El gobierno perfeccionista de las organizaciones

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A raíz de los últimos escándalos financieros en uno y otro lado del Atlántico, la gobernabilidad ha adquirido un importante y destacado lugar en las discusiones tanto en el interior como en el exterior de las empresas. Si bien es cierto que los responsables de los desfalcos han sido plenamente identificados, existen otras causas de fondo que explican la ocurrencia de estos delitos económicos y que indican la carencia de gobernabilidad de ellas.
En cualquier caso, el problema fundamental que hoy se plantean las autoridades gubernamentales y empresariales es cómo impedir la ocurrencia de fraudes cuyos nocivos efectos superan los límites internos de la empresa e inciden negativamente en la confianza social en general. Esto es así porque una sociedad que permite el fraude, es, en definitiva, una sociedad que propicia su autodestrucción.
La primera cuestión es identificar el problema. Como es claro, las deficiencias del sistema contable, o las deficiencias propias del sistema legal y punitivo no son la raíz de fondo. El problema subyace, se quiera o no, en el hombre mismo, en su perversión o virtud. Los escándalos de Enron en Estados Unidos, Vivendi en Francia y Nueva York y Parmalat en Italia, sugieren que el sistema de gobierno tiene mucho que ver con la ocurrencia de los desfalcos.
Un gobierno debe, cualquiera que sea su índole, procurar, en el amplio sentido del término, la buena marcha de la organización. Ello implica que el gobierno de la empresa no debe restringirse o reducirse a resultados económicos, sino también a otros aspectos que, influyen en el resultado global y comprometen seriamente la existencia a medio y largo plazo de la organización.
Con esto se quiere destacar el rol fundamental que representa el gobierno de las organizaciones en tanto que le compete realizar las acciones de control, correctivas y proactivas tendentes a asegurar la supervivencia de la organización en el tiempo. Este objetivo sólo es posible si se atiende al carácter eminentemente humano de las organizaciones como motores de perfección y crecimiento personal, no sólo de quienes participan activamente en ellas, sino también del conjunto de la sociedad a la que pertenecen.
Sin atender a esta cuestión, el gobierno de la empresa u organización podrá ser más o menos eficiente en términos económicos, pero nunca será una tarea completamente humana. La pregunta fundamental entonces es: ¿debe el gobierno de la empresa u organización aspirar a promover la virtud o perfección de sus miembros?

PERFECTAMENTE PERFECCIONISTAS

La discusión en torno al perfeccionismo está plenamente vigente y encuentra su raíz en la dialéctica generada a partir del rechazo de la ética y la política aristotélica. Podemos definir el perfeccionismo como aquella teoría que postula que la excelencia, plenitud o felicidad humana se logra en un tipo de vida virtuosa que es la única que desarrolla plenamente la naturaleza humana, política, moral, intelectual y física.
El gobierno perfeccionista es la creencia de que las políticas sólidas y el buen derecho no solamente aspiran a colaborar en la tarea de preservar la seguridad, la comodidad y prosperidad de personas y organizaciones, sino también de hacerlas virtuosas. Esto es, hacer a los hombres excelentes miembros de un colectivo organizado, cuyo bien se identifica con el bien plenamente humano.
Esta visión de lo ético y lo político se encontraba claramente perfilada en autores clásicos, especialmente en Aristóteles, y fue complementada posteriormente por Tomás de Aquino y varios autores contemporáneos. Sin embargo, esta visión sobre todo de lo político, sólo es propia y característica de lo que Isaiah Berlin ha denominado como «tradición básica del pensamiento occidental».

LIBERALISMO, ¿ANTIPERFECCIONISTA?

