George Orwell y los mass media. Centenario de su nacimiento

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El hombre que se propuso fracasar como escritor continúa en la mente de millones de personas gracias a sus dos obras más conocidas: Rebelión en la Granja y 1984. Para los jóvenes actuales quizá se trate de dos novelas comparables a las de Edgar Allan Poe, pues no conocieron los países de detrás de la Cortina de Hierro ni sus dramáticas formas de vida. A lo más, los fanáticos del rock&roll habrán visto la película y, quizá también, el concierto de Pink Floyd, The Wall.
«El Gran Hermano te vigila» es la leyenda que dio a conocer al Gran Hermano o Hermano Mayor de la novela más famosa de George Orwell: 1984, obra futurista sobre el totalitarismo en una atmósfera asfixiante.
Hace ya tres años, en estas páginas, expuse brevemente el pensamiento de Orwell [1] . Los años pasan pero sus ideas perviven. Por desgracia para él y para nosotros, los desfavorecidos continúan formando la gran masa y «los proles» siguen sin cobrar conciencia. Son la parte sin rostro de la Humanidad.
También, por desgracia, el equivalente de la «telepantalla», la televisión, es uno de los elementos fundamentales en la masificación y manipulación. Otro tanto acontece con los productos de la «pornosec»: la pornografía más burda destinada al pueblo. Como veremos enseguida, la imposición de una nueva lengua para manipular a la masa, la «neolengua», aparece por doquier.

LA NEOLENGUA TELEVISIVA

La visión futurista de George Orwell sobresale al analizar la realidad actual a través de una de sus manifestaciones más claras: la televisión.
Cuando Orwell escribe 1984, la televisión apenas da sus primeros pasos. Él la considera un peligro más y la transforma en un aparato receptor y emisor: la telepantalla, que sirve tanto para transmitir programas como para acechar a las personas. Hasta ahora, de ese instrumento orwelliano sólo tenemos el aparato emisor; sin embargo, ello no ha impedido que la televisión sea moldeadora del público.
Al examinar las formas de expresión que machaconamente intentan infundirnos los medios de comunicación social en especial la televisión, podemos admirar la visión de futuro de Orwell. «La intención de la neolengua no era solamente proveer un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del Ingsoc [Socialismo Inglés], sino también imposibilitar otras formas de pensamiento» [2] .
De esta mirada señalo dos puntos que me parecen medulares, referidos al lenguaje y su trasfondo filosófico.
1. Eliminar la tentación de opinar
Veamos primero el más sencillo: el cambio en el uso del término opinar por el de sentir. En la lógica, la opinión constituye uno de los estados de la mente ante la realidad y, por tanto, del pensamiento. Una opinión es un juicio enunciado sin suficientes bases para establecerlo como un conocimiento seguro. Por ejemplo, la opinión de una persona sobre un determinado equipo de futbol o sobre un partido político.
En cambio, una sensación, desde el punto de vista antropológico, es fruto de un fenómeno que incide en los sentidos externos del hombre. Por ejemplo, al oír el canto de un pájaro o una canción de Erick Clapton mientras escribo, se produce en mí una nueva percepción, pero no necesariamente un pensamiento. Puede ser que el canto me agrade o disguste; en ambos casos son afecciones, sentimientos y, como tales, pasajeros, efímeros.
A partir de esa sensación puedo emitir un juicio positivo o negativo sobre el canto del pájaro o los sonidos producidos por Clapton, que será siempre una opinión: opino que es maravilloso o terrible. En cambio, si soy ornitólogo, mi juicio sobre el canto tendrá mayor seguridad: se trata de un jilguero que corteja a la hembra durante el periodo de celo. Si soy musicólogo roquero, afirmaré que la canción es «River of tears», del disco The best of Erick Clapton-Clapton Chronicles. En ambos casos, mi juicio no será opinión, sino conocimiento cierto y, por tanto, sólido.
Precisamente, esta diferencia entre opinión, sentimientos y certeza es la que borraron los medios de comunicación: la distinción entre sentir y pensar. Porque también el perro puede oír (sentir) el canto del pájaro o la canción de Clapton, pero no puede juzgar (establecer un enunciado científico, ni siquiera una opinión). El pensamiento marca la diferencia con la que trascendemos los instintos y es enorme: nos distingue del resto de los animales superiores y de todos los seres de este mundo. Borrarla significa asimilarnos a ellos. Y eso es, justamente, lo que pretende esa neolengua de los medios de comunicación social.
2. Desaparecer la etiqueta moral
El otro punto es que la neolengua cambia los adjetivos bueno y malo por correcto e incorrecto. Volvamos a la lógica: «bueno» y «malo» se refieren a la calidad moral de un acto: robar es malo, ayudar a los demás es bueno. En cambio, «correcto» e «incorrecto» se aplica a un proceso técnico, no a la calidad moral de un acto.
Quiero subrayar la pérdida del sentido moral de los actos del hombre. De nuevo, esa modificación nos acerca o asimila a los animales, en lugar de distanciarnos: una abeja puede construir correctamente su enjambre como un hombre puede fabricar su casa. Pero una abeja no puede actuar moralmente bien ni mal por la simple razón de que siempre procede de acuerdo con su instinto, carece de libertad para decidir entre una forma de actuar y otra. En cambio, el hombre sí es capaz de obrar bien o mal: puede ayudar o robar. Calificar los actos morales del hombre como correctos o incorrectos es evaluarlos desde una perspectiva técnica, no moral. En otras palabras, este cambio elimina la moralidad humana [3] .
La neolengua de los medios de comunicación social cumple su función con impresionantes resultados: elimina palabras del vocabulario (desaparecen «opinión» y los calificativos morales «bueno» y «malo»), y con ello se reduce el pensamiento del hombre, que ahora es incapaz de opinar (pensar) y, todavía más grave, de calificar sus acciones bajo el prisma moral.
La alteración puede parecer sutil, pero modifica sustancialmente el significado y las ideas asociadas, la manera de pensar. En términos orwellianos: «La neolengua difería de la mayoría de otros lenguajes en que su vocabulario se empequeñecía en lugar de agrandarse. Cada reducción era una ganancia [para el Partido], ya que cuanto menor era el área para escoger, más pequeña era la tentación de pensar» [4] .

