La batalla de la pornografía en la cultura actual

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Muchos de nosotros, a pesar de los filtros instalados, recibimos a diario en nuestro buzón de correo electrónico, anuncios de la pornografía más de-gradante que los seres humanos han sido hasta el momento capaces de imaginar. No hace mucho me llegaba un anuncio invitándome a ganar dinero convirtiendo mi web en una tienda de pornografía mediante pago por teléfono. Como argumento de peso a favor de la oferta, indicaban que en la actualidad hay 250 millones de usuarios de internet y que el 75% del uso es para pornografía. Quizá no sean fiables esas cifras, pero Google recibe 250 millones de consultas diarias desde más de 100 países y, al parecer, el tema que más interesa a la gente es el sexo.1 De hecho, si se busca sex en Google proporciona en 0.09 segundos 82 millones de resultados y si se busca porn aparecen de inmediato hasta 9 millones de páginas. Estos datos circunstanciales hacen pensar que la pornografía está mucho más difundida de lo que la torre de marfil académica tiende pudorosamente a pensar.
En nuestra sociedad hay una notoria contradicción en toda esta materia, pues si bien relega la pornografía a las salas-X, a las zonas especiales de los videoclubs o las sex shops sin escaparates, valora por el contrario muy positivamente el erotismo tal como muestran constantemente los medios de comunicación, la publicidad o las modas.

PORNOGRAFÍA VERSUS EROTISMO

Muchas personas tienden a pensar que el erotismo es un valor cultural que puede llegar a ser un arte exquisito y sofisticado, mientras que la pornografía no sería otra cosa que el erotismo degradado para consumo de los incultos, pobres, o viciosos. «No soy de los que consideran que el valor artístico lo absuelva todo», escribe a este respecto Umberto Eco.2
Se dice de la pornografía que es difícil de definir, pero muy fácil de reconocer. Me parece que puede resultarnos útil lo que escribió a este respecto el novelista Walker Percy, refiriéndose en particular a los libros: «la pornografía se diferencia de otros escritos en que hace algo que los otros libros no hacen. Hay novelas que aspiran a entretener, a decir cómo son las cosas, a crear personajes y aventuras con los que el lector pueda identificarse. En cambio, la pornografía hace algo completamente diferente: trata de modo completamente deliberado de excitar sexualmente al lector. Esto es algo en lo que podemos estar de acuerdo los cristianos y los no cristianos, los científicos y los profesores de lengua, pues no tiene gran misterio. La pornografía, que es una transacción con signos, no es realmente diferente de la salivación del perro de Pavlov al oír el sonido de la campana que ha aprendido que significa que llega la comida».3
Son obras pornográficas aquellas que se hacen, se comercializan y se consumen como excitantes sexuales.4 No es una cuestión de qué se exhibe, hasta dónde se enseña, sino que guarda relación directa con los propósitos de sus autores. Se trata de productos comerciales diseñados para producir o favorecer la excitación sexual de la audiencia encarnando sus fantasías sexuales.5 Sin embargo, la frontera entre estos productos y la llamada «pornografía de lujo» que aspira a ser aceptada bajo el rótulo de «erotismo» es del todo borrosa. Nadie duda de la fuerte carga pornográfica de algunas películas que aspiran a aunar una cierta calidad técnica con un mayor éxito comercial mediante la explotación publicitaria de la novedad transgresora en materia sexual, intercalada con otras escenas de notable valor lírico o con historias de gran fuerza expresiva. Cuántas personas que jamás acudirían al cine para ver una película pornográfica son capaces de asistir so capa de arte, literatura o cosa parecida a las escenas de intimidad sexual más explícitas que jamás hubieran podido imaginar.

¿ARTE ERÓTICO O PRONOGRAFÍA DISFRAZADA?

