Lengua sin mitos. Entrevista a José G. Moreno de Alba

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En abril pasado, Zacatecas fue sede del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española; el uso del idioma, sus problemas y retos saltaron a la palestra por unas semanas. Como los medios de difusión fueron juez y parte, informaron y también desinformaron ampliamente. Se habló con conocimiento y sin él, y con ánimo de crear polémica; las declaraciones de Gabriel García Márquez levantaron ámpula. Muchas voces se alzaron contra las Academias de la Lengua, especialmente la de Madrid, y se tachó de inquisidores intransigentes a los académicos. Una vez tranquilas las aguas recurrimos a un experto para solicitar una evaluación.
El lingüista José G. Moreno de Alba es, desde hace treinta y tantos años, un estudioso del lenguaje. Su mirada escrutadora, capaz de desmenuzar y explicar todos los aciertos y errores de las formas de hablar y escribir, no lo ha vuelto polemista o intransigente; al contrario, le ha dado un arco visual amplio y optimista. Frente a lo que muchos consideran graves problemas de nuestra lengua, él ve una evolución natural. Ha publicado numerosas investigaciones, libros y artículos y actualmente dirige el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales de México).
En el Centro Cultural Universitario, desde la hermosa atalaya de su oficina, ese feudo en líneas diagonales, albergue de cientos de miles de libros y revistas, el filólogo y académico de la Lengua afirma que su labor no es sino estudiar y copiar a los buenos escritores.
Usted participó ampliamente en el Congreso de la Lengua Española de Zacatecas, con la perspectiva de los meses transcurridos, ¿puede hablar de lo que dejó de bueno y de malo ese encuentro?
Primero quiero subrayar que hay diversos tipos de congresos, unos de carácter científico y otros cuyas finalidades no son propiamente tales. El de Zacatecas nunca pretendió ser científico en el sentido que damos a esta palabra filólogos o lingüistas; fue, sobre todo, un análisis de la relación de la lengua española con los medios de comunicación.
Poco antes de esa fecha participé en un congreso científico en Logroño, España, sobre historia de la lengua española, y me es muy fácil mencionar las características que los distinguen. Ambos pueden ser buenos o malos, pero hay que dejar claro que son diferentes, un congreso científico es una reunión de expertos en determinada área del conocimiento, donde se establece un diálogo entre pares, entre expertos: un fonólogo y otro, un estudioso de la sintaxis y otro; es además la manera como cualquier ciencia avanza, con el diálogo entre iguales.
Cuando escribo un artículo científico de lingüística, no pienso ni debo pensar en el gran público, sino en esa persona que en Estados Unidos, en el norte de África o en la Universidad Metropolitana, tiene las mismas inquietudes que yo desde un punto de vista científico.
El Congreso de Zacatecas no tenía este objetivo. He oído críticas de algún colega como si pretendiéramos obtener de él lo mismo que de un encuentro científico. No es así, se trató de un diálogo entre comunicadores de radio, televisión y prensa con algunos académicos y filólogos; buscaba, en primer lugar, analizar la situación actual de la lengua española en los medios de comunicación y la manera como se manifiesta en ellos.
En este sentido tuvo mucho éxito y también en cuanto a difusión, se habló de la lengua española en todo el mundo. Para seguir con mi comparación, del congreso de Logroño nadie se enteró, excepto las 50 ó 60 personas que estuvimos allí. En cambio, de éste, todo el mundo supo, no sólo por la presencia de los Reyes de España, el presidente Zedillo, los premios Nobel, etcétera. También por el tema mismo, interesaba a los propios medios que se hablara de su relación con la lengua; difundieron algo que les tocaba directamente. Creo que tuvo excelentes resultados desde estas dos perspectivas, aunque no falte algún lingüista que diga “no se dijo nada nuevo”, “no encontré ponencia admirable”, bueno, no se trataba de eso, fue un congreso de difusión, de concientización de comunicadores sobre la lengua.
Lo que más destacó en los medios fue la polémica entre dos tendencias opuestas: la que busca modernizar la lengua, recurrir a la ortografía fonética, suprimir la hache muda, la doble “b” y todos los signos no indispensables, y otra, que se inclina a mantener la ortografía etimológica y asegurar la unidad. ¿Qué opina de estas posturas?
No es que la lengua se modernice o no, la española, como cualquier otra, es el sistema de comunicación mas importante entre los seres humanos, la lengua hablada, la escrita no es sino una simbolización de la hablada. Un medio de comunicación es obviamente necesario y natural, está en su misma naturaleza irse adaptando a las necesidades de los seres humanos, necesidades que cambian porque cambian los referentes. No la modernizan los académicos, los gramáticos ni los profesores, sino los hablantes.
