Desarrollo del todo y no de una parte

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La primera dificultad para definir la responsabilidad social estriba en que enfrentamos un tipo de responsabilidad con apellido, es decir, una responsabilidad adjetivada. Por tanto, en un primer acercamiento, digo que responsabilidad social es la que se tiene sobre las acciones u omisiones, en tanto afectan al conjunto de la sociedad.
Es al mismo tiempo global, porque tiene que ver con todo, y personal, porque marca las acciones de los individuos y de las organizaciones consideradas en su singularidad. En un mundo globalizado en el que todo tiene que ver con todo, se aprecia también que la responsabilidad social es lo que mantiene la vitalidad del sistema, pues la competitividad, para que suponga una posibilidad de mejora global, debe interesarse no sólo por la funcionalidad, sino también por su justificación en términos del cumplimiento de los fines de los seres humanos.

SIEMPRE SE TRABAJA PARA ALGUIEN

La responsabilidad social manifiesta el dramatismo de la vida humana, que siempre gira en torno a extremos aparentemente inconciliables. Nos encontramos frente a la polaridad individuo-comunidad, que a mi juicio logra su equilibrio mediante el trabajo humano que es, al mismo tiempo, una actividad individual, pero con contenido social. Como elemento estructurador de las relaciones entre los seres humanos, el trabajo humano es la base sobre la que puede hacerse exigible la responsabilidad social.
El trabajo constituye de alguna manera al ser humano, su desarrollo depende en buena parte de su actividad. Para cada uno, el trabajo se constituye como una responsabilidad primigenia, que es al mismo tiempo personal y social. Esto porque la persona siempre se refiere a lo social, y lo social sólo queda establecido entre sujetos.
Siempre que se trabaja, se trabaja para alguien. Las necesidades más básicas requieren de la división del trabajo y ello revela el talante social del ser humano y de su responsabilidad. No sólo se trata de trabajar para sí mismo, sino que todo trabajo, en cuanto es verdaderamente humano, supone un servicio a los demás.
El trabajo tiene repercusiones sociales inmediatas, porque nunca se trabaja para uno mismo. Su naturaleza social supone que trabajar es hacer algo por y para los otros. El trabajo, todo trabajo, es servicio. Si bien produce satisfactores personales, denominados bienes o servicios, requiere de insumos o instrumentos, lo que supone la colaboración de varios.
La acción productiva, como una de las dimensiones del trabajo, consume recursos naturales, energías físicas, y puede tener unas externalidades positivas o negativas, lo cual requiere una justificación en términos no sólo personales sino sociales, lo que supone la integración de una visión de futuro y solidaridad intergeneracional y, por lo tanto, el planteamiento radical de la responsabilidad.
No hay actividad humana que no afecte al conjunto. Toda acción tiene una repercusión social y por tanto, la responsabilidad con carácter social emerge como exigencia natural de la justicia, que en el orden externo rige las posesiones y los derechos o prerrogativas personales y colectivas.

LA RESPONSABILIDAD ES CONCRETA Y EXIGENTE

La omnipresencia de las afectaciones sociales lleva a una distinción clara entre la función social y la responsabilidad social.
El agente de tránsito, la operaria, un taxista o una empresaria realizan con su trabajo una función social. Todo trabajo tiene una función social porque permite que lo ejecutado haga más fácil o cómoda la existencia humana y ello abre paso a la responsabilidad.
La empresa, como institución que organiza la solidaridad humana a través del trabajo, tiene una función y responsabilidad social.
La función social se puede definir a priori porque es la misma para cualquier empresa u organización, la responsabilidad, en cambio, supone la concreción de sujeto y circunstancias. La función se puede generalizar en tanto la responsabilidad no es abstracta, significa un algo específico, determinado o determinable en el aquí y ahora, y por ello comporta una exigencia histórica que concreta la exigibilidad en función de las posibilidades reales.
La función social estriba en producir bienes o servicios con la máxima calidad posible y al más bajo costo permisible. Esta función social de la empresa permite maximizar la eficacia en el manejo de los recursos, y al mismo tiempo hacer posible la democratización del consumo, lo que supone una mayor participación de las personas en los bienes y servicios que brindan satisfacción a las necesidades humanas.
La responsabilidad supone la existencia de una necesidad, de algo que requiere una solución o de alguien que exige una respuesta y, de manera concomitante, de un sujeto con la capacidad de participar en la generación de una solución justa para todos los involucrados.
La responsabilidad supone, por una parte, la existencia de una exigencia, y por otra, la posibilidad de colaborar en ella con los medios que se tienen. La responsabilidad social lleva a que, formalmente, se pueda decir que es fácil de cumplir, pues sólo se está obligado a hacer lo que es posible, aquí y ahora.

