Cómo cautivar a sus alumnos y no morir en el intento

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Frente a la masificación de la educación superior, desafortunadamente los profesores universitarios nos hemos convertido en malos repetidores de grandes ideas. ¿O vamos a decir que se nos ocurrió la materia que damos? ¿Acaso descubrimos las leyes generales para el estudio de nuestra materia, o somos autores de las maravillosas aportaciones humanas al conocimiento que impartimos?
Entonces ¿qué diferencia hay entre que el alumno lea el libro correspondiente y se lo oiga al maestro? Debe ser inmensa. El profesor no tiene la exclusiva del conocimiento y el alumno podría, a sus 20 años, leer en su casa todos los contenidos académicos del programa.
Ah… pero de leerlo en solitario y subrayarlo, a acudir a su incomparable clase a vivir con el maestro sus descubrimientos y aplicaciones, sus interpretaciones a esa teoría, a esa técnica, a ese procedimiento, debe haber una diferencia infinita.
En alguna ocasión al profesor Jorge Fernández, director del Instituto de Educación Superior de Buenos Aires, cuando aceptó dar un curso a alumnos de primer ingreso a la carrera, le sorprendió la falta de preparación que mostraban en el terreno oral. En un comienzo desconocía las causas, pero cuando se acercó a escuchar el resto de las clases que sus alumnos tomaban, se percató de que el principal motivo de sus fallas elocutivas era que los educadores carecían también de preparación y entrenamiento en este campo técnico específico [1] .
¿Por qué los maestros no nos tomamos en serio nuestro oficio de oradores? Hemos separado completamente el ejercicio de la oratoria del ejercicio docente; si se piensa en abstracto resulta difícil imaginar ¿cómo se logra divorciar a la oratoria del ejercicio docente, si la materia prima de un maestro es la palabra?, ignorando o evitando cualquier género de capacitación en torno al buen uso de la palabra.
«Si en la universidad a la que asisto no habla bien el maestro, ¿ya quién? En quién me baso yo, joven de 19 a 22 años, en quién me inspiro, a quién imito, a quién adopto como modelo del buen hablar?
»¿A mis políticos que dicen “hicistes”, “habemos”, “desincentivaremos”? ¿A los periodistas que corrompen la lengua plagándola de neologismos “nominándonos” y no designándonos para recibir un premio? ¿A nuestros locutores de radio o televisión que no son tales, sino lectores de una información redactada por personas que desconocen las más elementales normas de la concordancia o la correcta conjugación de los verbos irregulares? Ante este desolado panorama me fijo en mis maestros».

TORTURADORES PROFESIONALES

Desde la época del esplendor grecolatino, se conoce al arte de hablar con corrección como técnica oratoria, asignatura imprescindible que deben cubrir quienes desean ejercer un oficio relacionado con el uso de la palabra [2]. ¿No es ése el oficio de los maestros?
De la clasificación clásica de la oratoria, me interesa destacar la académica. Corresponde a los discursos que se estructuran sobre temas científicos o artísticos, y no son otras las disciplinas que imparten los profesores universitarios. Dentro de esta clase de oratoria se incluyen tanto las conferencias como las lecciones, ambas de carácter didáctico.
Los maestros que reconozcan dentro de sí un gran disgusto, cuando no una verdadera fobia para aceptar hablar en foros públicos, aludiendo a su excesivo nerviosismo, a su falta de voz, o a cualquier otro motivo similar, les aseguro que requieren capacitación en este terreno; porque quizás no sean maestros, sino torturadores profesionales de un público cautivo que, viéndose imposibilitado para tomar la puerta y abandonar el aula, se somete mansamente a su cátedra.
Antes de poder condenar al profesor con el abucheo o de ausentarse del ágora, como en tiempos de Platón, los alumnos deben cumplir con 80% de asistencias. ¿Y si no modulo la voz?, se fastidian. ¿Y si no preparo convenientemente la clase, como si fuera una conferencia profesional?, se fastidian. ¿Y si no acudo a ejemplos esclarecedores y a apoyos visuales pensados con tiempo para facilitar la comprensión de los conceptos?, se fastidian. ¿Y si no me levanto del escritorio para hablar? ¿Y si no establezco con mis alumnos contacto visual? ¿Y si no promuevo el debate aunque la materia lo permita? Se fastidian, porque yo soy el maestro.
¿Por qué si nadie concibe a Grecia sin Sócrates ni los grandes oradores del Pórtico, por qué si nadie imagina a Roma sin Cicerón, por qué si es inconcebible la revolución francesa sin Dantón; nosotros sí debimos, cuando jóvenes y niños, soportar con buena cara a ese maestro mortalmente aburrido, plano, falto de entusiasmo, frente a quien nuestra única herramienta de protesta fue el bostezo?
El público natural del maestro son sus alumnos, pero a ellos normalmente no los considera público, sino alumnos, sinónimo de seres pasivos. Y mientras más calladitos, mejor.
Para nadie es secreto que un buen profesor, que emplea los mínimos recursos de la oratoria, normalmente no tiene problemas para controlar al grupo. (Su colocación, en caso de hablar de pie, o sus desplazamientos, si la disposición del aula lo permite; sus ademanes, como complemento consciente y voluntario del discurso; su voz, haciendo cambios deliberados de tono y creando las pausas adecuadas; su contacto visual, de modo que ningún alumno quede fuera de su órbita de atención y su temple de nervios, en caso de que los experimente).

