El mito del líder

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Comentario de Mario Gensollen
¿Qué papel desempeña el liderazgo en los tiempos que vivimos y se avecinan? Todos reclamamos la presencia de un líder que conduzca a la sociedad a buen puerto. Que luche contra la inseguridad, el crimen, la delincuencia y que logre un incremento rápido y notorio en nuestro nivel y calidad de vida. ¿No es demasiado pedir? ¿Quién será el valiente que asuma el riego y la responsabilidad de llevar de la mano a las personas a un estadio mejor de vida?
El mito del líder es una propuesta genialmente expuesta y argumentada de que el liderazgo es una aventura personal, solitaria y que todos debemos asumir. Es una afirmación y defensa de que cada uno, como único responsable de su vida, debe tomar el toro por los cuernos, hacerse con las riendas de su vida y elegir su papel en la sociedad en que vive.
Quien lea este libro sin duda se sentirá abrumado por la ingente cultura del autor, por su amenidad y claridad expositiva, así como por la interdisciplinariedad que maneja. Santiago Álvarez de Mon Pan de Soraluce licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Pontificia de Salamanca estudia el liderazgo y su repercusión en el mundo actual con profundidad y erudición.
Aborda la situación política, cultural, social y brinda una radiografía del tiempo que vivimos y del que, seguramente, está por llegar. Según el propio autor, intenta responder principalmente las siguientes interrogantes: ¿Estamos ante la prostitución del concepto de liderazgo que afecta negativamente las expectativas y claves de la convivencia social? ¿Dónde residen el origen y la esencia de todo proceso de liderazgo?, y ¿no debiera ser, sobre todo, una experiencia personal e irrepetible?
Conviene adelantar una pista de la conclusión a la que pretende llegar Álvarez de Mon: «No creo en una sociedad cuya estabilidad y futuro depende de la personalidad y atractivo de un líder de masas que en su magnetismo prolonga el sueño de los que debieran ser actores principales. Sí creo en una sociedad formada por profesionales competentes y voluntariosos, protagonizada por ciudadanos atentos y sensibles a las demandas de la comunidad, vivida por personas en el sentido literal de la palabra que ansían su plenitud intelectual y espiritual».

NUEVAS COORDENADAS

El texto inicia con un garbeo por las coordenadas en que discurre nuestro mundo. Primero siguiendo los estudios de Hamish McRae y Samuel Huntington se impone a pasar lista a la Torre de Babel humana. Según sus estimaciones, estamos a punto de redondear la cifra de 6 mil millones de seres humanos en el globo. Y para el 2020 seremos 8 mil, de los cuales la mitad vivirá en Asia.
Analiza las civilizaciones y concluye que la cultura occidental ha venido a menos. Si a principios del siglo XX integraba 44.3 % de la población mundial, ese porcentaje ha caído a 10.1%. Álvarez de Mon señala algunas consecuencias evidentes de los cambios demográficos: 1) mayor presencia laboral de la mujer a nivel directivo, 2) una población que envejece e incrementa su expectativa de vida gracias a los avances de la medicina, 3) disminución de la clase económicamente activa (invierno demográfico), lo que reavivará el debate sobre la conveniencia de retrasar la jubilación, 4) incremento del número de personas que trabajan en sus domicilios, sobre todo en países con mayor soporte tecnológico, 5) aumento de trabajos de tiempo parcial, compatibles con estudios universitarios y, 6) asentamiento del voluntariado en el tejido social de muchas comunidades.
A la par de las cuestiones demográficas, nos damos de bruces con un problema mucho más grave y alarmante, la miseria: «En un mundo donde el hambre dista mucho de ser erradicada, asistimos perplejos al hecho de que los países más avanzados gastan ingentes cantidades de dinero en almacenar y destruir productos alimenticios que no se consumirán jamás o premian la improductividad de sus campesinos con subvenciones que superan ampliamente el total de la ayuda humanitaria al Tercer Mundo».
La situación no es prometedora. Las consecuencias demográficas, la miseria, la educación son sólo algunos de tantos problemas por resolver. Por otro lado, el deterioro del planeta parece inminente, pues la cuarta parte de la población mundial está gravemente amenazada en un plazo de 20 a 25 años. Schumacher dice que «no cabe hablar de una expansión infinita de un planeta finito».
Frente a este panorama, en apariencia desolador, Álvarez de Mon se refiere al reto planteado por Peter Dicken a los líderes mundiales: proveer las necesidades reales de la comunidad mundial de forma equitativa sin destruir el medio ambiente. Y añade: «No estaría de más que todos, cada uno desde su peculiar esfera de actuación, estuviéramos a la altura del desafío planteado. De lo contrario, les dejaremos a nuestros hijos y nietos un planeta en mucha peor condición de la que nos lo legaron nuestros mayores».
Frente a tantos problemas, añoramos un liderazgo fuerte que nos guíe de la tormenta a tierra firme. La voz de Álvarez de Mon se levanta contra nuestras quejas: esa no es tarea de uno, sino de todos desde su particular escaño en la sociedad. Es necesario ahondar, de la epidermis a las profundidades del liderazgo, aclarar su esencia y mostrar pese a nuestra confusión habitual que el liderazgo es algo que todos debemos asumir como experiencia única e intransferible.

