¿Declina Occidente?

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A principios del tercer milenio, por las características del terrorismo que padece la humanidad y otros conflictos internacionales como la intervención en Afganistán y la guerra contra el régimen de Saddam Hussein en Iraq, parece cobrar mayor vigencia El choque de las civilizaciones, obra controvertida y aleccionadora. Samuel Huntington plantea allí que tras la caída de la Cortina de Hierro y el término de la Guerra Fría, las confrontaciones en el mundo se definen cada vez más como luchas entre civilizaciones [1] .
Huntington, profesor de Harvard, entiende la civilización como el más amplio nivel de identidad cultural al que podemos llegar antes de declararnos miembros de la raza humana [2] .
Poblados, regiones, grupos étnicos, nacionalidades y grupos religiosos tienen culturas propias con diferentes niveles de heterogeneidad. La cultura de un pueblo en el sur de Italia puede ser distinta de la de una ciudad del norte, pero ambas participan de una cultura latina que las distingue de poblaciones alemanas o británicas. Las comunidades europeas, a su vez, presentan características culturales que las distinguen de comunidades árabes o chinas. Pero las comunidades occidentales, árabes o chinas no forman parte de una identidad cultural más amplia: son civilizaciones.
La civilización se define por elementos objetivos (historia, costumbres, instituciones, idioma, religión) y por una conciencia subjetiva que nos lleva a identificarnos y sentirnos parte de un grupo social. Todos tenemos diferentes niveles de identidad: un habitante de París se puede sentir parisino, francés, católico, cristiano, europeo, occidental. Esta identidad no es absolutamente fija: podemos cambiarla y, como resultado, modificar también la composición y las fronteras de las civilizaciones a lo largo de la historia.
Las civilizaciones pueden agrupar un número considerable de personas (China) o reducido (el Caribe anglófono;a muchos países (como la occidental, árabe, latinoamericana) o a uno solo (Japón) y puede tener subcivilizaciones (occidental norteamericana o europea; islámica árabe, turca o malaya). Las civilizaciones son dinámicas: surgen, caen, desaparecen; se separan y fusionan; se sobrelapan y sus líneas divisorias son difusas.
Actualmente existen ocho grandes civilizaciones cuya actuación e interacción reconfigurarán el mundo en el futuro: occidental, china, japonesa, islámica, hindú, eslávico-ortodoxa, latinoamericana y africana. Los conflictos entre ellas se deben a diferencias de fondo religión, valores y resentimientos históricos; a la globalización, que estimula contactos y favorece la identificación con el grupo cultural más amplio, y a la regionalización económica que actúa en el mismo sentido. Además, la civilización occidental, que a lo largo de cinco siglos dominó al mundo dejando sinsabores de imperialismo y colonización, ha comenzado a declinar [3] , en tanto que las civilizaciones china e islámica muestran un sorprendente vigor que la desafía: este reacomodo genera conflictos.

