El filósofo, el hombre de acción y su proyecto

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En la introducción a una de sus obras filosóficas, Sobre la idea práctica, Carlos Llano dice: «puede parecer que el intento de analizar la idea práctica se encuentra frustrado desde su origen, porque las ideas no son prácticas a primera vista». Añade que el concepto de idea «llevaría una inseparable connotación especulativa o teorética, de manera que la idea, de suyo y por sí, no implicaría practicidad alguna; en tanto que la práctica, de suyo y por sí, comporta a su vez un ingrediente de subjetividad que casa mal con la supuesta esencia objetiva y contemplativa correspondiente al acto ideatorio».
En efecto, no sólo la idea parece un concepto opuesto a la práctica, sino también la imagen que tenemos del filósofo como un hombre dedicado a la contemplación y a la especulación en busca de la verdad, parece chocar con nuestra noción del hombre de acción. Divertidos estereotipos muestran al filósofo personificando el papel del profesor distraído, ocupado en temas muy por encima de la ordinariez de la vida cotidiana, con la cual se mostraría inherentemente incapaz e incompetente para lidiar.
No es sorprendente, desde esta óptica, que obras tan serias como el Syntopticon de los Great Books, publicado por la Encyclopaedia Británica, contemple al filósofo bajo cuatro perspectivas: hombre de ciencia o sabiduría, hombre de opinión, hombre de razón y hombre de teoría o visión; pero no se le estudie desde el punto de vista de hombre de acción. Más aún, al considerarlo bajo la perspectiva de hombre de teoría o visión el Syntopticon añade: «desprecio por lo práctico, alejamiento de los afanes de los hombres y del mercado».

EL ESTEREOTIPO DEL FILÓSOFO

Con frecuencia los filósofos han propiciado esta percepción, ya desde la antigüedad clásica, tanto por su opinión sobre el objeto de su actividad intelectiva como por muchos rasgos de su personalidad recogidos por los historiadores.
En la Grecia clásica los filósofos formaban parte de la elite de la sociedad, de hecho Sócrates atribuye el extenso domino de los espartanos no al valor de sus armas (como mantiene la historiografía actual) sino a que «cuentan con un mayor número de filósofos que en cualquier otra parte del mundo, al que gobiernan debido a su sabiduría». Incluso, Platón consideraba que la ciudad perfecta debía ser gobernada por el «filosofo rey». Sin embargo, Sócrates fue condenado a muerte y Platón fracasó en todos sus intentos de dedicarse a la política o, incluso, instruir al soberano.
En Aristóteles encontramos una excepción notable: además de ser el filósofo más destacado de la antigüedad parece haber sido un hombre práctico. Cabría preguntarse si el realismo de su pensamiento filosófico contribuyó a asegurar que el fundador del Liceo y la escuela peripatética tuviera siempre «bien puestos los pies en la tierra» o si su mayor sentido práctico contribuyó a apartarlo de la inclinación al idealismo que aprendió de su maestro Platón.
En el otro extremo se encuentra sin duda Arquímedes: filósofo, matemático, inventor, el más notable genio del mundo griego en su época. Plutarco refiere que la ciudad resistió los primeros ataques de las fuerzas romanas comandadas por Marcelo gracias a los artificios de guerra que ideó Arquímedes por encargo del rey Hiero. También relata que cuando el sabio se sumergía en sus cavilaciones «olvidaba tomar sus alimentos y descuidaba su persona al grado de que ocasionalmente era llevado por la fuerza a bañarse y a ser ungido con aceite, y aún entonces trazaba figuras geométricas en las cenizas del fuego y diagramas en el aceite en su cuerpo […] poseído como estaba por su amor y delicia en la ciencia».
Aunque mucho menos espectacular, resulta simpática la figura de Epicteto, un esclavo que tras alcanzar la libertad, se convirtió en profesor de filosofía. Epicteto abona al estereotipo del pensador como un hombre poco inclinado a la acción cuando dice: «aquello que debe aprender el hombre para el arte de la dialéctica y el debate ha sido mostrado con precisión por nuestros filósofos; pero con respecto al adecuado uso de las cosas nos encontramos enteramente sin práctica».
Kant es probablemente el primer autor en establecer una distinción tajante entre las ciencias que utilizan métodos «empíricos» y las que utilizan métodos «racionales». Considera que sólo debe atribuirse el término filosofía a estas últimas (con exclusión de las matemáticas) y, de mayor interés para nuestro tema, que la filosofía sólo puede ocuparse del ser o del deber ser por lo que debe dividirse en especulativa y práctica.
La innovación terminológica de Kant resultó tan determinante que su concepción es, básicamente, la que tenemos todos hoy en día. El filósofo alemán supo atender la creciente necesidad de establecer una diferencia más clara entre ciencia y filosofía, cuya relación vino a ocupar el lugar que anteriormente había tenido el debate entre filosofía y religión.

