Justicia mundial: reto de la empresa

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Comentario de Cecilia Sabido
En el mundo actual, las opciones de desarrollo están en manos del empresario, quien debe elegir entre fortalecer el monopolio multinacional o buscar un mundo solidario global. Carlos Díaz se compromete en este libro a mostrar que la segunda alternativa es la adecuada para lograr el equilibrio entre el progreso tecnológico y la madurez social.
Pero todo proyecto de transformación exige saber qué podemos hacer y cómo realizarlo. La adversidad no asusta al emprendedor y el autor cuenta con ello para poner, precisamente en sus manos la ardua tarea de transformar el mundo. Nadie más indicado que quien posee visión estratégica del mundo y los medios más dinámicos de realización comunitaria.

EL INMENSO DESEQUILIBRIO

El descuido del capital social en el mundo ha causado las pérdidas más graves de las últimas décadas en todos los ámbitos. Basta comparar el balance de resultados de las grandes corporaciones con los acontecimientos mundiales para constatar el desequilibrio. La negligencia al administrar el factor social altera por igual al mercado, a la política y la vida de las sociedades.
Los empresarios conscientes, guiados por un estilo más próximo a la realidad humana y por su vocación social pueden desarrollar una fortaleza estructural adecuada a las necesidades del sistema global. Pueden transformar el panorama contemporáneo y establecer un equilibrio social, real y viable.

MÁS ALLÁ DE LAS CONVENCIONES

El punto de partida, base de toda institución social, son los modos de acción de la persona. Díaz aprovecha su sólida formación personalista para comenzar por el hombre, «ser en evolución, susceptible de mejorar su convivencia en orden al logro de la justicia» que no es un logro garantizado. Trabajar para conseguirlo implica un auténtico desarrollo de nuestro modo de pensar y actuar.
Sorprende que el progreso tecnológico en todo el mundo vaya en sentido contrario al desarrollo ético. La felicidad es el fin del hombre y, hoy en día parece haber más personas infelices que nunca, cuando la ciencia parece ofrecer todo lo contrario. Para exponerlo, analiza tres estados de «evolución ética» de las sociedades.
El nivel preconvencional, caracterizado por el egoísmo y la desconfianza. El convencional, que consiste en la institución de los límites de la justicia en la conveniencia de unos cuantos, al precio de la inconveniencia del resto. Y, por último, el nivel posconvencional, la carta fuerte del desarrollo ético que consiste en la comprensión global de la justicia. Es la comprensión global de la justicia. Cuando el desarrollo ético la logra, se alcanza la madurez humana a nivel individual, social y espiritual. En última instancia, para hablar de una verdadera mundialización, también la justicia debe ser mundial.

DIAGNÓSTICO DE UN MUNDO EN CRISIS

Este llamado a la justicia es tan urgente como difícil de lograr. Díaz realiza un diagnóstico crítico y versátil de los problemas de la sociedad globalizada, sus vicios y alternativas. Entiende la dinámica social como un eje de equilibrio con tres elementos: la comunidad, el estado y el mercado. El desequilibrio entre ellos es la causa de la crisis posmoderna, que privilegia el sistema de mercado y supedita la política a los intereses económicos y la acción y desarrollo de las comunidades a las tensiones políticas e intereses comerciales.
Las crisis de los Estados modernos se perciben como pérdida de identidad nacional en sus elementos más radicales: fronteras, moneda, idioma, fuerzas armadas. Un capítulo entero analiza los desafíos del sistema democrático ante la primacía del aspecto mercantil. Todo parece cambiar de sentido según el ritmo que dicta la economía.
Este ritmo se establece a través de los mecanismos de control que despliega la sociedad global en sus medios de comunicación e intercambio: prensa y publicidad responden a una estructura estatal oligárquica. La dinámica social se polariza en un «norte capitalista» que controla la información y su interpretación. Los países «convencionalistas», dueños del capital, dictan al resto del globo la conveniencia de lo que se hace, lo que se dice y lo que se quiere.
Las sociedades «posconvencionales» con equilibrio, desarrollo tecnológico y madurez posibilitan una sociedad democrática sana y libre. Sobre una nueva estructura se puede hablar de la reforma de los organismos internacionales, la condonación de la deuda externa, las transferencias tecnológicas y las ayudas al desarrollo.