APOGEO Y DECADENCIA

El elevado desarrollo económico, social, político y cultural de Occidente pareciera mostrar una civilización en apogeo. La reciente guerra contra Iraq manifestó la aplastante superioridad del poderío militar estadounidense. Las universidades y centros de investigación y los avances tecnológicos de los países occidentales los colocan a la vanguardia en una amplia gama de áreas del conocimiento. Globalmente conocida, esta civilización es la única que ha dejado su impronta en todas las demás.
Sin embargo, una perspectiva histórica amplia y la proyección de algunos indicadores muestran otra cara.
En 1490, las sociedades occidentales controlaban la mayoría de la «península» europea: aproximadamente 3.8 millones de km2, 2.8% del territorio mundial. Tras una vigorosa expansión que alcanza su punto culminante hacia 1920, dominaban unos 66 millones de km2: casi la mitad de la tierra firme del planeta, pero los procesos de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial reducen esa cifra a 32.9 millones.
Durante el último siglo, el retroceso de Occidente favoreció en especial a las culturas africana, hindú e islámica. Esta última se expandió hasta ocupar más de la quinta parte del territorio mundial, con el crecimiento adicional de los estados islámicos tras el desmembramiento de la ex Unión Soviética.
La contracción del peso relativo de Occidente es aún más marcada si observamos el control político de las civilizaciones sobre la población. En 1900, la occidental constituía aproximadamente 30% de la cifra mundial, pero gobernaba 45% y 48% en 1920. En 1993, salvo algunas reliquias imperiales menores como Hong Kong y Macao, los gobiernos occidentales sólo gobernaban a ciudadanos occidentales. Para entonces su población constituía apenas algo más de 13% de la humanidad y se prevé que esta cifra descienda a 11% en 2010 y a 10% en 2025, como muestra el cuadro 2. Actualmente, el control que ejercen Estados Unidos y Gran Bretaña en Iraq, tras la segunda guerra del Golfo, es precario y sus objetivos están todo menos asegurados.
En cifras totales, Occidente ocupa ahora el cuarto lugar después de las civilizaciones china, islámica e hindú.
Si cuantitativamente los occidentales son una minoría en disminución constante entre la población mundial, cualitativamente las otras poblaciones van cerrando la distancia: se van haciendo más sanos, urbanos, alfabetizados y educados. En tanto que la civilización occidental decrece proporcionalmente (en algunos Estados la reducción se da incluso en términos absolutos, en una especie de lento suicidio demográfico), el mayor dinamismo poblacional se encuentra en las civilizaciones africana e islámica.
Aunque no se dispone de datos fiables sobre el producto económico bruto del periodo anterior a la Segunda Guerra Mundial, en 1950 Occidente generaba casi dos terceras partes de la riqueza del mundo. Para 1992 esa proporción había descendido a menos de 49% del total (Estados Unidos contaba con la mayor economía del mundo y las diez economías punteras incluían las de cinco países occidentales más los principales Estados de otras cinco civilizaciones [Japón (segundo lugar), China (tercero), Rusia (sexto), India (séptimo) y Brasil (décimo)].
Huntington cita una estimación según la cual en 2013 Occidente sólo representará 30% del producto bruto mundial y en 2020 China será la mayor economía del mundo, las diez economías punteras sólo incluirán tres sociedades occidentales y las primeras cinco se encontrarán en civilizaciones diferentes. Con acierto advierte que «las cifras absolutas del volumen de producción económica oscurecen en parte la ventaja cualitativa de Occidente. Occidente y Japón dominan casi totalmente las industrias de tecnología avanzada», pero gracias al mundo interconectado creado por Occidente «las tecnologías se van divulgando». Y añade:
“Parece plausible que durante la mayor parte de la historia, China haya contado con la mayor economía del mundo. La difusión de la tecnología y el desarrollo económico de sociedades no occidentales en la segunda mitad del siglo XX están produciendo actualmente una vuelta a la pauta histórica habitual. Este será un proceso lento, pero para mediados del siglo XXI, si no antes, la distribución del producto económico y del volumen de producción manufacturada entre las principales civilizaciones es probable que se asemeje a [la que prevalecía en] 1800. Los doscientos años de «fugaz paréntesis» occidental en la economía mundial habrán acabado [4]”.

LA CONEXIÓN ASIA-PACÍFICO E ISLAM

El Islam y China encarnan grandes tradiciones culturales muy diferentes y, a sus ojos, infinitamente superiores a la occidental. Su poder y reafirmación está aumentando en tanto que los conflictos entre sus valores e intereses y los de Occidente se multiplican y tornan más intensos [5] .
Desde que se fundó, el Islam se expandió de manera sorprendente y cuenta con una larga historia de confrontación con Occidente que no da muestras de abatirse. Los contactos con Extremo Oriente han sido más limitados, iniciaron en el siglo XIV, cuando Marco Polo encontró en China una civilización avanzada y con notables progresos tecnológicos que la situaban muy por delante de Europa.
Ambas civilizaciones, pero sobre todo China [6] , muestran un vigoroso dinamismo económico debido, no a la adopción de procesos productivos y comerciales occidentales, sino a su capacidad de adaptarlos a sus propias civilizaciones. El crecimiento demográfico de la civilización islámica se ha traducido también en una fuerte migración hacia Europa, donde su presencia se ha hecho sentir en términos sociales, religiosos, culturales y políticos. Además de los conflictos del pasado [7] , Occidente es visto con desdén por lo que se percibe en el exterior como hipocresía y dobles raseros:
Se promueve la democracia, pero no si lleva a los fundamentalistas islámicos al poder [como ha ocurrido en Irán]; se predica la no proliferación nuclear para Irán e Iraq pero no para Israel; el libre comercio es el elixir del crecimiento económico, pero no para la agricultura y la ganadería; los derechos humanos son un problema con China, pero no con Arabia Saudí (sic; la agresión contra los kuwaitíes que poseen petróleo es enérgicamente repudiada, pero no la agresión contra los bosnios que no poseen petróleo [8] .
El resentimiento a Occidente se manifiesta de diversas maneras. Una de ellas, el terrorismo al que Huntington llama el arma de los pobres, es ostensible en el caso del Islam, civilización con la que Occidente registra el mayor número de confrontaciones violentas y mantiene posiciones antagónicas en el conflicto árabe-israelí. Pero, además, las potencias de las culturas china e islámica compiten en materia militar con Occidente, en particular con Estados Unidos, al que ven como un país agresivo y belicoso que amenaza con utilizar y ha utilizado armas de destrucción masiva.
Ante la capacidad militar de la Unión Americana, que se antoja inalcanzable sobre todo en materia convencional y tecnológica, la única opción aparente para acortar los diferenciales de poder es desarrollar armas de destrucción masiva. No permitirían ganar una guerra, pero sí serían un instrumento disuasivo bajo la lógica que utilizó Charles de Gaulle para desarrollar el poderío nuclear de Francia: tener la capacidad de «arrancar un brazo al adversario».
La común rivalidad con Occidente y la existencia de potencias nucleares (China y Paquistán) y otras interesadas en desarrollar armas de destrucción masiva (Argelia, Corea del Norte, Irán, Libia y, hasta fechas recientes, Iraq) han promovido la cooperación y el comercio en materia estratégico-militar; Huntington denomina este fenómeno ampliamente documentado «la conexión Asia-Pacífico e Islam» [9] .