CAUTIVE AL ALUMNO

No se trata, desde luego, sólo de un asunto de técnica. La técnica mínima no sirve de nada, es decir, no estimula la investigación, no invita a la acción ni interesa en absoluto cuando la exposición de la cátedra no refleja dos virtudes esenciales: la preparación y la convicción.
Esta pareja de conceptos, tan fácil de entender, es tremendamente difícil de encontrar en la vida diaria universitaria y, sin embargo, constituye el secreto de aquellos pocos profesores que inexplicablemente cautivan a sus alumnos y crean un recuerdo perdurable en su memoria.
Si el profesor sabe mucho pero no le apasiona la materia, le va a costar mucho más trabajo darla. No importa que sea erudito en ella, si no es ésa la que le apasiona, la que lo confirmó en su vocación profesional, de seguro lucirá frío frente a sus alumnos, porque se va a notar su preparación, pero no su convicción.
El alumno, como todo auditorio, tiene una inmensa sensibilidad para descubrir cuándo el orador en este caso el maestro da clases sin pasión porque está cubriendo un requisito laboral, está pagando una beca, así gana un dinerito mientras se acomoda, está echándole la mano al director que se quedó sin maestro o llenando las horitas que le quedan libres muy temprano para hacer currículum, está deseoso de experimentar esa sensación de frescura que provee el hecho de estar cerca de los jóvenes, o sólo porque debe cumplir con el requisito de su tiempo completo o su medio tiempo, pero en realidad se dedica a otros intereses a su investigación, por ejemplo.
Pero la finalidad didáctica que persigue la oratoria académica es trascendente, porque se mueve entre los límites de la estética y la lógica. De la lógica, porque normalmente acudimos al aula para defender la exposición de una verdad, y de la estética, porque la corrección de su discurso, la limpieza con que lo estructure, es vital.

POR EL CONJURO DE LA VOZ

Usted, profesor, imitó a sus mejores maestros cuando empezó a dar clases. Usted siguió alguna vez un modelo noble: el de esa maestra extraordinaria que le inyectaba una pasión a sus clases que para su edad le resultaba incomprensible… aún recuerda a ese «maestrazo» que le ayudó a descubrir su vocación cuando lo felicitaba por la inteligente resolución de un problema matemático; por su penetración, aún juvenil, para explorar un planteamiento científico; por su intuición, todavía vacilante, para intentar la defensa de un argumento ético; por su capacidad para preguntarse más allá de lo que la novela decía, lo que sugería entre líneas.
Pero esos maestros no llegaban y se sentaban toda la hora de clase a leer sus viejos apuntes de la universidad. Esos maestros que viven en su recuerdo no tenían problemas de disciplina en el grupo. Esos maestros apasionaban con su palabra porque a la cátedra la respaldaba su propia convicción.
Al conjuro de la voz del maestro se ponen en contacto las almas; el maestro, convencido de lo que enseña, conmueve a quienes le oyen porque argumenta con lógica, porque amarra los ojos de sus alumnos a la trayectoria que dibuja su ademán, porque sus inflexiones de voz invitan a pensar.
El espectador entonces, como la hebra que cruza por el telar, se sabe parte integradora de esa urdimbre cultural que le presenta el maestro. Y esto no ocurre sólo porque oye, sino porque oyendo comulga con la obra espiritual que fabrica el maestro y se funde con ella, entregándole su albedrío.
Cada alumno, hecho auditorio, asiste a su clase en espíritu, no sólo en presencia, y la vive como propia, se desprende del asiento, quiere seguir el hilo de la idea y siente agitársele un mundo interior.
El aplauso al final del curso o el reconocimiento individual de su trabajo por parte de sus alumnos, es el signo más elocuente y sincero de la admiración: esa admiración que siembra vocaciones, y esa admiración… sólo la inspiran los maestros.

