Rehabilitar la modernidad

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Hace tiempo conocí un chiste. Pepito, precoz como siempre, hacía proposiciones a cuanta niña veía. Un día se encontró con una, tan precoz como él, que aceptó la propuesta. Y entonces Pepito salió corriendo… El cuento viene a colación porque algo así está pasando a la humanidad. Quisimos primero desencantar al mundo y gobernarlo, dar a nuestra conciencia y técnica el poder para construir el mundo nuestro propio mundo, y ahora que, más o menos, se alcanzó el objetivo, no sabemos qué hacer. Queremos correr y abandonar aquel proyecto desarrollado durante muchas generaciones.
Hay crisis o sensación de crisis. El saldo se puede medir por la desilusión que priva, y vierte al hombre en el hedonismo consumista y el vacío que padecemos. Si nos sentimos con ganas de consumir todo hasta consumirnos, perdidos, desamorados y sin fe, es porque ese saldo es evidentemente negativo. Así que para los posmodernos la profundidad de la crisis es clara y angustiante: si el proyecto del mundo encantado (el de la magia) falló y ya lo enterramos, y si el del mundo desencantado (el de la lógica, el de la conciencia) también se malogró o ya no vale la pena, ¿qué puede quedarnos? Sólo el vacío. De allí la defensa posmoderna de la locura por la vía del nihilismo.
Si decidiéramos olvidarnos de la modernidad, ¿qué otro proyecto histórico podría tomarse? La respuesta es compleja pero, se puede pensar, si ya el hombre no tiene confianza en el hombre y su conciencia, entonces podría venir, fácilmente, la reconquista del mundo por la magia, que es también la inconsciencia o el fanatismo yeso, como sabemos por la historia, puede traer consecuencias terribles para todos por la intolerancia que conlleva: imposibilidad de generar consensos racionales.
Si no queremos salir corriendo del mundo y negar todo que sería como quedar muertos en vida el saldo tendría que mirarse, al menos, potencialmente positivo y mayor que el de otras opciones posibles. Sólo así puede seguir válida la modernidad como proyecto histórico.
Balance al cierre del ejercicio
Entonces, ¿que ha dejado la modernidad y qué potencial tiene frente a otras opciones? Verdaderamente un alud de puntos negativos: riqueza desmedida aliado de hambruna y miseria; dos guerras mundiales y la amenaza permanente de desaparecer; desplazamiento moral a manos de la técnica y la consecuente imposibilidad de controlar ésta última; desaparición de solidaridades sociales antiguas que nos quitaban movilidad pero otorgaban compañía; desencantamiento del mundo y pérdida de Dios como creíamos que era; desvergüenza consciente de nuestro egoísmo y, entonces, desamor y mucha soledad; esa horrible y tonta sensación de tenerlo todo en medio del vacío; comunicación mediatizada que enajena, engaña y roba la conciencia; desilusión frente a toda autoridad; la Tierra en nuestras manos para deshacerla; nosotros en manos de unos cuantos o de instituciones y estructuras organizacionales que nos condicionan y dominan, aparentemente dirigidas por nadie y que se autorreproducen, pareciera, sin ninguna vigilancia…
Frente a esto, también ha dejado algunos puntos positivos. Sobre todo la costumbre de usar la razón crítica, base del respeto a los otros; la tolerancia como norma social y la posibilidad de ejercer nuestra conciencia, que es el cimiento para realizar nuestra potencia como ser.
Dado que el proyecto de la modernidad se fundamenta en el reconocimiento de la individualidad y de la conciencia del hombre y su capacidad de crear y construir, éste permite o tiene potencial para permitir el pleno desarrollo humano como ningún otro proyecto de los hasta ahora imaginados en la historia filosófico-política de las civilizaciones. Está visto, que el hombre es el único ser con conciencia sobre la Tierra capaz de cuestionarse complejamente al mundo y expresarlo, y el único que con su cuerpo, pensamiento y lenguaje, modifica la naturaleza para adaptarse mejor a ella. Digamos que pensamos por instinto y que, por él, también transformamos la naturaleza. Pero, además, somos seres conscientes de nuestra individualidad y eso nos empuja a buscar ejercerla.
La visión naturalista de la modernidad, es el mejor aval para la mantener dicho proyecto histórico y mirar esta posibilidad como ventaja de mucho peso en su evaluación: pese a las desventajas, la filosofía de la modernidad garantiza como principio fundamental de afirmación de la vida y del mundo el respeto a cada individuo por el sólo hecho de ser.
A favor de este punto, se desprenden otros varios también importantes: el progreso técnico, a su vez, incrementa nuestra comprensión del cosmos, y a través de la medicina y ciencias naturales en general, afirma la vida y tiende a perpetuarla; la posibilidad sin precedente de mejorar las condiciones materiales de vida para grandes masas de población; comunicación sin importar distancias ni idiomas; nuestro enriquecimiento cultural con la aceptación crítica y aprecio de otras manifestaciones; organización y control social relativos para evitar abusos por parte de distintos grupos de poder; capacidad social para autocorregir las acciones; etcétera.
Este proyecto también demanda responsabilidad constante y trabajo al respecto. Por ello, los resultados no pueden garantizarse permanentemente y dependerán de nuestra acción. La modernidad es siempre proyecto inacabado que requiere de la política, además, como base de la acción colectiva para realizarse cada vez.