DE LA TELEPANTALLA A LOS MASS MEDIA

Esta reflexión sobre la neolengua no se reduce a la televisión, se puede aplicar a muchos otros medios, incluido el cine, y se centra en el ambiente e ideología de fondo reinante en el mundo occidental.
No olvidemos que la televisión confluye en la creación de una cultura de masas, y que «raramente se tiene en cuenta el hecho de que, dado que la cultura de masas en su mayor parte es producida por grupos de poder económico con el fin de obtener beneficios, permanece sometida a todas las leyes económicas que regulan la fabricación, la distribución y el consumo de los demás productos industriales» [5] .
Sin embargo, no hay duda que contaremos durante muchos años con la televisión o con cualquier otro invento que la sustituya. Internet ocupa hoy parte del tiempo dedicado antes a la pantalla pequeña, en ambos reina el mismo ambiente. Afirmar que debemos convertirlos en instrumentos exclusivamente culturales o educativos es iluso. Los dos son negocio y, como tales, han de ser productivos. Además, el hombre no es sólo un ser educable: necesita información, distracción y esparcimiento. El reto consiste en producir programas atractivos, populares y vendedores, que eviten elementos idiotizantes, tomando la noción de idiota en el sentido griego: aquel que se separa de la polis y no colabora con sus conciudadanos en la consecución del fin común.
Por desgracia, parece que la ruta de la televisión actual es justo la contraria, por ser más fácil. Los talk shows encarnan a la perfección esa tendencia. Otra muestra es Big Brother, que toma su nombre del citado personaje de 1984, a pesar de las marcadas diferencias.
En la novela es un personaje pavoroso, cuya principal arma es el terror, capaz de apoderarse del pensamiento de los habitantes de Oceanía mediante la permanente vigilancia de sus actos e ideas a través de la telepantalla. El Gran Hermano te vigila siempre, te acecha y no te permite nada que no concuerde con él. El programa televisivo homónimo sólo tiene en común la observación de las personas. Aunque los habitantes de la casa siempre están vigilados por cámaras y micrófonos, el objetivo no es provocar agobio, acecho, temor ni terrorismo.
Todos somos concientes de que frente a una cámara irremediablemente actuamos. El público también lo sabe y es uno de los retos que enfrentan los productores: crear un atractivo para los televidentes (miles por sistema cerrado, millones en los cortes breves, relatos, resúmenes, etcétera, de la televisión abierta). ¿Cómo atraen?
En primer lugar, explotando la curiosidad morbosa, el amarillismo de lo que puede suceder. La necesidad de ampliar suscriptores y anunciantes llevó a la televisora a transmitir, en la segunda edición mexicana, también por televisión abierta, escenas de desnudos. Se trata de la táctica del descaro ante un tema picante. Los demás medios de comunicación se convierten entonces en los corifeos: ponen en la palestra el conflicto legal y las posibles multas por violar la anticuada ley de prensa.
El plan es seguro, la propia televisora puede inducir las críticas y hasta resaltar su violación a la ley. Con la participación de los extremistas en su contra, es difícil que el Estado intervenga. El resultado final viene solo: el público que requieren las compañías cae en sus manos, aumenta la audiencia y, con ella, los anunciantes. Los extremistas se convierten en su mejor socio, convencidos, además, de su quijotesco (y contraproducente) papel.
¿LA TELEVISIÓN CONTRA LA INTELIGENCIA?
Para analizar este tipo de programas televisivos regreso a un texto de Orwell. En un ensayo periodístico de 1940 se plantea las posibilidades del cine y, entre otras cosas, dice que tal vez un millonario podría darse el lujo de manifestar su vida interior por este medio. Aunque al final de esta disquisición concluye: «Desde luego, no sería deseable que ningún hombre, falto de genio, hiciera un espectáculo de su vida interior» [6] .
Este es el verdadero drama de los reality y los talk shows: los participantes aceptan exhibir su intimidad, convertirse en espectáculo denigrando su dignidad personal. Los desnudos son la manera de manifestar la autohumillación. Están dispuestos a airear sus problemas familiares, sus deficiencias físicas y emocionales, a ser agredidos en un complot o a traicionar a los hermanos. Al mostrar sus partes íntimas, porque han perdido la riqueza de su interioridad, se han vendido al mejor postor: la televisión.
La malignidad de este trasfondo consiste en que también impulsa las pasiones del público, no sólo por despertar el deseo de sentir el dolor o el amor, sino de participar en las conjuras y traiciones, mostrar la intimidad. No en balde hoy las manifestaciones afectuosas en lugares públicos denotan más exhibicionismo que amor. En el fondo, se difunde la idea de que las personas no valen por sí mismas, que pueden ser pisoteadas cual peldaños o que son puro espectáculo.