Las calles de las grandes ciudades, desde Buenos Aires hasta Roma pasando por Madrid o Barcelona, están llamativamente adornadas por los más sofisticados anuncios de lencería íntima o de mínimos trajes de baño, o si anuncian cerveza o whisky, a menudo quienes aparecen en los anuncios lucen también un muy escaso vestuario. La tradición católica ha convivido con el desnudo bastante bien quitando y poniendo estratégicas hojas de parra al vaivén de los cambios de la sensibilidad cultural en esta materia, incluida la Capilla Sixtina.
La enseñanza de la Iglesia Católica no está en contra del desnudo artístico, sino radicalmente en contra de la desnaturalización del sexo mediante su utilización comercial o su deliberada exhibición ante terceras personas, porque tales conductas degradan la dignidad de la comunicación sexual y envilecen a las personas. A este respecto, vale la pena me parece recordar la luminosa enseñanza de Juan Pablo II en su catequesis de 1981: «En el decurso de las distintas épocas, desde la antigüedad y sobre todo, en la gran época del arte clásico griego existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez; su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza incluso aquella suprasensual de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En contacto con estas obras que por su contenido no inducen al mirar para desear tratado en el Sermón de la Montaña, de alguna forma captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida de la pureza del corazón”».6
Digámoslo con otras palabras, el desnudo es cuando es artístico hermoso, muy hermoso e incluso tira de nosotros «hacia arriba»: es un elemento de sublimación. A mí me gusta recordar el comentario incidental que hacía Juan Pablo II en su encíclica Mulieris dignitatem con ocasión del relato bíblico de la creación de Eva. Recordemos la escena: Dios ha infundido un sueño profundo a Adán y forma de su costilla a Eva. Al despertarse Adán y ver a Eva desnuda enfrente de él, grita: «¡Guau! ¡Eres carne de mi carne y hueso de mis huesos!» y añade el Papa: «La exclamación del primer varón al ver la mujer es de admiración y de encanto: abarca toda la historia del ser humano sobre la tierra».7 Aquel grito de Adán lleno de admiración y de encanto atraviesa la historia de la humanidad y llega, sin duda, hasta nosotros hoy.
Sin embargo, proseguía Juan Pablo II en el texto antes comenzado, «hay también producciones artísticas y quizás más aún reproducciones (fotografías) que repugnan a la sensibilidad personal del hombre, no por causa de su objeto pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su inalienable dignidad, sino por causa de la cualidad o modo en que se reproduce artísticamente, se plasma, o se representa. Sobre ese modo y cualidad pueden incidir tanto los diversos aspectos de la obra o de la reproducción artística, como otras múltiples circunstancias más de naturaleza técnica que artística.
Es bien sabido que a través de estos elementos, en cierto sentido, se hace accesible al espectador, al oyente, o al lector, la misma intencionalidad fundamental de la obra de arte o del producto audiovisual. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con repugnancia y desaprobación, es porque estamos ante una obra o reproducción que, junto con la objetivación del hombre y de su cuerpo, la intencionalidad fundamental supone una reducción a rango de objeto, de objeto de goce, destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma. Esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden intencional del arte y de la reproducción».8
Este texto de Juan Pablo II sugiere claramente que los problemas no están en el desnudo, sino en la intencionalidad del autor que reduce el cuerpo a objeto de goce para satisfacer su concupiscencia o la concupiscencia del espectador en lugar de ser genuina expresión de la intimidad personal.