SUICIDIO LENTO Y GENERALIZADO

Mucho más importantes que la pérdida de dinamismo demográfico y económico son los problemas de decadencia moral, suicidio cultural y desunión política en Occidente. El profesor de Harvard señala las manifestaciones más comunes: [10]
1. Aumento de la conducta antisocial: crímenes, drogadicción y violencia en general.
2. Decadencia familiar: altas tasas de divorcio, ilegitimidad, embarazos de adolescentes y familias monoparentales.
3. Al menos en Estados Unidos, descenso del «capital social», esto es, de miembros de asociaciones de voluntariado y de la confianza interpersonal asociada con tal colectivo.
4. Debilitamiento general de la «ética del trabajo» y auge de un culto de tolerancia personal.
5. Interés cada vez menor por el estudio y la actividad intelectual, manifestado en Estados Unidos en niveles inferiores de rendimiento escolar.
Advierte que si los problemas morales son más severos en Estados Unidos, en Europa la civilización occidental también podría quedar socavada por el debilitamiento de su componente central, el cristianismo. El número de europeos que profesan creencias religiosas, practican alguna religión y participan en sus actividades es cada vez menor. Esta tendencia refleja, no tanto hostilidad respecto a la religión, cuanto indiferencia [11] .
Sin duda, el decaimiento moral y religioso son causa de tensión, en particular con el Islam, que ve el peligro de contaminación ante la influencia de los medios de comunicación de Occidente, especialmente entre los jóvenes:
“…cada vez más los musulmanes atacan a Occidente, no porque sea una religión imperfecta y errónea (pese a todo, es una «religión del libro»), sino porque no se adhiere a ninguna religión en absoluto. A los ojos de los musulmanes, el laicismo, la irreligiosidad y, por tanto, la inmoralidad occidentales son males peores que el cristianismo occidental que los produjo. En la guerra fría, Occidente etiquetó a su oponente como «comunismo sin Dios»; en el conflicto de civilizaciones posterior a la guerra fría, los musulmanes ven a su oponente como «Occidente sin Dios»… estas imágenes de un Occidente arrogante, materialista, represivo, brutal y decadente no sólo las tienen imanes fundamentalistas, sino también aquellos [como los intelectuales formados en universidades de Estados Unidos y Europa] a quienes muchos en Occidente considerarían sus aliados y partidarios naturales [12]”.

