Generar valor: obligación del gobierno corporativo

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En una sociedad materialista y economicista corremos el riesgo de pensar que gobernar empresas es administrarlas. Grave error que nos lleva a perder de vista la intención fundamental de cualquier gobierno: agregar y generar valor.
La causa de tal desvío es pensar que las empresas se administran. Quizá a algunos les suene absurdo, pero hay una enorme diferencia entre administrar y gobernar. Nunca me cansaré de repetir que la administración versa sobre el cuidado de las cosas y el gobierno sobre la dirección de personas. Quien gobierna administra, pero no viceversa, porque el administrador lleva a cabo procesos de producción, troquela cosas; el gobernante, en cambio, encauza la individualidad de las personas hacia un fin.
De hecho, algunos de los problemas en el gobierno corporativo de las organizaciones surgen porque los directores no han entendido que su función es dirigir personas; creen que es conseguir resultados materiales.
Surge la gran pregunta: ¿cuál es la idea de fondo que sostiene al gobierno y, más en concreto, a la noción de gobierno corporativo? Para responderla es necesario detenernos en un supuesto filosófico.

LO QUE JUSTIFICA A LAS EMPRESAS

Todo el universo se orienta a un fin y la Tierra, como parte de ese orden, está construida bajo un principio antrópico, es decir, para que el hombre esté en ella y la haga producir. Por lo tanto, la vida humana está destinada al crecimiento, a la perfección.
En este contexto teleológico se inserta la acción de gobierno: añadir valor a las cosas, perfeccionarlas. Si el ser humano es un animal axiológico, estamos aquí para producir valor. Dicho más tajantemente: generar valor es lo que justifica la vida humana.
Por eso es crucial preguntarnos por los valores que producen las personas que ocupan la cúspide de nuestras organizaciones. Ese es el tema del gobierno corporativo. ¿Se justifica que una persona dirija una organización porque aumenta su valor o quienes integran las organizaciones las tienen secuestradas, no para cumplir los fines de la organización, sino para la promoción de sus peculiares y particulares intereses? El gobierno de una empresa genera o destruye valor.
En el caso de Enron y otros grandes colapsos empresariales es evidente que las personas en el gobierno no cumplieron su función. El asunto no es trivial: empresas que se creían firmemente consolidadas están desapareciendo por no producir valor.
Ésa es nuestra diferencia con las bestias: generar o destruir valor. Nuestra tarea es siempre crear el máximo valor posible. Y hay que recordar que «máximo valor» no es «máxima utilidad» y que, por tanto, no se puede juzgar al gobierno corporativo con base en los resultados materiales, sino con base en lo que aportan a la creación de valor en todos los niveles de la organización.
Por eso hablo de «valor», porque el valor es en esencia, al menos potencialmente, compartido por todos. No así las ganancias y utilidades. Es más, mientras más se comparta un bien material menos bueno será para nosotros. En cambio, lo que de verdad aumenta la riqueza de un valor es compartirlo.
La generación de valor, sabemos, se debe al trabajo, a la tierra y al capital. Sin embargo, sólo la tierra y el capital son factores de producción; el trabajo es algo radicalmente distinto, es lo que en realidad genera valor a partir de lo material, el medio a través del cual las personas transmitimos nuestra interioridad y, por ende, el valor a las cosas.
Y si el gobierno corporativo no es administración manejo de la tierra y del capital, sino la dirección de quienes aumentan el valor de las cosas mediante su trabajo, podemos decir que el conectivo entre factores de producción y trabajo es la acción de gobierno.
Aún más: esta acción de gobierno debe propiciar la relación entre medios y fines. El gobierno corporativo, para ser tal, no puede olvidarse del objetivo de las instituciones, la empresa, las organizaciones y, finalmente, en el caso de los países, de la sociedad.
EL TOP FIVE DEL GOBIERNO
En la acción de gobierno encuentro cinco características esenciales. Revisemos brevemente de qué trata cada una.
Individualidad: fuente de innovación
Gobernar es respetar la individualidad de cada persona para que en la empresa y la organización se den aportaciones innovadoras, por basarse, precisamente, en la irreductibilidad y unicidad del ser humano.
