Lo que eres no cabe en tu nombre*

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Suele ser natural, al inicio de una conversación con alguien a quien recién se conoce, preguntarle su nombre. Dirigirse al otro por su nombre es también una muestra de cercanía y buen trato. De ahí que los apelativos genéricos como «oiga», «señorita», «señor», «jovencito», «alumno», «psst», «hey» cuando reemplazan al nombre propio, aunque cumplen con su función apelativa, denotan también desinterés por el prójimo cuando este no es sólo un interlocutor episódico, sino alguien con quien se tiene contacto habitual.
Pero nos interesa mucho más que el nombre de aquellos con quienes nos relacionamos cuando esos vínculos pasan de ser meramente funcionales y llegan a ser ricamente personales, como las relaciones de amistad, fraternidad, filiación, amor conyugal.
Delante nuestro, en palabras del filósofo del diálogo Martin Buber, tenemos un TÚ (ser personal) y no un ello (mero objeto manipulable). Aquí cobra relevancia la expresión coloquial «cuéntamelo todo», pues no se trata de la sola curiosidad malsana para matar el tiempo, sino fundamentalmente de un anhelo por saber más de los intereses, alegrías y penas del otro: todo lo suyo nos interesa, precisamente porque es suyo.
En esta circunstancia, el diálogo se torna comunicación interpersonal. Los amigos, los hermanos, los padres, los enamorados muestran recíprocamente su intimidad. Aquella que se da a cucharaditas, se expresa en voz baja y se manifiesta en el tiempo y lugar oportunos. Es algo entre tú y yo, comunicación de «tú» a «tú» con destinatario específico. No es un mail masivo, ni mucho menos un «comunicado a la opinión pública».
En este encuentro de intimidades en que se va mostrando la riqueza personal de uno y otro, a los amigos, padres y amantes les resulta poco el nombre que cada cual lleva en su documento oficial de identidad. El nombre de pila se queda corto y aparecen los apelativos que intentan resaltar los rasgos característicos puestos en evidencia por el clima de apertura que propicia el amor. Y así, papá no pregunta por Marita sino por la «ardillita», la «americana», la «princesita». No sobra un solo nombre, todos ellos dicen algo de Marita y, es muy probable también que al cabo del tiempo, Marita recuerde que sólo papá la llamaba «princesita».
Los enamorados saben que un nombre no basta. Desde luego, decirse «mi vida», «cariño» y demás apelativos son bonitos cumplidos, pero son más que fórmulas de estilo cuando brotan del fondo del alma; los enamorados lo saben: este nuevo nombre quiere significar lo que tú eres para mí; le he puesto nombre a un recodo de tu ser patente a mí, pero quizás oculto a ti. Pedro Salinas lo dice bellamente: «Quítate ya los trajes,/ las señas, los retratos;/ yo no te quiero así, disfrazada de otra,/ hija siempre de algo./ Te quiero pura, libre,/ irreductible: tú./ Sé que cuando te llame/ entre todas las gentes/ del mundo,/ sólo tú serás tú».
Ciertamente, en poner nombres, quizás no somos muy originales y repetimos lo que romeos y julietas de todos los tiempos se han dicho. Pero, del mismo modo que una mamá reconoce el llanto de su niño de entre muchos, también María sabe que sólo Juan pronuncia bien su nombre.
Lo que no podemos hacer los seres humanos –Dios sí– es darnos un nombre que sea traducción verbal de lo que somos. Dice el Libro del Apocalipsis : «Al vencedor? le daré una piedra blanca, en la que hay un nombre siempre nuevo que sólo conoce quien lo recibe» (Ap. 2, 17). «Sólo en Dios –dice Romano Guardini– radica cada ser humano. Sólo en el encuentro con Él aprende quién es, pues sólo Dios puede decírselo. Sólo el amor de Dios lo constituye definitivamente en su propio sí mismo. Y, por tanto, Dios es también el único que le dice auténticamente “tú”. Su verdadero nombre es la expresión de este conocimiento que Dios tiene de él y que él ha aprendido de Dios sobre sí mismo. Este nombre está protegido. “Nadie lo conoce”; sólo Dios y él».
A falta del único nombre que abarque a cada uno de nuestros seres queridos, echamos mano de nombres y pronombres que se dicen muy quedo al oído.  Nos han llamado y nos llama de muchas maneras, pero unos nombres nos dicen más que otros,  aquellos escritos en la piedra blanca que guardamos en un lugar preferente del corazón.

* Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Piura. Licenciado en Ciencias de la Información por la misma universidad, con estudios de Maestría en Derecho Civil por la PUCP

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