NI SUPERIOR NI UNIVERSAL

Huntington sostiene con acierto que la civilización occidental no es universal ni necesariamente mejor que otras, pese a la visión que prevalece en Europa y la Unión Americana: «la creencia universalista occidental postula que la gente de todo el mundo debe abrazar los valores, instituciones y cultura occidentales porque representan el pensamiento más elevado, más ilustrado, más liberal, más racional, más moderno y más civilizado del género humano».
Esta creencia falsa confunde cultura con valores trascendentes. La cultura puede materializar ciertos valores, pero lo hace de una manera concreta y peculiar, mientras que los valores propiamente humanos no son exclusivos de ninguna cultura o civilización. Pretender imponerlos sería inmoral y peligroso.
Cierto, la civilización occidental es admirable por el carácter peculiar de sus valores e instituciones, entre los que se encuentran «sobre todo su cristianismo, pluralismo, individualismo e imperio de la ley», pero ni el cristianismo es exclusivo de Occidente (puesto que éste sí tiene una vocación universal) ni los valores de otras civilizaciones son indignos o inferiores. La activista indígena de Colombia y Venezuela, Noeli Pocaterra, señala, entre otras, la superioridad del sistema judicial de su pueblo, que se basa en la verdad. Busca que el mismo culpable reconozca su falta, asuma su responsabilidad y se imponga una pena que contribuya a favorecer la contrición y resarcir en la medida de lo posible el daño inflingido a la comunidad; en cambio, en el sistema occidental el abogado induce al criminal a declararse inocente, aun si no lo es, y trata de evitar que sea castigado usando todos los recursos que tenga a la mano [13] .
Los valores de otras civilizaciones pueden ser igualmente admirables y ajustarse mejor a otras mentalidades. Por ejemplo, Huntington cita el llamado que hizo el presidente de Singapur, Wee Kim Wee, en 1989, para proteger y fomentar «las ideas asiáticas tradicionales de moralidad, deber y sociedad», entonces señaló cuatro de los valores que captan la esencia de lo que es ser de Singapur: «situar a la sociedad por encima del yo, defender la familia como la piedra angular fundamental de la sociedad, resolver los problemas importantes mediante el consenso y no la contienda, y subrayar la tolerancia y la armonía racial y religiosa».
Huntington añade: «una declaración de valores occidentales, y particularmente estadounidenses, daría mucho más peso a los derechos del individuo en comparación con los de la colectividad, a la libertad de expresión y a la verdad que surge de la pugna de ideas, a la participación y competencia políticas y al imperio de la ley en contraste con el imperio de gobernantes expertos, sabios y responsables» [14] .
Podríamos añadir que la democracia entendida como gobierno para el pueblo es un régimen que no sólo rescata el sentido y propósito fundamental de la autoridad (su papel central en el logro y desarrollo del bien común), sino que además constituye un requisito indispensable de cualquier régimen «perfecto» en el sentido aristotélico (por contraposición a los regímenes corruptos). Pero no forzosamente la democracia electoral, como se ha desarrollado en Occidente, con todos sus vicios e imperfecciones (por ejemplo, los sesgos plutocrático y mediático tan visibles en Estados Unidos), es lo más deseable para todas las sociedades [15] .

EL SÍNDROME DE LA MURALLA CHINA

Al margen de muchos otros méritos [16] , Huntington muestra que la civilización occidental aún encabeza el mundo pero ha perdido dinamismo económico y demográfico y vigor moral frente a otras; «el desarrollo de Occidente hasta hoy no se ha apartado significativamente de las leyes evolutivas comunes a las civilizaciones a lo largo de la historia» [17]. Su auge no llegó para quedarse.
Convencido de su decadencia, Huntington llega a conclusiones poco optimistas y un tanto fatalistas. Da la impresión de querer encerrarse tras una muralla. Afirma que para mantener la superioridad tecnológica, Occidente deberá minimizar su divulgación. También teme el multiculturalismo, pues los grupos de inmigrantes de otras civilizaciones que rechazan la integración y siguen adhiriéndose y propagando sus valores, costumbres y culturas de origen cuestionan la cultura occidental.
Sin embargo, el multiculturalismo no sólo ha sido una inevitable consecuencia de toda expansión imperial [18] , sino una característica propia del mundo globalizado, es decir: del futuro. Su rechazo a promover valores de los grupos por encima de los valores individuales en la civilización occidental hace temer reacciones de intolerancia.

RENOVARSE O RESURGIR

Las civilizaciones perecen por suicidio, no por asesinato, decía el historiador británico Arnold Toynbee en A Study of History, cuando no son capaces de enfrentar los retos que las hicieron crecer, cuando por la complacencia en la victoria y la molicie pierden sus valores fundamentales, cuando se vuelven incapaces de convencer y arrastrar por el mérito de sus virtudes y se ven obligadas a recurrir a la fuerza para controlar a las masas internas y externas, cuando por ello se comprometen en guerras y llevan a cabo su propia ruina.
Las civilizaciones son organismos vivos y al inicio de su decadencia pueden experimentar un renacimiento, como de alguna manera sucedió con el surgimiento de la Unión Americana al declinar la vieja Europa. Esto ocurre si hay una mezcla cultural que las estimule a dar respuestas satisfactorias a los nuevos retos que enfrentan. De hecho, la civilización occidental surgió, tanto en el Viejo Continente como en el Nuevo, de una mezcla de culturas muy distintas en etnia, historia, lengua y que durante algún tiempo experimentaron, en Europa, guerras de religión (con la Reforma).
En todo caso, Occidente tiene dos alternativas. La primera, permitir que los acontecimientos sigan su curso hasta la irremediable caída y desintegración de su civilización. En el mejor de los casos, podría fosilizarse y vivir en la muerte, como el tronco de un árbol que permanece en pie, incluso durante siglos, aunque la savia ya no suba por él.
La segunda, que Toynbee denomina transfiguración, consiste en recuperar el vigor de virtudes y valores trascendentes y promoverlos en el mundo. A mediano plazo, ello puede reducir tensiones con otras civilizaciones, puesto que dichos valores son atributos comunes de la humanidad y pueden constituir la base de una convivencia más armónica. A largo plazo, aun si ello no detiene la desintegración occidental, puede servir de germen para el nacimiento y desarrollo de una nueva civilización afín, basada en auténticos valores humanos que, en última instancia, es lo que realmente cuenta.