LA PORNOGRAFÍA NO ES ARTE, SINO EXPLOTACIÓN SEXUAL

La pornografía existe en la literatura universal con cierta profusión al menos desde los griegos: a cualquier ciudadano de principios del siglo XXI el Lisístrata de Aristófanes sonroja todavía por su procacidad. Obras de este tipo, aunque se presenten a veces como literatura o arte, no son más que pornografía. Machado la llama «esa baja literatura que halaga no más la parte inferior del centauro humano».9
Como señaló agudamente Steiner, a pesar de los frecuentes elogios acerca de la potencialidad creativa del sexo, la cruda realidad de la pornografía es siempre monótonamente la misma y «no tiene una importancia literaria eminente».10 En cambio, lo que sí ha cobrado una creciente importancia a lo largo del siglo XX es la pornografía audiovisual tanto por el formidable crecimiento de los medios de comunicación audiovisuales en los últimos años internet como por la denominada «revolución sexual» de los años 60, que ha hecho prácticamente banal tanto la exhibición de la intimidad conyugal como de todo tipo de perversiones. Realmente, en nuestra sociedad occidental sólo se considera verdaderamente reprobable la denominada «pornografía infantil», mientras que las demás conductas sexuales se presentan simplemente como «opciones sexuales» de seres humanos adultos.
Sin embargo, las conclusiones de los estudios llevados a cabo algunos con gran rigor científico y experimental de las películas pornográficas que hay en el mercado muestran con claridad que la pornografía es una expresión más de la multisecular explotación de las mujeres como objetos de uso por parte de los varones. No sólo la pornografía es consumida principalmente por varones,11 sino que las películas pornográficas para varones incluyen elementos y temas sistemáticamente ofensivos y degradantes para las mujeres: las mujeres suelen ser presentadas explícita o implícitamente como esclavas sexuales.12 Incluso «los resultados han demostrado que los varones responden psicosexualmente más que las mujeres tanto a los vídeos para varones como a los vídeos para mujeres.13 Lamentablemente es cierto que en algunos casos puede hablarse de la complicidad de la mujer en su victimización, pero ello no hace más que agravar la situación.
Las afirmaciones que acabo de hacer resultan de una gran importancia para entender la pornografía y dan también razón de que el origen clásico del término «pornografía» sea el de escritura (grafia) relativa a la prostitución (porneia). Para sus consumidores las imágenes pornográficas son un sustituto audiovisual de la prostitución, más higiénico, más económico, e incluso puede que más práctico.
El feminismo contemporáneo ha vivido un amplísimo debate sobre estas materias. De una parte, el feminismo de la igualdad que tuvo gran expansión en los años 60 y 70 quería liberar a la mujer de su subordinación al varón mediante la afirmación de la individualidad, de la libertad personal de cada mujer en todos los órdenes de su existencia. Veinte años después de la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo y de un amplio rechazo de la maternidad, ha aparecido con notable vigor un feminismo de la diferencia que denuncia las consecuencias indeseables que en muchos casos trajo aquel igualitarismo masculinizante. La discusión acerca de la pornografía y la promoción de la pornografía femenina es uno de los elementos de discrepancia entre ambos feminismos14. En la confrontación entre ambas perspectivas, la aportación quizá más importante es el descubrimiento de que la prometida liberación sexual ha sido liberación efectiva sólo para los varones.
En la última década viene desarrollándose con singular fuerza el movimiento, originado en Canadá y en auge en Estados Unidos, para la eliminación de la pornografía no por motivos religiosos, sino por la constatación empírica de que las películas pornográficas causan daño a las mujeres, no sólo a las que toman parte en la filmación, sino también a las que son violentadas por los varones excitados por esas películas o que han aprendido en ellas nuevas prestaciones15.
¿Cómo influye la pornografía en la vida real de sus consumidores?, ¿cómo afecta el consumo de pornografía a los seres humanos? Los estudios científicos disponibles no llegan todavía a un consenso total16, pero me parece muy certera la expresión de que esas películas pueden herir la sensibilidad del espectador. Esas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador hasta el punto que se fijen de modo indeleble en su memoria. No me estoy refiriendo sólo a aquel espectador que tenga una sensibilidad enfermiza, obsesiva o deteriorada, sino en particular a la del espectador sano y normal, y para ello apelo a la experiencia personal de cada uno y al archivo de imágenes repugnantes que almacena muy a su pesar en su memoria.
Como la identidad humana se construye narrativamente, uno de los elementos decisivos de la configuración biográfica es la memoria personal. No nos acordamos de lo que queremos, sino que incluso mucho más a menudo nos acordamos de lo que no queremos. Nuestra imaginación y nuestros sueños no sólo se nutren de lo que nos ha sucedido en la vida real, sino que se alimentan en buena medida de lo que hemos visto en las películas. A menudo, «la representación del mundo y de los acontecimientos que ofrecen los mass media impregna la conciencia más fuertemente que la propia experiencia de la realidad».17
El negocio pornográfico es una brutal explotación del impulso sexual de los machos, pero, quizá casi a partes iguales, vive también de la curiosidad natural. Lo extraordinario es llamativo, atrae nuestra atención. Se trata de lo que Laumann ha denominado el gaper phenomenon, el fenómeno del asombro que nos deja boquiabiertos: «Hay curiosidad por cosas que son extraordinarias y fuera de lo corriente. Es como pasar en coche junto a un horrible accidente. Nadie querría estar envuelto en él, pero todos reducimos la velocidad para mirar».18 Esta poderosa tendencia humana en pos de lo novedoso, de emociones nuevas y de «sabores fuertes» explica nuestra atención privilegiada a lo extraordinario, a lo anormal y a lo desviado que cautiva nuestra atención.