Entre la magia y el vacío

El problema de la modernidad es justamente su carácter permanentemente incompleto, siempre por desarrollar. Pero es justamente éste quien la hace posible y es la esencia, también, de toda su virtud; sin la posibilidad de construir constantemente no tendrían cabida la tolerancia ni la acción política y no habría capacidad social de autocorrección.
Una de dos: o cuando arrancó el proyecto se nos olvidó que éramos simplemente hombres y no dioses, y que el paraíso objetivo no podía ser como el imaginario, o bien que no aceptamos la continua responsabilidad que exige vivir en el mundo y no reconocemos la necesidad de la lucha constante por la vida. Sólo así puede explicarse la crisis de la modernidad.
Por ello, el desencanto posmoderno no es más que la expresión de nuestra propia inmadurez: el pobre niño rico que, teniéndolo todo, encuentra siempre razón para quejarse sin asumir un error y repararlo. Hemos cometido equivocaciones varias y costosas que deben reconocerse, enmendarse y procurar ser evitadas. Esto es lo que corresponde al sujeto responsable y maduro.
¿Cómo es entonces el saldo de la modernidad? Podemos decir que positivo, pero no perfecto; bueno, pero no en términos absolutos, lo cual, incluso, es compatible con el mismo proyecto. El fruto de la modernidad es la sociedad abierta, del orden relativo, de la permanente construcción inacabada, la sociedad que permite pluralidad y respeto a los otros. Esta apertura no conlleva el rechazo a compromisos, al contrario: implica uno esencial hacia el ser humano y su capacidad de construcción de un mundo dignamente habitable.
De modo pues que, aunque a veces den ganas de tirar la toalla y dejar nuestra responsabilidad en el mundo, valdría la pena rescatar la modernidad como proyecto histórico porque su saldo en términos generales es positivo, y porque la opción de regresar a la magia como la de quedarse en el vacío parecen peores. Pero, ¿cómo hacerlo?

