Los encantos del consumismo

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Siempre he tenido la ilusión de escribir un artículo desde el extranjero; soy vanidoso. Hasta el día de hoy todos mis escritos han sido firmados en San Ángel, Coyoacán, Mixcoac y en el mejor de los casos, Xochimilco. Hoy puedo escribir desde Chicago. La antigua ciudad de Al Capone es hoy por hoy una muestra apabullante del poderío económico norteamericano.
En 1500 palabras (máximo permitido por la redacción de ISTMO) poco se puede apuntar sin redundar en lo escrito por Alexis de Tocqueville, William Faulkner, Herbert Marcuse, Hanna Arendt, Oscar Wilde y Noam Chomsky. Acerbos críticos y simultáneamente admiradores de la sociedad estadounidense. La primera vez que se pone un pie en EUA se siente vértigo y fascinación ante la riqueza y organización norteamericana. El Canto a mí mismo de Whitman describe el torbellino del American Dream, sueño de cualquier tercermundista. Estamos «acostumbrados» al maltrato, cohecho, autoritarismo, lentitud y pobreza. La cáustica pluma de Wilde, anotó en el siglo XIX: «todo el mundo parece apresurarse para tomar el tren () América es el país más ruidoso que ha existido nunca. Le despierta a uno por las mañanas, no el canto del ruiseñor, sino la sirena de algún vapor o de alguna fábrica».

PATRIOTAS, PIONEROS, CONSUMISTAS

Un poco de historia no viene mal. Contra la opinión de muchos consultores empresariales, a veces conviene mirar hacia atrás. El presente surge del pasado. Detecto, al menos, tres etapas en la vida de la Federación Norteamericana.
1. Los patriotas. George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin a la cabeza. Elegantes, tolerantes, burgueses, ilustrados. El hito es la lucha entre Jefferson y Hamilton. Al final, triunfó éste: EUA decide ser la Policía del Orbe.
2. Los pioneros. Típicas caravanas hacia el Oeste en constante lucha contra apaches, sioux, mohicanos. La expansión a costa de indios, mexicanos, hawaianos y quien se entrometiera. Momento relevante, pues acrisola la identidad del cowboy. Sobreviven los mejores. No puede aguardarse la llegada de la caballería de Custer.
3. La clase media consumista: el imperio de lo efímero, en palabras de Lipovetsky. Reina el individualismo atroz. Cualquiera sabe que la frasecita «Have a nice day» repetida a diestra y siniestra por los vendedores carece de significado. Por las noches, absorbidos por Internet, muchos gringos comen Potatoes Chips mientras navegan solos y sin rumbo. Al terminar High School, el chico debe abandonar la casa paterna y volar con sus propias alas. Los dormitorios universitarios son campos de entrenamiento para la vida real; no pocas veces rara mezcla de inmorales ermitaños.
Corren toda clase de teorías para explicar el éxito de los yanquis. Desde la acusación bolchevique ¡imperialistas! hasta el Destino Manifiesto de Monroe de cuño WASP: in God we trust, «somos el pueblo elegido». Los hechos son los hechos: frente a mis ojos Chicago y sus inmensos suburbios abrazan el lago Michigan. Tiendas, ferrocarriles, restaurantes, supermercados con el surtido más variado e inverosímil, museos, galerías, parques de diversiones, salas de cine y pistas de hielo. A 20° centígrados bajo cero, los camiones del condado con palas mecánicas y toneladas de sal mantienen transitables las calles. La metrópoli, The Windy City, es imperturbable.