PORQUE SE PUEDE HACER, SE DEBE HACER

A nadie se le pide o exige lo imposible, sólo que colabore con lo que es posible, pero lo posible lleva el signo de la exigencia, es decir, porque realmente se puede hacer, se debe hacer; porque se está en posibilidad de hacer, la responsabilidad se constituye como exigencia, que determina la bondad o la maldad de la conducta.
No es un juego de palabras, sino aclaración práctica del contenido de la responsabilidad social: hacer lo que es posible, porque se puede y se debe, se convierte en una exigencia de justicia. Es posible colaborar, en la medida en que lo permiten los propios medios, en algo que sin esa colaboración no sería posible, y que justamente por ella se vuelve factible. La ordenación social justa, que en definitiva es el producto de la responsabilidad social, está confiada a la libertad humana.
La responsabilidad social consiste en la capacidad de colaborar a los fines de la sociedad humana, haciendo posible el progreso histórico, y no sólo la solución puntual de determinadas necesidades, gracias a la inversión arriesgada y productiva de los recursos con los que se cuenta, de acuerdo a las capacidades del momento y a las circunstancias. La responsabilidad social opera sobre la base de la funcionalidad del sistema, pero la supera al orientarse a la consecución de los fines que hacen de la existencia humana algo trascendente.
Se resume en la capacidad de colaborar en la medida de las propias posibilidades, desde el hoy y el ahora, en la consecución de los fines del ser humano, que no pueden lograrse sino con la colaboración solidaria.

EN BENEFICIO PROPIO Y DE LOS DEMÁS

La empresa se relaciona con los seres humanos que laboran en ella, y con los que hacen posible su existencia desde fuera; se justifica en la medida que satisface necesidades humanas. Esa actividad requiere la interrelación coordinada, también con otras instituciones. La empresa es necesaria para el funcionamiento de las demás instituciones y estas a su vez son necesarias para la empresa, lo cual no es sino afirmar el principio de la interdependencia, no sólo entre los individuos de una comunidad, sino entre las organizaciones e instituciones que la conforman.
La empresa requiere para su funcionamiento de otras instituciones: gobierno, familia, escuela y organismos de educación superior, organizaciones sociales o grupos de interés con finalidades específicas. A su vez, este conjunto de instituciones requiere de las empresas, pues sin ellas no se podrían desarrollar muchos o la mayoría de los bienes y servicios necesarios para satisfacer las necesidades humanas.
La responsabilidad social de la empresa emerge, precisamente, del hecho de ser una institución primaria, vinculada a la organización del trabajo humano. Por ello es punto de referencia para las personas que la conforman y para quienes están fuera.
Las empresas, organizaciones e instituciones deben poner en el centro de su objetivo a la persona, al mismo tiempo que asumen el impacto de sus acciones en la sociedad, de sus posibilidades para contribuir al desarrollo armónico y progresivo, y de las aportaciones que pueden ofrecer para resolver los problemas que afectan, globalmente, a la vida en sociedad. Por ello puedo hablar de una responsabilidad social interna y externa.

  • Responsabilidad social interna: la contribución más decisiva. La constituye la exigencia radical de orientar la acción de las personas en la organización, en primer término, a su realización personal, mediante el trabajo humano, que supone el ejercicio de sus facultades específicas: inteligencia y voluntad. Esta primera responsabilidad social, fundamentalmente interna, consiste en dirigir el proceso de producción no sólo a conseguir los objetos –bienes o servicios– que constituyen el soporte de la actividad propia, sino, en primer lugar, a la realización del ser humano implicado en el proceso. Si el gobierno de las instituciones no está al servicio del desarrollo de las personas que laboran en ellas, es muy difícil que se pueda cumplir con la responsabilidad social externa, porque simplemente carecería de base. La responsabilidad social interna es la contribución más decisiva de la organización al bien común, porque sólo puede llegarse a una sociedad desarrollada, si las personas pueden, mediante el trabajo, desarrollarse y hacer rendir sus capacidades en beneficio propio y de los demás.
  • Responsabilidad social externa: respuestas para el progreso social.  Se constituye por las aportaciones de las organizaciones para evitar externalidades negativas, pero al mismo tiempo por la exigencia de contribuir al progreso del conjunto social, mediante acciones que hacen posible una vida social más integrada, más progresista y humana en todos los aspectos. Supone el conjunto de respuestas que se dan en las organizaciones para colaborar con el desarrollo en justicia de la sociedad humana, de acuerdo a la naturaleza de las implicaciones a las que hay que hacer frente, y de acuerdo, también, a las capacidades, recursos y posibilidades de cooperar a la solución de las diversas necesidades sociales.

