Chilango, ¿ser o no ser?

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Hace algunos días Rafael -buen amigo mío- me invitó a tomar chocolate con churros en la celebérrima Chrrería <<EI moro>>. Y aunque San Juan de Letrán (hoy <<Eje central>>) está intransitable por las obras del Metro, y aunque era domingo por la tarde (hora no muy apropiada para visitar el centro de la Ciudad de México), el plan resultó un éxito. En todo Madrid -incluyendo la Gran Vía- no he comido churros tan buenos. Otro tanto puedo decir del chocolate <<a la francesa>> (pues el chocolate <<la española>> es un híbrido entre champurrado y fondue): en todo París nunca bebí tan buen chocolate, ni siquiera en aquellos cafecillos universitarios del Boulevard Saint-Germain y Saint-Michel. Y es que -lo digo ya descaradamente- México D.F. sigue siendo la Ciudad de los Palacios.
Como todo asentamiento humano, el D.F., tiene un lado oscuro (<<el lado oscuro de la fuerza…>>). Los soberbios edificios del Washington Federal contrastan con los sórdidos barrios de pros- titución (tan sólo a unas calles del Capitolio;los elegantes Campos Elíseos y el Campo de Marte, se opacan frente a los multifamiliares -habitados por africanos, turcos y vietnamitas- que están en el camino al aeropuerto D’Orly. El madrileño Paseo de la Castellana también se abochorna por algunos barrios de <<chabolas>> que nada envidian a nuestras <<ciudades perdidas>>. Nuestro país y nuestra ciudad no son la excepción: Monterrey, Guadalajara, Puebla, Chihuahua, todas las ciudades y pueblos tienen una puerta de servicio, una <<cobacha>> (armario) para <<triques>> y una habitación poco ordenada.
Sí: el D.F. es la ciudad más contaminada del mundo; el periférico (nuestra vía rápida), el estacionamiento más largo del planeta; y la línea 1 del metro un baño sauna… El <<chilango>> es -además- el prototipo nacional del hombre taimado, poco franco y experto en el retruécano verbal (desde el procaz <<doble sentido>>) hasta el <<cantinfleo>> jurídico). Pero, lo queramos o no, México es <<villa y corte>>.
Todavía la ciudad de los palacios
En México- Tenochlitlan tenía su residencia el gran Tlatoani, señor de los mexicas; el virrey de la Nueva España; y aquí están Los Pinos y el Palacio Nacional.
El Valle de México continúa teniendo un clima ideal a pesar del ozono: templado, sin los rigores del invierno norteño, y sin los bochornos del trópico. A una hora de la ciudad se encuentran las nieves perpetuas y glaciares de los volcanes, ya poco más, los manglares y tamarindos de tierra caliente. La Ciudad de México es cosmopolita en Reforma o Insurgentes (comida hindú en el <<Elefante blanco>>, merluza cantábrica en <<El caserío vasco y una estupenda salchicha Frankfurt en el <<Bavaria>>), avenidas éstas franqueadas por casas de bolsa, corporativos y despachos.
Pero es también polis, ciudad liar e íntima, donde el domingo puede pasear alrededor del quiosco la plaza: lo mismo en la proletaria Tacubaya que en Coyoacán, donde la jeunesse doreé habla sobre Lyotard y la postmodemidad, al tiempo que saborea un helado de <<La siberia>>).
En ninguna ciudad del país hay más pintura europea que en el Museo de San Carlos (Palacio de los Condes de Buenavista, obra de Manuel Tolsá y de Bazaine durante el Segundo Imperio). Difícilmente podrá tenerse una perspectiva adecuada del arte mexicano contemporáneo sin visitar el D.F.: las mayores colecciones de Tamayo, Rivera, Kahlo, Remedios Varo, Sofia Bassi, G. Gherz, Lozano y Anguiano se encuentran aquí.
No tiene nuestra nación nada importante del mundo grecorromano, pero <<como en el país de los ciegos el tuerto es rey>>, las copias de esculturas clásicas (enviadas por la corona española a la Academia de San Carlos) son la gota de agua en el desierto mexicano.
Caminar una tarde de verano (después de una lluvia tropical) por la Calle de la Amargura (desde la Casa del Mayorazgo de Fagoaga), hasta la Plaza de los Arcángeles en San Angel es un placer barato e inigualable. El empedrado, las bugambilias, las paredes acres, crean una atmósfera serena. La inversión térmica se olvida fácilmente en el rincón de dicha plaza, donde reza un letrero labrado en chiluca negra: <<Más vale la gracia de la imperfección, que la perfección sin gracia». Siempre he pensado que ésa es la mejor definición del D.F.
Claro que no todo es San Angel (barrio elegante desde el virreinato). El espacio escultórico, la Biblioteca Nacional y la Sala Netzahualcóyotl nos hacen sentir en un país del primer mundo. Y para el consumismo: a unos pasos Perisur (aunque siempre hay algo menos <<lleno>>), como Interlomas o Galerías Liverpool). Las coníferas del Ajusco, de Contreras y de La Marquesa, aún tienen mucho que decir al excursionista. Y si bien desde el cráter del Xitle (a siete minutos de la zona urbana) se puede contemplar la espesa capa de <<smog>> que cubre nuestra ciudad, es igualmente cierto que el Valle continúa siendo imponente. José María Velasco -estoy seguro- volvería a pintar una y otra vez nuestro contaminado valle.
El pasado indígena está a flor de piel: en la estación del metro Pino Suárez hay una pequeña pirámide; en Mixcoac se conservan los restos de un recinto ceremonial, y en la zona industrial, tenemos la pirámide de Tenayuca.
¿Tradiciones del siglo XVI?: El Niñopan de Xochimilco, el Día de Muertos en Mixquic y los conocidos concheros de la Villa y Tlatelolco. En definitiva, la Ciudad de los Palacios es aún la Ciudad de los Palacios.