CUALIDADES O PESADOS GRANIZOS

Hablamos entonces de que el maestro debe reunir una serie de cualidades. Algunas de índole natural, otras adquiridas por la práctica y el estudio [3] .
La primera es, sin duda, el dominio de la materia o del tema objeto de esa clase en particular, dentro del curso que en términos generales domina, y que no siempre es lo mismo. Hay partes de su curso que debe reforzar, actualizar y preparar más.
Fenelón fustigaba con ironía a los oradores de su tiempo, indicando que algunos hablaban no porque estuvieran llenos de verdades, sino que buscaban las verdades a medida que hablaban [4] .
Sentado el dominio del tema y la nitidez de los conceptos, el orador requiere una vigilancia constante de su voz. Para conseguir una expresión vigorosa se requiere de dicción clara y rítmica, musical a veces, y esta melodía depende de las inflexiones de voz, de los timbres variados, necesarios para reflejar y traducir los estados diversos del espíritu del maestro.
Un rollo se tira; un discurso, una conferencia, una clase, se pronuncian y se acompañan de los ademanes. Éstos constituyen la llamada «acción oratoria» o lenguaje no verbal y expresan todo aquello que decimos sin palabras.
Como son el acompañamiento visible del discurso, debemos tener el cuidado de diferenciar entre el ademán hueco, propio de aquél que recita lo ajeno, del ademán que revela el gesto propio, la personalidad del orador.
Todos conocemos la anécdota que hizo famoso a Demóstenes, un orador por naturaleza, quien debió corregir y pulimentar defectos graves que se oponían a la proyección limpia de su elocuencia. Con guijarros en la boca y recitando trozos de autores notables a orillas del Pireo, combatió su tartamudez, y afeitándose la mitad de la cabeza y de la barba, para verse forzado por la vergüenza a no salir de su casa, ejercitó con voluntad firme la práctica de ejercicios oratorios, y logró tal dominio del arte, que durante 15 años pronunció los más grandes y bellos discursos de la humanidad, entre ellos las famosas Filípicas [5] .
No pido al maestro que se meta piedras en la boca porque no es tartamudo, pero ¿qué pasa con los cientos de muletillas que deja salir en su exposición como pesados granizos sobre el discurso? Si no somos autocríticos, quién nos va a decir que saturamos la clase de frecuentes «¿sí?», «¿me explico?», «¿me entienden?», «este…», «bueno…», «pues…». Quién nos va a decir que repetimos 20 veces el adverbio «realmente», que terminamos cada frase con un «¿verdad?». Todos se darán cuenta, pero nadie lo va a decir.
Si le contábamos las muletillas a nuestros maestros de secundaria, ¿qué nos hace pensar que los alumnos no cuentan ahora las de nosotros? ¿Y por qué no evitarlas? ¿Por qué no hablamos mejor?
«¿YA SE ACABÓ LA CLASE?»
No es extraño ver al profesor sorprendido porque sonó el timbre y no acababa aún de plantear el tema que esperaba exponer en 50 minutos. No es raro tampoco que se le acabe el material y decida entonces improvisar una dinámica en equipos para llenar la hora. Común es también ver al profesor renunciar a su propio trabajo para que los alumnos pasen al frente a exponer, cuando es obvio que no se trata de un serio ejercicio académico, sino de cubrir el programa con el menor esfuerzo posible.
Si pensáramos en estructurar una clase como se estructura una conferencia, de acuerdo con el tiempo exacto que nos concedieron, lo haríamos como lo sugiere la costumbre y el sentido común, en tres partes:
1. Exordio (inicio o despegue). Aristóteles decía que el comienzo es más que la mitad del todo; dicho en otras palabras, el que pega primero, pega dos veces. En esta primera parte el público está plenamente dispuesto a recibir la comunicación y este depósito de su atención debe capitalizarse al máximo. Aquí es cuando se gana o pierde la atención del auditorio.
2. Cuerpo (medio o columna). Parte capital de todo el discurso, en este caso, su clase. Aquí el tema que vamos a tratar se separa en sus pormenores, en sus alternativas, etcétera, de suerte que sus alumnos puedan reflexionar conforme a su información, a su experiencia, en la medida en que la exponga. La columna es como nuestra «agenda», en donde planteamos de forma ordenada y sistematizada los puntos imprescindibles que vamos a tratar. Pero para que la columna penetre, es imprescindible que nuestra emotividad esté activa.
3. Conclusión (perorata o remate). Ocasión para recapitular lo expuesto y momento ideal para mover los afectos y las voluntades. En esta parte aseguramos que el conocimiento pasó y se ha recibido. El remate tiende a sellar nuestra intervención proponiendo, difundiendo o fomentando una acción determinada por parte del público [6].

