¿Mano dura o democracia?

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LA NOSTALGIA ANTIDEMOCRÁTICA

Escribir este artículo me exigió un esfuerzo especial. Para cuando este texto se publique, todos estaremos intoxicados de la propaganda de los candidatos presidenciales, así que el lector dirá, «¡Cómo! ¿Otro artículo sobre las elecciones?». Hubo, además, que sortear otra dificultad, istmo no es una revista de coyuntura política; no es su propósito. Me encuentro, pues, atrapado entre la espada y la pared: quiero hablar de la política mexicana, pero no parece que este sea el espacio más adecuado.
Se me ocurre una idea. Contaré una anécdota, algo que me sucedió hace un par de meses. Me encontraba en una comida de gente elegante y emperifollada (yo estaba ahí por pura casualidad, porque era el amigo del primo de un señor que no llegó a la fiesta). Como los que estábamos en la mesa no nos conocíamos previamente, la conversación no fluyó con facilidad, estuvo empedrada con esos silencios tan incómodos que todo mundo intenta llenar con referencias al clima, al tráfico del D.F. y a la política. Después de que nos quejamos de la ciudad y su clima, tocó el turno a la política.
Varios de los comensales eran empresarios y centraron su críticas en los vaivenes del foxismo (no discutiré el punto, la editora no publica artículos de política partidista). En el calor de la discusión, o mejor dicho de las copas, pues ya llevábamos varios tragos de anís y de coñac, uno de los presentes soltó una frase lapidaria: «Necesitamos mano dura, con la democracia no se avanza». Todos los ahí presentes, insisto, hombres educados, con maestrías en el extranjero y cuentas bancarias en Suiza, apoyaron la máxima. La democracia discute demasiado y emprende poco. Los países incultos como el nuestro necesitan de una mano firme que ponga en marcha los proyectos necesarios para el país.
Me quedé helado. Estuve a punto de intervenir a favor de la democracia, pero eran muchos y ni ellos ni yo estábamos en condiciones de discutir objetivamente, así que en cuanto pude me cambié de mesa para terminar mi café y mejor hablar del calentamiento global y sus repercusiones en el Valle de México, no fuese la de malas y la comida terminase en gresca.
Que un grupo de personas instruidas sufra nostalgia por nuestro pasado poco democrático es muy grave. Llevamos pocos años de vida democrática y ya estamos desencantados de ella. Quizá porque nadie nos explicó que la vida democrática es, ante todo, discusión, debate, búsqueda de consensos y control sobre las autoridades.
Los antiguos griegos sabían que la monarquía tenía muchas ventajas, decisiones rápidas, capacidad de reacción en casos de crisis; en suma, el gobernante no había de ponerse de acuerdo con los súbditos, podía actuar para atajar los problemas sin estar atados de manos por la asamblea y el pueblo, este último siempre oscilante y fácil de manipular. Pero en esta fortaleza radica también su debilidad. El monarca no está obligado a dar cuentas de su quehacer a nadie. Si el rey es virtuoso y hábil, el reino irá bien; si es un tipo deshonesto y tonto, el reino estará perdido. En otras palabras, si San Luis gobierna Francia, las cosas irán bien; si Luis XVI ciñe la corona, los súbditos sufrirán.
LÍDER, FÜHRER, CAUDILLO
Seamos sinceros, a la mayoría de nosotros nos gusta que alguien resuelva los problemas por nosotros; cargar con el peso de nuestras decisiones agobia a cualquiera. Es el drama del viernes por la noche:
–Gordo, ¿a dónde vamos?
Y él para no meterse en líos contesta:
–A donde tú quieras, me da igual -pero la verdad es que no le da igual.
–No, no decide tú.
–En serio, tú di. –Ay no, porque la última vez no te gustó la taquería a la que te llevé…
Y la conversación continúa así, rumbo al divorcio, porque ninguno de los dos quiere asumir los costos de una mala elección.
Las personas están dispuestas a sacrificar su libertad siempre y cuando eso les reditúe comodidad. Precisamente en eso radica el éxito de los manuales y las recetas, en que siempre nos podemos remitir a la comodidad de la norma, de lo que nos han dicho. Manejar con completa libertad una computadora al grado de programarla y desprogramarla implicaría haber estudiado arduos años de informática y pocos estarían dispuestos a ello. ¿Quién quiere dedicarse a la política más allá de la plática del café?
