La enseñanza de la dirección y el método del caso

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La posición del empresario exige una educación permanente, para perfeccionarse en la dirección de empresas, el camino principal es la experiencia y no la enseñanza, ya que no se necesita saber mucho, sino saberlo hacer realidad.
Felipe González y González, Arturo Picos Moreno y Raúl Alvarado Herroz comentan este nuevo libro de Carlos Llano Cifuentes que surge tras una larga y fructífera experiencia del autor con el método del caso.
Llano explica cómo a partir del concepto que cada uno tiene sobre la dirección de empresas se derivan las funciones que debe ejercer el director y, de allí, las aptitudes y virtudes que necesita adquirir. El libro plantea cómo atender estas necesidades reales y profundiza en el método de enseñanza más utilizado para lograr que el director aproveche sus conocimientos, capacidades personales y experiencias, y al ejercitarlas perfeccione su capacidad de dirección.

Más que saber soluciones acertar a decidir

Felipe González y González
Cuando apareció esta obra sobre el método del caso, adaptada a las particularidades de nuestro entorno, me pareció que sería, no sólo obligada referencia de los profesores que usamos este método, sino además, un medio siempre a la mano para refrescar ideas, mejorar el uso del sistema en el aula, examinarnos sobre las exigencias de este proceso y, desde luego, una guía para profundizar los criterios y principios de esta metodología.
Como en casi todas sus iniciativas, Carlos Llano rebasa las expectativas, da más de lo que uno espera, se trata de un libro maduro, fruto de una reflexión serena, resultado de toda una vida en la utilización del método y, al mismo tiempo, un desafío hacia el futuro.
El camino principal no es la enseñanza, sino la experiencia, dice Llano, tal vez sea afirmar que a un profesor no se le debe evaluar por lo que enseña, sino por lo que los alumnos aprenden. Esto sitúa a la obra fuera de ese marco de auto complacencia que muchas veces escogen los metodólogos: la defensa a ultranza de su posición. De ahí que en el libro haya constantes referencias a los aspectos positivos y negativos del método, y no podría ser de otra forma tratándose de un método no dogmático.
Hay otra afirmación contundente: la antigüedad como permanencia no es título de dirección. Es como afirmar que en la vida de la empresa lo que cuentan son los valores. La permanencia no es valiosa por sí misma, sino en cuanto se traduce en una experiencia que permite decidir con más facilidad y obtener mejores resultados. El objetivo no sólo es producir sino elevar la calidad de lo que se produce.
La técnica es necesaria, sí, pero es indispensable la virtud como el conjunto de habilidades personales en que se basa una disposición, un hábito que permita crecer. La dirección de empresas es más política que técnica, más arte que ciencia.
Llano explica su concepto del director, que semeja al líder. El directivo no se define en realidad por estar arriba o abajo, o por ser su empresa pequeña o grande. Se define por su función, no por su puesto. Depende de los problemas reales sobre los que tiene que pensar y cómo tiene que resolverlos.
La naturaleza de la dirección de empresas es de carácter político: justa y eficaz en la empresa y en el entorno. Es hacer política, dirigir hombres y no sólo cuidar de las cosas, por eso la dirección es también un quehacer social: el engranaje con los demás, es la médula de la dirección. La dirección es un arte o una ciencia del comportamiento: tiene que ver con los otros y sus conductas.
En el método del caso lo importante no es el saberse la solución, sino acertar a decidir. Lo importante es el objetivo y por ello ratifica Llano que lo importante no es el método sino tener el problema bien planteado. Hay, dirá más adelante, que enseñar a descubrir, identificar y plantearse problemas. Descubrir oportunidades, es un método para educar en la acción.
El caso es la descripción estricta de un hecho real. El método del caso se define como un diálogo sistemático sobre situaciones reales con fines de aprendizaje, el profesor funge como director de la sesión. Debe interrumpir, posponer, alentar. Se considera como partero del conocimiento. No es juez sino factor; facilitador del descubrimiento; incita la creatividad; encuentra la oportunidad y dirige el intercambio social para aprender de y con los otros, busca beneficiar y beneficiarse.