Apostar a la política

En primer lugar, reconocer, de forma precisa y con humildad, que el proyecto moderno es de hombres y que, por tanto, no esperamos que sea perfecto. Nuestro mundo no será nunca el de los dioses y no es prudente esperar mucho más que lo relativamente bueno en un mundo humano. Si tenemos la conciencia y madurez suficientes para ello, apreciaremos el valor de corregir y estimar los modestos avances sin caer en amarguras.
Con ello reconoceremos el valor de la razón y el lenguaje, para luego considerar la política como la mejor forma de determinación y coordinación social, y olvidamos del hartazgo posmoderno y la abulia vital que invade nuestros tiempos. Incluso podríamos ir más lejos: sólo existe sociedad abierta si hay política, y sólo puede existir política dentro de una sociedad abierta (1).
Esto es más difícil de decir que de lograr. Quizá con el rescate de la infancia, la vuelta al origen, la destrucción del pensamiento como dogma institucionalizado, la reapropiación de la sencillez perdida, entremos en el misterio de la auténtica vejez.
La protesta posmoderna contra una propuesta quizá tan vulgarmente simple, tendrá muchos frentes. Puede empezar con las consabidas tesis sobre la inutilidad de la razón y la falacia del lenguaje para promover la inutilidad de la política. Esos argumentos no dejan de parecer juegos ociosos de sofistas: el mero hecho de argumentar con palabras en contra de la razón y el lenguaje es evidencia irrefutable y poderosa a favor de la utilidad de ambos.
También podremos toparnos con el argumento estructuralista que desprecia la pobre y pequeña acción de los individuos frente a las poderosas estructuras sociales históricas que rigen nuestra vida. El razonamiento resulta poderoso cuando nos sentimos atrapados e impotentes frente a alguna burocracia con poder aparentemente impersonal. Por contra, debe reconocerse que las instituciones y estructuras sociales se transforman a lo largo de la historia, no por acción de la naturaleza, sino por movimientos sociales con actores personales y líderes perfectamente identificables. Tales modificaciones a veces son muy lentas, pero a fin de cuentas se logran: han cambiado formas estatales, estructuras económicas, leyes, etcétera. El argumento de la dominación estructural que anula absolutamente al individuo no convence. Es innegable que el mundo social ha evolucionado, y mucho, y ese cambio se debe a la acción política.
Nicolás Tenzer, en un libro aliado contra la posmodernidad, que versa sobre los fundamentos de la política y los problemas de una sociedad sin ella, dice que una sociedad sin proyecto histórico pierde razón de ser y sentido, y sólo mediante la política, el proyecto de la sociedad se realiza y el hombre se encuentra con otros hombres en la vida que les es común.
El proyecto del hombre, como sabe Tenzer, lo reclama como animal político: la realización del zoon politicon aristotélico, el individuo como constructor activo de su orden social y sus instituciones.
Parece lejano el ideal de Aristóteles, en parte por la desilusión que implican los costos de la modernidad y por otro lado el interés privado que desplaza de la racionalidad de nuestra acción al interés público. El individuo, hoy, cree definir su vida al margen de los demás, y concentra la racionalidad de su acción en sí mismo como si ésta se diera en el vacío.
Si queremos rescatar la modernidad como proyecto histórico preferible a cualquier otro, debemos, en primer término, reconocer conscientemente que los intereses privados están, en todo momento, fuertemente afectados por la cosa pública y que ésta, a su vez, es, en buena medida (pero no exclusivamente), determinada por la confluencia, en el espacio común, de los intereses privados existentes. El interés público y el privado se determinan mutuamente y no pueden existir uno sin el otro. Es más, no puede haber política sin individuos que reconozcan el peso del componente público en la determinación de su acción individual pero, justamente por eso, como bien sabía Aristóteles, no puede haber hombres plenos sin política.
La vuelta al mundo del zoon politicon es únicamente producto de la voluntad. Pero, dado que el hombre perdió la motivación para hacer política, esta voluntad ha de ser, necesariamente, el primer paso para recuperarla. Se requiere voluntad para reconocer el papel de lo público en la esfera privada y para que la concepción del hombre como ser político se extienda en la sociedad tanto como lo ha hecho el conocimiento científico y técnico; es necesario que la acción humana vuelva a orientarse tanto a la construcción del orden social como a la transformación material del mundo.
La pérdida del espíritu político en el hombre se debe también a la evolución de las estructuras económicas y culturales que, en el capitalismo occidental, fomentan la creciente desaparición del interés por lo público. Por ello. la realización de este proyecto demanda, a su vez, cambios estructurales en nuestra sociedad que permitan revertir esa tendencia y favorezcan la acción política de los ciudadanos: medios de comunicación social, sistemas educativos e instituciones políticas (partidos. asociaciones civiles) y económicas (corporaciones empresariales) deben permitir y fomentar comportamientos más participativos, conscientes y racionales que tiendan a la construcción del orden común que afecta la individualidad de cada uno.

¿El fin de la historia?

