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Las predicciones de la demografía son muy imprecisas; se puede proyectar una tendencia y concluir que la sociedad se comportará de una determinada manera, porque hasta ahora así lo ha hecho: sin embargo, no se puede asegurar que efectivamente ocurrirá. Una de las variables más importantes es la voluntad humana; la actuación libre de los hombres no se puede predecir con la certeza de las leyes físicas. De manera que cuando se dice: «En el año 2020 la tierra albergará 8.000 millones de habitantes», no se sabe si efectivamente esto ocurrirá.

En las décadas de 1930 y 1940, la preocupación principal de los expertos era el bajo crecimiento demográfico. Entonces aparecieron algunos libros con sugestivos títulos como El fin del experimento humano o El suicidio de la humanidad. En las décadas de 1950 y 1960 se empezó a hablar de la necesidad del control de la natalidad para reducir el crecimiento demográfico. Se popularizaron términos como the human bomb o the people bomb.

El acelerado crecimiento de la población mundial en los últimos tres decenios y que ha dado lugar a la llamada «explosión demográfica» no se ha originado por una tasa de natalidad más alta; por el contrario, en términos absolutos, la tasa mundial de natalidad descendió. Las causas reales son dos: primero, que la mortalidad infantil ha disminuido y, segundo, que el promedio de edad es mayor, esto significa que más seres humanos alcanzan una edad en que se produce la reproducción y que más seres humanos viven más tiempo. De manera que, aun cuando la tasa de natalidad se reduzca, de tal forma que cada pareja tenga sólo dos hijos ¾ los necesarios para la reposición generacional¾ , la cifra absoluta de habitantes de nuestro planeta crecerá, debido al aumento de la edad de la población.

RAZONES PARA REDUCIR EL CRECIMIENTO

Antes que nada, hay que preguntarse cuáles son las consecuencias que ha tenido o se han atribuido al crecimiento demográfico. Las razones señaladas para justificar la reducción de la natalidad son cinco: migraciones y crecimiento demográfico; escasez de alimentos; agotamiento de recursos naturales; argumento ecológico; subdesarrollo y crecimiento demográfico.

1. ¿NOS VAMOS A MORIR DE HAMBRE?

En los años 60 se planteó el problema de la escasez de alimentos. Era ésta una nueva versión de la antigua teoría maltusiana del aumento geométrico de la población y aritmético de los alimentos. Se predijeron grandes hambrunas que asolarían el planeta entre 1970 y 1985. Sin embargo, gracias a la irrigación de vastas regiones, la mecanización agrícola y empleo de fertilizantes, la producción de alimentos aumentó en estos años, más de lo que ha crecido la población, de manera que las predicciones de los años 60 quedaron en meros pronósticos incumplidos.

El error metodológico de los economistas maltusianos y neomaltusianos es considerar la producción de alimentos como un factor estático o muy poco elástico, en circunstancias que, en realidad, el rendimiento agrícola es un elemento dinámico, pues depende del trabajo humano, la tecnología y la inversión.

Hace algunos años, la economista danesa Esther Boserup, apoyada en abundantes datos empíricos, demostró que el aumento del número de habitantes ha conducido a cambios históricos en las técnicas de producción agrícola debido a que el aprovechamiento del suelo depende directamente de la densidad de la población de una región. Actualmente, los expertos aceptan como una realidad indiscutible que el crecimiento demográfico conduce a una intensificación de las técnicas agrícolas.

Por otra parte, se calcula que, de acuerdo a los métodos de producción agrícola actualmente conocidos, la superficie terrestre susceptible de ser cultivada es, en todos los continentes, salvo en Europa, muy superior a la que hasta ahora efectivamente se cultiva.

En los últimos decenios, la expansión de las técnicas agrícolas modernas a vastas regiones del planeta conduce a la llamada «revolución verde». Tal proceso ha debido enfrentar el problema de introducir nuevas técnicas agrícolas, diferentes a las costumbres milenarias de sus habitantes, como ocurre en algunas zonas de Asia y África.

