Acción y pensamiento

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Conocí a Carlos Llano en 1980 durante un curso de orientación vocacional para alumnos de la preparatoria de la Universidad Panamericana. La idea central de su conferencia era el principio de realidad. A la hora de elegir carrera, decía a los asistentes, hemos de ponderar nuestras circunstancias y condiciones particulares. Recuerdo bien que para ilustrar, me hizo una broma al respecto: «Sería ilógico que Héctor decidiese ser levantador de pesas». (Quienes me conocen personalmente saben que nunca he pasado de los 60 kilos, menos aún en aquellos tiempos de juventud).
Han pasado ya algunos años, no tantos, desde aquel primer encuentro. Y pareciera que poco han cambiado las cosas: aún soy esbelto y guardo la misma admiración por él; Carlos Llano, por su parte, sigue siendo el excelente expositor y maestro con aquel gran sentido del humor, pero, sobre todo, aún defiende a capa y espada el principio de realidad. De manera que, me parece, esta es una de las ideas claves para entenderle. Carlos Llano desconfía del pensamiento desvinculado de la acción. Para actuar, no basta pensar, es necesario reconocer los relieves, las aristas y simas del mundo. Es decir, el pensamiento puro mata. Es infecundo. Fútil.
Uno de los primeros consejos profesionales que me dio fue el de tener siempre un pie en la tierra. Por aquel tiempo, mi padre quería involucrarme en su negocio de engranes y yo, filósofo al fin, me resistía a mancharme de grasa. Quizá esto es lo que más me sorprende de Llano, su capacidad de combinar una intensa vida empresarial con sus afanes intelectuales. Los negocios y la academia no son para él dos esferas incompatibles. (El segundo consejo que me dio fue de orden estrictamente intelectual: «aprende griego». Creo que esto lo pinta de pies a cabeza. Su afán por conciliar lo que otros consideran inconciliable).

EL INTÉRPRETE DE LA ACCIÓN

Prima facie, el énfasis en la acción no deja de ser curioso en un hombre cuyo talante es el de un intelectual. Sin embargo, si escarbamos un poco en su trayectoria, nos daremos cuenta de que en su mente siempre han rondado autores y temas relacionados con la acción humana.
Una de las primeras fuentes de las que se nutre es la escolática a la usanza de Tomás de Aquino. Pero no cualquier Tomás, sino aquél que está volcado al estudio de la decisión. ¿Qué es lo que convierte el pensamiento abstracto en acción concreta? Decidirse a ejecutar el proyecto. Este proceso es precisamente el que cautiva la atención de Llano.
El análisis de la acción humana, y más en particular de la acción directiva, es el nudo de su obra. Basta echar una ojeada a su extensa bibliografía para constatar que vive obsesionado, por decirlo de algún modo, con la acción. Su enfoque del tema ha sido particularmente fecundo tanto en la esfera de la empresa como en la de la academia. Él gustaba de repetir aquello de que «a los empresarios les habla de filosofía y a los filósofos de empresa». La expresión revela que tanto a empresarios como a intelectuales les habla de un mismo fenómeno: la acción.
La principal originalidad de Llano radica en haber detectado que este interés por la acción podía alimentarse de Santo Tomás de Aquino, al que ha dedicado muchas páginas desde que se doctoró en Roma. No debería extrañarnos tanto que Tomás sea la fuente de inspiración de su teoría de la acción. Al fin y al cabo, el Aquinate es discípulo de Aristóteles a quien puede considerarse como el fundador de la filosofía práctica.
Como buen aristotélico, Tomás se interesa por la racionalidad práctica. Esto es, por el modo como los seres humanos averiguamos los medios para conseguir nuestros fines. Este tipo de razonamiento implica un componente que no puede reducirse al pensamiento. Cuando actuamos racionalmente hacemos un cálculo sobre los medios que nos conducen al fin que nos hemos propuesto. Sin embargo, este cálculo implica, también, factores de tipo psicológico, emocional y volitivo. La tradición escolástica, siguiendo de cerca al de Estagira, vinculó este proceso con la virtud de la prudencia. Quien haya leído el libro de Carlos Llano, Análisis de la acción directiva, se percatará de la deuda de su autor con la teoría escolástica de la prudencia y del acto de decisión.
El razonamiento práctico, a diferencia del teórico, involucra la voluntad. El paso del pensamiento puro a la acción no se da por la intervención del pensamiento, sino por la intervención de la voluntad. Es la decisión lo que distingue la acción del análisis. Cabría calificar a Llano de voluntarista, un filósofo para quien lo que define el carácter de las personas no es tanto lo que piensan, sino lo que practican.
El estilo de Llano tiene la frescura de quien no se toma demasiado en serio la teoría o, lo que es lo mismo, de quien se da cuenta de que la vida teórica se debe entretejer con las menudencias de la vida práctica y productiva para adquirir firmeza y textura.
Algunos fragmentos de su obra se pueden leer como una apología filosófica de la persona de acción; otros, invitan al individuo práctico a la reflexión y al sosiego. Deliberación, plan, libertad, proyecto, virtud, voluntad, decisión, carácter y acierto le preocupan recurrentemente. Su trabajo es una tentativa de «filosofía práctica» o, para usar la expresión de Aristóteles, «he peri ta antropeia philosophia»,1 una filosofía de las cosas humanas.

