La empresa responsable. Altamente productiva y plenamente humana

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Sin duda hay avances en algunos aspectos de la actividad económica en América Latina, sin embargo, los indicadores en cuanto a la pobreza marcan un rezago. Hace unos años Shadid Burki, vicepresidente del Banco Mundial, destacaba: «La región de América Latina y el Caribe tiene la más pronunciada disparidad en los ingresos de todas las regiones en desarrollo en el mundo».
En este contexto, el reto de la empresa moderna es mantener su fin económico y ampliar su productividad con objeto de contribuir al crecimiento, pero con una base social como principio que reduzca la desigualdad y fomente la cohesión de las sociedades en el marco de las leyes.
El empresario representa una figura de alta expectativa en tanto que es capaz de hacer productivos los medios a su alcance, crear empleo, conformar el consumo e influir tanto en su gremio como en algunas instancias del Estado. Tiene un papel preponderante y una serie de responsabilidades sociales en el campo de la economía, el trabajo y la empresa misma. En ese orden expongo algunas sugerencias sobre cómo podemos contribuir los empresarios latinoamericanos a la prosperidad de nuestros países.
La revisión y comparación de una serie de indicadores muestran el avance en América Latina pero también el atraso en sus problemas crónicos: sobrepoblación, inestabilidad política, inseguridad, y disparidad (ver recuadro 1).

CÓMO NOS VEN EN EL EXTERIOR

Ante la gran diversidad étnica, social y económica de los países latinoamericanos y sus problemas crónicos de inestabilidad política, grandes desigualdades y pobreza, es indispensable escuchar el juicio que se hace de nosotros:
En un artículo reciente de la revista Foreign Affairs, Diana Tussie y Pablo Heidrich, afirman: «la mirada de los hechos y circunstancias del presente en América Latina nos permite detectar no sólo las claras diferencias con las circunstancias del pasado, sino con los nuevos contornos de las políticas esbozadas». Y añaden algunos argumentos:

  1. El debate en la región, parece plantearse en términos de lograr un nuevo equilibrio entre crecimiento y distribución y, entre ambos términos, del necesario condominio que existe entre Estado y mercado, ambos mutuamente dependientes y ninguno concebible sin el otro.
  2. El electorado latinoamericano presenta demandas de menor ortodoxia económica y en pos de mayor intervención estatal. Hay mayor grado de movilización a la vez que una profunda fatiga con las reformas aplicadas en los noventa. Con demasiada frecuencia, la realidad ha traído altas tasas de desempleo, estancamiento de ingresos y creciente desigualdad. La brecha entre la retórica y la mucha más sombría realidad ha dado muestras de ser un campo fértil para el descontento, la movilización y la reacción electoral contra la ortodoxia pro mercado.
  3. Existen campos de coincidencia relevantes entre la ortodoxia pro mercado y los gobiernos latinoamericanos actuales. Uno es la cautela en relación con la liberalización financiera. Incluso el FMI admite la necesidad de imponer controles a la cuenta de capital en países con débiles instituciones financieras internacionales.
  4. No existe hoy política económica en América Latina que no se autocalifique como pragmática. Bien o mal utilizada, esta definición de amplio espectro implica, por un lado, mantener el rumbo de las reformas pro mercado; y por otro, reorientar el timón en algunos grados para «escuchar demandas» y tomar medidas destinadas a lograr mayor cohesión social. En la agenda aparecen tanto las demandas económico-sociales de crecimiento y redistribución como las demandas de participación ciudadana.

Los autores concluyen que para el futuro puede esperarse que la confluencia entre la nueva fe en el activismo estatal y una política comercial más auditada por discusiones democráticas sean la base para consensos de política económica más estables que en el pasado, tanto remoto como más reciente. Así como la prolongación del modelo estatista de antaño más allá de sus límites naturales y de su «vida natural» produjo la deificación del Estado y del «interés nacional» de la mano de dictaduras brutales durante los años setenta y ochenta, muchas reformas neoliberales de los noventa produjeron una serie de crisis institucionales políticas muy grave en una seguidilla de países. Por lo tanto, la búsqueda de un patrón de desarrollo efectivo de medida humana y encauzado institucionalmente es algo hoy esencial para los gobiernos y sociedades civiles de la región.

