Una estética de la fealdad. Lo bueno, lo malo y lo feo

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Hace unos días vi en la televisión «Los Simpson». Se trata, sin lugar a dudas, del american way of life. Pero no ya del «there is no way as american way», que todos conocimos por Hollywood. No es el mundo de la casa simpática, de los Com-flakes, del «hogar, dulce hogar», de las virtudes domésticas y los pequeños contratiempos (como la visita de la suegra o las desmesuradas compras de la esposa). «Los Simpson» son la otrra cara de la suciedad yanqui: un poco de alcohol, diluido en consumismo y sazonado con la crisis familiar (esencia del «home, sweet home»).
A la imagen, profundamente estética e ideal del american way, «Los Simpson» oponen una imagen agresiva, grotesca y deprimente: los colores, los rostros, la carencia de ideales. «Los Simpson» parecerían un programa de propaganda anti-yanqui producido por los soviets (en sus antiguos tiempos), asesorados por Mao Tse-Tung y con la colaboración de Castro.
Y es que, hoy por hoy, acudimos a lo que algunos han denominado antiestética o feísmo. Que no se trata de algo aislado, basta para convencerse ver «Batman» I y II. Películas en las que uno no sabe quién es «mejor», si el Pingüino o el habitante de la baticueva, dignos de una historia de E. Allan Poe.
La perfección de Jack el destripador
Sin embargo sé que desconcertaré al lector no quiero lanzar ahora una serie de imprecaciones contra el feísmo, como si lo «feo» fuese una falta moral. Lo confieso: en cuestiones de estética soy un relativista contumaz (1).
Me explico. Ni todo lo bueno es bello, ni todo lo malo es feo. Belleza y bondad son atributos de órdenes distintos. Uno de los grandes progresos del cristianismo frente al mundo clásico fue la distinción entre lo bello y lo bueno.
Los griegos (como también Nietzsche) tenían una concepción estética de la ética. Es decir, concebían la belleza como un atributo ético (2). O dicho en los términos prosaicos de una vieja canción: «…que se mueran los feos».
En el mundo griego, tiende a haber una identidad entre belleza y bondad. Por el contrario, en el mundo cristiano, belleza y bondad sólo se identifican en Dios. De suerte tal que es posible una dimensión estética en una actitud pecaminosa (recuerdo ahora el ensayo The murder as one of the fine arts), al tiempo que una actitud virtuosa puede ser poco estética (las austeridades de un convento del Carmelo, por ejemplo).
El cristianismo a diferencia del mundo clásico distinguió perfectamente entre bien y belleza. La ética tiende (entre los griegos y romanos) a disolverse en estética. El héroe griego es un artista que representa en su vida una gesta. Morir heroicamente es para el griego el acto final de una obra de teatro. Se trata de vivir y morir con arte, con belleza. El sentido de la vida en el grecorromano es el de saber vivir y morir con arte. Esto explica que antes de morir «indignamente» (con deshonra) sea preferible un suicidio elegante (el mítico Ayax y el histórico Séneca). En cambio, el santo cristiano no busca vivir estéticamente porque el sentido de la vida no es la belleza sino el bien. El mundo grecorromano se rige por la «moral» del triunfo estético (la eugenesia es una práctica espartana) (3;el mundo cristiano, por la moralidad del bien. El Mesías doliente «no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni aspecto para que nos agrade» (4). Los dioses griegos son siempre bellos, apuestos y magníficos (por eso Hefestos es un dios de segunda). El cristianismo, en cambio, reivindica la bondad de la fealdad, pues al fin y al cabo la belleza y la fealdad son intrascendentes, irrelevantes para la vida moral.
Evidentemente, ello no significa que el arte sea una actividad aislada (completamente autónoma) del contexto humano. Las acciones son de los sujetos individuales. Todo sujeto es ético, por ende, la actividad artística en cuanto acción libre posee una dimensión ética.
Distinguir, pues, entre belleza y bondad, no implica afirmar la radical autonomía del arte. Si he dicho que la dimensión estética es irrelevante para la moralidad (pues lo bello puede ser malo y lo feo bueno), de ahí sólo se sigue que el arte puede ser o bueno o malo, pero no se sigue que no sea ni bueno ni malo. La obra de arte en cuanto obra de arte únicamente es estética; la obra de arte en cuanto obra de un sujeto moral (y el hombre lo es) es buena o mala.
Hecha esta salvedad, yo insistiría en que la belleza de las obras de arte no está en función de su moralidad, como tampoco la eficiencia de la tecnología depende de su moralidad. Aseverar «Jack el destripador fue el asesino perfecto, pues sus destazamientos fueron alarde de técnica y nunca se le capturó» no implica una alabanza ética a Jack. De igual manera, criticar el recargamiento y cursilería de los paisajes reproducidos en tantos calendarios, no implica una adjetivación moral (el responsable de dichos atentados pictóricos será un «mal» artista, pero no un «mal» hombre).