ENTRE HITLER Y GANDHI

Es muy sabido que, cuando usamos indiscriminadamente algunos términos, pierden significado. Esa suerte le ha tocado al «liderazgo».
Nuestro uso del sustantivo «líder» cabalga a medio camino entre la ambigüedad y la confusión, hecho palpable cuando llamamos de la misma manera tanto Gandhi como a Hitler. ¿No es acaso una de tantas injusticias que se cometen por el uso impreciso del lenguaje?
Por un lado, Lenin, Stalin, Mussolini, Hitler, Castro, Jomeini, Ceacescu, Mao, Milosevic Por el otro, Lincoln, Jefferson, Marshall, Monnet, Moro, Luther King, Teresa de Calcuta, Gandhi, Juan XXIII, Vaclav Havel Sin mayor reparo, todos parecen estar dispuestos a llamarlos «líderes», sin tomar en cuenta las diferencias sustanciales que saltan a la vista con el mínimo conocimiento histórico que brinda el bachillerato. ¿Por qué llamar líderes tanto a los primeros como a los segundos?
Efectivamente, ambos grupos comparten cualidades que han generado confusión en el uso del término «liderazgo». Primero, «un olfato poco común para rastrear y husmear por dónde discurren los anhelos y ansiedades del pueblo». También, una habilidad excepcional para comunicar, captar y rete-ner la atención; para provocar y mantener altos los ánimos. Un talento para influir en las conductas y formas de pensar de los dirigidos. Y «una fuerza descomunal, una osadía sin parar para movilizar a las masas». En resumen, todos fueron expertos agentes de cambio.
A pesar de lo que los hace similares, para evitar más confusiones hemos de preguntarnos, qué valor añadido aporta la palabra «líder», y distingue a Gandhi de Hitler. Para entender plenamente el proceso de liderazgo habría que denunciar previamente qué le es contrario. En otras palabras, para comprender qué es un líder, previamente debemos saber quién no lo es. El autor analiza tres modelos de antiliderazgo:
1. Liderazgo carismático
El líder carismático posee una magia deslumbrante, provoca arrobamientos y fervores preocupantes. Su liderazgo «se caracteriza por el autoritarismo y mesianismo de unos pocos y por la docilidad y dimisión de tantos».
Siguiendo los pasos de Hannah Arendt, Einstein y Vaclav Havel, el autor analiza las dos variables de la ecuación. Por un lado, el carisma suele ser sinónimo de inteligencia sobrenatural, magnetismo subyugador, llamada del destino a realizar grandes proyectos, a salvar vidas y almas. Como sucedió con el comunismo ruso, el líder carismático llama al pueblo a rendir culto a su personalidad, a tenerle una fe ciega desprovista de razón y libertad.
Por otro lado la segunda variable, no hay líder sin seguidor. Los seguidores del líder carismático se asemejan a un rebaño amaestrado, carente de razonamiento crítico, que delegan su responsabilidad en el personaje, el líder que guiará el destino del pueblo.
Las dos variables no es de sorprender llevan a un paso del totalitarismo. El autor muestra tres referencias estupendas: «el respeto inconsciente hacia la autoridad es el más grande enemigo de la verdad» (Einstein), «lo específico del totalitarismo viene dado por el protagonismo de las masas» (Arendt), «la obediencia a la autoridad, llevada hasta sus últimos extremos, es la mejor contribución al totalitarismo» (Havel).
Frente al liderazgo fundado exclusivamente en el carisma del líder, se afirma que nosotros somos los autores de nuestra propia biografía. Nadie la puede escribir por nosotros, pues «nos pertenece el copyright» (Antonio Marina).

