Sabia virtud de aprovechar el tiempo

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ESCLAVOS DE LA AGENDA

Llama la atención el egoísmo para manejar el tiempo que se suele dar en las sociedades donde trabajo y éxito son la prioridad. Muchas personas de manera especial las más importantes andan escasas de tiempo, las agendas son insuficientes para sus asuntos, les resulta imposible atender a los demás y dedican enormes esfuerzos para defenderse de todo lo que les quite el tiempo. Cuando enferma un familiar la desgracia es doble, por el familiar y por la agenda; si muere un amigo o colaborador hay que descabalgar no se sabe cuántos compromisos. Hasta el ocio, descanso y vacaciones se programan, y si algo no encaja sube la tensión. Al final, cada viaje, reunión e informe parece que intentan resolver la complejidad de la vida en un momento.
Algunas personas logran ganarse la vida sin tener que trabajar cinco días a la semana, pero eso no le ocurre a muchos de los líderes, ejecutivos, presidentes y brillantes profesionales con los que uno se encuentra. En efecto, algunos pocos han logrado una conquista al tomar conciencia de que su presencia en el trabajo no era tan necesaria y que, por tanto, podrían dedicarle menos horas o dedicarlas desde lejos sin estar empujando o recibiendo empujones constantemente. Es decir, han conseguido tirar del carro subidos al pescante y no arrimando el hombro, trabajar por resultados y no por horas. Esto es bastante bueno tanto para ellos cumplen mejor su misión, como para los demás despliegan su personalidad, llevan su agenda y consiguen sus propios resultados.
Sin embargo, este problema no sólo afecta a los muy ocupados. La avaricia en el uso del tiempo también se nota en individuos con esquemas laborales holgados, gente con horarios limitados y con escasas responsabilidades. Tal vez, el acoso se deba a la ciudad donde viven, que les obliga a tirar en la calle una, dos o tres horas diarias para hacer su deber; otras veces, quizá, por la manía de estar siempre preocupados resolviendo problemas «trascendentales» o, por último, a causa de la incapacidad de vivir cada hora y cada día en presente. Incluso muchos desempleados no tienen ni un instante para buscar soluciones a su situación.
Es muy probable que la razón de todo ello radique en creer que somos nuestro trabajo y que nuestra vida es nuestra agenda. Ciertamente, trabajo y agenda son grandes indicadores del enfoque personal sobre la realidad y de los objetivos explícitos e implícitos que tenemos, pero son sólo eso, indicadores. La clave radica en dominarlos, y para eso es necesario definir nuestra vida.

