Jubilación: reto y oportunidad

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La jubilación es un hecho paradójico. Casi todos la anhelamos.
Se supone que nos libra del trabajo diario realizado durante años, de las limitaciones que impone el horario laboral y, en muchas ocasiones, del peso de la responsabilidad que conlleva el puesto. Parece prometer una segunda juventud pero, si no se previenen sus efectos indeseables, con frecuencia la realidad muestra lo contrario [1] .
¿Jubilarse es un mal necesario, como una catástrofe que se avecina y nos obliga a prevenir sus nefastas consecuencias o es un reto que puede afrontarse como oportunidad de desarrollo y plataforma de servicio experimentado a los demás? En resumen, ¿es un tiempo ocioso que se requiere llenar o un tiempo nuevo para metas distintas?

LA RESPUESTA ESTÁ EN EL INTERIOR

En su etimología, la palabra jubilación se asocia con la alegría. Del latín iubilum, que significa alegría, júbilo, viva; jubilar: alegrarse; jubiloso: alegre, lleno de júbilo; jubileo: fiesta El origen del vocablo define el estado que disfruta la persona jubilada.
Laboralmente, ¿es una etapa de la vida profesional cambio de régimen o su fin? Y humanamente, ¿es premio al esfuerzo, al servicio prestado o castigo y pérdida de estatus?, ¿oportunidad de desarrollar nuevas vetas culturales y de servicio, o limitante que «nos saca de la jugada»?
En el interior de cada persona está el verdadero significado de ese paso que trasciende tantos aspectos. Depende de muchos factores, pero tal vez los más importantes sean dos: los motivos o circunstancias que conducen a la jubilación y la existencia o inexistencia de un proyecto de vida a partir de este parte aguas.
Las repercusiones psicológicas de decidir jubilarse son distintas a las de ser jubilado. Tampoco es igual gozar de salud y carácter para emprender cosas nuevas, que aguantar el peso de una enfermedad o la dificultad actitudinal para enfrentar lo desconocido; relacionarnos con casos exitosos de jubilados, que sentir compasión por los que conocemos. Ni son iguales las repercusiones físicas y económicas cuando se cuenta con el respaldo de un patrimonio que cuando se vive la ansiedad de la falta de recursos. Menos aún, jubilarse en plenitud de facultades o hacerlo porque escasean las fuerzas para la jornada laboral diaria.
Toca a cada uno «hacer camino al andar». Asumir un concepto positivo sobre el propio retiro implica prepararse desde que se inicia la vida laboral. Separarse del trabajo no significa hacerlo de la vida, esta sigue. Por eso, la jubilación debe entenderse como:
1. Premio al esfuerzo, a la perseverancia en el trabajo, al servicio prestado.
2. Sabiduría y experiencia al servicio de nuevas causas y de la más próxima, la propia familia, a veces relegada durante años debido a la carga profesional.
3. Etapa de cosechar parte de lo que se ha sembrado en la vida profesional.
4. Oportunidad de desarrollo en nuevas áreas de la cultura.
5. Tiempo nuevo para metas nuevas.
6. Cambio de actividad o de ritmo, acorde con las necesidades propias de esta etapa.
7. Posibilidad de atender «con tiempo suficiente» necesidades físicas, sociales, espirituales.
8. Nueva etapa de la vida profesional; cambio en el modo de ejercerla.
9. Cima de la vida y, por ello, plenitud.
10. Alegría… con mayúscula y, por ende, felicidad.
He aquí diez puntos para trabajar desde ahora en nuestra labor diaria que, si logramos conjuntar, construirán positivamente nuestro personal concepto de jubilación para que en su momento nos califiquen con un «diez».