Una de las razones para que en algunas regiones del mundo se pase hambre, mientras que en otras existen excedentes alimenticios, es la política de algunos estados por tratar de lograr la autarquía en el ámbito agrícola. Otro gran problema consiste en la imposibilidad de transportar alimentos a regiones que carecen de la infraestructura de transportes, como ocurre en algunos países africanos o asiáticos. En los años 70 y 80 fueron enviadas toneladas de alimentos a ciertas zonas de África; sin embargo, la mayoría de ellas nunca llegó a su destino debido a las dificultades o la imposibilidad del transporte.

Precisamente en zonas débilmente pobladas es muy alto el costo por habitante de construir una infraestructura de transportes (caminos, ferrocarriles, puertos) o tender una red eléctrica o de comunicaciones (teléfono, telégrafo), de manera que nos encontramos ante un círculo vicioso: una gran región incomunicada no es atractiva ni para vivir, ni para producir en ella; a su vez, si esta región se encuentra relativamente despoblada, no se ve la necesidad de dotarla de caminos o de una red de energía.

Existe asimismo, el grave problema del paso de economías recolectoras a productoras. Hay pueblos africanos que desconocen el trabajo ¾ al menos como lo entendemos nosotros¾ y cuya organización social es la de los antiguos pueblos recolectores y cazadores. Como entre ellos disminuyó la mortalidad debido al mejoramiento de la salud, se ha producido un aumento del número de sus miembros, cuya alimentación no alcanza a ser cubierta por las técnicas de recolección de alimentos y de caza de animales.

Otro problema es que algunos pueblos africanos nómadas, que migraban según la estación desde regiones no-fértiles hacia zonas fértiles, hoy en día se convirtieron voluntaria o involuntariamente (generalmente por imposición gubernamental) en grupos sedentarios.

Durante mucho tiempo, al hablar de sobrepoblación y hambrunas, se pensaba inmediatamente en Etiopía, el «país más pobre del mundo». Sin embargo, el problema etíope no es la sobrepoblación; Etiopía tiene una densidad poblacional de sólo 35 habitantes por kilómetro cuadrado. La causa de su pobreza es la guerra, que impide el cultivo agrícola y el desarrollo industrial y comercial, y ha destruido el medio ambiente.

Finalmente, los especialistas han hecho ver que, en gran medida, los problemas de los países subdesarrollados se deben a la adopción de una política agrícola errada. Después de la segunda guerra mundial, los países industrializados aplicaron una política agraria proteccionista; a su vez, los países subdesarrollados implementaron una política de fijación de precios altos para sus productos agrícolas, de manera que sus ventajas comparativas disminuyeron. Esto condujo a que muchas naciones industrializadas se convirtieran en exportadoras agrícolas y muchos estados en vías de desarrollo, en importadores de tales productos.

Además, algunos países en desarrollo subvencionaron técnicas agrícolas que implicaban una mayor mecanización y por tanto, un menor empleo de mano de obra, en circunstancias que la utilización de ésta se hubiera traducido en costos más bajos. El efecto inmediato de tal política fue la elevación artificial del precio de los productos agrícolas.

2. YA NO VA A QUEDAR NADA, NADA

En la década de 1970 se planteó el problema del agotamiento de los recursos naturales como una de las consecuencias del crecimiento demográfico. Las reservas mundiales – se dijo – son restringidas y se están acabando. Evidentemente, se agotarán más rápido si aumenta su consumo. Si el número de consumidores es mayor, se elevará también el consumo. La solución propuesta fue la reducción, o por lo menos, la estabilización, del número de consumidores; esto supone detener el crecimiento demográfico, en otras palabras, reducir la tasa de natalidad.

