Recuerdos de una vieja ciudad

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1999

No podría decirse que la Ciudad de México, hacia 1929 se catalogara entre las más grandes y pobladas del mundo. La capital de la nación, sin embargo, tenía raíces de mucha prosapia. Allí estaba la afirmación azteca, según la cual: <<en tanto que dure el mundo, así también durará la gloria y la fama de México- Tenochtitian>>. O bien, el relato certero y admirable de la urbe, en la segunda Carta de relación de Hernán Cortés. O la descripción de la nueva ciudad española, por Francisco Cervantes de Salazar. Y, en suma, otras narraciones que, al paso del tiempo, describieron el ámbito nuclear de la nación entera, desgranado a través de los episodios de la historia.
Vivió al calor y al ropaje de las cordilleras de verde azuloso, en el sur, y de crestas nevadas hacia el oriente. Llanos dilatados hacia el norte. Calles trazadas al impulso de una geografía rectangular. Y aguas lacustres que todavía hacia el siglo XIX daban matiz de belleza única, a un sitio en el que, en 1929, podía respirarse un aire de suave transparencia, salvo las tolvaneras de febrero y marzo, con sus locos desajustes. México, con toda evidencia, tuvo riqueza siempre en algunos de sus rasgos, hasta el punto de que Humboldt, en su célebre viaje, recalcó que <<ninguna ciudad del Nuevo Mundo, sin exceptuar las de los Estados Unidos, poseía establecimientos científicos tan grandes y sólidos como los de la capital mexicana>>.
Capital de palacios, de espléndida catedral, de derroche barroquista o neo-clásico, de recubrimientos con azulejo de talavera, o de tezontle rojizo herencia prehispánica; con jardines y torres enhiestas de múltiples capital en donde dejaron su huella virreyes, los emperadores, y número de los presidentes, en de realidades contrastantes en las que al volcarse los odios en las políticas- tuvieron lugar no pocas destrucciones lamentables e hirientes.
En fin, valentías y temores, acosos y resistencias, fueron hechos correr la centuria del siglo XX, sintieron el paso de las caballerías revolucionarias, hasta lograrse un período ulterior en el que los grupos dominantes -supervivencia de los desgarramientos que entre sí tuvieron los caudillos rebeldes- consiguieron cierta paz, en el año citado, que desembocó en una serie de acontecimientos llamativos: el fin de la <<guerra cristera>>, con los <<arreglos>> respectivos; la fundación del Partido Nacional Revolucionario; la autonomía de la Universidad Nacional de México… y muchos más de no poca trascendencia.
En 1929, la Ciudad de México guardaba aún su tradición arquitectónica española en no pocas de sus edificaciones, con dos o tres pisos, con sus obligados balcones. Aunque, como descollante residuo porfiriano, estaban las características afrancesadas de la Colonia Juárez. Un recuerdo del Segundo Imperio fue el paseo que después tomó el nombre de Paseo de la Reforma. Y se llevó, a cabo, en la era post-revolucionaria, la expansión de la Colonia Roma, con su singular fisonomía de estilo <<colonial cali forniano>>, para los nuevos ricos. En la periferia, no muy lejana, pero contrastante, podían verse: el barrio de Santa Julia, hacia el poniente, con la calzada dispuesta hacia el pueblo de Tacuba y Azcapotzalco; el camino hacia la Villa de Guadalupe -con la basílica, centro emotivo de la religiosidad mexicana-; o la <<colonia de la Bolsa>>, de mala fama, como recinto de pobres y de sujetos dispuestos al amor por lo ajeno.
