Eros: El verdugo de la humanidad

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All you need is love

John Lennon y Paul McCartney, 1968
«La política, como la vida y el amor, es transacción»
Tulio Hernández Gómez

CUPIDO, BESTIA FEROZ

Afrodita fue la diosa griega del amor, de ahí el término «afrodisíaco» tan de moda en esta «era del viagra». Los romanos la veneraban con el nombre de Venus, de donde se deriva el adjetivo «venéreo». Su hijo fue Cupido, conocido entre los helenos como Eros (añadir, «de donde erótico» sería una ofensa contra el culto lector). El inmortal hijo portaba un arco y un carcaj repleto de flechas. Con ellas hería a mortales e inmortales haciéndoles sufrir la enfermedad del enamoramiento. Quien es flechado por Cupido se vuelve obsesivo, nostálgico, subjetivo, taciturno, melancólico, susceptible. El corazón late con fuerza, el pulso se acelera, las manos tiemblan, el insomnio acosa, las lágrimas abundan. El enamorado no es dueño de sí mismo. «El hombre… es un ser que se mueve hacia el otro y está destinado hacia el otro, para encontrarse verdaderamente a sí mismo, en la auténtica donación» (Ratzinger, En el principio creó Dios).
Los griegos temían los caprichos de Afrodita y su vástago arquero. De nada valía la condición social contra las saetas del amor. Cupido no distingue entre pobres y ricos, dioses y hombres, nobles y plebeyos.
Todos son sus víctimas. Sobre la princesa Psique pesaba una profecía del oráculo de Apolo. La hija del rey se casaría con un monstruo feroz, torturador de dioses y mortales. Por si fuera poco el vaticinio, la belleza de la desdichada despertó la envidia de la frívola Venus. La veleidosa diosa ordenó a Cupido atacar a Psique para desatar la predicción. Voló Eros y en lugar de disparar a la doncella, cayó locamente enamorado de su víctima. El divino mancebo desobedeció a su madre. Eros ocultó a su pareja en un espléndido palacio. Cuando Afrodita se enteró, enfureció.
Todas las noches acudía el divino amante a visitar a Psique. Por aquello del destino, Eros prohibió a Psique investigar la identidad de su nocturno compañero. La princesa recordó el augurio. ¿Por qué aquel secreto? ¿Por qué se escondía el amante en las sombras de la noche? Supuso la infeliz que compartía el lecho con una horrenda criatura. No soportó la duda. Mientras Cupido dormía a su lado, Psique alumbró con una lámpara de aceite el rostro de su amado. Descubrió su identidad. Presa del asombró, dejó caer una gota sobre la espalda desnuda de Eros. El dios despertó airado y abandonó a la mujer.
Psique vagó triste en busca de su antigua pareja. Durante el desconsolado peregrinaje, Afrodita la capturó. La voluptuosa diosa la hizo esclava. Psique sufrió toda suerte de humillaciones y maltratos. Final feliz: Cupido se apiada y la rescata. Los dioses del Olimpo aprobaron el matrimonio y, por excepción, obsequiaron a Psique la gracia de la inmortalidad. La fuerza del amor fue premiada con don tan singular.
Incluso un tipo tan soez como el novelista Michel Houellebecq, elogia el amor: «En medio de la gran barbarie natural, los seres humanos han conseguido a veces, pocas, crear pequeños lugares cálidos que irradian amor. Pequeños espacios cerrados, reservados, donde reinan el amor y la subjetividad».
El sacerdote de Apolo Délfico acertó. Psique se casó con un monstruo que martiriza a dioses y mortales. Romeo muere por Julieta. Ofelia enloquece por Hamlet. Los celos obnubilan a Otelo. Marco Antonio sucumbe ante los encantos de Cleopatra. Madame Bovary engaña a su marido. Ana Karenina abandona a su pequeño hijo para cohabitar con un oficial del Zar. El Príncipe de Gales abdica por una plebeya norteamericana y se contenta con ser Duque de Windsor y Niurka deja a Juan Osorio «en aras del amor».
AMOR IGUAL A DESMESURA
