Google y Dios

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LA AUSENCIA DE DIOS

Dicen que la palabra más buscada en Google es «sex», y la segunda «Dios». No sé si esto sea verdad. Pero no me extrañaría a juzgar por el número de páginas pornográficas que se inauguran diariamente y la cantidad de publicaciones electrónicas que tienen que ver con religión, el más allá, lo sobrenatural o, en definitiva, con Dios.
Sin embargo, en Occidente (y quizá también en China y Japón) Dios es el gran ausente de la vida pública. Los jóvenes no asisten a misa, su estilo de vida es incompatible con las enseñanzas tradicionales y, sobre todo, las prácticas piadosas cotidianas, esas que tiñen la vida social de «Dios», han pasado al armario de los trastes viejos. Toda generalización es peligrosa pero no creo andar muy descaminado en mi diagnóstico. Dios no es un factor que se toma en cuenta para decidir nuestro estilo de vida, ni en China ni en México.
Ignoro cómo se llegó a tal situación. Supongo que las cosas nunca fueron muy distintas. Las relaciones de los humanos con Dios siempre se han caracterizado por una tensión, una dialéctica llena de misterio. Difícilmente puede hablarse de épocas doradas para el cristianismo. La edad media no fue un modelo de vida cristiana: guerras, intolerancia, explotación? Europa fue «oficialmente» cristiana, pero eso no significa que realmente lo fuese, al menos si consideramos que «cristiano» y «evangélico» son adjetivos intercambiables.

USOS Y ABUSOS DE LOS CRISTIANOS

Asistimos a la crisis generalizada de las instituciones religiosas. La mujer y el hombre de la calle desconfían instintivamente de ellas, desconfían de un Dios que habla por boca de las personas, desconfían de las leyes, desconfían de las estructuras.
Este recelo merece una explicación compleja que no soy capaz de ofrecer. Sólo apunto algunas ideas: en ocasiones, las instituciones religiosas han abusado de las conciencias. Si a ello añadimos la hipocresía de las buenas conciencias -las que abominan los pecados de la carne, pero no las injusticias sociales- se obtiene la bomba Molotov para demoler el imponente (y engañoso) edificio del cristianismo oficial.
La revuelta de 1968, una revuelta fallida, clamaba por la autenticidad y reivindicaba, quizá con buena dosis de ingenuidad, el valor de una existencia sincera, reconciliada con el mundo. Los muchachos del 68 echaban en cara a las buenas conciencias su comodidad burguesa, su doblez, incompatible con las exigencias de un cristianismo profundo, que se toma al pie de la letra el amor al prójimo.
La moral institucional del cristianismo se desploma: la gente ya no practica ni siquiera en los países supuestamente católicos, como México. Este desmoronamiento ha puesto al descubierto lo que siempre estuvo ahí: las dificultades personales para llevar una vida cristiana. La diferencia es que esas dificultades toman ahora carta de ciudadanía, afloran y se les aplaude.
La austeridad y la templanza –virtudes griegas y cristianas– han dejado de ser aplaudidas oficialmente por la sociedad, y las instituciones que aún se atreven a valorar tales virtudes, la Iglesia Católica entre ellas, carecen de prestigio entre el grueso de la población, al menos de ese prestigio eficaz y operativo que nos lleva a cultivar las virtudes que la Iglesia alaba. Lo que quiero decir es que al universitario medio le tiene sin cuidado lo que la Iglesia diga sobre la embriaguez, las drogas y la sexualidad.
UNA NUEVA MORAL
El orden moral se conculca. No se trata sólo de que ciertas virtudes estén pasadas de moda, no es cuestión de que carezcan de prestigio, es que acudimos, literalmente a su lapidación. Nietzsche y Freud son vistos como los liberadores de la humanidad. Ellos nos han quitado el velo de los ojos: la vida virtuosa es una represión y cuando los impulsos naturales se reprimen, uno se enferma. El Occidente ha estado enfermo de represión y la Iglesia, piensan, ha contribuido decididamente a enfermar a la humanidad.
Hace unas semanas charlaba con un amigo, llegado el momento de las confidencias, me confesaba que le gustaba sentir su animalidad. Y no se vaya a pensar que se refería a perversiones ni acciones especialmente escandalosas, nada que no haya experimentado el universitario medio de Occidente. De verdad se hacía cargo de su animalidad: «Yo no espero nada, absolutamente nada, fuera de esta tierra». Y a continuación me explicaba cómo había abandonado el cristianismo, una religión que no le permitía vivir su humanidad.
Claro que la filosofía de Nietzsche atrae cuando queremos gozar de la vida a tope, pero también hay que preguntarse si esa filosofía sirve para sufrir y para morir. Mi amigo me decía que sí, que somos polvo, tierra, lodo, y cuando expiramos no queda de nosotros absolutamente nada. Es muy valiente. Yo no lo soy tanto. Siento un miedo más que animal ante la muerte, me angustia la posibilidad del sufrimiento en todas sus macabras facetas. Por eso mismo me gusta tanto ese versículo del Cantar de los Cantares, donde el poeta afirma que «el amor es más fuerte que la muerte». Aristóteles lo decía de una manera menos estética: sin amigos nadie querría vivir.