Centralismo y federalismo

Con todo, no escapará al lector inteligente una posible observación: bosques, glaciares, rascacielos, museos, jardines botánicos, joyas del churrigueresco y el neoclásico, art noveau y palacetes afrancesados son patrimonio del Valle de México. Pero adjunto a tan pródigo patrimonio -podría pensar alguno- se encuentran los <<chilangos>>.
<<¿En qué se parecen Superman, Santa Claus y un chilango bueno? En que ninguno de los tres existen>>. Recordemos también aquel anuncio aparecido en periódico del país: <<Se renta departamento: no animales, no chilangos>>. O aquellas calcomanías: <<Haz patria, mata un chilango>> con su contraparte: <<Haz patria, educa un provinciano>>. Todo esto compatible -claro está- con la hospitalidad mexicana, capaz de acoger (ad casum) a cualquier paisano.
Esta animadversión hacia el capitalino no es cosa de hoy (ya los toltecas fueron pieza clave en la conquista de Tenochtitlan, y en la primera mitad del siglo XIX, el gobernador de Zacatecas amenazó al ejecutivo federal por su milicia estatal), pero sin lugar a dudas el crecimiento de hostilidad ha aumentado notoriamente. En mi opinión, esta animadversión tiene las siguientes explicaciones:
1. El centralismo. En la época hispánica, México- Tenochtitlan fue cabeza del odioso imperio. En el virreinato sede de monopolios (el consulado de comerciantes), privilegios y poder en detrimento del resto del territorio. En la época independiente, tanto centralistas como federalistas, concentraron en PaIacio Nacional y alrededores, recursos y hombres. Como por reacción, la sociedad giró en torno a la capital: siendo el Zócalo el centro de gravedad del poder, se concentraron aquí comerciantes, empresarios, profesionistas y sabios. Aún hoy, la zona industrial del Valle de México más fábricas que varios Estados juntos.
2. El federalismo. Paradójicamente, el modelo federal hizo de la Ciudad de México, lugar privilegiado. El D.F. depende -hasta ahora- de la omnímoda voluntad del Ejecutivo, quien una vez elegido no tiene que rendir cuentas de regencia de la ciudad sino al Congreso de la Unión. Curiosamente, el presupuesto de la capital es aprobado por todos los ciudadanos del país (desde Baja California hasta Yucatán), donde el voto del chilango (sus dos senadores) se pierde en el resto del senado. Criticar la concentración de recursos en el D.F. es -lo saben los políticos- una crítica al legislativo federal. En países donde el legislativo limita activamente al ejecutivo, el status privilegiado de la capital federal es regulado por los representantes del resto de la federación. Si México se ha bebido las aguas del río Lerma, ha sido con el beneplácito de los representantes de todos los estados. El D.F. es -así- símbolo y encarnación del peculiar sistema político mexicano. Un lugar para todos
3. La población de aluvión. El centralismo y el status privilegiado hizo del Valle de México un imán de población. Si los provincianos, o sus descendientes inmediatos tuviesen que abandonar repentinamente la metrópoli, México volvería a ser <<la región más transparente>>. La población de aluvión tiene, por características diametralmente opuestas: o se trata de personas desposeídas social y económicamente en su tierra de origen, o se trata de personas que por sus intereses, formación, prestigio, etcétera, requieren de espacios más amplios. Así, han llegado a México hombres buscando pan (tortilla, mejor dicho) y hombres buscando especialistas en Valéry y Baudelaire. En consecuencia, la fisonomía del <<chilango>>, no pocas veces, es la de un proletariado de origen agrícola, o la de un <<renegado>> (exiliado cultural y social) de su tierra natal. A México -lo repito una vez más- se llega buscando lo indispensable y lo superfluo. No son muchas las regiones del país que pueden ofrecer fértiles llanuras cultivadas industrialmente y colecciones de cuadros impresionistas. Esto hace que la población de aluvión sea una población desarraigada, por un lado, y por otra, presuntuosa (si es el caso) de sus triunfos en la <<villa y corte>>.