FILOSOFÍA DE LA ACCIÓN O PRAXIS

La división de la filosofía en especulativa y práctica que propone Kant responde al creciente antropocentrismo de la cultura occidental, que habría de acentuarse más y más desde entonces, particularmente a partir de las ideas de Freud.
No es que la filosofía se hubiera desentendido anteriormente de la práctica. Aristóteles estableció su división en especulativa y práctica, misma que adoptaron sus seguidores y que siglos después retomó Kant. Diversas ramas de la filosofía se han ocupado del hombre y de su actividad: la crítica se ocupa del proceso de conocimiento humano, la lógica del arte de pensar correctamente, la ética del comportamiento moral y la política (filosofía política en este caso) de la vida en sociedad, pero Kant se revela también como un hombre de su tiempo al poner un nuevo énfasis en el tema de la libertad (como razón de ser del deber ser) y con ello, a la acción.
A pesar del vigor del idealismo -que alcanza hitos notables con Hegel y Berkeley-, de la reacción materialista de Feuerbach, Marx y Engels, del deslumbramiento con el acelerado progreso de las ciencias empíricas que favoreció el desarrollo y aceptación del positivismo, la filosofía contemporánea ha tendido a otorgar especial atención al ser humano, a la realidad del hombre, de su existencia y de su devenir.
Vitalismo, existencialismo, personalismo10 y el análisis del lenguaje, entre otras corrientes de pensamiento, aportan robustamente nuevas perspectivas a la antropología filosófica, donde el tema de la acción humana es abordado desde diversos ángulos.
El marxismo no sólo hace un planteamiento sobre la naturaleza material de la realidad, entraña también una doctrina: hay que cambiar la realidad mediante la praxis revolucionaria. El pragmatismo y el utilitarismo surgen como corrientes filosóficas más cercanas al hombre y a la acción. Sartre se angustia ante la falta de sentido de la existencia humana y de sus actos. Heidegger se ocupa del hombre ante el tiempo, abordando temas como la decisión y la acción. Desde la fenomenología, Karol Wojtyla dedica su obra filosófica más importante al tema de persona y acto.
En su vertiente más digna, la filosofía de la acción -o praxis- forma parte de la antropología filosófica y tiene por objeto dilucidar los principios por los cuales el ser humano intenta alcanzar una buena vida y lograr una buena organización de la sociedad. Dentro de este contexto Llano hace una novedosa contribución al pensamiento filosófico al ocuparse, de manera pionera, de la filosofía de la acción directiva.