SAZONADORES DEL DISCURSO

Está demostrado que el auditorio no puede captar más de tres grandes ideas completas [7] . Entonces, no importa que en una conferencia debamos exponer quince, esas quince se agrupan reduciéndolas a tres y se da a entender que cada una de estas tres grandes ideas se descompone en algunas otras; el auditorio va a ir siguiendo al profesor, porque se queda con la tranquilidad de que entendió las principales.
Lo mismo ocurre en las clases, lo mismo ocurre por teléfono. «Te hablo para plantearte, preguntarte, comentarte, tres cuestiones brevemente». La atención que se gana con este simple recurso es enorme.
Por eso a menudo asistimos a exposiciones que son interesantes, pero que demandan un gran esfuerzo de concentración para gustarlas, y hay otras que entretienen, pero son infértiles.Como en la cocina, los ingredientes básicos solos no prestigian un platillo. Es el aderezo lo que lo hace el más famoso cebiche o el mejor arroz con pulpos. Las consejeras de cocina por televisión dicen: «un pequeño diente de ajo», «una pizca de comino», «media cucharadita tetera de tomillo»… Se preocupan por esas pequeñas cantidades de aliño, por esas pizcas que si no son mínimas, malogran el sabor, pero que si son exactas, lo mejoran.
Los sazonadores que se emplean en cualquier parte del discurso son muy recomendables:

  • Referirse a una anécdota que conoce la mayoría del público permite la distensión y muestra al orador al tanto del ambiente donde se celebra la conferencia.
  • Una pregunta que se lanza sin esperar respuesta estimula la imaginación.
  • Las frases célebres economizan el contenido de su discurso e invitan a reflexionar.
  • Los ejemplos son muy necesarios, porque permiten al auditorio cerciorarse de que con la analogía entendió el modelo.
  • Los cuentos, en fin, son un recurso invaluable para fijar la atención. Desde los orígenes del hombre nos gusta escuchar cuentos.

RENOVARSE O MORIR

Por eso, si siente que da buenas clases, le puede estar pasando lo de aquél hombre que llegó al mercado y en el puesto de las frutas le pidió al marchante que le vendiera un kilo de ciruelas rojas, a lo que el frutero le respondió: «Tómelas, ahí están».
El hombre, desconcertado, con la balanza en una mano y una bolsa de plástico en la otra, repuso: «Pero estas ciruelas son amarillas». Ante lo que el frutero le respondió: «Son rojas, pero las ve amarillas porque están verdes».
La resistencia al cambio, que en los procesos de comunicación se produce permanentemente, es uno de los factores de riesgo más frecuentes que tienen aquellos que prefirieron quedarse en su «zona de comodidad» [8] .
«Si yo sé hablar, moverme, comunicarme, ¿para qué voy a conocer nuevas formas de hacerlo?», es el planteamiento más común de estos maestros. Su problema es que el conocimiento de lo que sea está fuera de la zona de comodidad, es dinámico (todo transcurre tan rápidamente cuando creemos que conocemos todas las respuestas, que cuando nuestros alumnos nos interpelan, nos damos cuenta de que la realidad nos ha cambiado ya todas las preguntas).
Ante la avalancha de la cultura visual, se requieren nuevas habilidades para evitar nuestra extinción como maestros. Es tiempo de buscar la excelencia en este campo, sobre todo teniendo en cuenta que hablar bien es una habilidad que requiere entrenamiento.
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[1] Cfr. Jorge FERNANDEZ. La expresión oral. J&F Editores. 3a ed. Buenos Aires, 1997

[2] Cfr. Santiago LOPEZ NAVIA. El arte de hablar bien y de convencer: Platón Aristóteles, Cicerón y Quintiliano. Planeta. México, 1998
[3] Cfr. Edmundo KAIM GANAM. Expresión en público. IVOM Editores, México, 1995, p. 18.
[4] Radijov STANKOVICH. Teoría y práctica de la discusión correcta. Costa Amic Editores. Barcelona, 1992.
[5] Cfr. Oratoria Romana y cultuta clásica, p. 77
[6] Cfr. C. W. WRIGHT. Cómo hablar en público. Diana. México, 1985.
[7] Cf. Eileen McENTEE. Comunicación oral. Alambra. México, 1998.
[8] Cfr. Jack VALENTI. Aprender a hablar en público. Grijalbo. México, 1990.

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