Si revisamos un diccionario de la Academia Española del siglo XIX o fines del XVIII encontramos muchas explicaciones técnicas sobre los barcos de vela, información útil en la comunicación cotidiana en su momento, pero que ya no hace falta, en cambio ahora requerimos mucha información nueva sobre los medios tecnológicos actuales.
La lengua se adapta y lo hace admirablemente, modifica su vocabulario, lo enriquece, toma palabras del inglés, las adapta o no, pero resuelve sus problemas porque es un sistema flexible. Siempre se ha venido modernizando, de lo contrario, no podríamos comunicarnos.
¿Qué hacemos en las academias? Observar la lengua, ver qué está ocurriendo, describirlo y sugerir a los demás que adapten su manera de hablar y escribir a las nuevas necesidades o a la manera de los buenos escritores. Somos simples recopiladores de información sobre la lengua y transmisores de lo que ya está sucediendo. Cuando alguien dice que las academias dan órdenes o regañan, es una mentira, nunca podrían hacerlo, estarían destinadas al fracaso, lo que las academias, los filólogos y los profesores de todos los niveles, desde primaria a universidad nos dedicamos a hacer, es una respetuosa y científica observación de la lengua y de los hablantes con objeto de describirla y sistematizar la explicación, nada más; si alguien quiere ir más allá, va a fracasar.
Naturalmente en la lengua hay diversos modelos, un bolerito de la calle habla español como nosotros, pero es muy probable que no disponga de suficiente vocabulario, de una sintaxis precisa o construcción clara y que no pueda servir de modelo para otros. Pero si observamos cómo habla y escribe Octavio Paz, a todos nos parece que le entendemos, que dice cosas importantes con precisión y claridad; lingüistas y maestros copiamos esos modelos, observamos, sistematizamos su manera de hablar y la transmitimos en un libro de texto.
Yo, por el hecho de ser académico no puedo ordenar: ¡dígase tal cosa! Por esa razón nadie me hará caso, si lo hago después de observar a los que saben escribir, es probable que tenga algún éxito, tengo una razón para decirlo.
Cuando Gabriel García Márquez dijo en el Congreso, algo así como “yo no quiero gramática”, naturalmente que él no la necesita, si él la está haciendo, la posee, como buen escritor que es; los que vamos a estudiar la gramática que él aplica somos nosotros. Yo, como gramático o profesor, ¿dónde voy a aprender gramática? Pues en ellos.
¿Y, considera conveniente o factible simplificar la ortografía?
No me cabe duda que resultaría mucho más complicado simplificarla que mantener la actual, esto sin hablar de la conveniencia de conservarla, que también tiene sus argumentos. Pero yendo a lo práctico, ¿quién va a decidir y a enseñar a todo el mundo de habla hispana que ya no existe la hache, o que todo se va a escribir con b alta? ¿quién se pondría de acuerdo para hacerlo? Esas aparentes simplificaciones pueden resultar mucho más difíciles de implantar que conservar la actual y dejar que sola se vaya renovando. Por otro lado, es una de las más lógicas, el divorcio entre pronunciación y escritura en nuestra lengua es mínimo, no están tan enojadas ni tan separadas. En el inglés sí, no en el español.
No hay que preocuparnos tanto, es una ortografía muy sencilla, tiene su utilidad, no solamente por la historia de las palabras sino para pronunciarlas debidamente. El acento por ejemplo, no es un simple capricho, su presencia en determinada vocal ayuda a pronunciarla correctamente y a no confundirla con otra palabra. La ortografía tiene un sentido práctico y uno histórico y tradicional.
Hay que ser prácticos, la más evidente función de la Real Academia Española, la realmente importante, es la normalización ortográfica porque es la más cómoda. Es cómodo para mí consultar el diccionario y ver que vaca lleva v porque lo dicen los académicos, así tengo esa certeza, aunque no sepa por qué, pero ya no sufro preguntándome cómo la escribo.
Contar con reglas de ortografía es una enorme comodidad. Hay lenguas en las que la ortografía no tiene claras sus reglas y es perjudicial para los que escriben, para las editoriales, por ejemplo. En inglés hay que estar permanentemente preocupado por saber si se ponen mayúsculas o minúsculas; uno agradece que existan reglas para su empleo en español, aunque tenga que estudiarlas, porque tiene la oportunidad de sistematizar su escritura, por otra parte esto permite uniformar a los casi 300 millones de hispanohablantes.
Creo que don Gabriel, a quien respeto, en tanto que yo aprendo de él en términos del empleo de la lengua, se divirtió con esta humorada de decir que no le gusta la ortografía, a él le gusta siempre molestar a los demás, pero no comete nunca una falta de ortografía. Se enfadaría si en sus libros apareciera una falta. Tiene una impecable ortografía, tiene el don de la lengua, tiene la lengua española; los buenos escritores se burlan de la gramática porque la tienen, les sale sobrando.