JUBILACIÓN Y TERCERA EDAD

La jubilación coincide casi siempre con la tercera edad. Más allá de la madurez de la vida, la edad sobrecoge a muchos. ¿Por qué? La baja paulatina de las facultades físicas y el cambio de la imagen corporal, la pérdida de estatus profesional y social, a veces, el hogar como «nido vacío» porque los hijos han volado, el declinar de la vida.
Dejarse llevar por una visión negativa de la edad conduce a la muerte y «pretender aislarse de la sociedad contribuye a senilizarnos» [2] .
Reflexionemos, ¿por qué nos desean «muchos días de estos» en nuestro cumpleaños?
La tercera edad es sabiduría acumulada por la experiencia de muchos años de aciertos y errores, de logros y fracasos, de servicio a la sociedad en el desempeño de la profesión u oficio.
El júbilo de esta etapa debiera reflejar los «placeres espirituales» propios de quienes, por un lado, han desarrollado las potencias del alma a lo largo de un fuerte y tenaz esfuerzo de años y, por otro, cuentan ahora con tiempo y opción para decidir en qué emplearlo. En la medida en que vive el espíritu, la jubilación deja de ser amenaza para convertirse en ardiente promesa.
Más allá de necesidades económicas, indiscutibles en muchos casos, la equivocada primacía de los valores materiales sobre los espirituales conduce a muchas personas a continuar de manera indefinida en un puesto de trabajo por incapacidad psicológica de ver mermados sus ingresos, aunque estos se esfumen en tratamientos médicos por falta de salud o exceso de estrés. ¿La vida es para vivirla hasta la plenitud o para consumirla hasta la muerte en un empleo?
El materialismo que priva hoy conduce casi inconscientemente a valorar la vida las vidas concretas en función de su productividad económica. «Aun para muchos, que se llaman antimarxistas, es la economía el factor principal en la actividad humana, es su situación económica la que hace pensar y obrar a cada hombre, de un modo o de otro. En consecuencia, también las diversas etapas de la vida se clasifican según la actividad del sujeto en relación con su edad cronológica» [3] .
Infancia, adolescencia y primera juventud se consideran la etapa «del aprendizaje»; adultez, la más larga de la vida, suele definirse como «de la productividad económica», y la ancianidad (desde la llamada tercera edad hasta la senectud) se califica como «la etapa de la inactividad económica la edad de la jubilación».
En sitios donde jubilan a las personas automáticamente al cumplir determinada edad, existe el peligro de experimentar el cumpleaños número 65, por ejemplo, como un parte aguas lacerante en la propia vida. De un día para otro el sujeto es considerado «viejo» y, si no valora la riqueza espiritual de su edad, corre el riesgo de amargarse o volcarse sobre un activismo desmedido en aras de demostrar sus facultades. Hay quienes dicen que la jubilación cuando no se ha planeado puede afectar tanto como la muerte de un ser querido y hasta debe ser tratada como un periodo de duelo [4] .
A quien se jubila de un oficio ya no le corresponde tanto hacer, como enseñar a hacer. Convertir su jubilación en plataforma de servicio, más de calidad que de cantidad; más de asesoramiento, apoyo y respaldo, que de decisión, ejecución y riesgo. La clave es descubrir que la plenitud está en la donación de la propia riqueza axiológica a los demás. Las personas de la tercera edad debieran ser el centro espiritual de la familia.

REPERCUSIONES EN LA FAMILIA Y LA SOCIEDAD

Aun cuando la jubilación sea deseada y planeada, altera de raíz la dinámica familiar. Cuando el jubilado es varón, por lo general estresa a la esposa quien, acostumbrada a disponer todo en el hogar, de repente tiene al marido ¡las 24 horas!
Se ven las caras todo el día y desaparece la ilusión por charlar juntos. Él se apoya en la idea de que es el «jefe del hogar» y empieza a intervenir en el funcionamiento doméstico; mejor dicho, a interferir. Quiere hacer los pagos de los que antes se ocupaba ella, acostumbrado a ser atendido, quiere un café a media mañana o compañía para ir a todos lados e interrumpe las actividades y rutinas de ella. Escasean las gratas charlas telefónicas pues ahora él contesta las llamadas A veces en palabras de esposas de recién jubilados sienten «como una sombra». En estos casos, el jubilado gana independencia, pero su cónyuge la pierde ¡un difícil cambio repentino!
En cuanto a la organización familiar, el jubilado requiere más espacio en casa, ya que estará más tiempo, trabajará allí, hará cosas nuevas. Cambian los horarios: para él ya no suena el despertador a hora fija, pero sí para el resto de la familia; y si no es una persona de suyo sistemática y organizada, pronto la casa deja de ser «dulce hogar» para todos.
Evidentemente, la jubilación debe planearse en todos sentidos y entenderse como un cambio de actividad, no como inactividad o actividad desorganizada porque se convierte en caos. Al principio, casi todos, hombres o mujeres, apetecen tomarse un periodo de «vacaciones prolongadas» para relajarse; un descanso merecido de la rutina diaria antes de organizar su nuevo ritmo. Pero pronto deberán volver a ciertos horarios (adecuados al sujeto) y a realizar actividades concretas, so pena de desquiciar la propia vida o la de los demás.
Tras el retiro, la persona puede asumir algunas responsabilidades domésticas adicionales, practicar sistemáticamente un deporte o ejercicio, cultivar amistades con acciones útiles concretas, prestar servicio profesional y social a otros a través de su inserción en proyectos específicos, iniciar un nuevo giro de actividad o negocio, convivir más y mejor con el cónyuge, pero de un modo planeado y de común acuerdo.
La comunicación y satisfacción entre los miembros de la familia crece en la medida en que la jubilación de los mayores es un proyecto compartido. Quien se jubila debe tener un plan que dé sentido y fruto a esta etapa, y ese proyecto vital no debe ser personal, sino familiar a fin de que sea comprendido, apoyado y provechoso para todos.
La sociedad necesita, sin lugar a dudas, la colaboración positiva de todos los jubilados desde las familias y para las familias; trabajo que de un modo u otro trascenderá a la comunidad. Existen muchas iniciativas a través de instituciones públicas y privadas para personas de tercera edad en las que, además de ocupar provechosamente su tiempo, colaboran con causas nobles relacionadas con distintos sectores de la sociedad; desarrollan aprendizajes, hacen nuevas amistades, se ayudan a sí mismos y a los demás. Muchos jubilados profesionistas cuentan con verdaderos tesoros de experiencia y pueden fructificar como asesores en su ramo o emprender o apoyar muchas iniciativas relacionadas.