ENTRE EL PODER Y EL HEDONISMO

Este juego de villanos e inocentes, de príncipes y cenicientas, conforma el «argumento» de esos programas, pero más descarnado que cualquier telenovela. Los medios impresos se hacen cómplices al transmitir las líneas que marca cada televisora día a día. Resúmenes, comentarios en noticiarios y programas sobre los espectáculos complementan la sazón, mantienen vivo el fuego. Ningún elemento debe faltar, sería iluso pensar, por ejemplo, que Big Brother pudiera ser negocio tan sólo en la televisión de paga: el grueso del público no puede costear la señal, pero se le ofrece la oportunidad de participar mediante esa cohorte mediática.
El engaño es el más artero. Hacer sentir poder a quien carece de dinero para contratar el canal restringido. Es como decirle: «mira, tú puedes presumir a tus vecinos, compañeros de estudio o trabajo, que no requieres el canal de paga, te basta con telefonear para expulsar a alguien».
Constaté este fenómeno en casa de una familia. Los dos hijos preferían la computadora, pero el papá iba de un lado a otro para anunciar que sabía a quién expulsarían ese día, y enumeraba sus razones. Al ver mi cara de perplejidad, explicó que se trataba de un experimento sociológico, una manera de aprender cómo se comportan las personas en una situación de claustrofobia, y muchas razones más. Me asombró ver encarnado ese engaño de poder: aunque no llamara, él sabía quién era villano, quién inocente, quién dejaría la casa, quién continuaría y por qué.
¡Cuánta gente cae en esa trampa! Amerita sentarse frente al televisor para descifrar los elementos de atracción que, desde luego, los hay.
Por un lado, está la duración del programa, su palpable e influyente presencia en la televisión y otros medios. Por otro, el uso de una lógica basada más en estructuras que se valen de sensaciones, emociones e impacto visual, bajo el pretexto de un modelo de transferencia de información. Estos elementos encajan a la perfección en el «énfasis que la sensibilidad moderna pone en la inmediatez, el impacto, la sensación y la simultaneidad» [7] , y manifiestan un radical subjetivismo en la búsqueda de la verdad. Son parte de la ideología [8] que rige a los medios electrónicos.
Por eso en los reality y los talk shows no se trata el tema político, queda excluido lo mismo que la cultura y, en general, la reflexión, el pensamiento. Sólo caben los sentimientos primarios, efímeros: odio hacia el villano, afecto hacia la inocente víctima (sea de la violencia intrafamiliar o de los complots) Es el reino del hedonismo. Y, como dice Hannah Arendt, el hedonismo es la doctrina «que sólo reconoce como reales las sensaciones del cuerpo, es la más radical forma de vida no política, absolutamente privada, verdadero cumplimiento de la frase de Epicuro “vivir oculto y no preocuparse del mundo”» [9] .
Volviendo a Orwell, en 1984 los dos crímenes más graves de un ciudadano contra su Estado son, en primer lugar, pensar por sí mismo y dudar de los postulados del Socialismo Inglés (Ingsoc), y en segundo, la autenticidad del amor en cualquiera de sus encarnaciones, de manera especial en el de pareja. ¿Cómo conciliar aspectos tan humanos con los contenidos de esos programas? Ya no se puede dar el crimen de Winston Smith y su novia Julia, quienes se enfrentaron al Gran Hermano al no querer abdicar en dos aspectos fundamentales: su intimidad y su ser racional (amar y pensar).