Se dice que el español es la segunda lengua del mundo, ¿lo es?
Seguramente la variante china más usual debe tener más hablantes que la lengua española; también las principales lenguas de la India, tienen quizá más hablantes, lo mismo que el inglés, pero después de éstos, e incluso, antes del gran ruso, está el español. De modo que por el número de hablantes, debemos estar en cuarto lugar.
Pero la importancia de la lengua española está en el número de países que la tienen como oficial, así se trate a veces de países pequeños. Es difícil encontrar otra lengua quitando quizá el inglés, con tan alto número de países que la hablen, aún cuando sus constituciones no lo señalen.
Nuestra constitución, por ejemplo, en ningún artículo señala al español como lengua oficial. Ello tiene repercusiones prácticas: si no se aclara, un hablante de maya o náhuatl podría exigir en un tribunal ser atendido en su lengua. Determinar que carácter tienen algunos indígenas en México respecto a la lengua española, tendría ventajas, tanto para el español, como para ellos, valdría la pena que sus lenguas fueran definidas en un ámbito político.
Las constituciones del Ecuador y Paraguay sí asignan un lugar y un reconocimiento cultural a las lenguas indígenas locales. Creo que este reconocimiento de nuestros hermanos mexicanos que hablan otra lengua sería saludable. Por supuesto surgirían algunos problemas, pero no muy graves si los comparamos, por ejemplo, con los tremendos conflictos que afrontaron los legisladores españoles en la redacción de su constitución, para conciliar los intereses del español con el catalán, el vasco, etcétera.
Preocupa mucho también la creciente invasión de extranjerismos, más concretamente de anglicismos que se da actualmente.
Las nuevas cosas, los descubrimientos, requieren nuevos signos, tenemos que llamar a las cosas por su nombre y en un mundo tan cambiante, sobre todo en las técnicas y las ciencias, resulta indispensable designar las cosas nuevas. Hay dos formas de crear palabras nuevas: una es la derivación de una palabra existente por medio de terminaciones particulares, si no existiera la palabra respetabilidad la formo con respetable. La derivación es un modo que practicamos todas las lenguas con un tipo de estructura similar, una manera de acrecentar el léxico y resolver problemas de designación.
Pero no es suficiente, la otra forma es crear una nueva palabra, que en español resulta muy difícil. Inventarla totalmente en la lengua española es impracticable; entonces, lo usual es tomarla de otra lengua en la que esa palabra es unívoca; por ejemplo, sabemos qué designa en inglés la palabra computer, para qué quebrarnos la cabeza inventando un nuevo vocablo, además, ¿quién lo haría?, mejor tomamos la palabra original y la dejamos cruda o la cocemos un poquito, la mantenemos en inglés o la castellanizamos con una terminación mas hispánica, con pequeñas modificaciones, pero se ve que es préstamo.
Me llama mucho la atención esta protesta tan generalizada sobre la avalancha de anglicismos. En el inglés, con un léxico riquísimo probablemente la lengua con léxico más amplio, más de la mitad son palabras que vienen del latín, del español, y a ningún anglohablante le preocupa ni se siente lastimado, jamás dirían: “no uses esta palabra porque viene del español”, son mucho más prácticos, si les sirve la usan.
Es una forma práctica de lograr una enorme masa de vocabulario. Pero nosotros siempre cargamos complejos de inferioridad y nos preocupan estos anglicismos, sin duda más a los mexicanos que a los españoles. Hay que distinguir, es cierto, si el anglicismo es necesario, conveniente, en cuyo caso será bienvenido. Si el español cuenta con la palabra, resulta innecesario, poco elegante traerla del inglés.
Los anglicismos que deberíamos evitar son precisamente los que lastiman la identidad, nos hacen ver inferiores, nos acomplejan, por ejemplo, que cualquier comerciante de lo que sea, ponga a su negocio un nombre en inglés nos está señalando nuestros complejos, que en la publicidad o en las instrucciones de un cosmético se use el inglés aunque sea producto mexicano.
No defiendo a la lengua española, que no lo necesita, es una lengua fortísima, saludable, en pleno crecimiento; lo que hago es una defensa al consumidor, a los seres humanos, no al español que sigue tan campante. Este tipo de anglicismo, galicismo o italianismo me molesta. O la tendencia a usar el inglés porque se cree que eso da estatus, me molesta por el complejo de inferioridad de las personas, no porque le pase algo a la lengua española.