ASCENDER A LA CIMA

En México, como en otras partes del mundo, existe en algunos casos la opción de jubilarse a una edad temprana y en plena madurez por años de servicio. Incluso a los 65 años, la edad clásica, la persona no es vieja, sobre todo si es activa, aprovecha la medicina de prevención actual y tiene claro un proyecto para su futuro. No sólo ha aumentado la expectativa de vida, sino también es posible mayor calidad.
No se es viejo al jubilarse, pero sí es tiempo de preparar «jubilosamente» esa etapa de la vida para que sea la cima desde la cual podamos contemplar el horizonte de los valores conquistados y de otros por conquistar. «La vejez de un animal queda abocada al aniquilamiento, la del hombre a la eternidad. Por eso, la vejez en el hombre, en vez de suponer un progresivo declive, debe ser un constante proceso de maduración interior» [5] .
La libertad, el amor y la fe, tres ejes de la educación familiar, siguen siendo en esta etapa de la vida «faro y camino», finalidad y medio para nuestra autorrealización.
La libertad del jubilado, en cuanto facultad de decisión, se amplía en muchos sentidos. Ya ha vivido; está concluyendo la dura etapa del ascenso, va llegando a la cima y tiene aún disyuntivas por resolver. Falta «el último estirón» que puede ser muy largo (sólo Dios lo sabe). Tiene la vida tras de sí ya hizo lo más largo en el tiempo, le toca decidir cómo coronarla. «El tiempo es situación de cambio () Si sois responsables, lo aprovecharéis para cambiar haciéndoos mejores. Ese es el buen uso de la libertad» [6] .
El amor tiene lo suyo a esta edad. Jacques Leclercq califica la vejez como «la edad del amor más bello» Explica que «la generosidad de la juventud y la actividad de la madurez a menudo expresan un ímpetu vital y un ardor natural a los que inconscientemente se agrega un deseo de satisfacción personal () Pero la vejez no engaña. Con la edad el ardor natural se esfuma y sólo queda la caridad verdadera como único móvil de las acciones. Por eso el viejo que vive impulsado por el amor procura conformar este amor todo lo posible a la más pura caridad» [7] .
En efecto, cuando declina el cuerpo (hormonas, pasiones) se eleva el alma. Pero para ello el alma tiene que llegar bien alimentada de conocimiento y virtud.
Y la fe es sin duda el eje principal; es Vida en cualquier etapa, pero de modo especial en el camino hacia la «última edad», cuando el oropel de la vida terrena se desvanece y sólo queda la esperanza de la eterna. Sin fe, la vejez puede ser un sinsentido; con fe, es la puerta hacia la eternidad. Tal vez en esta edad es más claro y objetivo aquello de «cargar la cruz de cada día»; cuando se carga con fe, es esperanza y vida.
Cuando libertad, amor y fe sostienen la vida familiar en la que se desarrolla el jubilado, y más aún el anciano, el «júbilo» es real por la cercanía cada vez más clara de la bienaventuranza. «Toda la vida no es más que una ascensión hacia la vejez. Una ascensión. La vejez no es un atolladero en el camino al que venimos a parar, es una cumbre a la que subimos. Comenzamos en las praderas de los valles entre flores y bosquecillos, ovejas, conejos y niños que ríen; después uno llega a una ladera y trepa por un camino que exige buenas pantorrillas, un pecho robusto, un corazón fuerte, una vista clara capaz de escoger la dirección. A menudo el esfuerzo es duro: pero al fin llegamos a una cima donde el aire es puro, los horizontes inmensos, y hay silencio» [8] .

