Del zapping a la angustia

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Estoy sentado frente a la televisión. Aburrido y harto del zapping. Tengo más de cien canales y de todos no se hace ninguno. Tiburón I, II, III y IV, un programa de esoterismo, tres talk shows, cuatro noticieros, dos telenovelas, un concurso, cinco series de policías con todas sus variantes: abogados defensores, investigadores maniáticos, médicos forenses. Myth Busters. The Surreal Life. 24. Estoy aburrido y, lo que es peor, muy agobiado.
De repente, una idea. Voy a escribir del Aburrimiento. La aburrición es un estado muy peligroso pues rápidamente puede llevarnos a la angustia (Heidegger dixit). La angustia es un estado de zozobra continua, sin motivo aparente. El miedo se distingue porque se refiere a algo concreto: miedo al dolor, miedo a la pobreza, miedo a la guerra. La angustia, en cambio, es una mezcla de ansiedad y temor ante la vida, ante nuestra existencia. Los fantasmas del aburrimiento amueblan la antesala de la angustia.
La aburrición tiene que ver con la tristeza, pero no se identifica con ella. Una persona que llora la muerte de un ser querido sufre y sufre mucho pero no se aburre. Cuando lloramos una tragedia vivimos una emoción muy fuerte, de la misma manera que cuando amamos con intensidad o nos asustamos ante un peligro. Las grandes pasiones amor, odio nos alejan del aburrimiento; sólo la tristeza nos acerca a los linderos del aburrimiento.
Aburrición no equivale a depresión clínica. Esta enfermedad, de la que difícilmente se sale sin ayuda experta, involucra tanto al cuerpo como al alma. Tiene mucho de química. Por eso, se necesita de la medicación para sanar. El aburrimiento, por el contrario, parece más puro, un estado de la mente, del alma, sin litio ni endorfinas de por medio.
Tampoco es cansancio. Podemos llegar exhaustos a casa, agotados, molidos, y no sentirnos aburridos. El descanso no exorciza ese demonio de la mente. Es más, cuando estamos muy aburridos el primer recurso es dormir, y todos sabemos que no resuelve el asunto pues al despertar, seguiremos igual de hastiados. Aburrimiento y descanso no se excluyen necesariamente; sí, en cambio, aburrimiento y diversión.