Asimismo, de acuerdo a una ley económica, el precio de un recurso se eleva si éste se hace escaso, en consecuencia, se predijo que los recursos naturales serían cada vez más caros, pues se dispondría de reservas progresivamente menores. Además, si crece la demanda, también sube el precio de manera que, antes de su total agotamiento, el precio de un determinado recurso se elevaría considerablemente. Como para mantener el estándar de vida se necesitan tales recursos – sobre todo en los países desarrollados –  , la consecuencia lógica sería la dramática disminución de su nivel de bienestar.

El gran error de quienes hicieron estas predicciones – sobre todo los expertos del Club de Roma –  fue no considerar que la intensidad con que un recurso es históricamente utilizado, no permanece constante. De manera que hicieron un pronóstico sobre la base de una demanda estable por habitante, lo cual con una tasa de crecimiento demográfico creciente, necesariamente se traduciría en una demanda global también creciente.

Sin embargo, los recursos no siempre son utilizados de manera idéntica, en igual cantidad. Si sube el precio de un recurso, generalmente los individuos reducen su consumo y los empresarios buscan sustitutos – es la llamada sustitución tecnológica -. Es lo que ocurrió entre 1973 y 1979 con el petróleo. Otro ejemplo es el del cobre que se empleaba en las líneas telefónicas y hoy ha sido reemplazado por la fibra óptica.

Asimismo, si su precio se eleva, el estímulo económico para recuperar y reciclar el recurso es mayor, de manera que éste no se agota al ser utilizado, sino que puede volverse a emplear. Actualmente, la recuperación puede ser total o parcial; la investigación científica se dirige a lograr nuevas técnicas que permitan el reciclaje total de los recursos.

Por otra parte, tampoco se consideró que la determinación acerca de cuánto mineral se dispone depende directamente de su precio, pues si el precio sube, se hacen rentables los yacimientos de explotación más costosa – por ejemplo, ubicados en los fondos marinos o en lugares de difícil acceso –  o bien cuyo producto es de menor calidad (de menor ley). De esta manera, además, crece la oferta de tal producto.

Lo que ha ocurrido es exactamente lo contrario a lo pronosticado en los años 70: los recursos disminuyen su precio, y el nivel de vida tanto en los países desarrollados como en aquéllos en vías de desarrollo ha mejorado considerablemente. El precio de los recursos también bajó, de manera que éstos están al alcance de más seres humanos. «Los precios relativos de los recursos naturales están cayendo de manera importante, continuando la tendencia de los últimos 100 años (…). Los precios de la energía también continuarán descendiendo, ayudados por un fenómeno de desarrollo científico-tecnológico».

En el decenio de 1970 se realizaron grandes inversiones en la explotación de ciertos recursos naturales, pensando que su precio sería cada vez más alto. Lo que efectivamente ha ocurrido es exactamente lo contrario y tal circunstancia condujo al desastre de un sinnúmero de grandes empresas.

En suma, una disminución relativa de la cantidad de recursos ha sido compensada ¾ más bien recompensada¾ por el progreso científico, ya sea a través de los modernos métodos de reciclaje o mediante la llamada sustitución tecnológica.

Otro argumento que se ha popularizado es que nuestro consumo actual perjudicará a las generaciones futuras, que carecerán de recursos, porque nosotros los habremos gastado. Simon explica que no será así, por el contrario: «si, como enseña la historia, puede esperarse que los precios de los recursos naturales serán menores en el futuro, eso implica que las próximas generaciones no encararán ninguna escasez económica mayor a la que nosotros enfrentamos. Incluso tendrán más. Por lo tanto, nuestro uso de recursos naturales tiene poco o ningún efecto negativo en las generaciones futuras, porque cuando utilizamos los recursos producimos escaseces esperadas, y las personas se dedican a encontrar nuevas formas de cumplir con esas necesidades, que nos dejan mejor parados que si la escasez jamás hubiera ocurrido».