TAMBIÉN REQUIERE PREPARARSE

Existen actitudes positivas, acertadas, que conducen por buen camino hacia una satisfactoria jubilación, y actitudes negativas, equivocadas, que la convierten en trago amargo que a veces parece que nunca pasará.
Mucho se ha repetido que la juventud es un estado del alma, y es cierto. Ser joven significa «tener la vida por delante», un porqué vivir, esperanza. Paralelamente, la vejez también es un estado del alma al que a veces acompaña la edad cronológica y otras no. Ser viejo implica cerrar el ciclo vital no queda mucho por hacer en esta tierra. Al llegar la senectud, si el alma está satisfecha por lo logrado, espera En cambio, aunque el cuerpo se encuentre en edades anteriores, si el alma carece de esperanza, de motivación por la vida, envejece, daña al cuerpo y puede acelerar el fin.
No hay que huir de la vejez, sino prepararnos «para su debido y preciso tiempo». Mientras el cuerpo aguante tenemos obligación moral de aprovecharlo para subir más alto en la asimilación de cada esfera de valor.
Actitudes acertadas: mirar con ilusión «la edad del júbilo», planearla a qué nos dedicaremos y, sobre todo, para qué, crecer en generosidad y servicio «hacer escuela» de aquello que sabemos, reducir nuestras expectativas en aspectos materiales y aumentarlas en espirituales, centrarnos más en la calidad que en la cantidad de nuestra acción, esforzarnos por estar en forma física y psíquicamente, exigirnos en virtudes que implican interés por los demás, crecer en confianza y optimismo; mirar con realismo nuestra propia situación, salir de uno mismo y abandonarse en Dios.
Actitudes equivocadas: evadir el tema, no prever (economía, actividad, proyecto), reducir el campo de intereses, dejar de frecuentar a los amigos, quedarse en casa de modo permanente, desarrollar una conducta y pensamiento egocéntricos, descuidar la propia imagen corporal y moral, vivir sin horario ni plan de actividad, fantasear constantemente en el pasado (mirar hacia abajo en lugar de mirar hacia lo alto), alejarse de Dios.
El papel de la familia es muy importante para quien está próximo a jubilarse. ¡Cómo cambia la vida rodeados de apoyo, reconocimiento, confianza! Es usual que este cambio de rol laboral se dé cerca de otro cambio natural al convertirse en abuelos o abuelas, lo que implica un lugar especial en la dinámica familiar. Para la unidad familiar, para conservar las tradiciones y valores, es muy importante que participen los adultos mayores. Las generaciones siguientes esperamos de ellos ejemplo de vida y motivación para luchar; son testigos del pasado, inspiradores de sabiduría y fuente de experiencia. Cuando compartimos la vida con un «anciano joven» vemos que la vida tiene sentido a cualquier edad y en cualquier circunstancia, porque vivida con ilusión y virtud conduce a altas cumbres.
La sociedad, por su parte, debe abrir y sostener espacios de desarrollo y servicio para los adultos mayores, aprovechar su enseñanza y consejo para las nuevas generaciones, fomentar su participación ciudadana como en antiguas culturas se tenía en cuenta al «consejo de ancianos».
La preparación debe ser material y espiritual en unidad, como es la persona humana, teniendo claras las necesidades y jerarquías. Así, el proyecto vital para esta etapa considerará la salud ejercicio, chequeos médicos, el papel familiar y social como padres de hijos mayores, suegros, abuelos, adultos mayores solteros…, el cultivo de los valores y el desarrollo del espíritu hasta sus más altas cumbres.
Esperar y preparar la jubilación es necesario no sólo porque es inevitable tarde o temprano nos llega, repercutirá en nuestra persona física, psicológica y socialmente y requerirá un proyecto que permita afrontar bien las naturales repercusiones; sino porque ¡la jubilación es justa y hay que aprovecharla!, porque cada hombre y mujer es un proyecto sin término.
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[1] Cfr. AAVV. Feliz tercera edad. EUNSA. Pamplona, 1986. pp. 10-11.

[2] Diego Díaz. La última edad. EUNSA. Pamplona, 1976. pp. 55-56.
[3] Ibidem. p. 57.
[4] Cfr. María Pliego. Éxito o plenitud. Editorial Ruz. México, 2002. pp. 27-28.
[5] AAVV. Feliz tercera edad. p. 12.
[6] Víctor García Hoz. Alegría en la tercera edad. MC. Madrid, 1985. p. 18.
[7] Cfr. Jacques Leclercq. La alegría de envejecer. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1969. p. 60.
[8] Ibidem. p. 18.

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