entre el romanticismo y el clasicismo, decía: «Cuando voy al campo me asaltan las ideas musicales. Mi trabajo consiste en acogerlas y seleccionarlas». Estaba convencido que existía algo sublime de lo que él participaba. «Se me ha otorgado el enorme privilegio de un reino de inaccesible belleza. Toda mi tarea en la vida es comunicar a los hombres esa gran belleza».
Encontramos aquí una actitud de acogimiento. Lo importante es la actitud frente a la realidad.
Javier Zubiri señaló en una ocasión que toda la crisis del siglo XX consiste en que el hombre quiere poseer verdades y no dejarse poseer por la verdad.
Al cambiar la actitud, los artistas creen que pueden hacer lo que quieran, como y cuando quieran. Y ésta es la enorme equivocación. Suponen que todo cuanto hacen merece un lugar en la historia. Una escultora francesa, en un congreso en Montreal, decía: «Yo soy una artista. Voy por la calle, veo una piedra, la coloco en mis manos, la contemplo y por ese simple gesto queda ya convertida en una obra de arte». Pasa lo mismo en la filosofía. El filósofo cree que él está creando la verdad. No, la verdad hay que descubrirla.

ARTE SOBRE PEDIDO

Stravinski, un grandísimo músico, afirmaba como esteta: «Así como el picapedrero pica la piedra que él determina picar, cuando y como quiere, así yo como músico, escribo sobre el pentagrama el número de notas que quiero, como quiero y cuando quiero». Se equipara el trabajo mecánico de picar piedra con el trabajo creativo de componer música.
Este cambio de actitud es, a mi modo de ver, enormemente peligroso porque confunde lo artesano con lo creativo. Un carpintero se levanta a las tres de la mañana y hace una silla, termina y se acuesta, y al cabo de cinco horas puede hacer dos más. El mero artesano no el artesano que además es artista hace lo que quiere, como y cuando quiere; un poeta, no. No crea versos cuando le da la gana, puede hacer versos. Pero, ¿es eso una obra de arte? Para crear versos tiene que esperar el momento de la inspiración; entonces se entrega a la realidad, dialoga con ella, y el fruto de ese diálogo, muchas veces, no siempre, da lugar a una música, a un poema.
Cuando Jorge Guillén, excelentísimo poeta, cumplió ochenta años, fueron a verle unos muchachos y le dijeron: «Maestro, a pesar de sus ochenta años, seguirá haciendo versos…». El se levantó, fue a la ventana que miraba al Mediterráneo, la abrió y les contestó: «Es posible que un día yo me levante, respire el aire de mar, vea las gaviotas y se me ocurran unos versos». El no confundía la artesanía con la creatividad.
Actualmente, muchos artistas tienen una idea vetebradora: hacer obras subrayando el hacer, como si todo tuviera un valor por el mero hecho de realizarse. No engendrar obras en la belleza, como decía Platón. De la última exposición Arco, en Madrid, una exposición europea de arte, salí totalmente frío. Sólo hubo dos o tres cuadros que realmente decían algo. Se quieren hacer obras desde uno mismo, sin participar en un mundo de creatividad común a otros.

REVOLUCIÓN DE APLAUSOS

Ahora pareciera que la meta es hacer algo distinto a los demás. Hubo una vez en Madrid un concierto, en el Teatro Real entonces la mejor sala de conciertos, y el concertista un magnífico concertista en medio de la pieza sacó unos guantes que llevaban cosidos, en cada dedo, unos dedales de metal y continuó tocando el piano. Al día siguiente, en la televisión, dijo: «Ayer fue un día histórico, porque por primera vez en la historia de la humanidad, un pianista tocó en una sala de conciertos, un concierto con unos guantes con dedales». Eso es igual que si yo, un día en la clase, me quedo en paños menores, me voy dando saltos por el pasillo y al día siguiente digo: «Señores, ayer fue un día histórico, porque nunca en la historia de la universidad, un catedrático salió en paños menores por el pasillo de la universidad». Eso es una extravagancia, no un hecho histórico. Mucho de este arte de vanguardia confunde lo histórico con lo novedoso.
Estos artistas pretextan que no se les entiende, que el público está todavía en pañales. Pero el lenguaje que utilizan no dice nada a los demás. El pueblo de Viena, cuando se estrenó la Novena Sinfonía de Beethoven una revolución en el arte sinfónico se rompió las manos a aplausos el primer día de la representación. Era un lenguaje totalmente nuevo, el mundo que plasmaba el compositor era el de la lucha del hombre contra su destino, que culminaba en un mundo de alegría producido por la solidaridad de los hombres entre sí y con el Creador. Era un lenguaje novedoso que inmediatamente los vieneses captaron. Y como éste podríamos señalar mil ejemplos.
Estas creaciones nuevas no son fruto de un diálogo entre quien crea y un mundo de creatividad, de valores, en el que nosotros podamos participar. El arte feísta, por ejemplo, es la imposición total: hago lo que me da la gana y el público tiene que aceptarlo como sea porque yo lo hago, y si no lo acepta es un necio. Se desarrolla entonces un proceso de mercado: lo que cuesta se dice que vale, en vez de lo que vale cuesta. Se invierten los conceptos.
Lo mismo ha pasado en la literatura. Son obras con mucha técnica estilística, a base de pura construcción. Y, al final de todo, lo que se encuentra es un virtuosismo de la lengua, porque, ¿qué mundo existe ahí que me diga algo? Si yo no encuentro un mundo expresivo, un mundo humano en el cual participar, francamente me interesa poco.