3. EL VIVIR HUMANO DAÑA AL AMBIENTE

A partir de los años 80 se ha popularizado la justificación del control demográfico debido a la necesidad de proteger el medio ambiente. El argumento es muy sencillo: la actividad humana modifica el medio ambiente. La alteración se produce sobre todo a través de la construcción de ciudades y vías de comunicación, y del cultivo agrícola y forestal de nuevas regiones; esto significa la destrucción de bosques y selvas y, por consiguiente, la producción de erosión y la extensión del desierto.

Sin embargo, el problema ecológico no puede ser absolutizado. Como principio fundamental, se puede decir: «El hombre tiene hacia la naturaleza deberes en relación a sí mismo. Si el hombre no puede ser un depredador innoble, sí debe ser un custodio previsor del planeta, no debería serlo en relación a la naturaleza en sí, sino por respeto a sí mismo, hacia el prójimo que habita el medio, y desde luego, hacia sus descendientes».

Tampoco se debe llevar el argumento ecológico al absurdo a que se ha llegado en algunos países, donde la premisa parece ser «es preferible no vivir para no alterar el medio ambiente» o, como decía hace algunos años el titular de un diario inglés: «Usted daña el medio ambiente sólo por el hecho de vivir sobre la tierra».

Los estados con un índice de contaminación más alto y donde la destrucción del medio ambiente ha llegado a un grado catastrófico, formaban parte del llamado «socialismo real». Sin embargo, estos países presentan índices de crecimiento demográfico extremadamente bajos (y en muchas regiones, negativos). Esta circunstancia demuestra que el problema ecológico no se debe al crecimiento de la población, sino al empleo de una tecnología muy antigua e ineficiente. Se puede decir entonces que «la ligazón entre crecimiento demográfico y la degradación ambiental no es consistente, sino que el factor determinante es la naturaleza de las técnicas de producción utilizadas».

La cuestión que se presenta, al considerar las posibles soluciones al problema de la contaminación ambiental y de la destrucción del medio ambiente, es el hecho de que la conservación ecológica es un bien caro, de manera que los estados en vías de desarrollo muchas veces prefieren realizar otro tipo de inversiones consideradas más urgentes, al menos en el corto plazo. Sin embargo, hay que considerar que el bien «medio ambiente ecológicamente equilibrado» es muy importante en el largo plazo y que, mientras más tiempo se deje pasar, la inversión en el medio ambiente será más alta. Por otra parte, el bien «ausencia de contaminación ambiental» o es producido por empresas públicas o es subsidiado por el estado de manera que el mecanismo de ajuste entre la oferta y la demanda no es automático, sino que supone una decisión política y, como tal, difícil de adoptar.

4. MÁS POBRES, MÁS REPRODUCTIVOS

La existencia de una relación directa y recíproca entre aumento de la población y subdesarrollo es uno de los principales argumentos que se plantea para detener el crecimiento demográfico. La clave ¾ se dice¾ para acabar con la pobreza y alcanzar el desarrollo económico es lograr detener el crecimiento demográfico.

Los planteamientos que Robert McNamara, entonces presidente del Banco Mundial, hizo en 1973 son muy ilustrativos: «El único obstáculo importante para el progreso económico y social de los pueblos del mundo subdesarrollado es el ilimitado crecimiento demográfico (…). El peligro de una presión demográfica incontrolable es semejante al peligro de una guerra nuclear (…). Ambos peligros pueden tener y tendrán consecuencias catastróficas si no son rápida y eficazmente combatidos»,.

En términos científicos, esta teoría fue formulada por primera vez en 1958 por Ansley J. Coale y Edgar M. Hoover, en un estudio realizado para el gobierno de la India. Según estos autores, una disminución de la tasa de natalidad tendría los siguientes efectos positivos: el producto social sería dividido entre menos personas; el ahorro privado se elevaría, de manera que se posibilitaría la formación de capital; dado que serían necesarios menos recursos para la expansión de la infraestructura, la inversión estatal de fomento podría ser mayor y, por lo tanto, este mayor bienestar de la población elevaría la productividad.

