México, mi amor

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Joaquín Antonio Peñalosa
Jus. México. 1993,
200 págs.
Una nueva versión de la vida, pasión y muerte del mexicano con más humor y mucho menos agua bendita. El libro de Joaquín Antonio Peñalosa agrada porque tiene lo que buscamos: un buen rato de sonrisas y carcajadas casi convulsivas. Y es que, para reírse de un mexicano, un mexicano (análogamente, de un gringo, un gringo; etcétera).
Los artículos recopilados en México, mi amor contienen una descripción detallada -no exhaustiva: lleva ya cinco libros con el mismo tema y aún no se ha agotado ni creo que se
agote- de algunos personajes típicos de la vida nacional: el taxista, la secretaria, la profesora, la tía, los niños, la viuda, la madre, el ama de casa, el espectador de futbol, el
tendero, el amigo… y finalmente (¡Ave María!) el diablo. Como en la lotería.
Además, retazos del diccionario de mexicanismos, desde el ahorita hasta el no está, ¿quiere dejarle recado? Ahí estamos retratados, con uñas y dientes, listos para que nos coman vivos. Porque los mexicanos podremos no comer carne, pero sí -metafóricamente cristianos. No me parece que el fin del autor sea valerse de nuestras debilidades nacionales para satirizarnos. La novela picaresca española (el Lazarillo, el Buscón) tenía, contra todas las apariencias, un fin didáctico. Erasmo caricaturizó a sus contemporáneos para mostrar qué estaba mal y decir, como por alusión, qué había que hacer. Dígase lo mismo de este libro. Si el mexicano tiene fama de impuntual, sentido,
dicharachero, celoso, bravucón y macho, no es motivo de risa, sino de cambio. Si la lectura nos agrada es que nos quema (como los chiles), y algo hay que hacer para arreglarlo. Así somos los mexicanos: no aceptamos las críticas en directo. Tenemos que sopearlas con carcajadas. Pero no todo en el libro es humor. A tramos hay piezas sentidas, y en “Hágase Belén” se ve cierto homenaje póstumo. Aquí estamos, pues, profesionistas, obreros, empleados y peatones. Si alguna descripción nos acomoda es que  algo anda mal. Y el que se sienta sin culpa que tire la primera piedra.

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