MODERAR LA INDIGENCIA Y LA OPULENCIA

Todo esto nos obliga –en especial a los empresarios– a reflexionar qué podemos y debemos hacer. Al llegar a este punto conviene esclarecer cuáles son las finalidades de la empresa en una economía moderna. Una fórmula -a mi parecer muy afortunada- señala que deben dividirse en económicas y sociales, externas e internas.
. Finalidades económicas:
– Externa: se refiere a proporcionar bienes o servicios a la sociedad en forma lucrativa.
– Interna: implica generar valor agregado para retribuir a sus inversionistas, trabajadores, empleados y directivos.
.  Finalidades sociales:
– Externa: no sólo no vulnerar los valores fundamentales de la sociedad en que se encuentra sino también promoverlos para su mejor desarrollo.
– Interna: lo mismo enfocado a los integrantes de la empresa.
Todas estas finalidades se vinculan estrechamente de modo que no puede decirse que unas excluyan a otras. De todos modos hay que subrayar que por su actividad elegida, la principal finalidad social de la empresa es cumplir bien su finalidad económica.
Las finalidades de la empresa están de algún modo inscritas en lo que se ha llamado su responsabilidad social, que es lo que debe a sus stakeholders o públicos con los que se relaciona su actividad económica: clientes, inversionistas, personal, proveedores, competidores, comunidad, autoridades y recientemente se ha incluido el entorno físico o medio ambiente.
Al mismo tiempo, la sociedad espera más de los empresarios que de otros agentes sociales porque por lo general tienen mayor preparación, autoridad, relaciones y recursos económicos, y esto desde luego compromete. En su actividad social el empresario debe tener en cuenta principios sociales fundamentales: respeto a la dignidad de la persona, justicia, solidaridad y subsidiaridad (ver recuadro 2).
Como empresarios nos interesa la prosperidad de nuestros países pero también el respeto a los valores fundamentales, la paz social, la libertad y estabilidad política. Debemos hacer grandes esfuerzos para erradicar la miseria, reducir la pobreza y disminuir la desigualdad lacerante que aqueja a la mayoría de nuestros países.
Al lado de una minoría adinerada malvive una mayoría en la más dolorosa destitución, realidad que clama a la conciencia y nos obliga a «moderar tanto la indigencia como la opulencia», recogiendo la frase memorable de José María Morelos, héroe mexicano.

ERRADICAR LA MISERIA: OBJETIVO ALCANZABLE

Como una base de la cual partir, esta voluntad debe traducirse en un aumento sustancial de la clase media. Entendida como el conjunto cuyo ingreso es cercano al promedio de la nación, y que caracteriza sobre todo a los países desarrollados: en Estados Unidos representa 50% de la población, 75% en Alemania, 80% en Suecia y Suiza, y 89% en Japón. Además, incrementarla repercute positivamente en la conducta democrática, la paz social y el crecimiento económico.
Reducir las desigualdades no limita el crecimiento económico.Joseph Stiglitz, del Banco Mundial, afirma que «hay relaciones positivas entre crecimiento e igualdad. Altas tasas de crecimiento proveen de recursos que pueden ser usados para promover la igualdad y asimismo un alto grado de equidad ayuda a sostener altas tasas de crecimiento».
Por otra parte debe señalarse que la teoría de que el crecimiento económico por periodos prolongados finalmente desemboca en la reducción de la pobreza y las desigualdades. el fenómeno del llamado derrame a las capas sociales bajas o trickle down no se ha comprobado que haya funcionado. Los resultados han sido el incremento de la inequidad y las dificultades sociales.
Bernardo Kliksberg, destacado sociólogo, citaba hace unos años una afirmación del New York Times según la cual el crecimiento había sido demasiado lento en América Latina, quien tenía la brecha más grande entre ricos y pobres, y que, sin una mediación importante en políticas públicas de calidad, el crecimiento, por sí solo no produce soluciones a los problemas sociales.
También señalaba algunas dinámicas de estas políticas: la atención de la salud, el acceso a la propiedad de la tierra, el acceso al crédito, la dificultad para formar capital y para entrar al mercado de trabajo formal y la brecha salarial.
Y concluía, «hay países que practican políticas sistemáticas de mejoramiento de la equidad, que derrotando toda visión fatalista logran resultados efectivos y que no sólo eso no bloquea su crecimiento económico sino que por el contrario lo ha favorecido de modo muy relevante generando “círculos virtuosos” de crecimiento y los resultados han sido estimulantes».
De hecho, de acuerdo con el BID: «No hay crecimiento sustentable si no hay desarrollo social sostenido». No por nada, una evaluación econométrica concluyó que 66% del crecimiento económico de las naciones de nuestro tiempo se debe al capital humano y social.
Y aquí procede definir el llamado capital social: las sociedades tienen algo que no se ve, pero que está allí con enorme fuerza, y son sus valores, tradiciones, cultura, capacidad de asociarse de tejer alianzas, redes, concertaciones, de hacer sinergias. Un componente que se llama confianza. Esto constituye su capital social. Albert Hirschman afirma que «el capital social es la única forma de capital que con su uso crece».
El informe sobre el Desarrollo Humano de la ONU en 1977 insistía en que erradicar la pobreza extrema ?miseria? es un objetivo moral alcanzable. Y que al no ser ya inevitable debía relegarse a la historia, junto con la esclavitud y la guerra nuclear. Uno de los objetivos del programa «Desarrollo del Milenio» es reducir la pobreza extrema, por lo menos a la mitad para 2015.