HERRAMIENTA EFICAZ

El tiempo es la principal posesión con la que nacemos. Algunos, junto a la ración de tiempo, traen en su cuna un patrimonio incorporado, otros vienen con impedimentos físicos o mentales que les limitarán los usos alternativos de esa cuota de minutos y segundos. Dependiendo del lugar y las circunstancias, las infraestructuras físicas, culturales y morales facilitarán o frenarán el empleo fructífero del tiempo personal.
Por otra parte, cada edad de la vida permite vivir el tiempo de manera diferente. La niñez es la etapa oportuna para el cariño familiar, cuando se teje la trama y la urdimbre de la personalidad; la juventud es algo más propio que exige hacerse a sí mismo y parece el momento de las actitudes. La edad adulta es la de los resultados, la contribución. La vejez es, quizá, la etapa de la aceptación y del entendimiento completo de la vida.
A lo largo de la vida vamos dando tiempo a cambio de dinero, respeto, cariño, servicio o convivencia. Patrimonio, familia, profesión y cuidado personal se hacen a través del tiempo y exigen entregarlo; ello porque las cosas de la vida humana no son conceptos, sino experiencias que se despliegan por horas, días y años. Tal vez por eso han surgido los horarios, como manifestación de las actividades humanas, para saber dónde se gasta e invierte el propio tiempo.
Esta herramienta es vital. Las empresas tienen uno de sus principales desafíos de productividad en la elección de horarios del personal y uso de instalaciones. Los fundadores de las órdenes religiosas casi siempre han establecido en sus «reglas» el detalle de las jornadas según el tiempo litúrgico. Los individuos, conforme se les complica la vida, tratan de manejar una agenda para ordenar las disponibilidades y establecer prioridades.
Distribuir el día en tres tercios de ocho horas trabajar, convivir y descansar parece bastante razonable. De hecho, buena parte de la sociedad tiene la sensación de seguir este modelo. Comprobarlo puede ser útil, pues hay individuos que logran trabajar 20 horas a la semana mientras que otros le dedican 50; diez horas de sueño le pueden bastar a alguien y cinco hacer saltar de la cama a otro; al pie de la moda, los jóvenes viven todas las horas posibles de las madrugadas de sábado y domingo, y supeditan el resto a ello. Desde luego, parece como si la gente se matara trabajando de lunes a viernes para gastarse el dinero el fin de semana.
Estudiar ejemplos de horarios reales puede resultar de algún interés; sirva como muestra la distribución que realizan los miembros de la orden de la Madre Teresa:
Dormir          6 horas 30 min.
Apostolado     7 horas 30 min.
Oración     4 horas
Otros*          6 horas
(comidas, limpieza, descanso)
La suma de «apostolado» y «oración» indica un enfoque muy activo, casi doce horas invertidas; la otra mitad del día es para descanso, arreglo y recreo personal. Evidentemente, el sueño exige una celosa cuota e ignorarla conduciría al agotamiento, a pesar de que en sí constituyan unas horas de verdad extrañas (son como la amortización o reposición necesaria para el cuerpo, no respetar ese mantenimiento es siempre un juego peligroso).
En este caso particular, la oración no podría verse como parte del trabajo sino como convivencia, tanto por posibles actuaciones en grupo como por la relación íntima que supone.
No debemos perder de vista las seis horas dedicadas a «otros» vestirse, lavarse y comerque incluso en ambientes tan austeros como el de las religiosas demandan tiempo. Es saludable que la comida y arreglo personal lleven un toque de convivencia, cuando uno come solo y a prisa no resulta difícil entender que somos animales racionales, esa definición tan dura que casi hace daño a la sensibilidad. El arreglo personal también es algo que se debe tanto a uno mismo como a los demás.
Ciertamente, en casos de horarios más normales habrá que contar el tiempo empleado en charlas, lectura o televisión. Resultan pasmosas las cantidades de tiempo que absorben los medios de comunicación; estos llegaron para quedarse y ofrecen enormes posibilidades para el desarrollo personal, por lo que debemos ser muy selectivos. No se puede recibir toda la información que nos envían, es preciso elegir la que se necesita. En la aldea global la supervivencia radica en saber elegir y el responsable del tiempo-basura es cada persona.

UN PLUS DE TIEMPO

Conviene que en el horario reservemos un rato para nosotros, media hora de calma que sirva para asumirse, escuchar los silencios e interpretar la vida contemplándola. La acumulación de actividades muchas veces acelera a las personas, hace que pierdan la delicadeza, convirtiéndose al final en alguien torpe y obtuso, por más líder o rico que haya conseguido ser.
Es lamentable que con frecuencia terminemos el día sin habernos saludado a nosotros mismos; todo ha sido inquietudes, resultados y preparación del futuro, sin un minuto que regalarse. Cuando esta situación se repite, pasan los meses y uno acaba por desconocerse: al cabo de los años puede no gustarnos lo que refleje el espejo. No dedicarle tiempo al cuidado de lo más personal genera individuos opacos e impermeables; cuando no se toma tiempo para uno mismo aparece la insatisfacción. Disponer de ese momento de calma hay que reconocerlo implica vivir con menos cosas, privarse de algunas oportunidades que se presentan y regresar a lo fundamental.
Es la falta de tiempo una de las razones por la que bastantes personas ya no pueden darlo, lo han ocupado o perdido. Muchas cosas de la vida exigen tiempo, sean los hijos, la comida en casa, padres o amigos, porque resulta imposible querer sin dedicación. Los hijos, por ejemplo, no sólo necesitan una inversión de dinero, sino que se les dé tiempo: en eso consiste la crianza.
Sólo cuando uno vive con calma puede atender a otros; sólo cuando hay un poco de silencio se puede soñar. Y las cosas importantes hay que soñarlas, no basta con pensarlas, hay que poner una cierta dosis de ilusión y de holgura o al final perderemos la capacidad de querer. La buena noticia es que, en este mundo tan ocupado, aún existen personas que saben querer todos los días.

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