Madame Bovary

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Madame Bovary
Gustave Flaubert
Novela
Tusquets. Barcelona, 2004. 394 págs.

«No es el mundo de la burguesía, sino algo más ancho, que cubre transversalmente a las clases sociales, lo que madame Bovary convierte en materia central de la novela: el reino de la mediocridad».
Vargas Llosa define así, con tino de cirujano, la esencia de uno de los relatos más estremecedores del siglo XIX, la madre de novelas encumbradas como El extranjero o La náusea. Y es que leer Madame Bovary es, en buena parte, recorrer el universo gris del hombre sin cualidades.
La famosa antiheroína de Flaubert resume las notas de la mujer moderna: culta, intelectualmente capaz, con aspiraciones que rebasan el blanco de la cocina, ávida del mundo, bella e insumisa hacia los estereotipos de lo masculino y femenino.
Sin embargo, Emma Bovary vive en esa hostilidad de lo anodino, al lado de un esposo antagónico hasta la crueldad, en un pueblo de la campiña francesa donde todos están conformes con todo y la ignorancia tiene carácter de esencial.
Ahí radica la tensión dramática de la novela: una hermosa mujer, rebelde e inteligente, vive en un ambiente rural y fanático —un microcosmos que replica la sociedad de la época— que amenaza con dar fin a los sueños del género humano.
Era lógico el alubión de injurias cosechadas por la novela: un interminable proceso judicial contra Flaubert, la ira de las mujeres y el rechazo general de la crítica para quien Emma Bovary no era más que una descocada y arribista.
Sediciosa, la novela fue objeto de culto durante décadas. Hoy, es un clásico al que vale la pena volver, ya sea por la impecable calidad literaria o por su fina sátira del ridículo conformismo humano.

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