El arte de perder el tiempo: Carpe diem

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La adolescencia es una enfermedad, un estado patológico del que algunos no todos logran salir. A diferencia de la varicela y las paperas, puede repetirse. La llamada «crisis de los cuarenta» es una recaída. Una de las pocas virtudes de los adolescentes es que saben «perder el tiempo». Time is gold, sentencian los gurús de la Adminstracion. Y es cierto, porque es oro, dinero, hay que saber gastarlo. El avaro es una figura ridícula; amasa grandes fortunas para vivir como pordiosero.
Los antiguos llamaban «magnificencia» a la virtud de ser espléndidos; los medievales, liberalidad. Sus vicios opuestos son la mezquindad y la tacañería. La magnificencia no invita a tirar el dinero estupidamente, sino a gastarlo con tino y concierto.
Igual sucede con el tiempo. Leí un artículo de «superación personal» de 1965. El autor explica que si dedicamos una hora diaria a un hobby, durante un año acumularemos más de 45 jornadas completas de 8 horas. «¡Caray! pensé eso no es hobby, es trabajo». Me recordó a un catedrático quien en el prólogo de un libro explicaba: El texto que el lector tiene en las manos fue escrito aprovechando los cinco minutos que mediaban entre mi llegada a casa y el servicio del almuerzo. Leibniz descubrió el cálculo durante los trayectos del carruaje entre Alemania y Francia.
Seré franco. Mi alegato clama por ser liberales con el uso del reloj, la agenda electrónica, y todos esos chunches creados por la sociedad civilizada. Carpe diem!
La vida es para vivirse. Aristóteles y todos los griegos advirtieron que lo propio del ser humano eran las actividades racionales y espirituales, entre ellas el cultivo de la amistad. El esclavo en la polis antigua trabajaba para que sus amos pudieran dedicarse a «perder el tiempo». La etimología latina de necotium es elocuente; el «negocio» es la negación del ocio, el nec otium. Ocio es la actividad del hombre libre; en griego se le llamaba skolé. El siervo trabaja para conseguir el pan diario. Lava, barre, se afana en los asuntos. El ciudadano se dedica a la política, a las letras, al deporte, a las fiestas, al teatro, a la poesía, a la religión.
Aprendamos a perder el tiempo. El primer y gran problema es que sólo se puede perder lo que se posee. Los obreros, campesinos, desposeídos, carecen de ese precioso recurso y no pueden perderlo. La paradoja, es que los ejecutivos, los ricos, poderosos, tienen suficiente dinero para no trabajar, y no saben perder el tiempo. Si les sobra algo lo invierten en más empresas. Es la maldición que lanzó Octavio Paz (cito de memoria): el dinero crea desiertos infinitos.
El novelista alemán Michael Ende es sagaz. Los hombres grises de su novela Momo son ladrones de tiempo. Agentes de la caja de ahorros del tiempo, esos hombrecillos de gabardina y cigarro, enseñan a los humanos a optimar recursos. Explica uno al peluquero Fusi: Se trata, simplemente, de trabajar más deprisa, y dejar de lado todo lo inútil. En lugar de media hora, dedique un cuarto de hora a cada cliente. Evite charlas innecesarias. La hora que pasa con su madre la reduce a media… Deje el cuarto de hora diario de reflexión, no pierda su tiempo precioso en cantar, leer, o con sus supuestos amigos. Por lo demás, le recomiendo que cuelgue en su barbería un buen reloj, muy exacto.
Los adolescentes son dueños de su tiempo a diferencia de los niños y tantos adultos. Son despreocupados y olvidan el mañana. Viven el hoy. Ponderan la amistad y no dudan en pasar horas en compañía de otros sin hacer nada. ¿No es encantador? La melancolía, la crítica, la introspección, y la creatividad aparecen en la adolescencia. Sólo quien pierde el tiempo se distancia del mercado. Comete la grave falta administrativa de derrochar ese recurso irrecuperable: el tiempo.