Por eso, el desafío para el directivo es ubicar a los individuos y organizaciones en el lugar más factible para que no sólo respondan al cambio, sino para que lo provoquen.
La respuesta no está en la técnica, sino en las acciones de gobierno. Es decir, el grave problema en el terreno de la gobernación es que el software de la vida que usamos ya pasó de moda. Procesamos las realidades actuales con una mentalidad arcaica que ya no tiene relación con lo que la sociedad y los participantes en las organizaciones nos exigen como dirigentes. Queremos que la gente baile con una tonada antigua.
Lo que tenemos que hacer, entonces, es cambiar el software de las personas en los gobiernos. Y sólo hasta que ese cambio se dé, podremos hablar de verdaderos arquitectos del nuevo diseño organizacional público y privado.
Política y razón
Debe quedar claro que la acción de gobernar es política, no despótica: no se puede gobernar sólo con órdenes. Esa sería una dirección old fashion: si quien manda se equivoca, vuelve a mandar.
El problema es que hemos olvidado la razón. La racionalidad de la acción de gobierno depende de que efectivamente se cumplan los objetivos de la organización, en los que se incluyen los fines de la persona.
Colegialidad: antídoto dictatorial
El gobierno no ha sido, no puede ser, ni será de una persona o un solo grupo; por más que los estilos de mando totalitarios o dictatoriales se hayan apoderado durante muchos años de la humanidad. La existencia de grupos oligárquicos que manejan países enteros no justifica que el gobierno sea monopólico. El gobierno o es social o no es gobierno, porque no cumple con la idea fundamental de dirigir seres humanos.
Es una actividad colegial y participativa que debe formar agentes activos. Si queremos crear valor, el objetivo de la acción de gobierno será que cada persona pueda ser y hacer más: buscar el desarrollo de seres autónomos, libres. En este sentido la colegialidad o si se prefiere la corresponsabilidad y la delegación son imperativos éticos del buen gobierno.
La retroalimentación del diálogo
En el gobierno no cabe una comunicación unidireccional. La comunicación supone la alternancia, es decir, yo digo pero el otro responde y la respuesta del otro de algún modo altera lo que yo he dicho.
En otros términos: el gobierno es ordenar, sí, pero no en forma despótica; es una orden que se recibe, se interpreta y se acata, y ese acatamiento supone una contraorden que lleva a modificar lo que el propio gobernante ha dicho. Esto no supone el rechazo de las órdenes, ni mucho menos cuestiona la eficacia, sino que precisamente la asegura, porque como seres libres sólo podemos crecer si actuamos con conciencia del fin, y en esto recae justamente la acción de gobierno, en elevar las motivaciones de las personas para que puedan proponerse metas cada vez más altas. El hacer más y mejor supone la involucración activa, lo contrario sería una reacción de autómata.
Por ello el conectivo de la acción de gobernar es el lenguaje y el lenguaje nos indica que la acción de gobernar es una interrelación alternante y mutua.
Gobernar es educar
Por su importancia en la generación de valor, me detendré especialmente en el quinto elemento del gobierno. Se trata de la educación.
En la era del conocimiento y la información se necesitan personalidades fuertes y decididas que dirijan las organizaciones con el rumbo correcto. El desarrollo de esas personas depende de la educación. Quiero decir con esto que, en definitiva, gobernar es educar.
Educar es sacar desde dentro, educere. La acción de gobierno es lo mismo; si queremos obtener riqueza, estamos obligados a sacar lo mejor de las personas. Por eso gobernar no es mandar, sino enseñar a que los individuos realicen su deber movidos por ellos mismos y no por una regla. Problemas como el de Enron no se resuelven generando interminables códigos éticos. Hay algo mucho más radical: querer cumplir con el deber.
Recuerdo la frase casi testamentaria de Konrad Adenauer. Ante los desafíos que Alemania presentaba después de la segunda guerra mundial dijo: «lo único que quiero que la gente recuerde de mí es que cumplí con el deber». ¿Dónde estaba escrito el deber del canciller Adenauer? ¿Cuál era su código, su lineamiento? Uno solo: incrementar el valor de la vida de los alemanes y el valor colectivo de la nación germana. A eso enfocó todas sus capacidades hasta convertirse en artífice de la recuperación económica y social de Alemania.