ALGUNAS CLAVES PARA AFRONTAR ESTAS CUESTIONES

1) Rechazar sistemáticamente la pornografía en todas sus formas y denunciar su carácter degradante tanto para las mujeres en ella utilizadas como para los consumidores: Como se ha dicho, la pornografía no es tanto la explicitación de la genitalidad, como el establecimiento de unas cadenas de excitación y consumo de verdadera explotación entre creadores o productores y audiencia. En este sentido, la pornografía sería una adicción plenamente asimilable a la droga, tanto por el volumen de negocio que mueve, como por la borrosa distinción entre drogas duras y blandas (hard y soft porn), o incluso por la ingenua tolerancia satisfecha que se tiene acerca de ella en muchos países democráticos en nombre de la libertad de expresión. Concretamente, en algunos casos la adicción a la pornografía, el voyeurismo, la búsqueda compulsiva de nuevas imágenes excitantes (y prohibidas), puede llegar a trastornar realmente la conducta personal de algunos varones, incluso entre los casados.
2) Luchar por la erradicación de la excitación sexual en los medios de comunicación: La influencia más negativa y general de la pornografía o el erotismo es que empobrece la imaginación de varones y de mujeres hasta el punto de llegar a conformar reductivamente las relaciones entre ellos. Como las relaciones entre las personas están mediadas por su imaginación, la sistemática reducción de las relaciones entre mujeres y varones en términos de mutua excitación sexual es una degradación violenta de nuestra humana condición. «Nuestro almacenamiento de imágenes constituye el recurso principal para la comprensión».19 La tolerancia ingenua de la pornografía en los medios de comunicación (incluida internet en la que el consumo pornográfico parece ser desbordante20), so capa de libertad de expresión, es un resabio de aquel sometimiento unilateral y multisecular de las mujeres a la satisfacción sexual de los varones. Sólo erradicando la objetualización imaginaria de la mujer se logrará una verdadera igualdad y una relación respetuosa de las diferencias entre varones y mujeres.
3) Exigir una clara identificación de los productos pornográficos como peligrosos y contaminantes de nuestro entorno moral e intelectual para mantenerlos lo más lejos posible, cuando no puedan ser eliminados21: Las famosas autopistas de la información se han convertido en vertederos de la corrupción, a través de los que se distribuyen estilos de vida incompatibles realmente con la dignidad humana. Por eso, se alzan voces cada vez con más fuerza defendiendo el «derecho a la desinformación», el derecho a no tener noticia de la intimidad sexual de otras personas, o de la perversión o las barbaridades de nuestros congéneres, tal como se empeñan en presentarnos los telediarios que compiten a base de «morbo» por su cuota de audiencia o incluso los periódicos de información general.
4) Empeñarse en educar la imaginación y el corazón de uno mismo y de los demás: la búsqueda de una efectiva integración de la sexualidad en la vida real de cada una o cada uno, lleva a descubrir que la sexualidad se torna verdaderamente humana cuando se expresa en la mutua donación entre varón y mujer, total e ilimitada en el tiempo tal como la ha entendido siempre la tradición católica. Es preciso que nos empeñemos en un proceso de purificación del clima social22, que pasa no sólo por la eliminación o contención de los productos contaminantes, sino sobre todo por la difusión de estilos de vida creativos y solidarios, capaces de hacer más felices a los seres humanos.
Los invito a que defiendan el «amor romántico», la recíproca y fiel donación para siempre del varón y de la mujer en el matrimonio, presentando también los aspectos más exigentes de entrega personal que a veces pueden no estar tan presentes en su imaginación. Los invito también a difundir entre sus amigos un estilo de vida limpio, alegre y atractivo en el que no haya lugar para la pornografía. Un mundo sin pornografía sería un mundo mucho mejor que el actual. Si hay pornografía es porque la vida cotidiana no llena su imaginación. Un texto de Simone Weil expresa bien esta paradoja de la imaginación humana: «El mal imaginario es romántico, variado; el mal real, triste, monótono, desértico, tedioso. El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagante».23 Así es la imaginación humana y por eso hace falta educar la propia imaginación purificándola y desarrollándola de manera creativa.
En este sentido, la literatura y el cine tienen un papel decisivo en el cultivo de la imaginación. Su misión no es simplemente el entretenimiento, sino la educación más plena del ser humano, la educación del corazó.24 Son el mejor invento para ensanchar nuestra experiencia humana, para cultivar nuestro corazón, para educar nuestra imaginación. En particular estoy persuadido de que el cine y la literatura pueden ser el medio más eficaz para que los varones aprendamos de la experiencia de las mujeres y las mujeres aprendan de la de los varones, y sobre todo para que unas y otros aprendamos a tratarnos mutuamente como personas.
Por eso, para batallar contra la pornografía hemos de empeñarnos en llegar a ser «mejores personas» y eso tiene que ver con el desarrollo de la imaginación, su enriquecimiento y purificación, de forma que nuestros proyectos vitales, nuestro estilo de vida, se definan por la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, por la solidaridad con los demás para un crecimiento común, y no por el consumo egoísta de sensaciones o la acumulación privada de placeres.

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1 J. Lee. «Postcards from Planet Google», en The New York Times, 2002.

