Manifiesto de la creatividad

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Persia fue la tierra de las rosas. El aire persa es tan suave, está tan hecho de transparencia que aquellos ojos orientales pudieron ver siempre un ángel al lado de cada flor. Pero amaban tanto a las rosas que en ellas siempre vieron de guardia enamorada un arcángel.
¿Cómo serán nuestros años del siglo XXI? ¿Serán días de ángeles y rosas?
Brindis por la generación de la creatividad
Hay expectación. Y no es para menos. Los años que siguen a 1999 tienen color de esperanza, tal vez brillen con luz de plata, a lo mejor rompen en una ola, gris y azul.
Se acerca el fin del siglo XX. Han terminado sus estudios universitarios los hijos de aquellos revolucionarios de 1968 que pretendieron hacer una revolución universitaria ni burguesa, ni proletaria, ni marxista y elevar la imaginación, la juventud, y lo imposible al Poder.
A la vuelta de un pequeño cabo espera si Dios quiere el siglo XXI. Y corre por nuestra cabeza la emoción fin de siècle, y hasta los jugueteos de un milenarismo de andar por casa. Pero tenga sabor francés o exhale aroma medioeval, el tercer milenio es visto por casi todos como algo más que un fin de siglo. Se intuye cuando no se ve que estamos más bien en el final de una época: algo ese algo que está pegado a nuestros zapatos, con su carga de sueños, podredumbre, trabajo y canas, eso que ha pesado sobre nuestros cuerpos y sobre nuestras almas tanto tiempo largo, puede cambiar, puede irse al aire como el humo de los sarmientos en una tarde de otoño.
Alguien ha dicho que, dentro de nuestro siglo XX, primero fueron los alegres años 20 y después, los miserables años 30, los patrióticos años 40, los movidos años 50, los rebeldes años 60, los activos años 70, los conformistas años 80, y los desilusionados años 90.
¿Qué serán los primeros años del nuevo siglo? ¿Qué os dejarán hacer a los hijos y a los nietos de los revolucionarios de 1968? ¿Qué seréis capaces de hacer? ¿Cómo limpiar el barro estéril, amarillo y duro de nuestros zapatos?
Quiero apostar por esto. Quiero brindar por esto. Quiero lanzar un grito de augur y decir, con toda la fuerza de mis pulmones redimidos hace años del tabaco, que los primeros años del siglo XXI pueden ser los creativos años del tercer milenio. Levanto mi copa para desear que los años venideros nos conozcan como la generación de la creatividad. ¡Glu, glu, glu!