Playboy, los Simpson y el pop-art

Dicho de otra manera, el buen o mal gusto no es ni vicio ni virtud moral. El arte no es per se (esencialmente) una actividad moral y por ende, la frase «en gustos se rompen géneros» es perfectamente válida, pues el arte no es un género moral.
La moralidad en el arte sólo puede «colarse» por el fondo, ya sea por una ideologización o por una erotización. La obra de arte se pornocratiza, cuando no invita a la contemplación estética, sino que está diseñada para estimular la sexualidad. El Adán desnudo de la Sixtina está claramente diseñado con finalidad distinta de los desnudos del Playboy. En la obra pornográfica como en la obra publicitaria, el peso está del lado del fondo: el pomo-productor y el publicista desean que el espectador se fije en el fondo, ya sea para provocar, ya para vender. En cambio, el artista está por decirlo así por encima del tema. La forma absorbe el fondo. Por ello, «lo feo» puede ser artístico.
No obstante, el caso de la «ideología» del arte es bastante más complejo, pues toda obra de arte, tiene una buena dosis de «ideología».
Sea como sea, cabe una ideologización del arte. Así aconteció, por ejemplo, con algunos pintores y escritores soviéticos del realismo socialista y sucede me temo con Madonna (5) y «Los Simpson».
Me explico: el arte es un vehículo ya de ideas, ya de convicciones, ya de actitudes ante la vida. Ciertamente, la creación artística no es dictar una conferencia o exponer una teoría. El artista no es un teórico que presenta al público el desarrollo de unas ideas, es un práctico que ejecuta una idea, un modelo. Yo no soy un «purista» del arte, de aquellos que consideran que la actividad artística está por encima de intereses, convicciones y creencias. Si el arte es racional (y lo es, pues las bestias no hacen arte), tiene que ver entonces con ideas. En este sentido, toda expresión artística transmite una determinada colección de ideas, o de actitudes, o de códigos éticos (si bien otra paradoja el arte no es un medio de comunicación conceptual).
Sin embargo, aunque el arte tiene un fuerte exponente comunicativo, el arte no se reduce a propaganda. Hay una clara distinción en los casos extremos: el David de Miguel Angel y un anuncio de Quick.
Ideologizar el arte es romper la proporción y unidad entre el fondo (tema, idea, contenido) y la forma. Toda obra de arte transmite ideas y más de una obra maestra se subordina a un conjunto de ideas (los estupendos retablos churriguerescos de Tepotzotlán se subordinan al dogma y liturgia del catolicismo, y no por ello dejan de ser bellos). Pero la obra de arte goza de unidad y equilibrio entre fondo y forma.
Cuando la unidad y equilibrio entre forma y fondo se resquebraja, la obra de arte queda convertida en propaganda. Aunque puede suceder también al revés: la publicidad que se convierte en arte (pienso en Andy Warhol y el pop-art, o en algunos publicistas de renombre. Recuérdese el caso de Tolousse-Lautrec).

¿Arqueología o arte?

Estos rodeos no son sino un marco para reiterar (de una manera explícita) mi tesis: la belleza es tan relativa que incluso «lo feo» puede ser bello (6).
Desde hace tiempo tengo la impresión de que en algunos círculos conservadores (7) latinoamericanos (España es caso aparte) asocian el academicismo artístico (el canon grecolatino) con una visión cristiana de la vida. El abstraccionismo geométrico, Kandinsky, Braque o Stravinsky parecieran incompatibles con una cosmovisión cristiana. Se trata, por supuesto, de una impresión subjetiva que más de un lector podrá objetar (y con gusto recibiré las objeciones).
Los círculos conservadores latinoamericanos tienen que alejarse de una concepción etnocéntrica (o, mejor dicho, eurocéntrica) de la belleza. La peculiar historia latinoamericana hizo por reacción que los grupos políticos e intelectuales se compactaran en los extremos: el conservador conserva todo y resiste cualquier cambio. Pero el arte cambia y no podemos anclarnos en modelos pasados, como si fueran definitivos (un «manual» de Carreño del buen arte).
Cuando Perry llegó al Japón, los japoneses se rieron de los deformes ojos occidentales y de sus ridículos vestidos. ¿ Tenían razón?
Lo occidental no debe autoconstituirse en patrón universal del arte (como tampoco puede serIo el arte oriental). El «buen gusto» es algo muy relativo y en su relatividad estriba su grandeza. Por ello hay cambios en artes. De lo contrario, la arqueología sustituiría al arte.
Esta concepción eurocéntrica del arte es en el fondo una concepción ideológica del arte. Para tales eurocéntricos, el tema (fondo) es decisivo: lo bello tiene que tener un contenido grecolatino. En consecuencia, resulta incomprensible para ellos la belleza de una mujer zulú. La Coatlicue o el Buda de Jade palidecen (con este criterio) frente a la Venus de Milo, pues han ideologizado el arte. Sólo es bello el fondo eurocéntrico e incluso sólo es aceptable la técnica eurocéntrica (8).