Conviene expresar algunas críticas que se han hecho al perfeccionismo, sobre todo las de varios autores liberales contemporáneos. El perfeccionismo no sólo debe dar respuesta a esas críticas, sino también superar las explicaciones y argumentos del antiperfeccionismo. Entonces, lo interesante aquí es observar cómo se articulan las críticas al perfeccionismo y de qué manera esas críticas suponen una reacción a sus postulados básicos.
Los críticos de la tradición central del pensamiento occidental consideran que el perfeccionismo que se desprende de los postulados básicos de dicha teoría política y moral contravienen el principio fundamental de la libertad humana. Para los liberales ortodoxos la perfección humana no es asunto que dependa de la actividad política o de gobierno; la perfección de los hombres no puede ser alentada, ni tampoco promovida por la actividad de gobierno, so pena de incurrir en apremios ilegítimos que atentan contra la libertad, el único bien considerado como fundamental y originario de los hombres.
En el fondo, el liberalismo considera inconsistente el perfeccionismo según una determinada concepción de la libertad humana. De acuerdo con este esquema liberal, las leyes y políticas perfeccionistas violan algunos principios fundamentales sobre los que se erige el liberalismo; a saber: la justicia y los derechos humanos.
Como dice Ronald Dworkin, los liberales insisten en que la gente tiene el derecho legal a decir lo que quiera en materias de controversia política y social. Así pues, los liberales creen que el Estado no puede imponer un modo determinado de vida, sino que debería dejar a los ciudadanos libres para elegir sus propios fines y valores, mientras esta elección sea consistente con la libertad de los demás.
En suma, el Estado liberal no se propone perfeccionar al hombre, y renuncia a la promoción de toda forma de vida buena. En el fondo, como explica Stanley Hauerwas, el proyecto político y social liberal parte de un supuesto fundamental aunque ficticio: crear sociedades justas sin que las personas que las constituyen realmente lo sean.
Aunque no se trata de una sola doctrina liberal compacta y uniforme, lo cierto es que la mayor parte de los teóricos liberales comparten la misma idea sobre el carácter instrumental y, consiguientemente, neutral de la actividad de gobierno respecto de la definición de la vida buena. Así pues, los teóricos liberales se vuelven, lo quieran o no, inevitablemente teóricos del antiperfeccionismo. También parece haber un acuerdo general entre ellos en otorgar a la autonomía individual un valor intrínseco y primario respecto de cualquier otro bien.
Hablar del liberalismo. No hay uno, sino muchos; algunos incluso divergentes entre sí. En los últimos tiempos han surgido pensadores liberales que presentan una versión del liberalismo en la que intentan conciliar la autonomía, valor típicamente liberal, con criterios perfeccionistas como el bien común y la virtud. Es el caso de uno de los mejores y más emblemáticos representantes del liberalismo perfeccionista: Joseph Raz. Para él, la autonomía individual es un bien intrínseco; pero no el único. Además, sostiene que el gobierno debe promover positivamente el ejercicio de la autonomía. En este punto se opone radicalmente a los liberales antiperfeccionistas, que consideran el ejercicio de la autonomía el único bien humano.
El pluralismo es un punto de especial sensibilidad para los liberales ortodoxos. Para ellos, el perfeccionismo como doctrina moral implica aceptar un cierto monismo del bien humano. Esto lo explica muy bien Stuart Hampshire, para quien no existe un modo conclusivo que muestre que el argumento acerca de un ideal de vida sea más probable o plausible que otro. Hampshire cree, en el fondo, que no hay razones para que un ideal de vida sea preferible a otro.
En este sentido, los antiperfeccionistas se muestran recelosos de la clásica doctrina perfeccionista de gobierno porque piensan que no toma suficientemente en cuenta el hecho de que las personas tienen un desacuerdo razonable sobre los ideales de florecimiento humano. Como se ha indicado, Joseph Raz ha intentado compatibilizar el principio perfeccionista que está en la base de su liberalismo con una concepción plural del bien humano que, supuestamente, sería la aportación de la ortodoxia liberal. Así pues, Raz dice que una concepción del bienestar humano que combine autonomía y pluralismo de valores resuelve la cuestión liberal de cómo combinar una búsqueda política de ideales del bien con una actitud de tolerancia y respeto por la libertad individual.

DOGMAS DEL PLURALISMO

Sin embargo, el pluralismo y la afirmación de un ideal de florecimiento o perfección propiamente humano están en conflicto, según afirman liberales como Rawls. Por esa razón, este autor desecha la prioridad del bien sobre lo justo y, consiguientemente, cualquier acuerdo racional acerca de lo que puede ser la «vida buena».
La postura liberal, fundamentalmente antagónica a la doctrina clásica del florecimiento humano, se encuentra con no pocas dificultades argumentativas. John Rawls, uno de los más conspicuos liberales, fundamenta su posición antiperfeccionista sobre el hecho de la actual sociedad democrática moderna. Piensa que la sociedad democrática no sólo se caracteriza por acoger una pluralidad de doctrinas comprehensivas religiosas, filosóficas y morales, sino también una pluralidad de doctrinas comprehensivas incompatibles entre sí.
Rawls otorga a cada una de estas doctrinas comprehensivas un mismo valor racional; por consiguiente, ninguna puede ser elevada como la única y verdadera. En el fondo, como dice Vittorio Possenti, el concepto compartido de bien y de buena vida, por el que las personas eligen libremente fines también divergentes, ha decaído en la sociedad pluralista. Incluso más, la sociedad liberal pluralista ni siquiera llegará a ser abrazada por todos, o casi todos, los ciudadanos.
De este modo, el liberalismo, según Rawls, parte del supuesto de que, a efectos políticos, una pluralidad de doctrinas comprehensivas, razonables pero incompatibles, es resultado normal del ejercicio de la razón humana en el marco de instituciones libres de un régimen constitucional democrático. Sin embargo, ello supone, contrariamente a lo que cree Rawls, que la democracia es el único dogma y la única verdad, que deben abrazar todos los ciudadanos. Esta condición sine qua non del antiperfeccionismo rawlsiano resulta ser tan antipluralista como el perfeccionismo que critica.