Si la cultura peruana o colombiana fueran a la punta en tecnología, los ingleses nos copiarían palabras, no es problema de la lengua sino de un retraso abismal, comparemos el número de patentes que surgen, el de artículos técnicos que se publican cada año en Estados Unidos en relación a México, allí está la respuesta.
Hay quienes piensan que por la cercanía con Estados Unidos y por la influencia creciente en todos aspectos, peligra nuestra lengua.
De ninguna manera, he dicho que la lengua está fuerte y saludable, una cosa es que crezca la enseñanza del inglés en la educación escolar, en las academias, para poder entender un libro o aspectos comerciales o técnicos, y otra que el español esté en peligro. Está aumentando el español en Estados Unidos, que la lengua española pueda criollizarse podría suceder en el español de California, de Texas o de Nueva York, pero no en México.
¿Y que hay del espanglish, esa nueva forma de hablar que surge en toda la zona fronteriza y que cada vez se desarrolla más?
Para mí no se trata de ninguna manera de una nueva lengua. La gramática mezclada que utilizan unos pocos, no significa que no manejen bien el inglés ni el español, manejan ambos y pueden mezclarlos en una conversación, pero estas personas hablan un tipo de español que vamos a llamar español californiano, por nombrarlo de alguna manera. Hablan inglés con palabras en español, pero es el inglés de California, mezclan estos dos sistemas y da la impresión de que surge un tercero.
Para mezclar dos idiomas se requiere conocerlos ambos, es un procedimiento del proceso de comunicación, del acto de habla. Supongamos que dos muchachos de origen hispánico en Los Ángeles, que probablemente hablan inglés y español (qué tipo de inglés y de español es otro problema), platican en inglés y, en un momento dado, les resulta mejor abordar cierto tema en español, dicen una frase o tres en español porque lo conocen, si no ¿cómo lo harían? Entonces la gente cree que esto es el espanglish. No, ellos hablan dos lenguas, que las hablen mal es otro problema, pero que mezclar dos sistemas sea una lengua nueva, es falso. El fenómeno llamado code swicht no tiene que ver con que ese discurso o diálogo sea una tercera lengua llamada “espanglish”. Lo que hay que estudiar es el español y el inglés que hablan esas personas, y luego, la manera como los combinan.
¿Hay alguna posibilidad de que con el paso de los siglos el español diera lugar a una serie de lenguas, colombiano, mexicano, chileno como ocurrió con el latín que dio lugar a las lenguas romances?
No, porque el proceso va al revés. Las lenguas cambian, si lo hacen de manera diferente en distintos lugares, se producen problemas de diferenciación, que no es lo mismo que cambio. Si todas cambian igual, no hay diferenciación, sólo cambio. Lo que se está dando ahora son cambios, ¿cómo no los va a haber si la lengua es algo vivo?
Como la comunicación es mayor que en la época romana y mucho mayor también que en los siglos XVI o XVII, el pronóstico es que hay mayor unidad. No significa que se vayan a perder las características propias de cada lugar; aquí seguiremos llamando banqueta a lo que unos llaman acera y otros vereda, pero tampoco significa que al paso del tiempo las diferenciaciones se vayan acentuando. Creo que se conservan las diferencias superficiales del léxico, de una partecita del léxico.
A los turistas lingüistas, o sea a los turistas curiosos de la lengua, les llaman la atención las diferencias, jamás los millones de palabras que son iguales: que le llaman pared a la pared, mesa a la mesa, orejas a las orejas. Eso no sorprende, sino lo diverso, lo diferente; la enorme masa de vocabulario compartido no hace olas, como decía Rosenberg, es un océano, las olitas de arriba llaman la atención, pero abajo hay un enorme volumen de agua.
¿Qué satisfacciones le ha dejado haberse dedicado todos estos años al estudio del lenguaje?
Es un poco como lo que a un arquitecto le ha dejado hacer edificios: mis libros, mis alumnos y que creo conocer un poquito más de la lengua española, en estos treinta y tantos años que llevo de estudiarla. Quizá conozco un poco más de ella, pero queda la inmensa mayor parte por ver. Me gusta del conocer que nunca acaba, siempre es más lo que uno ignora que lo que sabe.
He escrito muchos libros y artículos que han tenido cierto éxito entre los colegas o entre la gente. Para mí es satisfactorio poder manejar dos tipos de discursos, uno para el querido colega, como lo llamamos, y otro para todo mundo, en mis artículos en el periódico o en revistas, trato de decir cosas para todos, pero también he podido conservar un diálogo con otros lingüistas; creo que ambas cosas son necesarias. Por otro lado, nunca he dejado de dar clases, tengo muchos alumnos, muchas tesis dirigidas y me he hecho cargo de muchas responsabilidades de administración en la universidad que nunca me han impedido seguir curioseando en diversos aspectos del lenguaje.

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