La añoranza del líder ¿caudillo es la palabra castiza? forma parte de la psicología humana. El líder brinda seguridad y soluciona los problemas de la comunidad a cambio de la entrega de una parte de la libertad individual, es el pago que él requiere por su trabajo. De ordinario estamos dispuestos a ello, pues nos disgusta la incertidumbre, queremos que alguien nos garantice el futuro y un líder fuerte nos vende eso: la supuesta certeza en el largo plazo.
Cuando los asuntos públicos marchan bien, nadie echa de menos la libertad y el derecho a intervenir en el gobierno de la comunidad; el líder esta ahí para resolverlos. El conflicto comienza cuando la economía o la paz social se deterioran, sólo entonces los súbditos comienzan a extrañar el derecho a participar en las decisiones públicas. Demasiado tarde: se topan con que han renunciado a dicha posibilidad. Los modelos no-democráticos carecen de mecanismos de control sobre los gobernantes; cuando estos fallan es muy difícil revocar el mandato del líder. Recordemos el caso de Hitler, cuando las personas sensatas quisieron quitarle el poder, ya no había una manera legal de dar marcha atrás. Las tiranías carecen de mecanismos eficaces de autorregulación, pues les falta un sistema de pesos y contrapesos.
La democracia, no me cabe duda, tiene muchos inconvenientes. No obstante, es el mecanismo más eficaz para llamar a cuentas a los gobernantes. A veces olvidamos que detrás de las muchas situaciones de pobreza e inseguridad hay toda una historia de corrupción. Los gobernantes tiránicos se apropian de la república (la res –cosa– pública), la tratan como si fuese su patrimonio, propiedad privada. En las tiranías, la justicia no se imparte conforme a derecho, sino según el arbitrio del líder, que la considera una dádiva que graciosamente se reparte entre los súbditos.
Si el tirano desea acabar con los robos, movilizará todo el aparato policial para lograrlo; si su liderazgo es firme, logrará su cometido. Esto es lo que muchos añoran. Olvidan, sin embargo, que cuando la justicia se imparte arbitrariamente (un contrasentido, por cierto), esta supuesta eficacia puede volverse en contra de los súbditos, pues carecen de protección frente a eventuales arbitrariedades del caudillo. Para decirlo rápido y pronto, el problema de los liderazgos sin democracia es que nadie nos puede defender de ellos.
Los problemas de inseguridad y violencia de un país rara vez provienen del «exceso» de democracia. Al contrario, son consecuencia de la ancestral ausencia de estado de derecho. En una nación donde los jueces han sido peones del rey, nadie puede esperar justicia.
TIRANÍA E INFANTILISMO
Una de las mayores perversidades de los tiranos es la de mantener en el infantilismo político a sus súbditos; se trata de hacerlos patológicamente dependientes de su poder, de que no sean capaces de pensar por sí mismos, de resolver sus problemas sin un rey; los tiranos más hábiles son como esas madres enfermizas que impiden que sus hijos se valgan por sí mismos, porque saben que de esa manera siempre dependerán de ellas. La mejor manera de perpetuarse en el poder es impedir el desarrollo de la conciencia política y la mejor manera de lograrlo es acostumbrar a los súbditos a recibir todo digerido.
La mayoría de edad supondría la capacidad de tomar la rienda de la propia vida, de que nos atreviéramos a pensar sin la tutela de los poderosos. En las nuevas tiranías el Big Brother ya no es un panóptico opresivo, como la cárcel diseñada para que desde una torre el vigilante pudiera ver a todos los reos. El Gran Hermano de las sociedades contemporáneas idiotiza; en lugar de cámaras de video coloca televisores en cada cuarto. Así se asegura que la pereza mental prevalezca.
Los tiranos más refinados no son los que matan u oprimen a los súbditos críticos, sino los que colonizan mentalmente a los gobernados e impiden que se conviertan en ciudadanos: «Tú me necesitas, porque tú no eres capaz de gobernarte por ti mismo». Esos caudillos han sembrado en su rebaño la tirano-dependencia. Los más hábiles son aquellos que permiten pequeñas experiencias democráticas para que los inexpertos «ciudadanos» saboreen los primeros y lógicos fracasos y, entonces, desalentados, regresen a la casa materna, con la cola entre las matas: «Mamá, tenías razón, nunca me debí de haber casado, sólo tú sabes cocinar…».

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