ALTOS IDEALES

Steven Wall prácticamente en la misma línea de Raz ha planteado que el perfeccionismo político está comprometido con cuatro aspectos fundamentales. En primer lugar, reconoce que algunos ideales de florecimiento humano son bienes y pueden ser conocidos racionalmente como los mejores; segundo, que el Estado y el sistema de gobierno no sólo justifican esos ideales humanos superiores, sino que además los promueven y fomentan positivamente; tercero, que la moralidad política está formada por los ideales de florecimiento humano; y cuarto, que no hay un principio moral general que prohiba al Estado favorecer estos ideales de florecimiento humano, aun cuando puedan ser controvertidos y sean objeto de un desacuerdo razonable.
El último aspecto señalado por Wall guarda relación directa con el pluralismo típicamente liberal. Conviene señalar que la doctrina perfeccionista no es monista respecto al bien que propone, como los antiperfeccionistas suponen y no lo es porque el bien humano supremo, a pesar de ser uno, puede concretarse de modos muy diversos. El problema radica en que los liberales centran la discusión de la pluralidad de valores en las necesidades contradictorias de nuestra común naturaleza humana y niegan cualquier posibilidad de perfección humana, pues consideran que la misma naturaleza humana es la que impide hablar de su perfección.
En el fondo, los liberales antiperfeccionistas piensan que la naturaleza humana está completamente desteleologizada; es decir, que no posee un fin natural: ningún ser humano puede ser perfecto porque sus necesidades son contradictorias. Esto no significa que la vida humana sea imperfecta, sino que la idea de perfección (simplemente) no tiene significado.
Hemos dicho que un rasgo relevante del perfeccionismo es el rol esencial que representan Gobierno y legisladores, en cuanto responsables directos de fomentar y promover las virtudes de los ciudadanos o, en el caso de las organizaciones y empresas, fomentar y promover las virtudes de sus miembros. Como dice Aristóteles en la Ética a Nicómaco, los legisladores hacen buenos a los ciudadanos animándoles a adquirir ciertos hábitos, y esta es la voluntad de todo legislador; pero los que no lo hacen bien, yerran, y con esto se distingue el buen régimen del malo. Así, el éxito o el fracaso de la actividad directiva o gubernativa dependerá de si los miembros de la organización consiguen o no mejorar como lo que son: hombres dotados de una naturaleza social y política.
En un contexto perfeccionista, el Gobierno está llamado a preservar las condiciones que permitan el cultivo de los más altos ideales de vida. En otras palabras, el Gobierno debe procurar proveer los medios adecuados para que los ciudadanos se hagan morales a sí mismos. Debe promulgar aquellas disposiciones que prohiban los vicios que más perjudican la constitución política y la moralidad de los miembros de una comunidad u organización. Se ve claramente que el gobierno de las organizaciones tiene un rol fundamental en su buena marcha. El gobierno es fundamental porque promueve la adquisición de hábitos excelentes en sus miembros y crea un estilo particular de hacer las cosas. Sin estos hábitos que anidan en el interior de los espíritus, las personas quedan desprovistas de una perfección a la que se encuentran naturalmente dispuestas.
Cuando las personas no consiguen adquirir las virtudes que su naturaleza exige debido a la incompetencia del gobierno, es una clara señal de que quienes ejercen puestos de responsabilidad gubernativa han fracasado no sólo en su función específica, sino también en su función como hombres. Este fracaso en el plano personal se acompaña de otras frustraciones que se extienden al resto del quehacer organizacional y ponen en peligro la vida misma de la entidad.

LA VIRTUD RETRIBUYE

Una teoría de gobierno perfeccionista debe procurar fomentar, alentar y cuidar la virtud o excelencia de los miembros de la organización. Sólo un gobierno que tenga en cuenta la virtud de sus miembros podrá formular políticas que aseguren la supervivencia de la organización en el largo plazo.
Subsidiariamente, un gobierno perfeccionista estará más capacitado para detectar los fallos, tanto estructurales como individuales, en su organización. Con esto se quiere afirmar que el gobierno perfeccionista de las organizaciones responde de mejor modo a los requerimientos que impone la naturaleza humana. Además, si responde mejor a las exigencias propias del ser personal, entonces también será, en el largo plazo, el mejor y más eficiente sistema de gobierno sin importar el tipo de organización de que se trate. Si algo puede caracterizar a las organizaciones es el crecimiento personal que suponen. Una organización que no fomente el crecimiento personal y virtuoso de sus miembros terminará frustrando su razón de existir.
Los fraudes o actos ilícitos pueden prevenirse de muchas maneras. La norma es necesaria y forma parte esencial de la racionalidad práctica. Sin embargo, no es condición suficiente para asegurar el éxito organizacional. Para lograr buena parte de los propósitos de la organización, se debe contar con un gobierno que promueva la adquisición de las virtudes humanas que, al mismo tiempo, persiguen la concreción de los bienes humanos más altos y excelentes. Así pues, los gobiernos de las organizaciones deben ser perfeccionistas en el sentido de que deben fomentar la adquisición de excelencias humanas, teóricas, prácticas y técnicas, todas ellas necesarias, y que manifiestan la unidad esencial del hombre como ser espiritual y material.

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