2. Liderazgo maquiavélico

El liderazgo de raigambre maquiavélica se caracteriza por ser situacional y meramente oportunista.
El líder maquiavélico es un excelente retórico que modifica opiniones y criterios de acuerdo con el interlocutor que tiene enfrente: «cambia según soplen los vientos de la fortuna y según vengan las cosas». El autor hace referencia a Helen Deutsch, «Ese supeditarlo todo a la moda como ciencia subordinante le anima a llamar camaleones sociales a los que así dirigen».
Álvarez de Mon sigue el pensamiento del ex presidente e intelectual checo, Vaclav Havel, en varios momentos a lo largo del libro: «la política debe ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad más que una necesidad de estafar o destruir a la comunidad. Enseñemos a los demás y a nosotros mismos que la política no puede ser el arte de lo posible, especialmente si lo posible incluye el arte de la especulación, del cálculo, de la intriga, de los negocios secretos y de la pragmática manipulación, sino que debe ser el arte de lo imposible, el arte de mejorar el mundo y a nosotros mismos».

3. Liderazgo paternalista

Este liderazgo se caracteriza por poner al frente a los mejores, más sabios, capacitados y honrados. Hombres honestos, trabajadores e inteligentes, a la altura de la misión a la que parecen estar llamados. Sin embargo, aunque los líderes paternalistas gocen de perfección moral y técnica el esquema favorece la pasividad y el escaso protagonismo de los subordinados.
El liderazgo paternalista, pese a sus buenas intenciones, yerra al impulsar la comodidad, el conformismo, la falta de compromiso, la irresponsabilidad, y genera una sociedad sumisa, obediente, a la que le gusta pensar poco. En pocas palabras, adormece el espíritu crítico, reflexivo y transformador, favorece que los hombres sean como niños.
El pensador alemán Immanuel Kant, en ¿Qué es la Ilustración?, decía que la característica principal de una sociedad no ilustrada era el paternalismo al que se sometía voluntariamente. Por eso, según Kant, el lema de la Ilustración podía resumirse en la siguiente frase: «¡Atrévete a pensar por ti mismo!». La sociedad ilustrada se emancipaba del paternalismo de su gobierno, llegaba a la «mayoría de edad».
Álvarez de Mon, en su análisis, se aproxima a esa crítica kantiana, y propone una sociedad despierta, abierta al cambio y emancipada. Una sociedad, en suma, que se atreva a pensar por sí misma y a ser artesana de su futuro.

LIDERAZGO Y VALORES

Todavía queda por descubrir qué es verdaderamente el liderazgo y qué valor añade el líder frente a los tres antiliderazgos planteados.
Para Álvarez de Mon, «el liderazgo, o es una cuestión de muchos profesionales y personas diligentes, honradas y comprometidas que se deciden a protagonizar y conducir sus vidas y carreras, o estamos en mal camino».
En resumen, el liderazgo es un desafío que nos obliga a todos. No implica movilizar a la sociedad según nuestros propios intereses ni resolver los problemas a las personas sin su intervención. Más bien, significa influir en ellas para que los afronten.
Algunas características esenciales del verdadero liderazgo:

