El empresario ante la responsabilidad y la motivación

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El empresario ante la responsabilidad y la motivación
Carlos Llano 
McGraw-Hill. México, 1991

 

Empresario no es sólo el que tiene o manda en una empresa, sino todo emprendedor que, en el ejercicio de oficios o tareas busca alcanzar metas importantes, consecuencia de un esfuerzo arduo.

Para Carlos Llano «empresario» no es sólo el que manda en una empresa, sino todo emprendedor que en el ejercicio de oficios o tareas busca alcanzar metas importantes a través del esfuerzo arduo. El empresario y el emprendedor, es decir, quien administra la propiedad de una organización y quien ejerce la creatividad en nuevos campos de acción, no siempre coinciden: ambos presentan una diferente susceptibilidad frente a las motivaciones y las responsabilidades, tanto personales como sociales.
EL VERDADERO LÍDER
En este libro, el emprendedor es descrito como aquel que opera a modo de foco central de sus propias motivaciones, al contrario de quien espera ser motivado desde fuera antes de iniciar la búsqueda de alguna meta. De a.hí que del empresario Llano espere un arranque de acción «desde sí mismo»; con un automovimiento que en su liderazgo muestre no sólo eficacia, sino destreza técnica bien dirigida, con un querer autónomo y libre. El líder no debe agotar sus esfuerzos tratando de persuadir a quienes guía por medio de atractivos exteriores o supuestas satisfacciones futuras. Antes bien, el verdadero motivador es quien coloca a otros en las condiciones precisas para que a su vez ellos se convenzan a sí mismos acerca de los modos pertinentes a seguir con su conducta y las acciones acertadas a realizar en su trabajo.
Carlos Llano insiste en que un estudio completo de la motivación no puede soslayar el análisis de los bienes que realmente mueven al hombre, así como del modo adecuado de presentarlos para que efectivamente muevan y las cualidades a reunir por la persona que pretende presentar bienes a los demás.
Así, al mismo tiempo que el verdadero emprendedor se preocupa por asimilar muy bien qué motiva a otros y en qué radica el atractivo de lo que presenta para ser elegido, buscará ser dueño de sus impulsos, foco central, genuino y libre de sus acciones, pero preocupado y responsable de las consecuencias de sus actos. Si bien es cierto que la «responsabilidad social» se ha convertido en un cliché en los estudios contemporáneos sobre empresa, el discurso sobre la responsabilidad social del empresario parece haberse estancado entre una visión de cuño socialista (que hacía de quien emprende, un sujeto responsable de todo) y una óptica capitalista (que despoja al hombre de toda posible responsabilidad). Por eso Llano pugna por un replanteamiento correcto, objetivo y audaz sobre las diferentes esferas -primarias, secundarias y terciarias- de las consecuencias de los actos de quien emprende para ubicar eficazmente el tema de su responsabilidad social. Esto es imperante en el caso del empresario por su peculiar influencia en los miembros de su organización y los destinatarios de sus servicios; y en el caso de todo hombre en general, por la natural relación que en todas nuestras acciones se da entre la motivación y la responsabilidad.
MOVER DESDE FUERA
Llano desentraña, en la primera parte, las variantes conductista y determinista de la motivación voluntaria: una pretendía reducir el acto de elección a una tendencia instintiva más, sólo animal y meramente sensible; mientras que la otra presumía haber encontrado el detonante irrenunciable e indefectible de nuestra acción. Pero las frustraciones de ambas propuestas sobre la conducta del hombre radican en la ignorancia de la peculiar entidad de la voluntad, que se presenta como un caso especial en el universo entero: una verdadera causa sui. Este carácter de la voluntad nos obliga a renunciar a mover «eficientemente», es decir, desde fuera la voluntad del otro; más bien nos hace indagar creativamente cómo presentar alicientes a la voluntad de quien sabemos irrestrictamente libre, hasta encontrar cuáles alicientes moverán su elección en grado máximo.
«Motivar» o mover la voluntad desde fuera tiene, por tanto, variantes ordinariamente soslayadas: se mueve a alguien poniendo en condiciones al sujeto para que «quiera lo que se le propone» (causa dispositiva), o bien presentando al entendimiento del otro el objeto «que ha de quererse» (causa objetiva). Esto encuentra su fuerza o en el modo como se presenta ese bien, o en la autoridad de quien la ofrece e incluso en los fines por los que se ha de elegir. Es cierto que a medida que la realidad ofrecida es menos buena, más se debe trabajar por hacer atractiva su elección y es cuando la persuasión corre el riesgo de convertirse en manipulación. Persuadir busca suscitar en el otro una razón para elegir el bien propuesto, mientras que manipular acalla los defectos reales que harían inelegible el objeto presentado.
RESPONSABILIDAD
DE CÍRCULOS CONCENTRICOS