¿1984 O UN MUNDO FELIZ?
En octubre de 1949, poco después de que apareciera la primera edición de 1984, George Orwell recibió una carta de Aldous Huxley, antiguo profesor suyo y reputado literato, en la que le decía:
La filosofía de la minoría dirigente en 1984 representa un sadismo que se ha llevado hasta su conclusión lógica yendo más allá del sexo y rechazándolo. En realidad parece dudoso que la política de la bota en la cara pueda continuar por un periodo indefinido. Mi opinión personal es que la oligarquía dirigente encontrará métodos menos arduos y dispendiosos para gobernar y para satisfacer su sed de poder, y que tales métodos se parecerán a los que describí en Un mundo feliz. () Creo que a lo largo de la próxima generación los gobernantes del mundo descubrirán que el acondicionamiento y la narcohipnosis incipientes son más eficaces como instrumentos de dominio que los clubes y las cárceles, y que las ansias de poder pueden satisfacerse igual de bien persuadiendo a la gente para que ame su esclavitud, que azotándola y pateándola para que obedezca. () El cambio se efectuará como resultado de una necesidad palpable de aumentar la eficacia [10] .
Gran parte del ambiente televisivo y cinematográfico parecen confirmar la predicción de Huxley. Ha desaparecido el terror de la telepantalla orwelliana con su acecho omnipresente, la asfixia carcelaria al pensamiento individual y a las formas de amor humanas. En cambio reina el hedonismo, un culto desmedido al cuerpo, el reino de la «pornosec», que nos remite a las palabras de Huxley en el prólogo a una de las tantas ediciones de Un mundo feliz: «A medida que la libertad política y económica disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar» [11] .
La civilización visual presenta un mundo en el que la sensación, la inmediatez y el impacto sustituyen la contemplación y la reflexión. Esto conduce a una nueva presentación del yo: es la cultura modernista del yo por excelencia; culto a la singularidad [12] que privilegia la espontaneidad pero olvida lo que decía Sartori: «Leibniz definió la libertad humana como una spontaneitas intelligentis, una espontaneidad de quien es inteligente, de quien se caracteriza por intelligere. Si no se concreta así, lo que es espontáneo en el hombre no se diferencia de lo que es espontáneo en el animal, y la noción de libertad ya no tendría sentido» [13] .
Un mundo que no distingue entre lo humano y lo animal, donde las personas se reducen a meros individuos, es aquel donde la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza. Los ministerios de guerra se transforman en ministerios de defensa: La guerra es la paz, como bien puede atestiguar el señor Bush Jr. En este mundo se complementan las visiones futuristas de 1984 y Un mundo feliz, porque la primacía del sensibilismo corporalista, en apariencia satisfecho con su placer (pornografía y hedonismo), en realidad conduce a la violencia: quien desea el placer lo desea inmediatamente, es decir, violentamente [14] .
1984 y Un mundo feliz son dos utopías de signo contrario: una, la imposición violenta del Estado sobre la persona; la otra, el bienestar total otorgado por el Estado también para someter a la persona. Como utopías, son irrealizables. Como visiones del futuro, proporcionan luces para juzgar nuestro mundo.