FILOSOFÍA DE LA ACCIÓN DIRECTIVA

En Viaje al centro del hombre señala que los filósofos existencialistas subrayan el hecho de que «el hombre se define más por sus proyectos a futuro que por su condición real presente». Es difícil encontrar una cita más apropiada para iniciar algunas consideraciones sobre su visión del hombre y la empresa.
La personalidad misma de nuestro autor llama la atención por combinar características que parecieran difíciles de reconciliar: filósofo y empresario, hombre de ideas y hombre de acción. Más notable aún es la forma en que ha sabido armonizar las disímiles tareas de pensador y de hacedor de tal manera que se nutran mutuamente en una fecunda interacción.
Generador incansable de proyectos, Llano tiene en su haber un gran número de logros en el terreno de los hechos. Esta vez resistiremos la tentación de abordar su quehacer práctico para centrarnos en sus consideraciones sobre la filosofía de la acción directiva (por cierto, no el único aspecto de la filosofía que ha ocupado su atención). Pero conviene notar que cuando nuestro autor se ocupa de la empresa como un ámbito privilegiado de acción colectiva, no lo hace desde una perspectiva teórica sino como quien ha vivido, y vive, la tarea de dirigir empresas.
Llano apuesta a una visión humanista de la empresa. Mantiene en efecto que el objeto fundamental de la empresa es el perfeccionamiento del hombre mismo, de su entorno social y de la naturaleza en la que se desenvuelve, enfatizando que: «la empresa ha sido hecha por el hombre y para el hombre».
Sobre una sólida base antropológica, que resumiremos con el generoso concepto de persona, Llano hace una severa crítica a los valores que han propiciado en la actualidad una cultura preponderantemente economicista y materialista que, conciente o inconcientemente, encubre una grotesca deshumanización social.
Se reduce al hombre al nivel de objeto, de factor de producción o agente de consumo, colocándolo en una posición que atinadamente denomina Llano de ubicuidad inversa, es decir: en el nivel de una simple refacción o pieza de recambio, forzando a la persona a ajustarse a estas nuevas circunstancias de comportamiento so pena de quedar fuera del sistema.
Advierte que la definición común de la empresa suele enfatizar que aquello que hace sobrevivir a la organización son las utilidades, las cuales se han visto bajo severa presión por las nuevas reglas del juego económico mundial, sin mencionar las nuevas estrategias de poder y control, que han propiciado que el ser humano haya pasado tristemente a segundo término.
Todo parece indicar que en algunas circunstancias, enfatizadas por el pujante avance de la globalización económica, los conceptos «¿quién trabaja para quién?» o «¿quién trabaja para qué?» no quedan siempre claros. Tras esta percepción de la economía y de la actividad empresarial, se esconde el interés de inversionistas y corporaciones que trabajan, especulan y sirven únicamente para la acumulación de capital.

HUMANIZAR A LA EMPRESA COMO NÚCLEO DE LA PRAXIS DIRECTIVA

Llano considera necesario romper con esa deshumanización que lejos de abrazar y potenciar la naturaleza humana, ha empujado al hombre a instalarse en el egoísmo. Para ello estima indispensable reconocer que el hombre es el centro de toda actividad y quien da sentido a todo, porque es fin en sí mismo.
Llano propone comprometerse con la humanización de la acción directiva sin por ello descuidar las condiciones y las leyes que rigen la actividad económica. La dificultad reside en la imposibilidad de lograr este fin mediante el establecimiento de reglas o esquemas de actuación, ya que el hombre por definición no puede ser enmarcado en ningún modelo, pues los sobrepasa por sus potencias de inteligencia y libertad.
Con claridad y optimismo, Carlos Llano pone el ejemplo con sus aportaciones en el campo de la empresa. De ahí que, el verdadero reto no es plantear lo que se podría hacer teóricamente, sino recuperar la confianza y la colaboración en el marco de la coexistencia de la productividad y rentabilidad dentro de organizaciones más humanas.
En suma, Llano lanza un reto personal a cada uno de los que participamos de la acción directiva: obrar con justicia, manejarse con la verdad, y actuar con solidaridad, que son las herramientas del quehacer diario que posibilitan la ecuación «ganar-ganar» entre los integrantes de la empresa (sean directivos u operarios), los consumidores, así como el entorno material y social inmediatos, para que, al final, nuestra existencia como directivos y personas alcance un sentido trascendente.

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