Si quedó dicho que gobernar es educar hacer que la gente se mueva por sí misma a conseguir cosas cada vez mejores, también vale decir que educar es gobernar. Al educar, las personas aprenden a gobernarse y entonces podrán ayudar a que los demás se transformen. ¿Se han preguntado por qué los regímenes totalitarios no educan ni permiten la participación? Porque en esa medida minan su poder.
Y si quien gobierna lo hace bien, su labor necesariamente devendrá en la generación de gobernantes. Quien educa termina siendo educado por el educando. Si se educa bien a los hijos, los hijos educarán a los padres.
De ahí que la acción de gobierno no consista en dominar, en hacer que los demás permanezcan hasta abajo, esto último es la represión. El buen gobernante, como el buen educador, eleva las miras de los demás. Si el gobernante o el educar son buenos, los gobernados o los educandos podrán afirmar: me gustaría ser tan bueno como eres tú.
Por ello la primera responsabilidad del gobernante es con respecto a sí mismo; su primera preocupación será la de realizar con competencia su propia tarea, pues si el que gobierna no se hace mejor en ese oficio, difícilmente podrá ser un ejemplo de mejora para los gobernados. En cambio, cuando es un punto de referencia porque resulta ejemplar, porque es una fuente de motivación, porque respeta a las personas, porque secunda su libertad para la innovación y la creatividad, entonces sí que se da la capacidad de movilizar todas las acciones productivas de una empresa o un país.
Por eso siempre es necesaria la acción de otro. Todos somos educadores y gobernantes, educados y gobernados. La primera tarea es gobernarse a sí mismo pero no hay una autoridad única y absoluta en ningún aspecto, sino que todos, de alguna manera, en algún aspecto, jugamos el papel de gobernantes de los otros.
PREPARAR Y EJECUTAR
Definida la acción de gobierno y puestos sus límites, veamos ahora sus fases, es decir, el modo como se realiza.
Preparación: comunicación desde el gobierno
La dimensión ética del lenguaje exige una comunicación recíproca entre los hablantes. El proceso de gobierno nunca me cansaré de decirlo no estriba en dar órdenes, sino en que las órdenes se den y que haya una respuesta. De lo contrario, el proceso de gobierno sería imposible.
Para ello, se necesita que el lenguaje sea preciso y específicamente común y, por lo tanto, que sea fundamento del deber y de la virtud de la veracidad. Dicho de otra forma, sin información y sin un lenguaje que llame a las cosas por su nombre no hay posibilidad de crear gobiernos corporativos que sean mínimamente éticos.
Así, en la cuestión ética, lo primero que tenemos que clarificar y ponernos de acuerdo es en el lenguaje, porque ése es el instrumento que permitirá comunicarnos y lo que hará de la acción de gobierno una acción dialógica.
Saber comunicar va de la mano con la educación. El gobierno no es decir una cosa para que se haga cien veces. Es comunicarse con los demás para espolear su creatividad y conseguir que, en parte, salga lo que se ha decidido desde la dirección, pero también para que se haga algo mejor, porque se ha comprometido la iniciativa del individuo para que saque adelante las cosas lo mejor posible.
El lenguaje humano es una manifestación del interior y, por lo tanto, en la acción de gobierno es fundamental, pues si no es claro ni preciso y, lo que es más importante, si no es verdadero, no habrá acción de gobierno sino manipulación.
El ser humano debe ser tratado como persona, lo cual significa que la masificación no admite una comunicación enriquecedora. Los totalitarismos se dan cuando existen sociedades sordas y mudas, cuando el gobierno suspende el diálogo con las personas y se les considera objetos pasivos de la acción de gobierno.
Ejecución: el valor de la individualidad
La acción de gobierno no es dominante, sino humilde, política. Supone aceptar que las personas que dirigimos valen per se, y que por lo tanto debemos dirigirnos a ellas con respeto, como alguien verdaderamente invaluable: estamos dirigiendo seres humanos, no estamos troquelando cosas.