CREATIVIDAD: FRUTO DE ENCUENTROS

La creatividad es algo que nos supera. Yo no soy dueño de los versos que escribo. Es como el campesino: no es dueño del trigo, porque éste es fruto de un encuentro. El campesino colabora, pero también el sol, el agua, la tierra, en fin, es una múltiple colaboración. Por eso el trigo es un don que simboliza la amistad: el anfitrión parte el pan y lo comparte con el invitado porque el trigo, fruto de una confluencia múltiple, es, a su vez, símbolo de la unión del anfitrión con el huésped al que invita.
Este arte de vanguardia del que hemos hablado no intenta participar en el mundo espiritual. ¿Por qué unos sencillos maestros del románico, de un pueblo asturiano o gallego, que no sabían prácticamente nada de arquitectura, con una cultura de hombres de pueblo, han creado unas obras torres, claustros, iglesias que admiramos ahora y vibramos ante ellas? ¿Por qué? ¿Porque eran unos genios? Pues no. Podía haber algún genio como el maestro Mateo, de Santiago de Compostela, pero, en general, eran personas que vivían en un mundo espiritual, un mundo estético, un mundo religioso, un mundo social… Y eso lo plasmaban ahí. La inmensa riqueza del mundo en que participaban se plasmó en una obra de arte. De tal manera que cuando entramos en contacto con estas obras, no lo hacemos con los maestros que incluso muchas veces no se sabe quiénes fueron sino con el mundo que se plasma ahí.
No tenemos nada en común con los tiempos del siglo I hasta el siglo IX, entonces, ¿por qué nos conmueve el canto gregoriano? Por una razón profunda: porque el tiempo y el espacio no importan nada. El arte los supera. Estas personas eran humildes; participaban en un mundo en este caso comunitario y religioso, que venía de la sinagoga, en buena medida, y de Grecia en la parte técnica, y todos esos ámbitos los participaban y plasmaban en obras de arte. Lo importante es que ellos participaban en un mundo y nosotros también. Hay comunidad de mundos que se participan.

BELLEZA SOBRECOGEDORA

Si no se cultiva la belleza, entonces se puede cultivar todo, se puede hacer todo. En ocasiones frecuentes estos movimientos de vanguardia son más sociológicos y políticos que estéticos; buscan un tipo de arte como protesta. Afirman que todo esto tiene valor porque es la descontextualización, es decir, sacar algo de su contexto y su orden, de todo aquello que se supone es lo establecido, lo convenido. El feísmo, por ejemplo, busca hacer un arte feo en sí mismo, cerrado.
Un enano de Velázquez no es guapo, el sujeto es feo dentro del campo de lo que es una persona humana, pero el cuadro es bello porque responde a las normas de la belleza pictórica. Una cosa es el argumento y otra su representación. El argumento puede ser terrible. La tragedia de Macbeth no es graciosa. No es bello, en el sentido corriente, que un noble mate al rey al que tiene como huésped en su castillo, mate a los hijos del rey, etcétera. Pero Shakespeare plasma con belleza sobrecogedora este proceso de vértigo. Las realidades u objetos pueden ser todo lo feo que se quiera dentro del cánon que les es relativo, pero si con ello se realiza un arte que comunique bellamente, humanamente, entonces hablaremos de una obra fenomenal.

DIÁLOGO A VARIAS BANDAS

El arte es fascinante precisamente porque es manifestación de creatividad. La creatividad siempre es dual: tengo que dialogar con realidades que me otorgan posibilidades, pero dialogo activamente, no estoy pasivamente recibiendo; el fruto de ese diálogo son las distintas formas de arte.
Si soy arquitecto y trazo un diseño, tengo que dialogar con el paisaje, para no incrustar mi obra, forzada, en él. Toda obra debe ser fruto de un diálogo a varias bandas: construcción, arquitecto, paisaje, características de la época, materiales, etcétera. Al ser fruto de un encuentro todo esto tiene enorme valor formativo porque nos enseña a ser abiertos, duales.
El arte tiene que expresar algo luminosamente a través del tiempo. Pienso que ésas son columnas del arte auténtico de todos los siglos.
Puede ser también que en un arte africano yo no tenga sensibilidad para encontrar belleza. pero sin duda ellos la ven. En ese caso hay que matizar. Cada época, cada nación, cada civilización responde de manera distinta. Pero dentro de nuestro ámbito hay que tener claro un parámetro: el arte tiene que ser un diálogo, fruto de una participación en un mundo espiritual entendiéndolo de una manera amplia: estético, humano, religioso que plasme, luminosa y bellamente, un mundo en el que podamos participar.

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