¿Culpable o inocente?

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EL DICCIONARIO DE LAS CULPAS

Hace algunas semanas fui invitado a un programa de radio. El tema era la gula y querían, eso creía yo,  que hablara de ella desde el punto de vista literario. Cuando llegué al programa, descubrí que también habían invitado a una psicóloga, especialista en trastornos de la alimentación. Era una especie de mesa panel.
Durante una hora, ella insistió en abolir la palabra culpa y la palabra pecado del diccionario, al menos de su diccionario personal. Es verdad que el sentimiento de culpa y de auto desprecio deterioran la personalidad de quienes padecen enfermedades como la anorexia y la bulimia. Hay que recordar que la baja autoestima juega un papel perverso en varios tipos de enfermedades.
Pero fue tal la insistencia de la psicóloga en que no existía la culpa ni el pecado, que el conductor comenzó a bromear a costa de ella y terminó por dar a los radioescuchas el número telefónico de la interesada. «Al fin y al cabo, ella es guapa y no siente culpa», dijo maliciosamente al aire.
Me contuve, pero me hubiese gustado preguntarle a la psicóloga si un pederasta, un narcotraficante, un genocida o un político corrupto deben sentir culpa y remordimiento. Ignoro cómo me hubiese respondido. Yo, por lo pronto, pienso que los pederastas suelen ser enfermos peligrosos y los políticos corruptos, delincuentes incurables. Estos tipos cometen acciones malas, aunque, dependiendo de su estado mental, puedan ser más o menos culpables de ellas.

DISCULPE USTED

Desde principios de siglo XX, la humanidad huye del concepto de culpa. Aborrecemos reconocernos culpables. La responsabilidad personal amenaza con desvanecerse en un mar de dis-culpas psicológicas, fisiológicas, sociales y metafísicas.
Comprendo perfectamente esta reacción. Desde que me diagnosticaron el colesterol alto, los tacos de carnitas y el jamón serrano se han sumado al largo catálogo de mis pecados personales. Como todo mundo, la paso mal con mis deberes y obligaciones. El sentimiento de culpa puede ser, en efecto, destructivo.
He visto cómo este sentimiento carcome la personalidad de muchas personas, en especial entre católicos y adolescentes. En ocasiones, la educación religiosa se centra en el cumplimiento de una larga lista de deberes y sus correspondientes castigos por incumplimiento, con particular atención en materia sexual y litúrgica. Lamentablemente, ciertas malas interpretaciones del cristianismo devinieron opresión de las conciencias. San Josemaría Escrivá de Balaguer criticó tal clase de educación. No le faltaba razón.
No sé qué sea peor, si el énfasis indebido en el sentimiento de culpa, o la pretensión de abolirlo. Me inclino a pensar que lo primero y, por eso, la humanidad recibió al doctor Freud como un liberador de la conciencia, una especie de héroe cultural.

LA MUERTE DEL ALMA

La culpa mal asumida destroza el alma. Fácilmente se pasa del reconocimiento de la culpa al desprecio de la propia persona. Las personas responsables y obsesivas deambulan en una peligrosa pendiente que va de la aceptación de la culpa por una acción concreta, a la auto denigración. Del «rompí mi dieta y me comí un helado» al «soy un irresponsable, una piltrafa inmunda, escoria de la humanidad».
Cada una de nuestras acciones inciden en nuestra personalidad. Cargamos con ellas a cuestas; se incrustan en nuestro carácter. No podemos ser ingenuos y suponer que las acciones culpables no nos moldean. ¡Claro que sí! Pero de ahí al desprecio de la propia persona hay un gran paso. Nosotros somos algo más que esas acciones.
El sujeto maduro reconoce sus errores y aciertos, sus debilidades y fortalezas, sus malas y buenas acciones. La culpa le lleva a asumir su responsabilidad, a reparar el daño y a prevenir. Cerrar los ojos ante el daño no remedia nada. La realidad se impone. Si bebí en exceso y ofendí a un amigo, de poco me servirá negarme a evaluar mi borrachera diciendo «¡Ay! Equis, una borrachera».
Aristóteles hizo una advertencia. El hombre prudente no delibera sobre el pasado, ni sobre lo imposible, ni sobre lo que no depende de él. Carece de sentido que escarbemos en nuestras culpas pasadas. Como dice la canción, «ya lo pasado, pasado». Compongamos lo que tenga arreglo, prevengamos lo que podamos remediar, no carguemos con responsabilidades ajenas y, en cualquier caso, conservemos todo en su justa medida (a veces la justa medida es alarmarnos, a veces, serenarnos).

CULPA Y TRISTEZA

La pasión más peligrosa, escribió Tomás de Aquino, es la tristeza, pues ella impide las obras buenas. Una persona triste deja de emprender acciones en favor suyo y de los demás. El sentimiento de culpa -el enfermizo- lleva a la tristeza. La culpabilidad patológica, mucho más común de lo que se piensa, arranca la esperanza y confina a la mente en un calabozo oscuro. Ahí, el reo se dedica una y otra vez a pensar en esas acciones desacertadas y miserables.
Los engranes interiores de ese tipo rechinan y, eventualmente, truenan. Escupirse a sí mismo, restregarse una y otra vez sus defectos -supuestos o reales- agota la psique. Atenta contra el instinto de conservación. Tarde o temprano, la persona se rebela contra ese sentimiento de culpa: ya no quiere saber nada de la moral, ni de la religión, ni de la ética. El mecanismo de defensa es pendular; de la culpabilidad obsesiva se pasa a la amoralidad. Ahora se niega a evaluar moralmente sus acciones y pretende que todas dan igual: «Ay, Equis», se convierte en su cantaleta. «¿Cómo te fue?: Equis». «¿Qué hiciste?: Equis». «¿Cómo te portaste?: Equis». El alma atribulada por la culpa busca refugio en la indiferencia, en una cierta apatía moral.

UNA COSTOSA LIBERACIÓN

Esta aparente liberación trae aparejada una consecuencia nefasta. Si desaparece la culpa, desaparece también el perdón. Cuando un individuo no reconoce la culpabilidad como un elemento más de la acción humana, ha perdido la capacidad de pedir perdón y de perdonar.
El perdón sólo tiene cabida cuando hay culpa. No perdonamos a nuestras mascotas cuando ensucian nuestra sala. Tampoco perdonamos a las fuerzas de la naturaleza cuando destruyen nuestros campos. La naturaleza puede dañarnos y jamás nos pedirá perdón. Ella no es culpable de nada, es, sencillamente, algo natural.
Sin culpa, el perdón es superfluo. Entramos a un callejón sin salida. Anulada la conciencia de culpa, sólo nos queda la arrogancia y la indiferencia. Hemos perdido la capacidad del perdón, y con ella la de cambiar el pasado. Cuando se otorga el perdón, se anula el tiempo.
Olvidamos voluntariamente lo que sucedió y, aunque la memoria de la ofensa acecha, siempre la haremos a un lado, porque esa falta perdonada ya no es real, es una ilusión. Y lo mismo al recibir el perdón.
Imponer a otros el peso de falsas culpas es gravísimo, especialmente cuando se trata de niños y jóvenes. Los verdugos de la conciencia propician una de las peores tragedias, pues encaminan a sus víctimas al olvido de que todos somos capaces de perdonar y de ser perdonados. Y el perdón es, acaso, el consuelo más profundo del que podemos gozar los seres humanos.

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