El modelo de Coale-Hoover es criticado porque deja constante la cantidad de trabajadores, de manera que, pese al crecimiento demográfico, el producto social se mantiene también constante. En otras palabras, no se considera que las personas integradas a la sociedad no sólo son consumidores, sino también productores. En términos muy gráficos, se puede decir que los hombres no vienen al mundo sólo con una boca y un estómago, sino con dos manos y un cerebro para trabajar y realizar su aporte a la sociedad.

Hay que considerar, además, que en las sociedades agrícolas, los niños se incorporan a temprana edad al trabajo y, por ello, su aporte empieza a los pocos años de nacer. En los países desarrollados, la incorporación a la vida laboral tiene lugar sumamente tarde (la esperanza de vida es mayor por lo que es rentable realizar estudios largos y prolongar el tiempo de la formación personal, ya que estas circunstancias repercuten en un ingreso mayor).

Simon explica que, de acuerdo al argumento convencional, se espera encontrar una tasa de crecimiento económico menor donde el aumento de la población es mayor. No obstante «una comprobación simple… es que en el momento mismo en que la población creció más rápido que nunca – es decir en Europa, comenzando en 1650- , también tuvimos el mayor desarrollo económico de toda la historia». Bauer agrega que desde mediados del siglo XVIII, la población en el mundo desarrollado se ha más que cuadriplicado, paralelamente y de acuerdo a las estimaciones, el ingreso per capita se ha quintiplicado en el mismo período. De manera que podemos concluir que «la ausencia de una relación comprobada entre los crecimientos de la población y el desarrollo económico llama a una explicación seria que vaya más allá de la teoría estándar convencional».

Algunos autores sostienen que un mayor crecimiento demográfico se traduce en una mayor cesantía. Invirtiendo el argumento señalado anteriormente, Rauer señala que cada persona no tiene sólo dos manos para trabajar, sino también una boca para comer. Con ello hace ver que cada ser humano no sólo es un productor, sino también un consumidor, de forma que su sola existencia conduce a un aumento de la demanda y a uno consiguiente de la oferta y, así, estimula la actividad económica.

Se plantea también el problema de saber cómo influye el comportamiento demográfico en el ahorro. Se ha sostenido que existe una relación indirectamente proporcional entre la cantidad de niños y el ahorro, debido a que los hijos no aportan al ingreso familiar, pero elevan el consumo. Felderer ha analizado diferentes estudios efectuados en diversos países y llegado a la conclusión de que empíricamente no se ha comprobado una relación entre menos niños y más ahorro o más niños y menos ahorro. Por el contrario, las investigaciones han arrojado resultados divergentes y, en definitiva, los hijos pueden estimular, desestimular o no afectar el ahorro. De manera que «la relación entre crecimiento poblacional y tasa de ahorro es insignificante». En todo caso, hay que considerar que- dejando constante el ingreso familiar- si los padres reducen su propio consumo en favor de los hijos, no disminuiría el ahorro: tampoco disminuiría el ahorro si aumentara el ingreso familiar.

Simon señala: «Si se tienen más hijos, se puede estar más preocupado por financiar la educación en el futuro y, por lo tanto, es muy probable que ustedes ahorren más dinero ahora (…). Por una parte hay mayores exigencias para gastar. Pero en el promedio, la cantidad de ahorro parece no verse afectada por el número de hijos. (…) Por otro lado, si uno tiene más hijos, trabaja más, incluso puede aceptar más ocupaciones y así el ingreso total aumenta».

Franco Modigliani, Premio Nobel de Economía, ha estudiado la influencia de los «ciclos vitales» en el ahorro. Este autor señala que los hombres, movidos por el deseo de conservar su nivel adquisitivo en el período en que no trabajarán más, ahorran una determinada cantidad de sus entradas durante su vida laboral. De manera que, una sociedad donde la mayoría de las personas son jóvenes – lo cual supone una tasa de natalidad relativamente alta- , ahorrará más que en una de pirámide de población invertida.