¿Cómo perder el tiempo en la gran ciudad? Entrar a una librería y hojear los textos, mirar las fotografías y salir transcurridas dos horas con una bagatela. Ir de shopping a un centro comercial: probarse trajes, chamarras, suéteres Tras husmear por todos los escaparates, afirmar con desenfado: «sólo estaba mirando». Comprar media docena de chocochips y salir tan campantes. Caminar por San Ángel o Coyoacán una tarde nublada (sin llevar tarjeta de crédito, por aquello de los asaltos). Entrar a un mercado y oler las frutas, buscando, en vano, medio kilo de capulines. Buscar entre los puestos de flores orquídeas baratas para la novia y decidirse al final por una docena de claveles. Abrir una botella de vino en compañía de dos amigos (no más) y hacer como si supiéramos catar. Releer por quinta ocasión y de un tirón Cianuro espumoso de Agatha Christie. Colgarse en una hamaca, el mar al lado, y leer a Pellicer con el pretexto de penetrar el Geist tropical del poeta Contemporáneo. Asistir a la inauguración de la exposición de un pintor de quien nada sabemos y observar sus óleos como con paciencia. Tomar un café con un colega y decidir si Goethe debió de haber escrito Las cuitas del joven Werther. Reunir firmas para solicitar a la Academia de Suecia que se otorgue el Nobel post mortem a Borges. Sentarse en una playa solitaria y esperar el ocaso del sol. Perder el tiempo es un arte.
Recuerdo, no sin nostalgia, mis años de adolescente. Terminadas las clases, iniciaba el «verano», un eterno fin de semana salpicado por alguna excursión, un par de días en la casa de campo de algún condiscípulo, aquellas tertulias interminables en Vips, películas aburridas, il dolce far niente de la pequeña burguesía decente.
Sólo una niña, Momo, descubre la trama de los hombres grises en el libro de Ende: Sólo mientras nos mantegamos desconocidos podremos hacer nuestro negocio… un negocio difícil, sangrarles el tiempo a los hombres hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo… porque todo el tiempo que ahorran lo pierden… nosotros nos lo quedamos… lo almacenamos… lo ansiamos… ¡Ah no sabéis los que significa vuestro tiempo!
Resulta curioso, pero la novelilla Momo me emocionó cuando regresé de doctorarme en Europa. Allá conocí personajes, de esos que reciben previa cita, y programan agendas hasta por 4 años, funcionarios con secretarios adiestrados para impedir cortésmente una comida prolongada, ejecutivos que trabajan durante un paseo en auto. Caballeros con listas de números teléfónicos y direcciones electrónicas, sin nombres de amigos. Te felicitarán el día de tu cumpleaños, porque la politesse está en su programa.
Quizá por ello admiro a dos profesores, sabios e importantes, recientemente fallecido el más viejo, alemán, para colmo. Ambos, reconocidos, premiados, multilingües, con escoltas y chofer. Tipos importantes, capaces de salir a caminar sin previo itinerario, tomar una cerveza a medio camino y dormir una siesta.
Un hombre gris recrimina a Momo: ¿De que les sirve a tus amigos el que tú existas? ¿Les sirve para algo? No. ¿Les ayuda a hacer carrera, a ganar más dinero, a hacer algo en la vida? Decididamente no. ¿Los apoyas en sus esfuerzos por ahorrar tiempo? Al contrario. Los frenas, eres como un cepo en sus pies, arruinas su futuro. Puede que hasta ahora no te hayas dado cuenta de ello, Momo, pero lo cierto es que, por el mero hecho de existir, dañas a tus amigos.
Releí estas líneas hace poco. Soy cursi. Mi maestro, mi amigo, murió casi en mis brazos, en vísperas de un viaje a San Sebastían para ver las esculturas de Chillida y beber algo en La Concha. Era el verano del 2000. Herr Professor perdió el tiempo conmigo, no porque yo le enseñara a hablar castellano; era diestro en la lengua de Cervantes. Sencillamente se divertía. Y yo con él. Bebimos Aquavit en Münster, cerveza en Frankfurt, Eiskaffe en Düsseldorf, hicimos planes descabellados para visitar Praga con ocasión del arte abstracto, hablamos, del republicanismo, y de Hegel y de Tolstoi y de Aristóteles. Viajó a Chicago a visitar a una colega sin previo aviso. No la encontró. Y no se contrarió.
Herr Professor dedicó sus últimos años a estudiar el tiempo y la eternidad. Fue entonces, cuando grave y mayor, el catedrático alemán me adoptó para que perdiéramos juntos el tiempo. No fue coincidencia. Es preciso que la búsqueda de la verdad sea a su vez verdadera; la búsqueda verdadera de la verdad desplegada, cuyos miembros dispersos se reúnen en el resultado. Karl Marx. O más vulgar, «el ocio es la madre de una vida padre».

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