La risa, espejo del alma

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Uno suele acostumbrarse, un poco por la cultura dominante del simplismo y otro poco por la propia complacencia, a un humor degradante, a esa mezcla de pastelazo, albur, escatología e irreverencia predecible que, con pocas excepciones, priva en los medios.
Sin embargo, el humor es algo más que la barra cómica de un canal de la televisión y puede resultar un acto civilizador y de liberación. Independientemente de sus manifestaciones más pedestres, el humor suele llamar la atención sobre distintas analogías y contradicciones de la realidad y es un ejercicio intelectual exigente, que conlleva diversas implicaciones morales, lógicas y estéticas.
Muy conocida es la frase de que el hombre es el único animal que ríe y, efectivamente, en la risa se encuentra un gesto privativamente humano, capaz de cuestionar la realidad, de negarse a la dictadura de lo mecánico y de advertir, mediante el chiste, la ironía o el absurdo, el papel del azar y la imperfección en la configuración del mundo. El humorismo puede ser, entonces, un humanismo y, como dice Alfonso Reyes, «la sonrisa es la primera opinión del espíritu sobre la materia. Cuando el niño comienza a despertar del sueño de su animalidad, sorda y laboriosa, sonríe: es porque le ha nacido el dios».
Desde la pantomima más elemental hasta la ironía más refinada pasando por las extravagancias, el humor puede expresarse en innumerables situaciones y adoptar las más diversas asociaciones verbales e intelectuales. Igualmente, el humor puede adoptar diversos matices del gesto, desde la sonrisa, que sería la manifestación subjetiva del humor, hasta la risa, que es su expresión social, pasando por esas formas de humor militante y agresivo que son la carcajada dirigida o la burla concertada. Finalmente, el humor puede cumplir varias funciones en el individuo y en la vida social que van desde la crítica de las costumbres o de la lógica hasta la revelación creativa o el empleo terapéutico de la risa.
El humor es, por un lado, un vistazo crítico al mundo, un escrutinio irreverente al entorno, que suele cuestionar tanto los vicios individuales, como las reglas básicas de comportamiento o las jerarquías instituidas en una sociedad.

SIEMPRE ILÓGICO, A VECES VENGATIVO

A través del ingenio, por ejemplo, el débil toma venganza y se mofa del poderoso, como en ese duelo verbal, citado por Sigmund Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente, en el que un soberano, al recorrer sus dominios, encuentra que uno de sus súbditos, más o menos de su edad, tiene un parecido sorprendente con él mismo; intrigado y divertido llama al servidor y le pregunta, con un tono entre pícaro y soberbio, «¿De casualidad, su madre no sirvió en Palacio?», y el súbdito le contesta, «Mi madre no, Señoría, pero mi padre sí».
Así pues, el humor tiene una propensión a ejercer venganzas sociales, a desenmascarar o degradar objetos, personas o ideales que parecen valiosos o eminentes. No en balde el chiste, la sátira, la comedia y las diversas formas de la crítica de las costumbres suelen ser un indicador de disconformidades sociales y, en ocasiones, han precedido los cambios más radicales.
El humor revela, también, la ambivalencia y los vericuetos del lenguaje y de la lógica. La ocurrencia, el chiste, el retruécano pueden plantear, con singular frescura, problemas fundamentales de argumentación y significado. Por ejemplo, la interpretación literal o el desplazamiento hacen que una situación común se convierta en un humorístico malentendido, como en este chiste de Lichtemberg, también citado por Freud, en el que un ciego saluda a un paralítico con la inocente frase «¿Cómo anda usted?» a lo que el paralítico responde ofendido «Como usted ve».
Al relativizar el orden lógico, el giro lingüístico y semántico del humor nos ayuda a visualizar la ambigüedad del lenguaje, a corregir, como sugería Henri Bergson, nuestra rigidez ante la realidad y a entender el papel de la falla o del malentendido. Por eso, el humor es pedagógico y, con frecuencia, algunos magisterios, el zen por ejemplo, acuden al juego del lenguaje, al doble sentido, a la parábola chusca o grotesca para denotar aquello que no puede demostrarse.
Al romper el orden, al permitir observar caminos distintos a los habituales, el humor y la risa son creativos y, muy seguido, relajamiento y relajo se asocian con el descubrimiento científico o artístico. La simple técnica del chiste en su manifestación más inocente y desenfadada, más desprovista de intención y objeto, produce un goce gratuito que se asemeja al estético. Por eso, ese humor que se solaza con sus propios instrumentos y técnicas, ese ingenio que se conforma con el hecho de mostrarse, esa delectación verbal con las asociaciones curiosas, las rimas extravagantes y el disparate, suele ser tan cara a los niños, a los locos, a los ebrios o a los artistas.

ENTRE LA INNOVACIÓN Y LA CHARLATANERÍA

Dada su facultad a la vez escéptica y gozosa, que nos mantiene alertas ante la estupidez solemne y el engolamiento y que nos recuerda los placeres más sencillos, el humor es también terapéutico. Mucho se ha reiterado últimamente que la risa y sus endorfinas pueden prevenir enfermedades crónicas o aliviar dolores y se han llegado a poner de moda terapias de la risa que rondan entre la innovación y la charlatanería.
Lo cierto es que algún escritor, cuando supo que su enfermedad terminal se encontraba en sus últimas etapas, se despidió de sus amigos, se encerró a ver películas de los hermanos Marx y cuentan que murió con una sonrisa. Por su parte, el filósofo David Hume, en su breve esbozo biográfico escrito ya próxima su muerte por una enfermedad incurable, señala que conservaba su jovialidad como un analgésico y describía esos días postreros como de los más felices en su vida.
En fin, son muchas las funciones liberadoras que cumple el humor; sin embargo, quizá la más importante sea recordarnos nuestra mortalidad y nuestra fragilidad, hermanarnos en el error y la imperfección y enseñarnos, como decía Luigi Pirandello, a compadecer riendo.
Curiosamente, tal vez el admitir nuestra pequeñez nos vuelva más grandes y al conocer la fragilidad de los seres, la transitoriedad de los placeres y la relatividad de los ideales aprendamos a vivirlos, a la vez, con la mayor intensidad y con el mayor desapego. Por supuesto, el humor también puede ser regresivo, hostil y obsceno, desvalorizador y rudimentario y, en determinadas circunstancias, se generan los incentivos sociales para un predomino de ese humor brutal que incita a la violencia, la intolerancia y el racismo.
Por eso, hay que entrenarse con el humor, aprender a reírse bien, a reírse dignamente, ejercitando el albedrío, la compasión y la inteligencia, pues, sin duda, la calidad de la risa es un espejo del alma.

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