El mismo respeto que un padre le debe a sus hijos es el que cada uno de los gobernantes le debe a sus subordinados; porque al final de cuentas, ese respeto se basa en una única condición: son seres humanos.
De ahí que sea un error identificar control y gobierno. Los problemas de gobierno, lo señalé antes, no se solucionan creando códigos. Incluso, lo propio de los totalitarismos es prever tanto las situaciones a través de códigos, que la vida termina siendo programada por el Estado. Mientras más controlada queramos a una persona, menos gobierno ejercemos, porque menos hacemos que las personas crezcan. Y si las personas no crecen no hay manera de generar valores.
El gobierno busca activar las energías de los demás. Se gobierna para mejorar la motivación y la finalidad de las acciones de los seres humanos. Vuelvo al caso de Enron, ¿había gobernantes o salteadores? ¿Estaban mejorando la motivación de las personas en su trabajo diario? Si tenemos personas motivadas en la empresa, con fines verdaderamente elevados, ¿será necesario establecer grandes sistemas de control? ¿O más bien, estaremos introduciendo el verdadero control humano, que se basa en el juicio de una conciencia bien formada?
Los grandes sistemas de control aparecen sólo cuando quienes gobiernan no tienen la más mínima idea de cuáles son las finalidades y cuál es la motivación que debe dirigir a la empresa. Debemos evitar especialmente caer en rigideces regulatorias. Sin que ello signifique la utopía de una sociedad sin normas o leyes. Pero a este respecto hay que recordar el valor pedagógico de la ley, cuya función es educar.
Quienes gobiernan no pueden monopolizar la acción de gobierno, ni en una empresa ni en un país. La acción de gobierno no busca obtener copias, porque no es una acción troqueladora, sino política, que trata de obtener lo mejor de las personas, contra la uniformidad y a favor de la promoción de la iniciativa y la mejoría en los fines y en las acciones.
LOS DINOS
El único ideal político posible es la extensión social de la acción de gobierno, la incorporación de la mayoría de las personas a los diversos niveles de decisión, para que puedan utilizar su inteligencia y su voluntad, asumir sus responsabilidades y participar verdaderamente en el gobierno de las instituciones o de las comunidades.
Para ello hay que superar la cultura llamada «dinosaurica», calificativo que no sólo se aplica a partidos políticos u organizaciones monocrómaticas, sino a la cultura social del autoritarismo en México, que ha devenido en prácticas clientelares, de dependencia y control de la libertad. La libertad hay que encauzarla, pero nunca controlarla, sería tanto como administrarla, y una libertad a cuenta gotas no es libertad.
La cultura dinosaúrica tiene sus estereotipos. Sus ejemplares no sólo se hallan en la fauna política, sino también en la de los corporativos, las organizaciones y las instituciones sociales. Se dice que los dinosaurios son especies extintas, pero quién no ha visto en el lugar donde trabaja algún espécimen de esos. Para comprobarlo basta hacer un poco de memoria, y estoy seguro que el lector coincidirá conmigo en que se les podrá tachar de anacrónicos, pero de ninguna manera de extintos. Considérense, a manera de ejemplo, las siguientes especies:
Rinosaurios de cabezas hocicudas, tienen mucha «cara» o, como se dice vulgarmente, mucha «jeta» y pasan por encima de sus atropellos, injusticias y deshonestidades como si hubieran hecho la mejor contribución al bien común.
Celosaurios o lagartos huecos, oportunistas, hábiles para la huida rápida después de la depredación.
Tiranosaurios o «carnosaurios», se alimentan de todo ser viviente y más pequeño que ellos. Ocupan un lugar destacado.
Brontosaurios o lagartos del trueno, de hasta 35 toneladas, especialistas en echar bronca sin dejar de sonreír frente a sus superiores.
Estegosaurios o lagartos con tejado, llevan su ego por delante, el mundo por montera y los demás por montura. Este ego, este saurio, el ego de este saurio. Con una cabeza diminuta, tenían menos sesos que un pollo actual. Su lema preferido es aquel que una vez le oí a un alto ejecutivo, cuyo hobbie era hablar de ética: yo con los fuertes me alío, con los débiles hago la guerra.