En los llanos de Balbuena aterrizaban los pocos aviones que en ese entonces había. Áreas verdosas, de huertas y casas de campo, correspondían a Mixcoac, Coyoacán, Tlalpan y San Angel; mientras en las zonas lacustres de Xochimilco y Tláhuac -vitales para frutas, verduras y flores-, el azul del cielo tenía reflejos brillantes y policromos.
Pregones como música
Era cierto, por lo demás, que el lago de Texcoco había sido casi completamente desecado; pero no del todo, y llegaban aves a sus riberas, incluso algunas pequeñas zancudas, que mujeres indígenas llevaban a los barrios citadinos para ofrecerlas:
– iChichicuilotiiitos, niña…!, oíase, por ello, gracias al canto dulce y humilde de las vendedoras. Pregones tradicionales eran múltiples, con una continuidad que parecía ser transmitida de padres a hijos, o el estímulo urgente de la necesidad; una concentración urbana de claroscuros sociales. Las calles asfaltadas, sobre en el centro histórico, evidenciaban empedradas; y no faltaban las que carecían de algunas piedras, y hacían posible, éstas, que el cielo dejara su huella gris en las charcas de las lluvias. A través de lo largo o de lo corto de tales vías en especial las de clase media o pobre, y como casos de excepción, las de zonas de alta condición socioeconómica- se dejaban oír las voces de quienes convocaban a la clientela para la venta, o para atender el servicio que fuera útil. Era singular un campesino morelense, o de Guerrero, con chamarra grasienta y botas no mejores, que portaba un sombrero cuya ancha ala permitía llevar en ella, arriscada, diversos objetos, mientras en la espalda cargaba un costal cuyo contenido atraía con un grito apropiado:
– ¡Cacahuaaate de Iguala, a cinco la medida! Y tras realizar la venta en los patios de las <<casas de vecindad>>, seguía adelante, con una mercancía que parecía escabullirse. A su vez, un hombre con una impresionante vasija de lata, hacía conocer lo suyo, con otro pregón no menos llamativo:
– ¡Tripas gordas de carneero! Estímulo, obvio a la apetencia de quienes no acababan de considerar las ventajas de la comida vegetariana… Para los chiquillos -y los que ya no lo eran- resultaba grato ver la presencia de quien, sobre una tabla cubierta con papel de estrasa, incitaba a los golosos con su reclamo público, de dulces variados que podían ser: muéganos, alfajor de Colima, charamuscas, morelianas, cocadas, ates de Morelia, o cualesquiera otros de los productos salidos de muchas cocinas artesanales, para regocijo de la gente. Un hombre de pantalón negro, ceñido por una faja roja y sombrero también de ala ancha -cuando el sinsombrerismo no había sentado sus reales- era portador de una jícara, acaso de Olinalá, cuya mercancía era atraída por la vista y el olfato, gritaba:
– ¡Nopalitos… compueeestos!, y los consumidores comprobaban, con experiencia ulterior, la composición de los nopales con queso fresco, jitomate y cebolla.
Todo ello no impedía que se dejasen oír otros pregones, por parte de artesanos, por ejemplo, que ambulantemente recorrían la ciudad para ofrecer lo suyo:
– ¡Zapatos que componer! ¡Suelas, tacones, que componeeer! Y otro, que podía arreglar llaves de agua, tubos, caños de indispensable utilidad, daba cuenta de su oficio y sus habilidades, más de una vez atendibles en las azotehuelas, en las casas, en las cocinas, en los baños, en los lavaderos, y en todo sitio donde la <<casta hermana agua>> encontraba dificultades para correr y dar satisfacción.
Sin gritar en modo alguno, y apelando a su silbato de variados tonos, cruzaban las calles, a paso lento y cubiertos camisones largos y grisáceos, españoles que empujaban la rueda y la piedra destinada a afilar cuchillos y tijeras de dimensiones.