ALTAMENTE PRODUCTIVA Y PLENAMENTE HUMANA

Me permito hacer algunas sugerencias en algunos factores que a mi juicio pueden contribuir a que el futuro de nuestros países en lo económico y social sea mejor. Se ha dicho que el crecimiento económico precisa mayor producción de bienes y servicios, así como una mejor distribución del ingreso, que ese crecimiento requiere fundamentalmente de: fuerza de trabajo disponible, capital, tecnología, productividad e iniciativa empresarial.
. Fuerza de trabajo disponible: si bien nuestros países no presentan falta de fuerza de trabajo, esta carece de suficiente nivel educativo.
. Capital: nos falta la inversión necesaria, problema derivado de los insuficientes ahorro interno e inversión extranjera.
. Tecnología: el país no ha alcanzado un nivel competitivo en el desarrollo de tecnología avanzada.
.  Productividad: para mejorar sustancialmente, las empresas requerimos ser casi obsesivas en el tema, aunque es evidente que para ello se necesita la cooperación del personal de todos los niveles y desterrar la relación adversaria entre autoridades y empleados.
No obstante, hay que ir más lejos, no sólo por razones de productividad, sino por exigencia moral, tratar con justicia, respeto, confianza y aun afecto a nuestros colaboradores. Una cultura de trato humano posibilita la identificación con los objetivos de la empresa hasta el punto de que cada quien dé lo mejor de sí.
A ello contribuye mucho la política de participación funcional –el involucramiento del personal en las decisiones de su tarea propia y próxima–, que se expresa como empoderamiento y facilita el método de los cuatro pasos: capacitar, comunicar, consultar y decidir. Entraña riesgo de errores, pero calculados, y no olvidemos que la experiencia es el recuerdo y corrección de errores cometidos.
. Iniciativa empresarial: el dinamismo, creatividad y capacidad de asumir riesgos característicos de la clase empresarial hacen posible una actitud visionaria sin la cual los países estarían condenados al subdesarrollo.
La iniciativa del hombre de empresa ha sido siempre esencial para el crecimiento económico. La iniciativa de esos hombres insatisfechos, siempre en movimiento, capaces de allegarse y acumular recursos y ponerlos a producir, de organizar y dirigir el trabajo de otros y de hacerlo más eficiente; de descubrir y emplear para hacer más o mejores cosas, todo ello asumiendo riesgos, viendo al futuro; siempre dispuestos a experimentar, a crecer, emulados por una ambición, sí, pero también por un ideal de realización creadora.
Para fomentar el crecimiento económico, los gobiernos deben evitar políticas que por razones ideológicas frenen el surgimiento de empresas locales y el acceso a inversiones extranjeras. Cito a Andrés Oppenheimer: «No hay gobiernos de derecha, centro o izquierda, sino países que atraen capitales y países que los ahuyentan, tanto los del extranjero como los propios. Muchos países han hecho disminuir la pobreza desde que se insertaron en el resto del mundo. No hay un solo caso de un país que haya logrado reducir la pobreza cerrándose».
Otro obstáculo notorio para el crecimiento de nuestros países es el rezago de las empresas financieras y su falta de solidez. Nuestros índices de «bancarización» son bajos, requieren mayor dinamismo para llegar a un público más numeroso.
Vale la pena mencionar lo que han hecho algunas empresas en India con detergentes, y en China con hornos de microondas, para vender sus productos en la llamada «base de la pirámide» mediante novedosos diseños de producto y sistemas de distribución no convencionales que reducen drásticamente los costos de acceso al mercado.
Como conclusión de este apartado quiero subrayar que el fin último de la empresa, por sus exigencias económicas y sociales, puede resumirse en que ha de ser altamente productiva y plenamente humana.