La reproducción en general el amor humano en particular es una de las fuerzas más misteriosas y poderosas de la naturaleza. Los griegos y otros pueblos de la antigüedad tributaron culto a los símbolos de la fecundidad humana y la fertilidad de la tierra. El falo aparece en los ritos de Dionisio, dios del vino, y de Deméter, diosa de la agricultura. Los festivales dionisiacos se inauguraban con una procesión fálica. Las colonias atenienses enviaban esculturas de falos al festival, así como hoy se mandan coronas a un funeral. El comediógrafo Aristófanes narra las picardías suscitadas por estas costumbres. Sin embargo, el ritual era profundamente circunspecto y grave. El teatro trágico se origina en estas fiestas. Sin las solemnidades dionisíacas, Esquilo, Sófocles y Eurípides no hubieran escrito sus célebres obras.
El enamoramiento es irracional y disminuye la libertad. Los enamorados, obcecados por su unión, se olvidan del mundo y sus leyes. Tarde o temprano la realidad cobra la factura. Amor y destino son dos elementos misteriosos en los griegos. El amor es trágico. Enamoramiento y carnalidad están bajo el patronazgo de Dionisio y de Afrodita. Ena-moramiento y embriaguez son un tipo de locura. El éxtasis del borracho y del enamorado escapa a la severidad racional. El teatro griego intenta desentrañar la hybris, la falta de mesura del destino, del amor, de la embriaguez, de la demencia.
La impertérrita Atenea se yergue contra Dionisio y Afrodita. Atenea Partenos, la virgen del Partenón, es diosa de la razón, protectora de las artes. Su símbolo es la lechuza, ave sagaz y circunspecta que caza de noche. El búho descubre a Eros escondido en las tinieblas. Atenea no cae en las redes del amor.
UNA FIESTA EQUÍVOCA
Al comenzar la primavera, los griegos celebraban otro festival: las Afrodisias. Como en las fiestas en honor de Baco, durante las Afrodisias las reglas racionales se rompían. La celebración permitía y auspiciaba el libertinaje sexual. Los devotos veneraban a Afrodita en catres de mancebía.
Cuando Roma conquistó Grecia, Afrodita se convirtió en Venus. Los rituales también se adoptaron. Hacia el 15 de febrero, los jóvenes romanos sorteaban los nombres de jovencitas para fornicar con ellas en honor de las divinidades. Es probable que San Valentín martirizado un 14 de febrero del siglo III d.C. y otros sacerdotes contribuyeran a desterrar liturgia tan lasciva. Se cuenta que en lugar de sortear doncellas, se ganaba un papelito con el nombre de un santo protector. Seguramente muchos jóvenes se disgustaron con la novedad. Ignoro cómo, pero la iniciativa cristiana prosperó. Durante siglos, el 14 de febrero fue una fiesta católica. San Francisco de Sales, obispo de Ginebra, por ejemplo, la difundió en su diócesis en el siglo XVI.
Empalmar un motivo cristiano sobre uno pagano es una estrategia de la Iglesia Católica. Las pirámides mesoamericanas están debajo de iglesias coloniales. El culto prehispánico a los muertos es absorbido por la conmemoración de «Los fieles difuntos» y «Todos Santos». San Patricio, patrono de Irlanda, conoció las costumbres druidas y fray Bernardino de Sahagún estudió y transcribió la cosmogonía náhuatl para facilitar la evangelización de los amerindios. Nada de extraño tendría que la tradición sobre san Valentín y el cambio de juego fuese verdad.
En el Norte de Europa confluye otra tradición: el día de San Valentín los jóvenes sajones se comprometían. Relata Geoffrey Chaucer (1340-1400), autor de los Cuentos de Canterbury, que el motivo de esta costumbre era la creencia popular de que este día los pájaros comenzaban a buscar pareja. En el fondo, el 14 de febrero merodea la primavera, cuando la naturaleza resucita de las nieves y el frío.
La ciudad de Roma está sembrada de catacumbas. Una de ellas es la de San Valentín que abre sus puertas sólo el 14 de febrero, cuando el clima del Lacio es incierto como el amor humano.

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