Regalar es un regalo

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Para todos, la Navidad significa mucho. Y por sabido no se calla, sino todo lo contrario. Se grita, se repite tanto, desde el mismísimo mes de octubre que en su implacable redundancia, el mensaje colectivo de la Navidad se vuelve muy pronto palabra vacía.
Ésta fue la reflexión inicial que me asaltó al oír en la radio de mi automóvil, casi tres meses antes del 25 de diciembre, un primer comercial navideño. Sin embargo, reconsideré mi primera impresión. «Pensándolo bien», me dije, «a pesar de todo lo que se desgasta afuera, la Navidad queda viva dentro del corazón con cosas muy, pero muy de uno».

EN EL TRIBUNAL DE SANTA CLAUS

Ya embarcada en mis reflexiones navideñas me dejé llevar, no sólo por el automático del auto, sino también por un automático mental, para llegar a mi destino, y entregarme de lleno a los placeres de la memoria.
¡Y cuánto disfruté rememorar aquel primer enfrentamiento con el problema filosófico de causa–efecto!
Sucedió un 20 de diciembre. Iba yo corriendo en mi bicicleta, tenía sólo seis o siete años de edad, y me corroía la ansiedad al considerar la posibilidad de que alguna de mis acciones u omisiones durante el año transcurrido pudiera ser utilizada como prueba en mi contra en el juguetero tribunal de la justicia «santoclosística». Evoco esa mañana y vuelvo a sentir en las mejillas, cómo el aire me parecía más frío de lo que era, ese aire siempre tan azul en esa época del año.
Afortunadamente, alguien en las mansiones polares de Papá Noel tuvo piedad de mí y por lo pronto en aquella Navidad todos los regalos eran –¡qué casualidad!–, justo lo que mi ambición había codiciado al ir una semana antes a ver aparadores con mi mamá y mi papá.
Mucho tiempo después descubrí que uno de los grandes privilegios de volverse «grande» es diluirse de incógnito en la mirada de Santa Claus para desde ahí, descubrir qué regalo le gustará a esos niños que uno quiere, hijos de la carne o del corazón.
Si yo hubiera sabido cuando era pequeña, de quién era realmente esa mirada, no hubiera temido que Santa me perdiera de vista por haberme ido de vacaciones, en algún otro fin de año, a la casa nevada de mis abuelos. No lo sabía entonces, y tampoco tenía idea de que al paso del tiempo me sería dado el don de dar: satisfacción de imaginar, desde el placer del otro, para así, y sólo así amarle, agradarle, sorprenderle.
Desde que lo empecé a disfrutar, elegir regalos de Navidad ha sido una de mis mayores alegrías; todo me gusta de este ritual, hasta la montaña de papel que resta después de que el obsequio ha sido abierto, montículo donde campea la misma dulce y colorida tristeza que se apodera del ánimo en noches cuando se apaga la última luz de alguna irrepetible fiesta.

*Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Información por la Universidad Iberoamericana. Consultora de empresas en Mercadotecnia, Publicidad y Diseño Editorial. Profesora para Educación Continua en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Miembro del Consejo de Dirección de la Revista ISTMO.

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