4. La vida cortesana. Ciertamente, no toda la población de la zona metropolitana es una población de aluvión. Una significativa porción de citadinos son descendientes (criollos o mestizos) de los habitantes virreinales. He aquí una explicación histórica del antagónico temperamento entre el hombre del sur-centro y el del norte: México fue capital de un virreinato, y como tal, contó con su <<nobleza>> y <<aristocracia de sangre>>. En la Ciudad de México y su zona de influencia efectiva, la primera condición de éxito era ya la pureza de la sangre, ya la amistad con los funcionarios virreinales; sumado esto a una relativamente abundante mano de obra servil, da como resultado un temperamento poco burgués, es decir, poco empresarial. La contrapartida es el norte del país: poca mano de obra servil, lejanía de los centros de la intriga cortesana y escasez de aristócratas revalorizaron el trabajo y la franqueza, tan poco apreciados en la vida cortesana. Mientras el hombre del norte apostó a la agricultura y a la ganadería, siendo él mismo el administrador, el novohispano apostó al savoir vivre, es decir, los encantos de la vida urbana (intriga política, intermediación comercial, cultivo de las letras y artes) dejando el peso de la producción a los desheredados de la sangre.
Dicho de otra manera, el hombre del centro y del sur es profundamente barroco y estético (incluso los pintorescos personajes de los barrios bajos), mientras el del norte es acentuadamente pragmático y funcionalista. Se trata de un fenómeno por demás común en el mundo. Contraste, por ejemplo, a un vasco con un andaluz, a un prusiano con un bávaro, aun milanés con un napolitano.

Por encima de las diferencias

Esta diversidad de temperamento (diversidad de códigos lingüísticos) es no pocas veces fuente de incomprensiones. El <<chilango>> encuentra hosco y agresivo al hombre del norte, y el norteño, taimado y alambicado al del sur.
El asunto -sin embargo- no tiene la menor importancia cuando ambas partes se hacen cargo de la complementariedad funcional de ambos temperamentos. Lo grave está en desconocer las raíces y sentido de este fenómeno cultural.
«El golpe de un hacha observó Chesterton- sólo puede detenerse cuando está en el aire>>. Los regionalismos mexicanos están aún en el aire: lejos de convertirse en secesionismos o guerras civiles. Este es justo el momento de atacar el problema.
Las difíciles circunstancias por las que atraviesa nuestro país ponen de manifiesto dos cosas:
– La necesidad de unidad nacional
– La existencia de una incipiente identidad nacional por encima de las diferencias regionales.
Con todo, no puede cometerse el pecado de la modernidad (muy especial de los reyes españoles), a homogeneizar en un Estado abstracto lo que es heterogéneo en concreto. Es un reto de México alcanzar la integración nacional sin socavar las peculiaridades (biodiversidades) de cada región. La tensión dialéctica (antagonismos y enfrentamientos) sólo serán en un corto plazo, estériles, y a largo plazo perjudiciales.
Reivindicar pues la imagen deidad más poblada del mundo es la realidad de México, pues sólo cuando el centro es cosmopolita, puede, cada polis de la nación, continuar siendo diversa dentro de la identidad.

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