Guillermo Cabrera Infante: literatura en 8 milímetros.

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1825

Nadie amó el cine como Guillermo Cabrera Infante. El idilio acabó hace poco, el 21 de febrero de 2005, día de su muerte en Londres, donde vivió durante 40 años, en el número 53 de Gloucester Road, en el aparatoso barrio de South Kensington.
Su rompimiento con el régimen castrista lo obligó a exiliarse en 1965. De una isla a otra, de la neblina política a la neblina atmosférica, nunca volvió a La Habana ni a Gibara, ciudad donde nació el 22 de abril de 1929.
En fin. El asunto es que, desde que era infante, este cubano se entregó al cine con fervor vocacional. «En mi pueblo cuenta, cuando éramos niños, mi madre nos preguntaba a mi hermano y a mí si preferíamos ir al cine o a comer con una frase festiva: ¿cine o sardina?. Nunca escogimos la sardina». Ahí, por encima del hambre y por encima del hombre, estaba el séptimo arte.
Pero, exiliado a fin de cuentas, siempre se dijo que la obsesión de su narrativa era Cuba, la mítica isla cuyo gobierno comunista le arrebató patria, nacionalidad, etcétera. Las entrevistas, obviamente, giraban alrededor de su vida fuera de la isla caribeña: qué opina de Fidel, qué opina del comunismo, qué se siente ser un paria, esto y lo otro y murió sin que nadie le preguntara por el cine.
Y, claro, luego de interrogatorios tan banales, sólo había una conclusión necesaria y vulgar: «el exilio confesó alguna vez a un reportero de poca monta me ha hecho perder mi lector natural que es, por supuesto, un cubano y si es posible un habanero. Y eso ha sido para mí un conflicto porque mis libros están prohibidos en Cuba». Pero no, su manía era el cine y ahí están sus libros que lo comprueban.
Lo que pasa es que hace falta hundirse en las páginas de sus cuentos, de sus novelas y esto es esencial de sus ensayos. A menos que fuera a través de una petición expresa, Cabrera Infante no escribía artículos de otro tema que el cine. Es que era muy amable para decir que no a un editor necio: escriba de Cuba, hombre, por la libertad. El escritor se arrellanaba en su mullido sillón londinense, apretaba el teléfono pensando «es que yo sólo quiero al cine» y, luego de aflojar los dientes e incorporarse, concedía «muy bien, de Cuba entonces, hasta luego».

DEFENDER EL CINE ENTRE «INTELECTUALES»

A la fecha, salvo casos excepcionales, el privilegiado mundo de la intelectualidad ve con malos ojos al cine y a la televisión, por indignos y populacheros, porque carecen del refinamiento de la literatura.
En algún lado, Cabrera Infante recuerda a «un poeta catalán, una columna dorsal de esta cultura en ese tiempo, diciéndome con desprecio al convidarlo yo al cine: nunca voy al cine».
Parece que en cada palabra gritara que el valor del cine es, como el de la literatura, testamentario, es la memoria de la humanidad, es lo que va a quedar. El reclamo textual dice así: «ahora es posible oír a otro prohombre de la cultura, decir, repetir como un eructo: Yo no veo televisión. Pues bien, ¡él se lo pierde! Como se perdían otros antes el cine».
A los 22 años, su amor nutricional por la pantalla de plata cobró vida en la Cinemateca de Cuba, que fundó en 1951 y dirigió hasta 1956. Ahí proyectó memorables filmes franceses e italianos y forjó un acervo cinematográfico envidiable hasta que la revolución devino en un aquelarre absurdo a manos de Fidel Castro y el niño que nunca optó por la sardina emigró a Europa.
De la zaga revolucionaria y la oposición a Batista, Cabrera Infante pasó a la delantera libertaria y renegó de su pasado comunista hasta convertirse en uno de los detractores más insistentes del régimen de Castro, quien le quitó la patria potestad sobre la cinemateca cubana, nacida oficialmente en 1960 bajo los auspicios del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).
Su apasionada defensa del cine ante la «alta cultura» lo convirtió en un experto. Devoraba películas. Igual sabía de David Lynch que de Orson Welles, de Casablanca que de Reservoir dogs, igual de Melanie Griffith que de Zsa Zsa Gabor.
Porque en el cine encontraba lo mismo que en la literatura: la narración de historias deslumbrantes, el descubrimiento de ese mundo que, cuando niño, lo separó afortunadamente de su reducido cosmos adolescente: «Estudiando bachillerato, cuando sólo me conmovía la práctica del baseball y una o dos muchachas que pasaban tan lentas como para que las aprehendiera mi ojo ubicuo, oí a un profesor que era un pedante elitista, pero que amaba la literatura cuya historia repetía con su palabra prolija».
El maestro pedante hablaba de cuando Ulises vuelve a Ítaca y sólo es reconocido por Argos, su fiel perro. A partir de entonces, la vida de Cabrera Infante cambió, se olvidó de la pelota y dejó que los libros hicieran el resto. Lo más grave fue descubrir que un muchacho como él, beisbolero y de arrabal, pudiera llevar bajo el brazo y posar delante de sus ojos un libro como la Odisea. Y de ahí, otra conclusión lapidaria: la cultura es de todos. El cine y la televisión son tan medio para transportar historias como el teatro y la literatura. Punto.

LITERATURA + MOVIMIENTO = CINE

Amante de hacer travesuras con su prosa efervescente, toda la obra de Guillermo Cabrera Infante es un intrincado juego de malabares lingüísticos y sustanciosas metáforas. La primera línea de su cuento «El fantasma del Cine Essoldo» es buen ejemplo de su ingeniosa narrativa: «La L de Londres viene y va de laberinto: la ciudad es de veras un enorme dédalo de calles y de nombres». El protagonista del cuento, claro, no es el fantasma, sino la sala de cine.
En 1997, España reconoció la calidad y el valor de su literatura y le otorgó el Premio Cervantes. No era un escritor atractivo sólo por su exilio y su pasión desbordada por el cine o por ser amable con los reporteros; era, con todas sus implicaciones, un narrador implacable y original, fuera de la norma.
Es el miembro discreto de la engolada generación del boom, dueño de una narrativa ingeniosa que supo alejarse de los lugares caducos del manido realismo mágico. De la mano de su amor al cine, su literatura transpira el perfume del escritor que aún tiene algo por decir, no el tufo del redactor de pasajes reciclados.
Uno puede leer Tres tristes tigres, su novela de 1964, y luego adentrarse en Ella cantaba boleros (1996) y descubrir, con gusto, la paradoja de un escritor que es el mismo y ha cambiado.
Para Cabrera Infante no había diferencias entre cine y literatura más que el movimiento. Sobre la metamorfosis de Gregor Samsa que escribió Kafka, apunta: «no es un sueño ni una pesadilla sino una película de horror cómico como El gato y el canario en el gueto».
Y así, desde su narrativa plagada de prestidigitaciones e inteligencia, Cabrera Infante abre los horizontes culturales de quien se resiste a ver en el cine (y la televisión) el arca donde la humanidad ha empezado a prolongar su memoria.

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*Editor de profesión y amante de las letras por ocio o necesidad. Ha sido siempre un lector insaciable y crítico de todo género.

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