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[1] Cfr. «George Orwell: un rebelde en la granja» en ISTMO n. 250. p. 48.

[2] George Orwell. 1984. Destinolibros. 19ª ed. Barcelona, 1997. p. 293.
[3] Veamos estos ejemplos: si afirmamos que Hitler y Stalin vivieron correcta o incorrectamente podríamos sostener que ninguno de los dos realizó actos malos, simplemente desarrolló técnicas equivocadas (incorrectas;ninguno de los dos cometió genocidios o crímenes contra la Humanidad (actos malos), simplemente construyeron una sociedad equivocada (actos incorrectos). En otras palabras, se considera que si en el mundo las personas sólo actúan correcta o incorrectamente, es porque por nacimiento están capacitadas o no para actuar así, no porque exista una voluntad y libertad de hacer el bien o el mal. Esto es precisamente eliminar la moralidad.
[4] George Orwell. Op. cit., p. 303.
[5] Umberto Eco. Apocalípticos e integrados. Lumen. 29ª ed. Barcelona, 1999. p. 65.
[6] George Orwell. Escritos (1940-1948). Literatura y política. Octaedro. Barcelona, 2001. p. 24.
[7] Daniel Bell. Las contradicciones culturales del capitalismo. Alianza Universidad. 5a reimpresión. Madrid, 1994. p. 96.
[8] Tomo aquí el término en el sentido utilizado por Thompson, como «significado al servicio del poder», en este caso, el poder económico. Citado por John Langer: La televisión sensacionalista. Paidós. Barcelona, 2000. p. 18. Este sentido coincide con el de Eco en su citado Apocalípticos e integrados.
[9] Hannah Arendt. La condición humana. Paidós. Barcelona, 1993. p. 123.
[10] Jeffrey Meyers. Orwell, la conciencia de una generación. Vergara. Barcelona, 2002. pp. 337-338.
[11] Aldous Huxley. Un mundo feliz. Plaza & Janés. 3ª ed. Barcelona, 1997. p. 18.
[12] Cfr. Daniel Bell. Op. cit., p. 113-131.
[13] Giovanni Sartori. Homo videns. Taurus. Madrid, 1998. p. 134.
[14] Cfr. Alejandro Llano. La nueva sensibilidad. Espasa Universidad. 2ª ed. Madrid, 1988. p. 47.

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