Pequeña y contrastante

Se trataba de un México pequeño contrastante, señorial y pobretón en sus ángulos diversos, sin aire envenenado donde la vida podía tener tensiones políticas o sociales; pero en el cual podía caminar con márgenes mayores de seguridad, sin ahogantes concentraciones de gente, donde lo mismo tenían sitio el hombre y la mujer vestidos conforme a los últimos modelos llegados de Europa, que obreros con un pantalón de peto de mezclilla que parecía ser uniforme distinguible-, o por los integrantes de la clase media de la que podían ser ejemplares los habitantes de la Colonia Santa María-, que vivían un ambiente propio llevado. En esa realidad urbana luces y sombras, palacios y tugurios, pero las conmociones tenían perfiles suavizados.
El tránsito metropolitano podía darse en vehículos de naturaleza tal que parecían ser un ejemplo claro del paso de unas épocas a otras. Quiere ello decir que resultaba notorio el ir y venir de algunas <<calandrias>> de luto pertinaz en sus capotas, tiradas por rocines, en quienes su larga cronología se hermanaba con sus menguadas anatomías; y, como expresión de un poder mayor, los tranvías, pintados de amarillo o de rojo, circulaban por diversos sitios; y algunos de aquéllos servían para los servicios fúnebres, mediante plataformas en su parte central. Se desplazaban los automóviles -inevitablemente negros, también-, calificados como <<fordcitos>> por algunos capitalinos, o <<fotingos», por la influencia lingüística llegada de Cuba. Y todavía -como reflejo último, ya desvahído en su expresión-, circulaba un tranvía tirado por mulas, que parecía una remembranza que no acababa de morir, a pesar de todo.
Hacia el sur de la Ciudad, no lejos de la cárcel de Belén, se hallaba un sitio que no podía pasar desapercibido ni para el menos despierto de los olfatos. Se trataba de una pulquería lIamada <<El Circo Orrin>>, que tenía a flor un recuerdo y un homenaje al célebre payaso inglés Ricardo Bell, que supo dar al público capitalino el incentivo de la risa sana, en tiempos del general Porfirio Díaz. En esa pulquería, como en todas las de su ramo, se hallaba el obligado <<departamento de señoras>>, con un piso húmedo tapizado de aserrín, cuyos encargados otorgaban tarjetas para clientes asiduos, que al perforarse hasta llegar a un número tal, daba eso ocasión a recibir un regalo. Las pulquerías -con cadenas de papel de China, globos, y en ocasiones pinturas en sus muros, con los pulqueros de impresionantes bigotes y delantal conveniente- las había por muchas partes, antes de que el consumo de la cerveza -que la había-, les fuera restando consumidores. Una de ellas, <<La Unión de los Amigos>>, revelaba con su nombre la invitación al sentido solidario, entre amistades y compadres, al calor de las canciones en común, y de la lamentable propensión hacia el alcoholismo no anónimo, sino cabalmente conocido.

El Cronos de siempre

No había necesidad de comprar agua potable llegada con etiqueta de Francia. Ni la leche se vendía en forma de polvo deshidratado, sino en botellas. Un boleto en las salas de cine, en días de estreno, costaba 50 centavos, y 30 entre semana, para ver películas mudas con letrero conveniente después de las escenas.
En ese tiempo no podía un hombre salir a la calle sin sombrero o sin cachucha; y, como dato revelador, no se disponía de más dentrífico que el <<Pebeco>>, ni había más tienda con productos norteamericanos que una establecida en la calle de Independencia, en el centro, a cuenta que los tradicionales establecimientos franceses el Palacio de Hierro, El Centro Mercantil, La Ciudad de México, etcétera seguían gozando de su buena fama y de su clientela distinguida.
No había aglomeraciones automovilísticas, ni las avenidas estaban congestionadas. En la esquina de calles de Tacuba y Argentina, en la farmacia de Bustillos, se quemaban rigurosamente los Sábados de Gloria otros tantos judas. Y como algo respondía a una disposición mercantil en un marco callejero, se daba el hecho de que en la avenida Juárez, al costado de la Alameda Central en noviembre y diciembre-, solíase dar cabida a <<puestos>>, donde lo mismo se encontraban charros de cartón, ventrudos y con bigotes caídos, que dulces, que juguetes -muy mexicanos- de todas especies y géneros, incluso sepelios consistentes en ataúdes con hombres de sotana y cabeza de garbanzo, que otros frutos de la múltiple artesanía nacional, en la que el sentido del humor, en tantas ocasiones, competía con la creatividad y la aptitud humana, que podían provocar la sonrisa, la admiración y la complacencia.
Un México, en suma, con perfil social, cultural, económico, de convivencia distinta, que murió, y del que sólo en recuerdos, o en las páginas de diarios y revistas de antaño, puede revivirse, como una imagen que se ha ido borrando fatalmente, porque el Cronos de siempre, da muerte a sus hijos…

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