CADA VIDA, UNA BIOGRAFÍA ABIERTA QUE SUMA

La función social de la empresa es determinante del progreso social, pues permite contar con los medios, que pueden hacer que el sistema funcione en un círculo virtuoso de desarrollo. Ese progreso sostenido, aunque no necesariamente exponencial y lineal, permite el desarrollo continuado en el largo plazo, si al mismo tiempo se reconoce que además de la función social, la empresa tiene que cumplir con su responsabilidad social.
La función social no basta para dar la dirección y la motivación que requieren personas y organizaciones, a fin de encontrar el sentido de sus acciones, logros y realizaciones. Los fines sociales requieren, para ser efectivos, de su reordenación permanente hacia los fines superiores del ser humano, que es el verdadero sujeto de la historia de cada persona, sin la cual se perdería en el anonimato.
Para que cada vida humana se transforme en la biografía abierta que suma y que se convierte en servicio mediante el trabajo, es necesario el diseño –en cada empresa, organización e institución, y desde luego en la sociedad global–, de un sistema económico, político y social en el que la participación y la justicia estén aseguradas.
La justicia y la participación no son resultado de una mera función, por muy sociales que sean sus implicaciones. No sólo se requiere la funcionalidad del sistema, es decir que se produzcan unos resultados, sino que se precisa que el sistema funcione bien o que sea bueno, y esto ya no es un problema técnico, sino humano, o si se quiere, de gobierno. Dicho de otra forma, la función social esta en el nivel más operativo o técnico de los problemas sociales, y por ello es, de todo punto, insostenible por sí misma. La responsabilidad social es, en cambio, gubernativa o prudencial, y, por lo tanto, razón o finalidad que fundamenta la acción de las personas y de las organizaciones.

LA COMPETITIVIDAD ES SISTÉMICA

El buen funcionamiento del sistema tiene que ver no sólo con resultados, sino con la posibilidad de que los seres humanos cumplan con sus fines existenciales, y ello requiere el cumplimiento de una responsabilidad social, que sólo se puede satisfacer desde la óptica del buen gobierno de las organizaciones y de la sociedad, lo que supone la involucración y participación ordenada, y por ello justa, de todos, tanto en las aportaciones que son necesarias, como en los beneficios que se consiguen.
Como hemos visto, el cumplimiento de la función social de la empresa es una vía de progreso sostenido y sustentable. Para ello es necesario que la función esté al servicio de una responsabilidad, de una responsabilidad que es social y que por ello mira al desarrollo del todo y no sólo de una parte. La función social no se cumple al margen de la responsabilidad social. Viceversa, la responsabilidad social se asienta y nutre de la realización de la función social de la empresa.
En la globalización no compiten las empresas aisladamente consideradas, sino el sistema del país al completo. La competitividad es sistémica. Es resultado de la acción del todo, de la manera como se establecen las relaciones y de la forma en que se cumplen las responsabilidades. Para que un sistema sea competitivo no es suficiente contar con recursos naturales y capital físico, estos condicionan el desarrollo pero no son razón suficiente para su realización.
Se necesita además el capital humano, el intelectual y el social y formarlos no es obra del cumplimiento de una función social, sino del compromiso socialmente responsable. Compromiso que se expresa mediante el trabajo solidario, que hace posible que las personas, dentro y fuera de las organizaciones, puedan proponerse fines existenciales, que están más allá del cumplimiento de una función, y que miran a la realización del bien, tanto en el plano de la vida de las personas, como en el de la vida social.

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