2 U. Eco. Segundo diario mínimo. Lumen. España, 1994. p. 196.
3 W. Percy. Signposts in a Strange Land. Farrar, Straus & Giroux. New York, 1991. p. 362.
4 Una definición semejante puede encontrarse en D. Jones (ed.), Censorship. A World Encyclopedia, Fitzroy Dearborn, London, 2001, vol. 3, 1907: «Pornography is the depiction of sexual behaviour in the arts and media that is intended to cause or does cause sexual arousal».
5 Cfr. D. L. Mosher. «Pornography Defined: Involvement Theory, Narrative Context, and Goodness of Fit», en Journal of Psychology and Human Sexuality n. 1. 1988. pp. 67-85.
6 Cfr. Juan Pablo II. «Audiencia general», 29 abril 1981, en La redención del corazón. Palabra. Madrid, 1996. p. 254.
7 Juan Pablo II. Mulieris dignitatem. 1988. p. 10.
8 Juan Pablo II. «Audiencia general», 6 mayo 1981, en La redención del corazón. p. 258.
9 A. Machado. Los complementarios. Losada. Buenos Aires, 1968. p. 143.
10 G. Steiner. Language and Silence. Essays 1958-1966. Faber & Faber. London, 1985. p. 91. Para un cuidadoso estudio de esta cuestión, puede verse R. Shattuck. Conocimiento prohibido. De Prometeo a la pornografía. Taurus. Madrid, 1998.
11 Un estudio de la Carnegie Mellon sobre pornografía en internet aportaba los datos de que el «98,9% de los consumidores on-line de pornografía son varones. Y hay alguna evidencia de que del restante 1,1% muchas son mujeres pagadas para tomar parte en las chat rooms y en los boletines para que los clientes se sientan más a gusto». P. Elmer-Dewitt. «On a Screen Near You: Cyberporn», en Time.1995. p. 38.
12 Cfr. G. Cowan y K. F. Dunn. «What Themes in Pornography Lead to Perceptions of the Degradation of Women?», en Journal of Sex Research n. 31. 1994. pp. 11-21; D. Linz y N. Malamuth. Pornography. Sage. Newbury Park, CA, 1993. p. 4.
13 D. L. Mosher y P. MacIan. «College Men and Women Respond to X-rated Videos Intended for Male or Female Audiences: Gender and Sexual Scripts», en Journal of Sex Research n. 31. 1994. p. 108.
14 Cfr. S. M. Easton. The Problem of Pornography. Regulation and the Right to Free Speech. Routledge. London, 1994; R. Osborne. «Liberalismo y feminismo: ¿Un dilema para las mujeres?», en Doxa n. 13. 1993. pp. 285-299; J. Malem. «Feminismo radical, pornografía y liberalismo», en Doxa n.13. 1993. pp. 301-314.
15 Cfr. M. Serrill. «Smut that Harms Women», en Time, 9 marzo 1992. p. 48; K. Mahoney. «Por una sociedad más limpia», en Nuestro Tiempo. Diciembre 1992. pp. 86-91; C. MacKinnon. Only Words. Harvard University Press. 1994; M. Le Doeuff. El estudio y la rueca. De las mujeres, de la filosofía, etcétera. Cátedra. Madrid, 1993.
16 Cfr. D. Zillmann, «Effects of Prolonged Consumption of Pornography». D. Zillmann y J. Bryant; Pornography: Research Advances and Policy Considerations, Lawrence Erlbaum. Hillsdale. NJ, 1989; 127-157 y R. J. Harris, El impacto de los media explícitamente sexuales, en D. Zillmann y J. Bryant (eds.), Los efectos de los medios de comunicación. Investigaciones y teorías. Paidós. Barcelona, 1996. pp. 329-364; véase también D. Linz y N. Malamuth, Pornography. pp. 16-28.
17 J. Ratzinger. Cooperadores de la verdad. Rialp. Madrid, 1991. p. 276.
18 E. Laumann. Sex in America. 1994; P. Elmer-Dewit. On a Screen Near You: Cyberporn. p. 40.
19 E. W. Eisner. «La incomprendida función de las artes en el desarrollo humano», en Revista Española de Pedagogía n. 50. 1992. p. 21.
20 Cfr. E. Subirats. Culturas virtuales. Biblioteca Nueva. Madrid, 2001. p. 167.
21 Cfr. R. Shattuck. Conocimiento prohibido. p. 359.
22 Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2525.
23 S. Weil. La gravedad y la gracia. Trotta. Madrid, 1994. p. 111.
24 N. Grimaldi. «El aprendizaje de la vida a través del cine y la literatura», en Nuestro Tiempo. Diciembre 1994. pp. 116-125.

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