RESPUESTAS CLÁSICAS A PROBLEMAS NUEVOS

La filosofía de Llano supo presentarse como una alternativa a la filosofía de la praxis de corte marxista, en los tiempos en los que esta gozaba de prestigio entre los intelectuales. Sin duda, algunas de sus publicaciones presentan un espíritu combativo muy propio del siglo XX. Llano emprende el quehacer filosófico a partir de los clásicos: Platón, Aristóteles, Tomás. Aunque formado en ellos, no sirve a los textos, se sirve de ellos. Creatividad y erudición van de la mano en su obra. Por eso se le ocurre preguntar, por ejemplo, si los demonios dialogan entre sí y, a partir de esa reflexión casi excéntrica, hablarnos del papel de la verdad en el diálogo contemporáneo.
La referencia al marxismo no es un dato accesorio. El pensamiento de Llano se encuentra condicionado por el marxismo. Recordemos que el muro de Berlín cayó hace apenas 17 años. Frente a aquellos avatares, el filósofo mexicano intentó mostrar que desde la tradición cristiana era posible responder a las grandes preguntas y retos que planteaba el marxismo.
Llano también recibe la influencia del movimiento del 68. Una lectura de Las formas actuales de la libertad es suficiente para detectar que uno de sus interlocutores es Herbert Marcuse: el «padre de la Nueva Izquierda» cuyas críticas sociales resonaron en las filas del movimiento izquierdista estudiantil. La distinción entre libertad de y libertad para (inspirada, evidentemente, en Isaiah Berlin) inerva dicho libro. Para Llano, la libertad no significa primordialmente liberación, ruptura de vínculos, disolución de lazos; la libertad es fundamentalmente la capacidad de compromiso. Esta idea entronca con su teoría de la acción. La libertad es un ámbito del crecimiento humano en la medida en que sus fines valen la pena y sólo si los medios para obtenerlos perfeccionan al agente. Llano gusta de jugar con la dimensión reflexiva del verbo decidir: uno se decide. Esto es, nuestras elecciones nos forjan, dan forma a nuestra alma.
Frente a una sociedad conformista y con frecuencia sentimentalista, Llano reivindica el valor del compromiso y por tanto el de la fortaleza. Se enfrenta valientemente a lo que él llama los fantasmas de la sociedad contemporánea. De nueva cuenta resuena aquí la doctrina de Aquino. Los planes de acción son estériles cuando hace falta la fortaleza, que es la virtud para emprender, pero también para resistir. Una idea recurrente en la obra de Llano, lo mismo en filosofía que en management, es esta doble vertiente de la fortaleza. Emprender no es suficiente, hace falta permanecer al pie del cañón, ser capaz de mantener el compromiso a pesar de las adversidades externas y las vicisitudes internas.
Sorprende lo fecunda que resulta en las manos de Llano la teoría escolástica de las virtudes. No sería nada aventurado afirmar que una parte significativa de la pedagogía del IPADE descansa en ella. No le avergüenza hacer filosofía del mundo ordinario. Se atreve a hablar filosóficamente de la empresa, contra quienes piensan que eso –la empresa- es demasiado vulgar, demasiado procaz para ser digno de la olímpica mirada de Atenea. Cuando lo hace imprime la misma fuerza y asertividad que en sus textos académicos. Se mantiene fiel a sus premisas teóricas en sus concreciones prácticas. Así, la dirección de empresa es un conjunto de habilidades, en especial de la prudencia. Perfeccionarlas es algo que no se logra escuchando clases, sino interactuando y trabajando. Las habilidades directivas son, en suma, las virtudes humanas aplicadas a la conducción de las organizaciones.
Lo que distingue al director de empresa de otras profesiones es su habilidad para conciliar fines y orquestar voluntades. Uno de los aspectos más originales de su teoría del liderazgo es la inclusión de la humildad como una característica del líder. Sin humildad, el individuo pierde la verdad, pierde el piso, el sentido de realidad del que hemos venido hablando.

LA FE: HILO CONDUCTOR

Resulta innegable la presencia de la tradición católica en su pensamiento. Sin empacho alguno, Llano busca articular una filosofía y un management a partir de los principios cristianos. El cristianismo representa la influencia más profunda. Desde el punto de vista filosófico esto implica que para Llano el gran tema de su filosofía es Dios. Sólo a primera vista parecería que existe una incompatibilidad entre sus dos grandes preocupaciones: Dios y la acción. Sin embargo, la dificultad se desvanece cuando entendemos que para Llano, Dios no es tanto un objeto de pensamiento, cuanto un objeto de amor. El proyecto humano por excelencia es Dios. La acción humana adquiere su plenitud sólo cuando se dirige a Él.

ESCASOS PERO EFECTIVOS

Visto desde la empresa, este cariz cristiano significa la humanización de las relaciones laborales. La dirección de personas y no de máquinas. El sensibilizar tanto a patrones como a empleados para que se reconozcan, unos a otros, como seres humanos en una sana alteridad.
Nuestro país, y quizá el mundo, andan escasos de cristianos dedicados al pensamiento. La humanidad se ha dedicado a transformar el mundo, sin haberlo contemplado antes. Los resultados están a la vista. Algunos hablan, incluso, de una era postcristiana. A veces se antoja suponer que los católicos no logramos digerir la modernidad y, peor aún, que la posmodernidad, sea lo que esta fuere, nos sorprendió sin reservas intelectuales. La psicología, la genética, la economía, la política, la literatura caminan al margen de las antiguas coordenadas cristianas.
Carlos Llano ha tenido el valor de intentar dar respuestas de sabor cristiano a inquietudes de intelectuales y empresarios. Podemos compartir o no sus propuestas, pero seguramente todos reconoceremos en ellas la sinceridad de quien pretende que la fe ilumine las estructuras temporales.

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