Desde un criterio científico hay verdad o error, pero: además de verdad o falsedad, los conocimientos humanos tienen validez o no validez social, y es a ésta, a la validez social, a la que preferentemente el método del caso atiende. Esto no es relativismo, sino buscar la opción correcta, la que puede dar más y ser mejor.
El método del caso es social: lo importante no es sólo el acierto teórico de mi solución, sino la potencialidad vinculante de ella respecto de quienes conmigo han de resolverlo realmente. No se buscan chispazos aislados, los conocimientos de unos deberán ser aprovechados por otros, quienes pondrán su saber y experiencia en condiciones de servir a los demás.
Educar para la prudencia ayuda a adquirir equilibrio de juicio, firmeza de criterio, capacidad de discernir detalles, desarrollar la inteligencia intus legere, ver dentro, penetrar las cosas, captar, no sólo razonar sino percatarse, y la imaginación, amplía la capacidad para tomar decisiones. Es un método de la profundización activa, se trata de ir de dentro hacia afuera. No se transmite, se crea, amplía la visión, expansiona la libertad, ayuda a pensar por mi cuenta..
El verdadero director es el que domina los acontecimientos, el que obliga a las cosas a que sucedan conforme a un proyecto, y no el que va detrás de los sucesos con atingencia, pero reaccionando más que proponiendo o dirigiendo.
Como lo característico del hombre es plantearse problemas más que su capacidad de resolverlos, toda vez que los problemas radicales del hombre carecen de una respuesta humana, dirigir es plantear o resolver problemas inéditos, no hay recetario. Decidir-sobre y decidirse-a. Emprender es tomar un curso de acción, decisión real que implica un compromiso vital.
Este método pretende el desarrollo de la prudencia más que la comunicación del conocimiento. Que la experiencia sirva a futuro, haciendo de la inteligencia la forma de penetrar la esencia de las cosas, para mantenerse en la objetividad que es principio de la verdad las cosas como son, y que desarrolla la capacidad del juicio de circunspección, que no es temer o retraerse, sino consideración atenta para estar en condiciones de prever lo que puede ocurrir y finalmente poder aconsejar. Podemos decir que el libro de Llano Cifuentes nos remite a la prudencia como método.
Dos formas de enseñar a dirigir
Arturo Picos Moreno
La multifacética riqueza de la acción directiva, que no es sino manifestación de la complejidad y profundidad del ser humano que la origina, impide una sistematización rígida del quehacer del director de empresa. Ni siquiera la creciente disponibilidad de instrumentos técnicos para la dirección ha podido y sospechamos que nunca podrá desplazar el riesgo humano que le es inherente. Por eso, todo análisis de la acción directiva que pretenda servir con eficacia en la práctica, no se puede configurar como un sistema, sino como un estilo o modo de pensar que alcanza su plena ratificación en la referencia a lo singular y concreto.
Este libro se pliega adecuadamente a las exigencias de su objeto de estudio, pues en su aproximación al acto de dirigir, y al difícil arte de enseñar a otros a ejercerlo, da un lugar preferente a la descripción fenomenológica, por encima de un puro conocimiento abstracto, que suele ser el predominante en otros estudios sobre el tema.
Ciertamente, en la enseñanza de la dirección el camino inicia obligadamente por la experiencia, pero de la misma manera debe culminar con la reflexión y la profunda comprensión de las prácticas en las que se está y se ha estado involucrado. Tal reflexión y comprensión más profunda de las prácticas de la dirección de empresas es lo que el método del caso busca proporcionar.
Este libro no ofrece únicamente una explicación de las cualidades de un método, sino subyacentemente también una clarificación de los fundamentos mismos de la acción directiva. Facilita una aproximación al mundo de la dirección de organizaciones desde la fundamentación antropológica que amplía los horizontes y las concepciones de lo que compone su actividad, lo cual puede representar una diferencia altamente significativa a la comunidad de las empresas y a sus dirigentes.