CAMBIO DE CULTURA: AYUDA SÓLO SUBSIDIARIA

¿Qué podemos hacer los empresarios para contribuir a una sociedad que logre la reconciliación y unidad de los grupos y sectores que la integran? Aplicarnos especialmente a examinar el problema de la pobreza, buscar erradicar la miseria y enfrentar la desigualdad.
Los gobiernos ayudan atendiendo alimentación, salud y educación de los más pobres con proyectos abiertamente asistenciales. Todas las disposiciones para el buen funcionamiento de las empresas y el surgimiento de nuevas empresas es indispensable, más lo relacionado con la seguridad pública y la protección de la propiedad privada.
Pero, desde el punto de vista empresarial, nuestra máxima cooperación debe ser la creación de empleos. Y para ello debemos reconocer que mucha gente que lo solicita es en rigor inempleable por su deficiente educación, lo que implica un gran esfuerzo por parte de los gobiernos y una tarea complementaria por parte de las empresas.
Peter Drucker decía que la productividad es proceso y resultado, cuyo protagonista y beneficiario es la misma persona y constituye la vía directa para superar la pobreza y el camino al desarrollo. Si el trabajo es el único recurso del pobre, hay que pugnar porque sea altamente productivo a través de la adquisición de conocimientos y actividades. Se dice que cada año de estudios de secundaria aumenta el ingreso por lo menos 10%. También está demostrado que un desarrollo ambicioso de las instituciones y empresas de ahorro y crédito popular pueden incrementar el ingreso de los pobres.
Un aspecto descuidado en el combate a la pobreza es cambiar la percepción del pobre de modo que se convenza de que él debe ser el principal responsable de su progreso y superación; que no debe esperar limosnas por su dignidad de persona y que la ayuda que reciba será siempre de carácter subsidiario.
A todas estas actividades los empresarios deben concurrir para completar lo que hacen los gobiernos mediante su ayuda filantrópica personal o la de sus empresas.
¿HAY QUE ACABAR CON LOS RICOS?
Para concluir abordo dos temas muy discutibles que merecen atención por su influencia en el futuro de nuestros países.
El primero es reconocer que hay innumerables grupos, desde muy pequeños hasta muy numerosos, que tratan de imponer sus intereses y demandas por encima de las leyes e instituciones que nos rigen, usando con frecuencia medios de presión violentos y aun delictivos.
Otro fenómeno preocupante es que partidos de ideologías radicales, que suelen apoyarse en estos grupos, enfrenten a las clases sociales, a ricos y pobres, pero dentro del juego democrático para escalar el poder y luego entronizarse en él.
Esto debe impulsar a los empresarios, como ciudadanos a salir de las cuatro paredes de su empresa y participar, de algún modo, en actividades cívicas y políticas de su comunidad y su país.
La destacada pensadora política Hannah Arendt decía que la política es un tesoro de la cultura que permite que los hombres se encuentren a sí mismos, que sean plenamente humanos. Sólo en el espacio común de la política, el hombre podrá encontrar su existencia auténtica. No se es hombre en el aislamiento de lo privado, en el eco rutinario de lo mercantil. La ciudadanía, por ello, no podría ser episodio ocasional de votante, sino experiencia cotidiana de quien ejerce la libertad con otros.
El segundo tema, también muy delicado, es que para contribuir al esfuerzo de la sociedad para superar la pobreza, debe evitarse todo aquello que polariza las clases sociales –y que los demagogos explotan–, que es el enfrentamiento de ricos y pobres.
Hace unos meses un periódico de amplia circulación en México me publicó un artículo que titulé: «¿Hay que acabar con los ricos?» Y decía, citando a nuestro famoso cómico Cantinflas, «No, lo que hay que hacer es acabar con los pobres» y señalaba que la sociedad y la economía necesita a los empresarios como inversionistas, creadores de riqueza, generadores de empleo y pagadores de impuestos. Y si al hacerlo algunos se enriquecen, muchos otros se endeudan, fracasan y pierden todo lo que tienen.
Además, ni todos los empresarios son ricos –pienso en los dueños de un pequeño comercio o modesto taller–, ni todos los ricos son empresarios, muchos son profesionistas, artistas, deportistas o funcionarios públicos y privados.
Pero me atrevo a expresar que en aras de la paz social y del imperativo de disminuir las desigualdades mencionadas y evitar la polarización de personas y grupos, todos debemos evitar la ostentación, los excesos y el despilfarro que con razón irritan a tanta gente.
A modo de conclusión podemos decir que el privilegio de crear riqueza y de participar en la economía de mercado, de la que disfrutamos, da lugar a la responsabilidad y también al privilegio de contribuir a la distribución de esa riqueza.

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