Humor en tiempos modernos

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Hacer reír fue el primer objetivo de la mayoría de los trucos cinematográficos que hoy conocemos. Después de la famosa Docena del millón, cuando la productora Mutual pagó a Chaplin un millón de dólares por 12 películas, el actor y director londinense mandó construir una escalera eléctrica en el estudio, como aquella que había visto en un gran almacén de Nueva York. Y así, sin guión previo y totalmente convencido de que no tenía idea de qué iba a hacer, comenzó a jugar ante la cámara convirtiendo el mero invento mecánico en un recurso cómico inagotable.
Esta fue la primera vez que se vio en el cine una escalera eléctrica, utilizada después hasta la saciedad en todo tipo de películas de perseguidos y perseguidores.
Móvil mimo, ágil acróbata y divo danzante, el cómico del bigotito, el bombín barato, el chaqué chiquito y el bastón de fina caña se convirtió en uno de los artistas más grandes del cine del siglo; y, ¿por qué del siglo? podría ser de la eternidad del celuloide.
Chaplin pudo haber dicho como hizo algún día Lennon «soy más famoso que Cristo» y no nada más que Cristo, también que Marx o Freud, todos judíos igual que él. El mismo Hitler, cual mimo ario, le había copiado el bigotito y su melancólica comicidad impensada.
Siempre víctima de las circunstancias el schlemiel (palabra yidish o aramea, quiere decir tonto) recurre al humor para sobrevivir. Se trata de tener siempre la última palabra, incluso cuando se es derrotado. Hacer reír para no llorar.
Todo emigrante judío se encuentra atrapado entre su propio patrimonio que no sabe asumir y las tentaciones de la civilización cristiana occidental y puesto que la «alta» cultura norteamericana vive con una continua fascinación por Europa, es muy natural que el judío norteamericano se vuelva hacia una forma de cultura mucho más seductora para él ya que está más cerca de su cuna étnica.

COMICIDAD CON BUEN HUMOR: UN ARTE

Siguiendo el ejemplo de Chaplin, Woody Allen, otro judío en este caso afincado en Nueva York, quien también usualmente escribe, dirige y actúa la mayoría de sus películas, combina en ellas el humor con el pathos aprendiendo la tradición e innovando sobre ella, comprendiendo que en el cine, lo burlesco ya no tiene valor hoy sino como pura referencia.
Para ser eficaz, la risa en la butaca debe pasar por el filtro de la inteligencia; la ausencia de todo mecanismo burlesco en Allen conecta con modelos que él no oculta, como referencias directas a Chaplin y sus problemas con las máquinas. Por otra parte, lo esencial depende aquí menos del valor intrínseco del gag (tapabocas) que de la cultura cinematográfica que al espectador se le supone capaz de reconocer joyas de la cinematografía mundial con ver un solo plano.
A diferencia de Chaplin, quien hacía de los defectos, efectos y de los accidentes, propósito creador, Woody Allen utiliza la parodia en una aproximación intelectual al humor, el humor sin sentido que utiliza nos remite necesariamente a elementos culturales: Freud, el psicoanálisis; Bergman, las películas de terror; los impresionistas, etcétera El recurso cómico más socorrido por Woody Allen es la parodia. Aunque para construir a sus personajes se inspiró en grandes actores, en primer lugar, Charles Chaplin, pero también Harold Lloyd, Stan Laurel, Groucho Marx y Bob Hope, el Woody cineasta prefiere viajar enmascarado; como si para él, el humor sólo pudiera concebirse tras la muralla de la cultura.
En Bananas (1971) por ejemplo, utiliza el típico recurso cómico de comedias mudas: la torpeza y los problemas con aparatos y máquinas. El personaje de Allen (Felding Mellish), está inspirado en algunos personajes que ya existían, el vagabundo de Chaplin y el ingenuo llorón de Stan Laurel, que Woody Allen combina con la inteligencia de Groucho Marx. Habla de filosofía, literatura, política y moralidad, pero mantiene la vulnerabilidad de Bob Hope frente a las mujeres. Se trata de la primera muestra de un personaje típicamente alleniano: torpe, cobarde e inseguro con las mujeres.
Por la moda, el uso y el abuso, Chaplin había caído en desuso, hasta Laurel y Hardy, parecían más frescos, inventivos y eficaces, en una palabra: cómicos. A Woody Allen le sucede lo mismo al interpretar tantas veces roles de su misma persona aunque esta persona, a diferencia del hombre del bombín, tenga siempre como imperativo el verbo; en la palabra, Woody acierta, utiliza la metáfora intelectual, si así se le pudiera llamar, como la forma de hacer reír o de reírse del espectador.
Humor típicamente judío que se caracteriza por los cambios de estilo. El héroe judío, como Job, elegirá siempre a Dios como interlocutor privilegiado y opondrá de ese modo sus problemas a la plegaria sagrada, por ejemplo «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué hiciste la semana pasada?».
Todo se basa en una ruptura entre el contexto espiritual en que el hablante sitúa su propósito y su desviación hacia lo cotidiano que le impone. Ahí reside la esencia de la ironía judía que, a través de un humor sarcástico y desesperado, se burla de la adversidad con la esperanza de desviarla. Por medio del humor, el héroe judío pone a la muerte en jaque; momentáneamente, sin duda, sin recurrir a ninguna metafísica. En los aforismos de Woody Allen existe uno que lo ejemplifica muy claramente: «Aunque no le tengo miedo a la muerte me gustaría estar en otro lugar cuando suceda».
Cuando la comicidad alcanza a la sátira, inevitablemente desaparece lo cómico. Cuando reímos con Woody Allen lo hacemos de un nuevo tipo de héroe cómico o también de un personaje profundamente urbano como la mayoría de nosotros, asediado por cada detalle de la vida diaria, desubicado por los conflictos de la sexualidad y el matrimonio.
Este cineasta tuvo muy claro desde temprana edad, qué tipo de humor quería desarrollar: «Creo que siempre tuve unos gustos un tanto sofisticados para la comedia. Ya de niño no me gustaban tanto las comedias de slapstick. Nunca me gustaron los payasos, al contrario que a Fellini. Me sentí atraído inmediatamente por un tipo de comedia más sofisticada. Me gustaba Preston Sturges y algunas de las comedias sofisticadas de los comienzos de los cuarenta. Esas eran mis favoritas. Chaplin sí que me interesaba, porque era un tipo extremadamente divertido».
Ese gusto sofisticado es el que quizá nos lleva, cuando vemos sus obras, a reírnos de conceptos tan serios como el amor, las fobias, la neurosis, la estupidez, el infantilismo sexual, la represión, el diván psicoanalítico; imprime la comicidad con buen humor cuando toca el tema de la clase media, del oficio de escritor, del mundo de los actores, de la nostalgia por un jazz pasado de moda para muchos, de la soledad, de la desesperanza, de la infidelidad, de la traición, de la cobardía ante los propios límites, del autoengaño como fórmula de vida, del dolor, de la muerte.
Reímos de tantas cosas cuando al final de cuentas, como pasa con Chaplin, lo hacemos del propio Woody Allen.

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