EL ODIO Y EL AMOR

La abolición del cristianismo lleva de la mano a la abolición de la caridad; el amor se convierte en filantropía y, a la larga, la filantropía deviene pura «corrección política». Una filosofía así nos lleva a ver al prójimo como el «otro». No reconoce en el ser humano al hermano, mucho menos se ve en él la imagen de Dios, el otro es un límite, lo distinto de mí, lo que-no-soy-yo.
En el mejor de los casos las relaciones con el otro son de corrección política, de parsimonia. Quizá esté exagerando, quizá la mayoría de las personas pueden amar al prójimo sin involucrar a Dios; quizá yo sea un débil y un egoísta, pues necesito de Dios para entender la plenitud del amor a los demás. No lo sé, en cualquier caso, no pretendo generalizar, solo cuento lo que a mí me pasa.
La ausencia de Dios como garante de las relaciones humanas hace de ellas una cadena fragilísima, tenue, que se fundamenta en una especie de contrato, un qui pro quo, donde sólo tiene cabida el otro que puede aportar algo a la relación.
Bien es cierto que por lo pronto, el discurso de los derechos humanos salvaguarda al otro. El cristianismo y sus absolutos morales se han vuelto a colar en Occidente a través de tales derechos inalienables, que están por encima de las legislaciones. No sé cuánto tiempo más estemos en condiciones de seguir reconociéndolos. Los derechos humanos en un mundo sin Dios son demasiado pretenciosos.
La emancipación de un Dios castigador nos ha librado de la opresión de las llamas del infierno, pero también del premio del cielo. La muerte de Dios ha dejado la justicia exclusivamente en manos humanas. El infierno y el cielo hacían que la injusticia no fuese la última palabra.
Precisamente por eso seguimos googleando la palabra Dios, porque para dotar de sentido al dolor y al sufrimiento nos hace falta Él. Frente al hijo fallecido en un accidente estúpido, frente a la cónyuge que rompe su promesa y se larga con el vecino, frente a la enfermedad incurable y terminal del mejor amigo, frente a la soledad de la vejez, la perorata de Nietzsche (de ciertos nietszcheanos) cae por su propio peso. Necesito consuelo y la ilustrada mayoría de edad no enjuga mis lágrimas: me da argumentos y razones para comprender la inexorable lógica de la muerte, pero no me consuela cuando estoy frente a un muerto.
Siempre he desconfiado de cierto tipo de optimismo al que encuentro poco cristiano. Los cristianos no tienen porqué esperar a que las cosas de este mundo mejoren. Como dice el chiste, «optimista es quien dice que este es el mejor de los mundos posibles; y pesimista es quien se lo cree».
La fe en el progreso físico y moral es una convicción ilustrada, no un artículo de fe del cristianismo; por el contrario, en el Nuevo Testamento, el Evangelio incluido, da pie a suponer que al final de esta historia, «los villanos ganan». Es más, me inclino a pensar que lo propio del cristianismo es un deje de pesimismo.
Para los cristianos, el cielo nuevo y la tierra nueva están fuera de la historia, el cristianismo no es un mesianismo histórico, sino metahistórico, metafísico. Pienso que frente al optimismo ilustrado lo propio del cristiano es la esperanza, la esperanza de que la injusticia no tendrá la última palabra, porque Dios es Señor de la historia.

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