CULTURA DEL PLÁSTICO

¿Qué hay detrás de esta parafernalia?: una inmensa clase media. A la espalda de la casa donde vacaciono, vive un tornero mexicano. Su inglés es primitivo y goza de auto, casa con backyard, tarjetas de crédito y los hijos en buena escuela. Entiendo y admiro a los obreros, campesinos y académicos que emigran al país del norte. La economía mexicana asfixia a la clase media: o proletario, o millonario. Los números de INEGI no mienten.
Latiendo con fuerza, la clase media es el motor de la economía norteamericana. Gigantesca masa de compradores, empleados, obreros, capataces, profesionistas, comerciantes. El «clasemediero» es un «arribista». Es consciente de que puede subir o descender. Requiere de un entorno de esperanza. Eliminar la posibilidad de desarrollo le torna apático. En Estados Unidos casi todos creen que esforzándose más ganarán más. El homeless de ordinario ha perdido todo, porque perdió la esperanza.
Los emigrantes ¡horror! son el alma de la clase media. Ordinariamente un emigrante, con mayor o menor educación, es un individuo audaz. Ha cortado lazos para ascender. Las emigraciones han sido inyección intravenosa en el torrente sanguíneo del Tío Sam. La esperanza se concreta en crédito barato, no sólo en promesas electorales. Sin financiamientos estables y bajos no es posible formar un patrimonio. ¿Queremos acabar con la clase media? Retirémosle la expectativa de comprar una casa o un auto nuevo.
La mitad de EUA está financiada. Paradójicamente, la clase media posee menos de lo que aparenta, pero suficiente para ser sujeto de crédito. Los bancos, las instituciones financieras, son los verdaderos propietarios. Pero la clase media tiene la ilusión de poseer: propiedad y posesión no son equivalentes. El 80% de las casas habitación están hipotecadas. El crédito barato y las tasas estables generan consumo, producción y empleo. Así se explican los malls atiborrados de compradores. Se puede estrenar un coche que aún se debe y comer un steak todavía no pagado.
Agreguemos a ello recursos naturales descomunales (los indios no ocupaban toda la tierra, el Norte de México estaba desocupado y los canadienses acordaron tácitamente una comunidad «europea»). La cereza del pastel: minorías oprimidas durante años (afroamericanos por ejemplo) y guerras de vez en vez para gastar misiles («Tormenta del desierto») y tenemos una economía boyante. La piedra de toque: la «liberación femenina». La incorporación repentina de la mujer gran consumidora a la fuerza de trabajo. En 1930 pocas estadounidenses trabajaban; hoy casi todas. Generan más dinero, se les ofrecen tarjetas de crédito, compran más, pagan, se abren más mercados, el círculo «virtuoso» de la economía de mercado.

THE BEST OF THE BEST

La pregunta crucial me la hizo un norteamericano, un gringo puro. ¿No será el «American Dream» precisamente eso, un sueño? ¿Una Disneylandia gigantesca? Walt Disney definía su negocio como «hacer feliz a la gente». No discutiré si Mickey Mouse guarda parentesco con el soma del Mundo feliz de Huxley. En cualquier caso, EUA es aparentemente feliz.
Un exalumno (de cuyo nombre no puedo acordarme) visitó un cabaret en Acapulco (de cuyo nombre tampoco puedo acordarme). La atracción en el centro nocturno, por así decirlo, era una vedette (otro eufemismo): la «devoradora de hombres». ¿Será la economía norteamericana una «devoradora de hombres»? ¿La isla de las sirenas de la Odisea? El Melting Pot exige renunciar a la propia cultura; los indios norteamericanos fueron recluidos en reservaciones; los negros segregados; Texas, California y Nuevo Mexico, conquistados La vida no es fácil para un inmigrante. Tarde o temprano debe renunciar a buena parte de su identidad cultural. Sólo así es posible la convivencia y el multiculturalismo. El atomismo social requiere una identidad común. Sin embargo, la identidad debe ser light y artificial para unificar un espectro tan amplio de etnias. El frenesí consumista, la fe en el progreso y el afán de la novedad son los tres ejes en torno a los cuales se articula Norteamérica. We are the best of the best.

ENTRE «ALICIA» Y LA PENSIÓN

En México hemos perdido la fe en el progreso y sólo nos queda el consumismo y el afán de novedad. Nuestra realidad: la incertidumbre pesimista. A partir de 1970 estamos en crisis; las generaciones, sin oportunidades. Quienes hoy estudian en la universidad han vivido siempre en un país en crisis.
¿Qué será mejor? ¿Alicia en el país de las maravillas o ganar un sueldo irrisorio para recibir una pensión ofensiva en la vejez? El próximo presidente de México deberá, cuando menos, devolvernos la ilusión de un mundo mejor. Desgraciadamente con discursos no se devuelve la esperanza. La clase media requiere hoy dinero en su bolsillo y esperanza en su mente. Sin un mercado interno, sin una clase media, ni siquiera los grandes empresarios tienen el futuro asegurado.
Los gobernantes de EUA han mantenido satisfecha a su clase media con refrescos de cola, televisiones, TVDinners, o lo que sea. No alabo los medios. Encomio el fin: ilusionar a los «clasemedieros». The New Deal de Roosvelt. Si trabajo, como; si trabajo más, como mejor.
Fantasías, ilusiones, pesadillas, marketing, tremendismo, derrotismo. ¿Aceptará Estados Unidos a otros cincuenta millones de mexicanos en busca de un paraíso maquillado?
“Lo afeitaron [a Billy the Kid] lo envainaron en ropa hecha y lo exhibieron al espanto y las burlas en la vidriera del mejor almacén. Hombres a caballo o en tílbury acudieron de leguas a la redonda. El tercer día lo tuvieron que maquillar. El cuarto día lo enterraron con júbilo”. Jorge Luis Borges.

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