Por último, existe un argumento más bien de carácter sociológico que está muy difundido en los países desarrollados: una baja tasa de natalidad es el resultado del desarrollo económico y social, de manera que erradicando la pobreza, disminuiría automáticamente la tasa de natalidad. La razón de ello es que los seres humanos en los países subdesarrollados tienen hijos para asegurar su futuro. En otras palabras, los hijos serían una especie de seguro para la vejez. De modo que, si se implementa un sistema de seguridad social, la tasa de natalidad deberá bajar en forma automática, ya que el seguro asumirá la función que supuestamente cumplen los hijos.

Esta tesis no parece aplicable a los países de Iberoamérica donde son más bien los padres quienes mantienen a sus hijos, por lo menos durante el período de su formación o capacitación profesional, e incluso les ayudan económicamente luego de que éstos han logrado su independencia económica.

En todo caso, la ayuda prestada es más bien de carácter recíproco y corresponde a la llamada «solidaridad entre las generaciones». El que en Iberoamérica las familias sean más numerosas que en Europa se debe a que aquí existe una «cultura familiar» distinta a la de aquellos países y no una supuesta necesidad económica de ser «mantenidos» por los descendientes.

Lo que sí parece indiscutible es que en ciertas regiones de África y Asia, tener hijos es una necesidad de supervivencia, pues donde no existe una agricultura mecanizada, se necesitan más manos para el trabajo de la tierra. En este caso, los niños de seis o siete años se incorporan a las labores agrícolas.

5. POBRES Y MIGRANTES

Frecuentemente se piensa en las ciudades superpobladas del llamado tercer mundo como una consecuencia de su descontrolado crecimiento demográfico. No obstante, más que en una alta tasa de natalidad, el aumento de la población urbana y la formación de las llamadas «megaciudades» tiene otras causas.

Como ocurrió en los países desarrollados durante su proceso de industrialización, en los países en vías de desarrollo se produce actualmente una migración del campo a la ciudad. Las causas de tal movimiento son las expectativas económicas culturales y sociales proyectadas en la ciudad, sobre todo en la capital. Se espera un ingreso más alto y mejores condiciones de vida. Asimismo, el centralismo político y administrativo de muchos estados conduce a esta migración campo-ciudad.

La tasa de natalidad de la población urbana es, sin embargo, mucho más baja que la de las zonas rurales. A ello contribuye el mayor precio de los arriendos y dividendos, la necesidad de que ambos cónyuges trabajen fuera de la casa, el relativo alto costo de la educación de los hijos, etcétera.

En 1992, el Banco Mundial predijo que en el año 2030, vivirán dos veces más seres humanos en las ciudades que en el campo. Sin embargo, en los países desarrollados se observa un proceso ¾ parcial, por cierto- de «huida de la gran ciudad», que bien puede tener lugar en los estados en vías de desarrollo. Tal movimiento, inverso al de los últimos decenios, obedece a que la gente se pregunta dónde puede vivir mejor, dónde es más alta la calidad de vida, produciéndose un desplazamiento hacia zonas con mejor aire, «más naturaleza», menos contaminación ambiental y menos estrés.

De igual forma, en algunas regiones del planeta encontramos zonas densamente pobladas, contiguas a otras fértiles y relativamente subpobladas. En África, por ejemplo, se ha propuesto fomentar las migraciones desde regiones pobladas a otras débilmente pobladas. Se ve aquí la inconveniencia de analizar sólo cifras demográficas globales, que no consideran cuál es la distribución efectiva de la población en un país o región determinados.

Por otra parte, los organismos internacionales registraron hace tiempo una importante migración internacional desde los países del Mediterráneo Sur hacia los estados del Norte y Oeste de Europa y otra desde el Este hacia el Oeste de Europa. Hasta hace pocos años, los expertos calificaban la primera de estas migraciones como un elemento de estabilidad demográfica, sin considerar la enorme carga de disturbios sociales y políticos que significa la presencia de los inmigrantes. Esto demuestra que el criterio demográfico no puede ser absolutizado y que hay otros importantes factores, sobre todo de carácter cultural, que considerar.

