Si Alexander von Humboldt volviera a México…

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Para muchos estadounidenses, México es un traspatio de trastos viejos decorado al estilo El Zorro. Para muchos coreanos, somos la puerta de entrada a Estados Unidos; para muchos guatemaltecos, una potencia imperialista. Para muchos alemanes, somos un país enigmático, atractivo y con recursos naturales mal aprovechados. Y la verdad es que, puestos a escoger, me quedo con esta última versión.
Las relaciones de México con el mundo alemán han sido curiosas. Hernán Cortés conquistó Tenochtitlán en nombre de su monarca Carlos (el del chocolate), rey de España y emperador del Sacro Imperio Germánico. Todos recordamos la historia del telegrama Zimmerman con el que el gobierno alemán ofreció apoyo a Carranza para recuperar California y los otros territorios invadidos. Durante la segunda guerra, los nazis hundieron el barco Potrero Llano. Más recientemente, los teutones nos han eliminado un par de veces del Mundial de Futbol y, para colmo, nos «ganaron» el Oscar a la mejor película extranjera.
En esta historia, la visita del barón Alexander von Humboldt a nuestro país ocupa un lugar privilegiado. Este año se cumple el bicentenario de su llegada a las costas de Acapulco en compañía del botánico Aimé Bonpland.
Con un permiso excepcional del rey Carlos IV de España, Humboldt recorrió parte del país y difundió sus conocimientos de América en las cortes alemanas. Conoció la ciudad de México, Taxco, Chilpancingo, Guanajuato, Real del Monte, Toluca, Querétaro, Salamanca, Valladolid (Morelia), Cholula, Perote, Puebla, Jalapa y Veracruz.
México debe a Humboldt el mote de «la Ciudad de los Palacios». La encontró tan grandiosa y limpia que no dudó en darle tal nombre. La comparó con Milán, Turín y los mejores barrios de París y Berlín. No en balde, el conde de Revillagigedo había limpiado la Plaza Mayor de vendedores e inmundicias unos años antes.

LEGADOS DE UN VIAJERO

Simón Bolívar tenía 21 años cuando, durante una visita al Vesubio, conoció al barón Von Humboldt. Quizá entonces le contagió al noble la simpatía por las causas insurgentes. No obstante, los intereses de Humboldt eran preponderantemente científicos. Investigó la topografía del continente americano y «las entrañas de la tierra» respaldado por sus estudios y trabajos en minas. Estos conocimientos le franquearon muchas puertas en la Nueva España, siempre orgullosa de su minería.
Durante su viaje a México, se le ofreció una cátedra, después de mostrar sus conocimientos en el Colegio de Minería ¾ fundado, por cierto, por alemanes que habían estudiado en Freiberg¾ . En 1800 «mapeó» más de 1,700 millas del río Orinoco. Hizo de Los Andes su paisaje acostumbrado. Determinó la corriente del Océano Pacífico que lleva su nombre.
De nuestro país partió a Cuba y Estados Unidos. En Washington conoció a Thomas Jefferson, quien lo recibió con honores.
Nunca más volvió a América, pero siguió de cerca los avatares políticos de los países latinoamericanos, alentando su independencia. «El mundo tropical es mi elemento», escribió en alguna ocasión. Bolívar afirmó: «Es el descubridor del Nuevo Mundo. Humboldt y Bonpland hicieron más por América que todos los conquistadores juntos».
Sus obras se reeditaron muchas veces y los museos alemanes recibieron los objetos coleccionados en sus viajes. De hecho, existe un documento tlapaneca poshispánico conocido como «Códice Humboldt», por haber sido él quien lo dio a conocer. También fue él quien, por primera vez, publicó el testamento de Cortés.
Gozó de la amistad de Goethe y Schiller, además de ser hermano del famoso intelectual Wilhelm von Humboldt. Y aunque Alexander fue ante todo un científico, es innegable que lo acechó el espíritu romántico, en especial, manifestado en cierta idealización de la indómita naturaleza americana, virgen todavía en el siglo XIX. No por casualidad el pintor romántico Johan Moritz Rugendas viajó a México animado por el barón.
En una carta al pintor, Humboldt elogia los paisajes americanos: «Me alegro de su resolución de ir a América y creo que por medio de los tipos captados en forma tan sensitiva por usted, comenzará una nueva época en la pintura paisajista. Pero su América no debe ser Brasil, ni Cumaná o el río Magdalena; o las islas de las Indias Occidentales. Usted debe ir donde se reúnen las palmas, helechos arborescentes, cactus, montañas nevadas y volcanes, es decir a la cordillera de los Andes misma, desde el grado diez norte hasta el quince, latitud sur, en otras palabras, Quindío y Tolima, en el camino de Santa Fe a Popayán, o bien Quito, o aun, también, México al pie del Orizaba, aunque México tiene un carácter demasiado nórdico a causa de sus inevitables robles».
A la vista de la experiencia española y vislumbrando los conflictos que generaría el colonialismo francés e inglés, previno a los alemanes contra las aventuras coloniales. «Nadie se pasea bajo las palmeras impunemente», advirtió en tono sibilino. Y en otro momento se descaró, «la búsqueda de oro es una enfermedad europea que raya en la demencia».

