El olor y sabor de las manzanas

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Las vi y me encantaron. Manzanas rosas y moradas, hechas de cerámica, desparramadas cuidadosamente el desorden estudiado en una tiendita de decoración. Todo muy sofisticado. El consumo venció al bolsillo, y una manzana rosa mexicano y otra envidiosa, hicieron su aparición en mi sala. Hasta ahí todo bien. Muy bien.
Llegan invitados. Es una tarde con aire de delicia. Los grandes, los muy adultos, platicamos de cosas serias, importantes. Los niños se ríen (que es manera de dialogar con la vida), sus risas aumentan. A nosotros, aquel bullicio nos suena a música de fondo. No prestamos atención; la atención es una palabra grave que sirve para cuando hay cosas de qué preocuparse.
Una pequeñita llora. La mamá se acerca.
¿Verdad que sólo existen manzanas verdes, rojas o amarillas?
Sí, mi amor.
¡No, no! ¡Mira!
Todos oímos. Todos volteamos. Un grupo de niños miran burlones a la llorosa y le enseñan, chistosos, mis manzanas artificiales. La niña les grita, ahora que se sabe protegida:
«Ésas» ni huelen, ni saben!

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Lo natural huele y sabe. Llega a los sentidos, estremece a la razón, porque convence pensamiento y sensibilidad: lo reconocen como suyo, como algo que les es propio. Sucede lo mismo con nuestra naturaleza, la materia, la forma en que hemos sido moldeados. Hay muchas maneras de romper o de olvidar quiénes somos, de qué estamos hechos, qué sentido tiene nuestra vida. Es fácil así, tomar por buena, una apetitosa manzana morada. O rosa.
No hace falta gritar o despepitar contra el mundo. No nos vayamos tan lejos. En el interior, encontraremos cosas que no están en su sitio. En este tiempo o en el pasado. Hay mil maneras las conocemos de sentirnos forasteros en nuestros mismo regazo. Todos tenemos miedos. Todos, alguna vez, hemos querido ser perdonados. No hay nadie que, en lo profundo de su corazón, no sienta pesadumbre por algún acto realizado. Escribía Agatha Christie, en cierto libro detectivesco: «Los grandes pecados tienen largas sombras». Es cierto. Pero también lo es que, con esfuerzo y trabajo esperanzado, podemos sanar los caminos. Devolverle a la vida -toda- el sabor y el olor de las manzanas.

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