En cuanto a la «responsabilidad», Llano menciona, en la segunda parte, que en todo caso la responsabilidad social del empresario siempre radicará en la «responsabilidad individual» del mismo; lo contrario sería desdibujar las consecuencias de los actos en un todo impersonal llamado sociedad o Estado, en donde es imposible atribuir identidad tanto a quien ejerce como a quien recibe las acciones realizadas.
En el texto se revisan las dos escuelas que pretenden delinear los parámetros de la responsabilidad humana: la que enfatiza las consecuencias y la que insiste en los principios. Da lo mismo que todos seamos responsables por igual de todas las acciones (como pretendía el socialismo estatista) o que nadie lo sea sino de aquello inmediatamente relacionado con uno mismo (como en el liberalismo); en el primer caso la responsabilidad es paranoica, ambiciosa e hipertrofiada, mientras que en el segundo es simplemente miope y minimalista.
En contraste, Llano propone una «responsabilidad de círculos concéntricos», donde cada esfera se va escalonando para permitir la articulación del hombre dentro de sus primeras sociedades naturales como la familia y la patria, que permita una concatenación tanto en lo social (yo-familia-empresa-cámaras mercantiles-sociedad), como en lo personal (yo-familia-barrio-ciudad-patria).
Esta idea de la responsabilidad de círculos concéntricos está íntimamente ligada a la implicación ética de los efectos secundarios de nuestras acciones y nos obliga a buscar un criterio seguro no sólo de la acción sino de sus fines y circunstancias, para que siempre se busque una proporción entre los beneficios del efecto primario de nuestras acciones y los eventuales perjuicios derivados de sus efectos colaterales. Una responsabilidad que toma en cuenta estos elementos nos obliga a dar cuenta de las razones de nuestras acciones (responsabilidad antecedente), al contrario del irresponsable, que es incapaz de justificar los motivos de su actuar.
DONACIÓN DEL YO
Una ética deontológica (de principios y normas) y una ética teleológica (de fines) serán igualmente estériles e inoperantes si buscan regular la acción sólo en función de normas a observarse sin excepción, o buscadas a cualquier costo. Sólo una exposición de la naturaleza del hombre permite fundamentar el deber propuesto en la ética deontológica y mostrar las insuficiencias de la ética consecuencialista utilitaria. Más allá de la ética de normas o de principios, una ética que fuera de «responsabilidad congruente» regiría nuestra acción en función de mis propias decisiones, sería una ética del compromiso con lo que constitutivamente (ontológicamente, se diría en filosofía) soy «desde dentro».
En este sentido, una ética coherente, que insiste en el peso personal de cada una de mis acciones y que me obliga a dar cuenta (a mí mismo y a mi prójimo) de las razones de mi actuar, no puede sino convertirse en una ética de «responsabilidad trascendente», porque las obligaciones no son sólo del hombre genérico, sino del hombre concreto. Y la cristalización más plena de esa transformación de la ética de responsabilidad en ética trascendente radica, según el autor, en la ética cristiana, pues para el cristiano la persona se sabe llamada a la donación específica a otros «yo» tan individuales e irrepetibles como uno mismo.
En una visión de este tipo, se impone la pronta identificación de mi prójimo, destinatario directo y cercano de mi acción libre y ello obliga a reconocer en qué medida mis propias capacidades me permiten hacer lo que debo con lo que tengo, y cómo motivar a otros al mismo tiempo que cargo con el peso específico de la responsabilidad de mis actos.
Esta entrega es una revisión de dos conceptos torales en los ejes de la acción humana: las razones del actuar y la iniciativa recia que la origina; importantes no sólo para quien administra una empresa, sino para todo aquel que emprende una elección. Ambos aspectos, responsabilidad y motivación, son abordados con un discurso más antropológico que técnico, económico o empresarial. Se desilusionará gratamente quien esperaba de esta lectura un elenco de reglas infalibles para la elección correcta dentro del management contemporáneo y descubrirá, en cambio, reglas infalibles para cualquier acción humana, que no radican sino en la consideración de lo que por naturaleza es el vehículo que dirige hacia la verdadera vida lograda de quien motiva y responde: la vida según virtud.

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