EL CUERNO DE ABUNDANCIA SE AGOTA

Su Ensayo político sobre la Nueva España es una referencia obligada. Humboldt consolidó el mito de las inmensas riquezas mexicanas. Pasmado ante la industria platera, difundió la idea de México como «cuerno de abundancia». Sin embargo, advirtió la escandalosa distribución de la riqueza en estos territorios. Calculó que de los 120 mil habitantes de la ciudad de México, unos 40 mil todos indios vivían en la indigencia absoluta.
A su paso por Querétaro, visitó los obrajes de telas y paños y quedó escandalizado del maltrato que recibían los indios y las castas de color. Entre montones de excremento humano, los trabajadores eran fustigados con el látigo.
Las minas de Guanajuato tampoco salen bien paradas. Encuentra deficiencias serias en las técnicas de extracción y una explotación inhumana de los mineros niños algunos que eran tratados como bestias de carga, mientras en la ciudad, la aristocracia provinciana se aburría con su abundancia. También observa que los campesinos eran despojados de sus tierras por los grandes señores y, al mismo tiempo, la tierra no estaba del todo aprovechada.
Dos siglos después de Humboldt, Pemex anuncia que nuestras «fabulosas» reservas petroleras menguan alarmantemente. ¿Qué pasó con el inagotable «cuerno de la abundancia»? ¿Ya olvidamos que López Portillo nos animó a «administrar la riqueza»? Y ya que estamos en el camino de las desilusiones, hay que decir que lo mismo pasa con nuestros recursos renovables, como los macilentos bosques y selvas.
El país que visitó Humboldt ha cambiado mucho, a excepción de las pavorosas desigualdades sociales. Los bosques que tanto admiró alrededor de los volcanes se van extinguiendo. Los desiertos crecen. Las ciudades se contaminan.
Podríamos seguir el buen ejemplo de los alemanes que, una vez más, renacen de las cenizas. Tras la última gran crisis petrolera en la década de los setenta, la industria germana disminuyó el consumo de energía, por ende, logró una reducción en el consumo del «oro negro». Además de los tremendos avances en lo que a sustitución se refiere, donde se utilizaba gran cantidad de petróleo, ahora utilizan electricidad y gas. Se han tomado la ecología como una prioridad, de la mano eso sí de la productividad.
La Ciudad de los Palacios ahora es sucia, insegura y fea, tomada por «peseros» y «ambulantes». Ni rastro de los palacios, como no sean algunas casas de «revolucionarios» en Bosques de la Lomas. Si el barón visitase hoy la capital federal, seguramente no animaría a Rugendas a venir.

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