Ni puro genio ni pura técnica

Nadie puede pretender detentar el paradigma del «buen gusto». Manuel Tolsá (el gran neoclásico catalán en la Nueva España) criticó acremente los dorados retablos barrocos; a él se debe la destrucción de los interiores churriguerescos de la iglesia capitalina de «La Profesa». A su vez, algunos renacentistas consideraron como propio de bárbaros las espléndidas catedrales de Reims y Estrasburgo: «gótico», viene de «godo», pueblo no precisamente culto y refinado.
Tanto la práctica como la crítica de arte son algo ambiguo. El arte no es ya lo vio Kant ni el puro genio, ni la pura técnica.
Justamente como el «maI» o «buen» gusto es algo relativo, la belleza y el mismo concepto de arte son agua en las manos. En vano intentaremos atrapar su esencia: pretender atrapar la esencia de una u otra es la tentación de la intolerancia. El arte no puede ser tratado como ciencia exacta, la belleza no es una idea abstracta (como un número) que existe por encima de los hombres. La belleza se da en circunstancias concretas, en un ser concreto y, sobre todo, la belleza se inventa, se crea. Siempre caben formas nuevas de belleza, detentar una definición absoluta de arte o belleza es condenar a la esclerósis (acamedicismo) la actividad artística. Nuevas técnicas, nuevas tendencias, el arte es de suyo vanguardista, pues es creación, no reproducción industrial de «Venus de Milo».
Lo que hace al artista no es el manejo de un determinado fondo (tema), ni el cultivo de una determinada forma. «La resdesollada» de Rembrandt y los enanos de Velázquez son bellos, aunque a todos seguramente nos desagradaría conocer un «rastro». En cambio, los «Alpes» pintados por tantos aficionados no pasan de ser vulgaridades al óleo, por muy bello que sea el Mont Blanc.
La técnica tampoco es la última palabra. ¿Quién diría que la ingenuidad de Hermenegildo Bustos (nevero, pintor y guanajuatense) o la tosquedad de algunos dibujos manuscritos románicos son «menos bellos» que el «realismo academicista» de cualquier pintor de rótulos y anuncios panorámicos?
Deslindar, pues. Toda actividad humana libre puede recibir connotaciones éticas, pero el «buen gusto» no es ni virtud cardinal, ni conocimiento infalible. ¿Y «Los Simpson»? Han sido sólo un pretexto. En algunas ocasiones el fondo se pierde en la forma, tanto por excelsitud de la propia forma, como por fragilidad del fondo. Así, tener una reproducción de la Palas Atenea de Fidias no implica devoción a la diosa pagana; el fondo se pierde en la forma.
En cambio, difícilmente puede tenerse en casa el grupo escultórico «Habitación de un motel en 1967» de Georges Segal sin hacer un gesto de aprobación o desaprobación sobre el tema. El lector juzgará por sí mismo sobre Batman y Bart Simpson…
¿Son «Los Simpson» publicidad? ¿Existe creación estética? Preguntémonos qué domina: el fondo o la forma, y quizá tengamos la respuesta.

(1)El lector aguisado notará dos cosas: digo en estética, no en ética; y digo relativista, no escéptico. Salgo al paso así a posibles malinterpretaciones.

(2) Como puede notarse en el uso de la palabra Kálos, de significado ambiguo, pues navega entre «belleza» y «bondad».
(3) Recuérdese que los ancianos espartanos revisaban a los recién nacidos. Si el bebé no pasaba el «control de calidad” era arrojado desde el Táiyeto para morir estrellado.
(4) Isaías LIII, 2.
(5) Difiero en este punto concreto de mi amigo y colaborador Sergio Aguilar-Alvarez con quien he discutido este escrito.
(6) Hay un artículo interesante sobre este punto, Adolfo Sánchez Vázquez: «La dimensión estética de lo feo», intelectual connotado de la «inteligensia» marxista mexicana.
(7) Que bien claro quede: «conservado», no equivale en manera alguna a «cristiano». Cfr., por ejemplo, a Alejandro Llano, «El diablo es conservador» (istmo no.194, mayo-junio), autor con quien siempre estaré en deuda.
(8) Y así las técnicas artísticas que no encajen con la tradición grecolatina-renacentista son incomprendidas: lo mismo se trate de la «perspectiva» cubista, que la perspectiva románica.

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