SIEMPRE LO MISMO

A pesar de que descansar no nos quita lo aburrido, cierto tipo de cansancio nos predispone al aburrimiento. Quien una y otra vez repite la misma tarea sin sentido y sin esperanza termina aburriéndose: se transforma en una especie de Sísifo. Los humanos no somos como esos roedores que pueden jugar a darle vueltas a una ruedita durante horas y horas, sin ir a ninguna parte. Hay un tipo de trabajo que consume las fuerzas del cuerpo, y hay otro también peligroso que consume las del alma. Algunas personas trabajan de tal manera que luego no tienen ánimo para pensar. Candidatos perfectos al aburrimiento. Y no vaya a pensarse que se trata de intelectuales a quienes se les seca el cerebro de tanto leer y escribir. A muchas mujeres y hombres que trabajan con las manos, el esfuerzo rutinario y monótono les consume el alma.
¿Quiénes se aburren? Muchos jubilados. Los adultos el domingo por la tarde (mi generación recuerda a Raúl Velasco y su programa Siempre en domingo, símbolo de la agonía del fin de semana). Los profesionistas, inmersos en la rutina. Los adolescentes reventados, cuando les cancelan la fiesta del viernes. Las amas de casa, quienes una y otra vez lavan la misma ropa y limpian los mismos trastos. Los empleados, expertos en redactar informes para el jefe. Se aburren los alumnos en mi clase. Se aburren mis lectores. Me aburro yo.
El aburrimiento es tedio. En él se entremezcla la falta de pasión, con la falta de interés intelectual. Rutina. Monotonía. Darle vueltas a la misma rueda. Girar y girar sobre el mismo eje, sin ir a ninguna parte. Es «El eterno retorno de lo mismo», por citar a Nietzsche. El aburrimiento de verdad, el duro, procede de la falta de sentido. Nos aburrimos cuando caemos en la cuenta de que somos las ratitas de la caja de cristal. Que estamos repitiendo una y otra vez la misma tarea: apretar tuercas, como en Tiempos modernos de Chaplin, o escribir ensayos de filosofía para cumplir con unos parámetros de productividad académica. Mecanicismo del cuerpo y del alma. Los artistas e intelectuales se aburren cuando su tarea crear, pensar carece de la pasión que procede de la búsqueda de la belleza y la verdad. Se les burocratiza la inteligencia, porque su quehacer carece de finalidad, salvo la de mostrar su dominio del oficio. El primer síntoma del tedio intelectual es el escepticismo. El escepticismo es el bacilo de aburrimiento de los intelectuales. Si no buscamos la belleza ni la verdad, ¿a qué demonios dedican la Inteligentsia? ¿A ganar dinero? ¿A mostrar el domino de sus técnicas?
Curiosamente, el aburrimiento es un buen tema para salir del aburrimiento. Después de todo, se convirtió en el tema literario del siglo XIX gracias a Baudelaire y los poetas malditos que se dedicaron a escribir acerca del spleen, el mal que ataca a la burguesía, próspera, descreída y decadente. Algunos de estos genios se arrojaron, entonces, al alcohol, a la droga, a la trasgresión de los convencionalismos sociales para quitarse el aburrimiento. George Steiner se ha referido a él como «especie de gas de los pantanos», «densa vacuidad», «ácido letargo» (El castillo de Barba azul). El testimonio de Baudelaire en su Diario íntimo es patético: «hay que trabajar, si no por gusto, por desesperación. Ya que, en resumidas cuentas, el trabajo es menos aburrido que el placer».
LOS POBRES TAMBIÉN SE ABURREN
Pero no es el aburrimiento de los ricos del que quiero hablar, del de aquellos que tienen dinero y posición a la American Psycho y deciden divertirse de formas más violentas. No, no es el aburrimiento de los niños ricos que se hartan de las fiestas tradicionales y deciden arrojarse a las drogas, la violencia y los videos snuff (Less than zero: novela, también, de Ellis). Tampoco me refiero ahora al aburrimiento de Madame Bovary, ama de casa y tradicional esposa, que decide tener un affaire escandaloso para vivir la vida.
Me refiero a un aburrimiento menos literario, alejado de El extranjero de Camus, un aburrimiento más prosaico que proviene de la rutina y que agobia especialmente a los millones de trabajadores y empleados. Es la aburrición de quien un día tras otro habrá de desarrollar la misma tarea, repetitiva, sin las esperanza de cambio ni mejora, otra vez el eterno retorno.
Existe un prejuicio muy extendido, según el cual el aburrimiento sólo le pega a los ricos y a los intelectuales, como si los pobres, los empleados, los obreros, los niños de la calle, los campesinos no pudiesen aburrirse. Falso. El aburrimiento les pega a quienes no pueden divertirse. Y los pobres, que trabajan jornadas de doce horas e invierten otras tres en trasportarse a sus casas, que viven en colonias grises, color hormigón, entre fachadas de monoblocks y grafitis, pueden aburrirse tanto o más que cualquier sofisticado escritor o que cualquier niño rico. Si los desposeídos carecen de expectativas, si pierden la esperanza, entonces, caen en la ruedecita del ratón. Trabajar. Trabajar. Trabajar. Y después, trabajar.
La palabra diversión se emparienta con diversificación. Implica cambio, escape, fuga de la rutina. La diversión nos permite huir de la servidumbre del día a día. Por eso, la diversión es pertenencia exclusiva de quienes pueden darse el lujo de distraerse del trabajo. Nos divertimos haciendo algo distinto, diverso, diferente, que no es lo de siempre.
Uno de los riesgos de nuestra sociedad urbana, clasista, globalizada es que la diversión se encarece. Es privilegio de las clases acomodadas. Un trabajador (digamos, el que limpia tu oficina) además de las largas horas en transporte al día que invierte en el DF, para colmo, necesita completar su sueldo alargando la jornada laboral. Esto significa que el ocio entre semana no existe para ellos, los pobres y amolados.
¿Y el fin de semana? Bueno, también hay horas extras y extremo cansancio, así que se trata de un fin corto. Además, los barrios menos afortunados carecen de museos, deportivos, parques. La zonas verdes son, en la mayor parte de las ciudades del país, patrimonio de los ricos. Cuernavaca, por ejemplo, carece prácticamente de jardines públicos. ¿El Valle de México? Peor aún: los parques se concentran en las colonias de clases medias y altas.
Llegar a México por avión nos pone la carne de gallina. Los barrios proletarios son grises, cafés, sin árboles ni flores. ¿Espacios públicos? Las plazas antiguas de barrio casi no existen y las que existen, se las apropian los chicos condechi o los hippitecas de Coyoacán. ¿El cine? A una familia de cuatro personas le cuesta ciento sesenta pesos la entrada, sin palomitas ni refrescos. ¿Arriesgarse a perder el dinero en otra película de Hollywood? No extraña ahora que el alcohol y la TV sean el entretenimiento favorito de los mexicanos.
LA MEJOR AMIGA DE LOS POBRES
La tele es una ventana a otro mundo, un mundo distinto de esos barrios color ladrillo. Una familia pobre puede distraerse con poco dinero al encender el aparato. En los programas hay distracción barata, un sustituto de la esperanza que la sociedad les niega. ¿Evasión? Sí. Toda diversión tiene un deje de evasión, de paseo por un paraíso artificial. ¿Qué buscamos en la playa, bebiendo un par de tragos, jugando fútbol o viendo una peli? Distraernos, pasar un rato agradable, y nada hay tan divertido como el placer. (En esto difiero de Baudelaire). El placer nos extrae de lo cotidiano, es una especie de pase de cortesía a la felicidad.
El aburrimiento de los pobres tiene que ver mucho con la falta de placeres; el de los ricos, con el exceso. Una vida sin esperanzas de mejora, de placer, de diversión se convierte en un platillo insípido. No me extraña que el alcohol, las drogas, la tele sean tan comunes en ciertos sectores de la sociedad.
En algunos ambientes he oído terribles diatribas contra la televisión. Entiendo a lo que se refieren, pero me parece que antes de ponernos a criticar la caja idiota (las pantallas de plasma pronto convertirán esta expresión en un anacronismo), hemos de tener una alternativa para quienes vivimos en grandes núcleos urbanos. Lo contrario sería como aquella anécdota de María Antonieta, quien preguntó «¿Por qué se levanta en armas esa gente?» Y le contestaron, «Madame, el pueblo no tiene pan». A lo que, finalmente, dijo «¿No tienen pan? ¡Que coman pasteles!». ¡Cómo! ¿Se aburre la gente? ¡Pero si hay vuelo diario a Las Vegas!

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