En la historia del pensamiento encontramos dos aproximaciones al arte de dirigir que son diferentes, paralelas y separadas: las de Platón y Aristóteles. La primera es la aproximación constitucionalista, que podemos encontrar en Las Leyes y La República: el buen gobierno en la política o en las organizaciones basado en una estructura clara que, sobre todo, pretende proveer una sucesión ordenada y ser salvaguarda ante la tiranía. La otra de Aristóteles, ha sido llamada la educación del príncipe: lo que interesa es el carácter y los principios morales del gobernante.
Ambas perspectivas son necesarias. Sin embargo, desde la modernidad, la aproximación basada en la educación del dirigente adquirió las características de una solución técnica, que es la predominante en la perspectiva constitucionalista.
La obra se inserta dentro del marco de referencia que originalmente ofrecía la educación del gobernante, y que no es otro que el del énfasis puesto en las virtudes. Para el lector que por primera vez se enfrenta con un texto de nuestro autor, podría tomarle por sorpresa que, en una obra dedicada al tema de la enseñanza de la dirección, se concluya con un desarrollo en torno a una de las virtudes cardinales: la prudencia.
Para quienes estamos más familiarizados con Carlos Llano, este enfoque nos confirma en la convicción de que el arte de dirigir es más un florecimiento del modo de ser del director que la aplicación de unas técnicas diseñadas desde el sistema organizativo. Ello conecta directamente con el método del caso, cuyo análisis es la ocasión que el autor aprovecha para reconducir el tema hacia la consideración de aquellas capacidades que con ese método es posible desarrollar.
Más que las respuestas importan las preguntas
Raúl Alvarado Herroz
Esta obra nos da la oportunidad de llegar a un entendimiento pleno de dos complejos temas, hasta ahora aparentemente desunidos y que gracias al intelecto y experiencia del autor nos permite verlos eficazmente unidos.
Nos lleva por un sendero claro a descubrir que mientras la enseñanza tradicional se centra en el aumento de los conocimientos del alumno, el método del caso propone capitalizar la experiencia de otros para que a través de su estudio, análisis y asimilación, sirva como base para la creación de un nuevo conocimiento, sólo que éste es un conocimiento descubierto de manera personal y única.
Carlos Llano nos lleva a entender este complejo proceso no como una técnica, que una vez dominada se aplica con base en recetas, sino que se trata más de una actitud en la que quien dirige busca permanentemente el equilibrio entre circunstancias, procesos, mercados y personas, sacando de ello lo que mejor se puede adoptar como solución.
Es importante hacer ver al director que lo verdaderamente esencial de su función, no es saber las respuestas de los problemas que le son presentados, sino las preguntas que ha de lanzar a quienes crearon o se encontraron con el problema, tratando de descubrir si ellos han sido capaces de aprender de esta situación, con objeto de que en el futuro no se repita.
El director debe saber cuál es la decisión correcta ante los problemas que lo aquejan, pero antes debe ser capaz de analizar el problema de manera ordenada y útil, para que la última decisión sea producto de un verdadero y serio acto de síntesis entre las alternativas posibles o los extremos.
No hay problema empresarial que pueda repetirse de forma tal que la solución precisa que aplicó otro en su circunstancia, la pueda aplicar éste en la suya. Cada circunstancia amerita su análisis, su síntesis y por lo tanto su propia solución.
El riesgo es la toma decisiones y el mandar hombres, pero también hay que añadir tres sentidos y una visión integradora, que son: sentido de misión, de dirección y de negocios, que a su vez conforman los aspectos social, humano, moral, material y económico. Saber gobernar significa poner orden y saber dirigir es fijar objetivos y realizar acciones.
El reto actual para el director, ciertamente no es conseguir más y más información sino cómo mejorar precisamente como director.

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