La causa de estas migraciones internacionales no es la sobrepoblación. Los migrantes que se desplazan desde el Este al Oeste europeo provienen de regiones con un crecimiento demográfico muy bajo y se mueven hacia otras densamente pobladas como Europa Occidental. Las causas de tales movimientos son las enormes dificultades económicas, la inestabilidad política y la guerra. Algo similar se puede decir de la migración desde el Sur del Mediterráneo hacia Europa. En este caso, hay que agregar los miles de algerianos pro-occidentales que, huyendo del Islam, han ingresado o ingresarán a Francia en los próximos años.

EL RECURSO MÁS IMPORTANTE

Existe una relación estrecha y recíproca entre comportamiento demográfico y economía. En las últimas décadas, la discusión acerca del crecimiento demográfico y sus consecuencias para el desarrollo social y económico se ha ideologizado a tal grado, que un análisis objetivo, desapasionado y científico de la realidad resulta muy difícil.

Desde que Malthus, a principios del siglo XIX formuló su teoría, ha habido economistas maltusianos, antimalthusianos, neomalthusianos y revisionistas. El horizonte temporal del análisis de unos y otros es distinto. En general, se puede decir que los maltusianos «tienen más razón» en el corto plazo, en tanto que las conclusiones de los antimalthusianos son correctas en el mediano y largo plazo. Asimismo, el modelo de Malthus funciona bien en una sociedad pre-industrial, pero no en una en vías de industrialización o industrializada.

En los años 60 se produjo en los países subdesarrollados un crecimiento demográfico de gran magnitud y esta nueva circunstancia suscitó innumerables problemas que podrían denominarse «coyunturales». Sin embargo, desde entonces, la tasa de natalidad de estas naciones se redujo. Asimismo, no sólo ha aumentado la población de los países en desarrollo, sino que también, contra ciertas predicciones pesimistas, se elevó el ingreso per cápita, sus niveles de educación ¾ medidos a través de los índices de alfabetización¾ , de nutrición, y la esperanza de vida. Paradójicamente a lo que se pensaba en el pasado, los mercados expansivos de la década de 1990 se encuentran en países emergentes del llamado tercer mundo.

Hay que considerar que la repercusión que las políticas de control de la natalidad tendrán en la sociedad y en la economía del futuro son algo incierto. La actitud demográfica, tanto a nivel individual, como colectivo, ha cambiado considerablemente a partir del inicio de las campañas de control demográfico. El ritmo relativo de crecimiento de la población mundial disminuye a partir de la década de 1970. No sabemos lo que pasará en 50 ó 100 años más. Intervenir en el campo de las decisiones demográficas, mediante mecanismos dirigistas, es jugar con fuego.

Si existiera un ser capaz de conocer no sólo el presente, sino también el futuro, le preguntaríamos cuánta gente podría vivir en una determinada región en una cierta fecha. Las entidades internacionales y los gobiernos de los países desarrollados creen poder determinar esa cifra. Sin embargo, la experiencia de más de 30 años de control de la natalidad a nivel mundial demuestra que los demógrafos están muy lejos de ser esos semi-dioses y que se han equivocado muchas veces en sus predicciones. Sus errores son cuanto más dolorosos puesto que han conducido a impedir la existencia de vidas humanas, en no pocas ocasiones incluso mediante el aborto que, muchas veces, se considera como una medida más del control demográfico.

No hay que olvidar que el más importante de todos los recursos del proceso productivo es el humano, que la creatividad, iniciativa y trabajo son el motor del desarrollo. «Hay que contar con el imponderable de la creatividad humana». La razón del progreso económico de un pueblo «debe buscarse en el afinamiento, en la potencialización y en la agudización extrema de la capacidad intelectual individual y de conjunto, de esa sociedad. Es decir, el desarrollo alcanzado es el resultado de un producto intelectivo, teorético y razonado en estrecho vínculo con la espiritualidad del hombre».