No son especies pretéritas, como bien se puede apreciar. Están vivas e impiden que el gobierno como servicio surja y florezca. Se trata de verdaderos impedimentos para el gobierno con plenitud de significado. Se trata de figuras que buscan trepar a base de reptar, y que consiguen el poder para imponer y sojuzgar.
EL RETO: ENCONTRAR TALENTO Y DISPOSICIÓN
Para mejorar las prácticas de gobierno corporativo y público debemos proponemos superar las limitaciones que imponen los intereses establecidos que lucran con las acciones de gobierno. Pero tan importante o más que eso es el cambio cultural que debe llevar, por decirlo así, a desinstalar el software de la mente, que los antiguos paradigmas nos han grabado en la memoria. Proceso mucho más difícil que el que habitualmente se usa en las computadoras para borrar, pero en verdad más urgente y necesario. Hay que desaprender el servilismo, el temor a hablar y la autocensura para dar paso al pensamiento propio, a la actuación responsable, a la visión holística.
Por ello los factores decisivos en la acción de gobierno son talento y disposición, es lo que debe buscar quien gobierna. Para generar valor son necesarios ambos y el gobernante debe descubrir cuál es el talento de los gobernados y colocarlos dónde puedan dar más, asegurando la disposición por la motivación. De lo contrario, la corrupción la destrucción del valor hallará cabida en nuestras organizaciones.
El talento son los conocimientos, las capacidades, competencias y habilidades que permiten generar bienes y servicios y que hacen posible la satisfacción. La disposición es la condición de integración. No basta satisfacer. Es necesario además integrar, porque de ello dependen la unidad, la cohesión y, en última instancia, la fortaleza frente a las adversidades, y la valentía para enfrentar los retos. El gobernante debe mirar por las condiciones materiales que hacen posible la satisfacción de las necesidades, pero sin descuidar la integración, que es lo que da razón de futuro a una organización o un país.
La corrupción en su forma más cruel supone la desintegración. Por ello, en una sociedad cerrada no hay satisfacción ni integración. Y tampoco habrá generación de riqueza ni creación de valores. En una familia no basta dar todo a los hijos; hace falta que se sientan parte de la familia, es más, casi diría que es más importante el sentido de pertenencia o identidad que la cantidad de bienes que podamos darles.
En una sociedad cerrada, donde no hay oportunidades de proveerse de cosas materiales ni posibilidades de integración, sobreviene la corrupción. En cambio, una sociedad abierta brinda facilidades para mejorar el nivel de vida desde el punto de vista material y para acrecentar las posibilidades de participar en el gobierno, de añadirse socialmente.
Y esto es fundamental. México estará en donde estén nuestras empresas. Las empresas son células sociales para la creación de riqueza, la integración y la participación social. El pasado siglo XX fue el de la destrucción de valor social: ni creamos satisfactores ni integramos a la gente. Satisfacer e integrar es el reto del siglo XXI.
Hay que recordar que los terroristas son el deshecho de una sociedad o una empresa; y cada empresa y país tiene los terroristas que se merecen: si no satisfacemos ni integramos al cliente, si no satisfacemos ni integramos al empleado, los convertiremos en terroristas de nuestra organización. Si tenemos masas de personas dispersas e insatisfechas estamos condenando a nuestros países a la involución.
La acción de gobierno es trascendente, se dirige a los que forman parte de la organización, pero también se afecta a los agentes externos. Habría que incorporar a la noción de gobierno corporativo estos dos elementos: cuáles son las partes implicadas y cuáles son las partes interesadas en la empresa.
Los gobernantes, directivos u hombres públicos deben ser concientes de que en las acciones de gobierno se prefigura el futuro, a condición de crear valor social en el presente. Para ello se requiere integrar personas, no basta con generar riqueza: debemos desechar la idea de que gobernar es administrar, para retomar la idea de que gobernar es dirigir personas, elevar sus motivaciones para que cada vez más se propongan ir a fines mucho más valiosos y trascendentes, para ellos y para los demás.

Resumen de la conferencia «El gobierno corporativo como responsabilidad de la empresa» dictada en el V Congreso Latinoamericano de Ética, Negocios y Economía. Noviembre de 2002. IPADE, ciudad de México.

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