  1. Es plural, pues no hay liderazgo sino liderazgos. No debe confundirse con la cúspide de la organización, sino ser asumido por todos desde el sitio que les corresponde.
  2. Es múltiple, lo que permite salir al paso de la supuesta imprescindibilidad del líder. El liderazgo per se es prescindible. El verdadero líder trabaja por romper ataduras y dependencias esclavizantes y procura transformar al seguidor en una persona libre e independiente.
  3. Es un proceso dinámico de dirección, el líder no es un personaje omnipresente y perfecto que siempre acierta.
  4. El liderazgo se estructura en tres niveles. Primero, el líder debe ser una persona profesionalmente capaz, que gobierna arropado por la influencia del saber y la magistratura de las ideas. Segundo, posee las habilidades adecuadas para coordinar y aunar el esfuerzo de los equipos humanos; por lo que es una persona abierta y dispuesta al diálogo cooperativo. Tercero, el líder debe ser un explorador de los grandes secretos de la humanidad, este último nivel es de carácter moral.
  5. En palabras del autor, «el líder ha de tener tres, cuatro o cinco convicciones profundas y personales sobre lo que requiere una vida humana digna y plena. Son sus asideros para caminar, sus raíces para volar. A partir de ellas, relativizará lo demás, regalará tolerancia y humor, dialogará sobre todo y con todos».
  6. El líder ha de descubrir e identificar valores preexistentes para favorecer que afloren a la superficie y ejerzan una sana influencia sobre el tejido social. Siguiendo las enseñanzas de Gandhi: «el líder es un pedagogo popular que imparte sus lecciones en el aula magna de la vida. No ansía perpetuarse en su gloria y poder sino que sueña con un pueblo libre y preparado que se enfrente de manera resuelta a sus problemas. En lugar de provocar y pulsar lo peor del ser humano, tentación fácil y demagógica de tantos y tantos «líderes», un líder de verdad viene a ser «el poeta que sabe llamar con voz potente lo bueno que late en el corazón del hombre».
  7. El líder tiene un compromiso inquebrantable con la educación en valores.
  8. Y quizá la característica más importante que recorre todas las páginas de El mito del líder: «Liderazgo es ante todo una lección personal, nadie la puede estudiar por mí. Me pueden comprar los libros, facilitar una mesa, contratar un maestro, darme vitaminas apoyos que agradezco, pero al final el diálogo profundo se sostiene entre la vida, la asignatura a superar y el discípulo, cada uno de nosotros en nuestra poquedad y maravilla».

Por último, cabe mencionar la contundente y bella conclusión de Álvarez de Mon, que reitera en el último párrafo el argumento central de la obra: «Ser persona, ejercer de propio líder, exige enamorarse de la realidad y buscar en ella la verdad de las cosas, de los acontecimientos, de las relaciones humanas. ¿Propuesta agotadora? Sí, nadie lo niega, pero la alternativa, dimitir de nuestra condición, abdicar de nuestra esencia y dejar que otros nos gobiernen, los pseudolíderes, es además de aburrido, un proyecto irresponsable y peligroso. Demos, por tanto, carpetazo al mito irrealista e infantil, al hechizo embriagador de tanto liderazgo, y realicemos la posibilidad de la auténtica “utopía”, aquella que ansía construir una convivencia social asentada sobre personas que realmente ejerzan su noble condición».

ARTÍFICES DE NUESTRO DESTINO

Cuando la Segunda Guerra Mundial apenas iniciaba y la persecución a los judíos aún no era tan rabiosa, sir Karl Popper el famoso pensador judío austríaco huyó a Oceanía. En ese período se dedicó a redactar una de las obras más importantes del pensamiento político y social del siglo XX: La sociedad abierta y sus enemigos.
Popper acérrimo defensor de la libertad humana atacaba a todo sistema político, social y teórico, que colocara barreras al libre pensamiento y asociación, pero, sobre todo, a toda postura determinista que sostuviera que el ser humano no es libre y, por tanto, responsable de sus actos.
Para Popper, algo esencial en cualquier sociedad abierta y libre es la responsabilidad, que sólo nos viene dada por nuestra libertad. En este sentido, «libertad» y «responsabilidad» son realidades que se autoimplican.
Una de las conclusiones centrales de Popper se acerca mucho a las de Álvarez de Mon: «nosotros somos los únicos artífices de nuestro destino», dice el austríaco, a lo que el autor bien podría agregar: «por ello, el liderazgo es una aventura personal y solitaria que compete a cada ser humano por el simple hecho de serlo».
Por último, leyendo El mito del líder, me sorprendió una de las tantas referencias literarias y eruditas del autor en que cita al trascedentalista Ralph Waldo Emerson, uno de los más grandes y subestimados pensadores que haya legado Occidente al mundo. En su ensayo Self-Reliance (Autoconfianza), dice el norteamericano: «Nada puede darle la paz sino usted mismo. Nada puede darle la paz sino el triunfo de los principios». Quizá el sentido entero de El mito del líder puede resumirse en estas palabras de Emerson. Una máxima tan evidente, pero tan difícil de llevar a cabo.

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