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[1] Ninguna de las muchas publicaciones de Huntington ha sido tan citada y debatida. El choque de las civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Paidos. Barcelona, 1997. El original (Simon & Schuster. Nueva York, 1996) es resultado de una profunda investigación realizada a partir del artículo «The Clash of Civilizations?» en Foreign Affairs, verano de 1993.

[2] Para los siguientes párrafos, ver Samuel P. Huntington. «The Clash of Civilizations?». Ibid., pp. 23-25.
[3] La decadencia de la civilización occidental ha sido abordada por algunos de los más destacados pensadores del siglo XX y comienzos del XXI, como Oswald Spengler (La decadencia de Occidente, publicado en dos tomos en 1918 y 1922), Arnold Toynbee (A Study of History, diez volúmenes publicados entre 1934 y 1961) o, más recientemente, en una obra admirable, Jacques Barzun (From Dawn to Decadence. HarperCollins, New York, 2000).
[4] El choque de las civilizaciones. p. 103.
[5] Entre las causas de tensión entre Occidente y el Islam están la proliferación armamentista, los derechos humanos, el terrorismo, la inmigración y el acceso al petróleo; entre Occidente y China, la proliferación armamentista, los derechos humanos, el comercio, los derechos de propiedad y la política económica.
[6] Fuera de Japón (cuya economía ha alcanzado la madurez y tasas de crecimiento más moderadas, similares a las de Europa y Estados Unidos) y Sudcorea, la economía del este asiático es china. A principios de los noventa los chinos constituían 1% de la población de Filipinas pero controlaban 35% de las ventas de empresas; en Tailandia, con 10% de la población eran responsables de 50% de su PIB. A mediados de los ochenta, eran entre 2% y 3 % de la población en Indonesia, con 70% del capital nacional privado. Constituyen un tercio de la población de Malasia pero dominan casi toda la economía del país. Singapur es un enclave chino, Hong Kong ya se reintegró a China continental y el acercamiento económico con Taiwán está a la vista. Alrededor de 80% de la inversión extranjera en China continental proviene de su diáspora en el sudeste asiático y otras partes del mundo. Cfr. El choque de las civilizaciones. pp. 202-203.
[7] Todas las otras civilizaciones resienten el pasado imperial de Occidente ya que «conquistó al mundo no por la superioridad de sus ideas o valores o religión, sino por su superioridad en la aplicación de la violencia organizada. Los occidentales frecuentemente olvidan este hecho, los no-occidentales nunca».
[8] El choque de las civilizaciones. p. 218.
[9] Cfr. Ibid. pp. 220 y ss.
[10] Ibid. pp. 364 y 365.
[11] Idem. Sin embargo, Huntington considera que los conceptos, valores y prácticas cristianas impregnan la civilización europea de tal manera que este problema sólo presenta una amenaza a muy largo plazo.
[12] Ibid. pp. 254-255.
[13] Entrevista con el autor de este artículo en el contexto de un encuentro sobre multiculturalismo celebrado en Ottawa, Canadá, en 1994.
[14] El choque de las civilizaciones. pp. 382-383.
[15] Sobre el conflicto entre democracia y libertad es de extraordinario interés la reciente obra de Fareed Zakaria, The Future of Freedom. Illiberal Democracy at Home and Abroad. Norton, W.W. & Co., 2003.
[16] Particularmente sus aportaciones en lo relativo al manejo diplomático de los conflictos, que denomina de línea de fractura entre las civilizaciones. Op. cit. Capítulo 11.
[17] Ibid. p. 362. Ver también Spengler, op. cit., Introducción.
[18] Limitada tan sólo en el caso de China, por su abrumador predominio demográfico.

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