Como una hamburguesa de pollo a la rosa

Ya comprendo que puede resultar un contrasentido que sea yo, precisamente yo, el que se arriesgue a la noble tarea de cantar a la creatividad. En mi caso empiezo a ver la vida como desde lo alto, he perdido el pelo en varias gateras del camino, llevo corbata con bastante frecuencia y tengo como oficio de profesor universitario el «despropósito» de introducir un poquito de orden en la vorágine del periodismo y la información contemporánea.
Pero eso sí, y lo digo en mi descargo me sigue pasando como a los ruiseñores, que cantan tristemente cada vez que se mata a una rosa y pasan la noche sobre una espina para mantenerse en vigilia y no interrumpir su canto triste y alegre por una rosa herida…
Lo que quiero evitar a toda costa es otro posible contrasentido que se cierne sobre la creatividad: la pretensión de definirla, la incongruencia de intentar apresar, encadenar, encorsetar, aprisionar, o conceptualizar, qué es la creatividad.
Prefiero que el concepto vuele, se haga impresionista, deje escurrir chafarrinones, tome el sincretismo de un collage, gire y se tornasole en mil caras como una visión caleidoscópica, como una buena hamburguesa de pollo a la rosa hecha de pollo cocido, pétalos de rosas rojas, huevo, miga de pan, sal y pimienta, salsa worcestershire y un tantito de crema de leche…
Y así, con realismo surrealista, me parece que creatividad puede ser:
Conseguir hacer un perro verde.
Preferir para jugar un caballo de cartón a un caballo de carne y hueso.
Descubrir de golpe, o paso a paso, por qué Dios es el más joven de todos nosotros.
La creatividad es:
Inventar el clip, la cremallera, el bolígrafo, el pescado sin espinas o los satélites de difusión directa.
Estar más elegante con una ropa usada que con un modelo exclusivo.
Sacar las consecuencias de esta afirmación: vale más un solo pensamiento del hombre o la ternura de una caricia que todo el oro del mundo.
No comulgar con ruedas de molino; no tener la manga estrecha ni ancha; no tener mangas. Es llamar al pan pan y al vino vino con una sonrisa que sepa a pan y a vino.
Creatividad es:
Comprender que estar a los dieciocho años pegado a un compacto es como vivir en un corral.
Es construir una casa de 80 metros cuadrados donde pueda vivir feliz una familia numerosa.
Es facilitar que las cadenas de montaje de todas las fábricas del mundo sean para todos los obreros un himno permanente de alegría.
Es besar la vida, toda la vida, todas las vidas, con un beso que ahuyente y venza a la muerte.
Es conseguir que haya valientes como en los torneos medievales que lleven bordada una rosa, como señal y recuerdo de que la recompensa del coraje es la belleza.
La creatividad supone que el trabajo, la imaginación, el amor, la memoria histórica, el calor humano, el estilo, el genio, la palabra, el gesto, la mirada, estallen en mil pedazos, en mil estrellas nuevas, en mil nuevos caminos que lleven a todos a un puerto blanco y transparente en el que ser mucho más que el tener o el hacer sea el verdadero tesoro, la rose en soleil, una rosa blanca, centro de luz de un sol ardiente.
¡No! A la antesala del infierno
¿Lo queréis oír con otras palabras? Lo voy a intentar con las palabras de un hombre duro, afilado, sarcástico hasta la acidez, pero que luchó a su manera por encender a su alrededor la creatividad. André Gide solía decir, a contracorriente de modas y tiranías intelectuales, que a él poco o nada le importaban las clases sociales. Para Gide, se pueden encontrar burgueses igual entre los nobles que entre los pobres o envidiosos. A los burgueses solía decir se les reconoce, no por su traje ni por su nivel social, sino por el nivel de sus pensamientos: un burgués odia todo cuanto no entiende.
Y así, me permito concluir por mi parte, amar la creatividad es ponerse en las antípodas del burgués, es no odiar, es abrir los ojos tanto, tanto, tanto, que entre en ellos la luz infinita de algunas cosas.
Creyó a veces el buen pueblo que si enterraba una gota de su sangre bajo un rosal, sus mejillas tendrían siempre el color cándido y vital del rubor.
No lo sé. Nunca lo hice. Por eso, quizá, los hombres hemos perdido el don de ruborizarnos. Tengo, en cambio, experimentado que la creatividad enciende el rostro, da alas a la mirada, convierte en carne el corazón de barro, con tal de entender más, mucho más.
Creatividad es entender, por ejemplo, que la razón tecnocrática nunca da razón del sentido del hombre.
Creatividad es entender que los derechos no son cotos de aprovechamiento egoísta y exclusivo.
Creatividad es entender que el pasado no es, por definición, la edad de oro y el presente o el futuro la edad de la forzosa decadencia. Pero tampoco a la inversa.
Creatividad es entender que la lógica del beneficio, que lleva a engordar a unos pocos a costa de la pobreza de otros, es una lógica inhumana.
Y la creatividad es también la rabia, el coraje, la pasión, la fuerza vital que lleva en volandas a amar las pequeñas historias de cada día; que lleva a no querer ensuciar este mundo nuestro; que lleva con rabia, con coraje, con pasión, con fuerza vital a decir ¡no! a las cosas que lo ensucian, degradan y convierten en un infierno, porque aún hay en la antesala la luz tenue de la esperanza…
El rotundo ¡no!, el rotundo ¡basta! que nacen de la creatividad tienen siempre la dulzura de la paz. Los cambios que los violentos no realizarán nunca aunque quieran los tenemos que realizar con nuestra tenacidad creativa, con nuestra generosidad esforzada, poniendo en juego una subjetividad flexible y concreta, no la subjetividad abstracta y crispada de los violentos.
Nunca el odio ni la ira transformarán el mundo. Lo dice Bertolt Bretch con emoción contenida:
«También el odio contra la bajeza
desfigura los rasgos.
También la ira contra la injusticia
Torna ronca la voz».
El grito de la rosa Tudor
Pero, ¿podremos hacerlo? ¿Nos dejarán hacerlo? ¿No será más prudente afiliarse al conformismo confortable, o a la desilusión nostálgica y dulzona?
No hay nada definitivamente escrito. El futuro, si se lleva en la solapa la flor de la libertad ya lo dije antes, no es inexorable. Ni está esculpido. Ni es ciego. Ni es una corriente brava que está fluyendo desde las fuentes mágicas de los signos cabalísticos.
En las afueras de aquel pueblo pobre de Castilla, en las tapias de sillarejo de su desvencijado cementerio, una mano ácrata, coherente pero desesperanzada, había escrito con rabia: ¡La tierra para el que la trabaja! ¡Muertos, todos fuera!
Me parece que la creatividad bien podría tener como emblema heráldico la rosa Tudor. Cien años de guerra civil hasta la batalla de Bosworth Field, en 1185 llenaba de sangre las rosas blancas y rojas de la guerra de las dos rosas. Shakespeare lo recordaba con el ánimo dolorido:
«… esta riña
entre facciones en el jardín de Temple
enviará mil almas a la muerte y la noche
eterna, entre la rosa roja y la blanca».
Pero al llegar la paz, las dos rosas fratricidas se fundieron para siempre en una sola rosa: la rosa Tudor. Con pétalos rojos en el centro y pétalos blancos rodeándolos.
Nada valioso ha sido nunca fácil. Ni lo será. La creatividad no es el utopismo pero tampoco el sudor de la creatividad germina siempre en una sola estación. Aunque a veces florece en un solo día.
Hay en espera una rosa Tudor para cada valiente. (Tomado de Elogio de la intolerancia. EUNSA. España. 1996).

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