En su famosísimo ensayo sobre El fin la de historia y el último hombre, Francis Fukuyama no hace más que apelar a este proyecto de la modernidad como algo definitivo. Para el autor que retoma el concepto de Hegel-, la historia tiene sentido. Este sentido, en términos hegelianos, es el del espíritu del pueblo en su marcha hacia el espíritu absoluto. Lo que en términos mundanos implica la liberación del hombre mediante la igualdad jurídica de todos los ciudadanos. El sentido de la historia no es otro que lo que aquí denominamos el sentido de la modernidad; la abolición de la esclavitud del hombre a través de la razón (diríamos aquí la conciencia) y la política.
Cuando Hegel creyó llegar al final de la historia, parece que se equivocó. Vino Marx a aguarle la fiesta porque la igualdad jurídica lograda por las revoluciones inglesa, francesa y norteamericana, no bastaban dentro de un orden económico que, según él, no sólo permitía, sino que incluso promovía y perpetuaba la desigualdad a través de la explotación capitalista como forma contemporánea de esclavitud para los no propietarios de los medios de producción.
Por eso es que Marx, hombre de la modernidad que creía en la razón, en la ciencia y en la capacidad del hombre de construir el mejor orden social posible, lanzó su proyecto político. Ya se sabe el resto de la historia marxista hasta las atrocidades del totalitarismo soviético y sus hijos. Fue resultado de la pérdida de la razón crítica (moderna y usada por el mismo Marx) por parte de los adoradores de Marx: un catecismo dogmático y profético que negaba, incluso, a la modernidad que le había dado origen (2).
En 1990, cuando se derrumbó la fantasía leninista y ganaron consenso las ideas de la sociedad abierta, el orden democrático y la economía de mercado, como el mejor orden posible, Francis Fukuyama habló del fin de la historia: triunfo del proyecto de la modernidad; conciencia; ciencia; construcción social de la realidad; sociedad que se autorregula; pensamiento crítico; razón y evidencia empírica; orden político democrático y economía de mercado. Para Fukuyama, llegamos al fin de la historia hegeliana por la unificación universal de criterios en cuanto a proyectos históricos.
Cuando este autor señala el fin de la historia no quiere decir que hayamos entrado a un mundo siempre estable y predeterminado. Al contrario, sabe que el mundo del hombre, el de la modernidad de la sociedad abierta, es inestable, cambiante, relativo, en eterna construcción. El fin de la historia no es la congelación de los hechos de la vida social. Es el triunfo de un proyecto histórico.
Ahora bien, ¿es válido hablar ya del triunfo del proyecto histórico de la modernidad? A juzgar por los planteamientos escritos páginas atrás, el punto no es claro y el festejo de Fukuyama puede resultar precipitado como fue el de Hegel en su tiempo. No es que la modernidad se vea en peligro por el resurgimiento de la ideología marxista o por algún otro proyecto supuestamente alternativo. La amenaza proviene precisamente, de la carencia de objetivos y la indiferencia social: el problema puede ser la borrachera nihilista y el vacío de la posmodernidad. Una sociedad desencantada y sin proyecto puede caer con relativa facilidad en los brazos de cualquier fantasía totalitaria.
Este riesgo existe por el abandono en que el hombre se tiene y por el desencanto que ha dado origen a la posmodernidad. Hannah Arendt señala que el movimiento nazi sobrevino en Alemania como alternativa de ruptura al infierno y vacío de la posguerra: cuando una sociedad no cree en sí misma, es capaz de creer en cualquier cosa.
Tal es la alternativa que podría estropear los festejos del «fin de la historia»: sin proyecto histórico social, con individuos dejados al garete de sus egoísmos miopes y sus temores, podríamos asistir, en su lugar, a un nuevo reino de la irracionalidad, en el que, entonces sí, nada tendría qué hacer la política. Si «el último hombre» del que nos habla Fukuyama es el hombre consciente, maduro, respetuoso de los demás, responsable de su paso por el mundo y comprometido con la construcción plural de un orden social cada vez mejor pero siempre mejorable, entonces sí que quisiéramos sumarnos a sus festejos. Y no para congelar la historia, sino para seguirla realizando. Quizá descubramos algo aun mejor que la democracia y el mercado para moldear nuestras estructuras sociales de manera que vivamos más humanamente.

(I) Por política no nos referimos únicamente a cuestiones ligadas con el régimen estatal, sino a la política que es debate racional para articular cualquier acción humana no individual y que, como tal, ha de estar presente en la vida cotidiana de todos los sujetos sociales.

(2) Resulta por ello curioso y hasta divertido que muchos de los que se dicen posmodernos hablen de que perdieron su confianza en la política por el fracaso del sueño marxista.

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