REPLANTEAR EL EJE «COMUNIDAD-ESTADO-MERCADO»

La visión que permite al empresario establecer un modo posconvencional, es decir, justo y solidario depende de una auténtica mundialización de las conciencias. Díaz retoma los ideales del comunitarismo de Robert D. Putnam y explica que «una buena sociedad es aquella en que las personas se tratan como fines, totalidades personales y miembros de una comunidad». La propuesta transformadora no se limita al individuo aislado, se transforma, naturalmente, en una convocatoria social.
El eje «comunidad-estado-mercado» se replantea en función de los tipos de relación, la comunidad establece relaciones de igualdad «yo-tú» a diferencia de las del mercado «yo-cosas». En una inversión urgente, la relación tipo «yo-tú» debe definir la acción empresarial. Para esto «se requiere un empresario honesto, moral, seriamente comprometido en la promoción de una economía humanizante».
Este empresario es aquel que conoce y administra adecuadamente el capital social. El término se refiere a los elementos tangibles que cuentan en la vida diaria de las personas, como la camaradería, el trato social, la comprensión. Pero más allá de la felicidad individual, mejora las condiciones de vida de la comunidad. Un empresario capaz de invertir en este capital genera una comunidad sólida e identificada, preparada para llevar a cabo los fines de la empresa como un auténtico proyecto común.
La persona es el corazón del capital social. Invertir en este ámbito implica la producción y mantenimiento de los recursos afectivos, culturales y socioeconómicos de la comunidad. El pulso de adecuación debe ser el proyecto de un capital social humano y no deshumanizado. Hay distintos lazos de adhesión en una comunidad, pero la sociedad justa debe fundarse en los que garantizan la igualdad. Sólo en la justicia global se enriquece el capital social.

NUEVA HISTORIA: TIEMPO DE ALIANZA

Cuando el empresario toma conciencia del reclamo social y de su profunda implicación en los fines de su empresa, tiene delante un nuevo dilema con respecto a su comprensión de la economía. El autor revisa los puntos básicos de la teoría contractualista tradicional, sobre la que se edifican las actuales estructuras capitalistas.
El contrato social, tal como fue propuesto or Rousseau y Hobbes, se basa en motivaciones egocéntricas, sobre las que no cabe sino defender lo propio ante la inevitable inseguridad. Esta visión ha generado éticas corporativas individualistas que responden al estilo «convencional», causa del desequilibrio social del mundo posmoderno, justifican los monopolios y la exclusión de las sociedades que no coincidan con su visión o capacidad de desarrollo. La consecuencia más grave de estas aparentes «éticas empresariales» es su pretensión de universalidad, que no es otra cosa que un fundamentalismo del mercado: «Lo que es bueno para mi empresa es bueno en Biafra».
Para la sociedad posconvencional la economía debe ser expresión de vida personal en el ámbito humano, un medio de crecimiento por el trabajo. En esta perspectiva, el fundamento de la comunidad es la alianza; deja de ser confrontación para ser un encuentro solidario de realización humana. La economía es, así, una disciplina relacional y no meramente crematística.
De este modo, consigue el beneficio en su verdadero significado: hacer bien. El capital social se fortalece con la alianza, porque genera relaciones sólidas de pertenencia en una perspectiva dinámica, horizontal, que naturalmente lleva a la correspondencia. En esa nueva perspectiva, también el estado recupera su dimensión de servicio. Ante un planteamiento solidario, la democracia asume nuevamente su tarea de responsabilidad para con el otro, desde un reconocimiento de igualdad, con igualdad ética y compromiso social.
Desde luego, no es un proyecto fácil, con esta nueva perspectiva la empresa enfrenta tres retos: a) financiero, buscar inversores que se involucren en el proyecto; b) cultural, buscar objetivos nuevos y más grandes, corregir las acciones con respecto a las necesidades reales; c) estratégico, crecer para seguir en el mercado y no perderse en los ideales sin lograr los fines, pues para el crecimiento anual hace falta crecer cada día.

ADVERSIDAD Y TRANSFORMACIÓN

El libro presenta propuestas viables para este proyecto social, pero advierte desde el principio que es urgente pero no sencillo. Es problemático el punto mismo de partida: la sociedad está enferma. Es indispensable curar las relaciones desde dentro, comprender cómo la perspectiva de fracaso se cierne sobre los individuos y contagia a las comunidades y su actividad.
La última parte es un agudo diagnóstico de los síntomas propios del fracaso, que son las características presentes en la crisis posmoderna. No se limita a señalar el mal, propone una vía de recuperación, efectiva y viable, el camino de la entereza en la adversidad. Medicina que cumple con aquella frase que los ecologistas han puesto de moda «piensa globalmente, actúa localmente», porque debe ponerse en práctica desde el individuo para llegar a la comunidad a través de su actuar. La misión del empresario consciente y solidario es proponer el «sentido» de la actividad comunitaria. Carlos Díaz ofrece un texto ágil, atento a las necesidades e inquietudes del lector con quien dialoga abiertamente. Preguntas, ejemplos, anécdotas, aproximan las ideas al interlocutor de un modo generoso, pero también lo invitan, de un modo personal, a formar parte de un proyecto vital, social y solidario.

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