El compromiso de los intelectuales se diluye

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EL COMPROMISO DEL DOCTOR REGIO
El doctor Regio es un historiador con prestigiosos posgrados que, hace muchos años, era una de las promesas intelectuales más sólidas de su generación. A su regreso al país, el doctor Regio comenzó a aparecer intermitentemente en los programas de opinión y análisis de TV y radio. Actualmente, el doctor Regio es una de las referencias fundamentales en los medios, pues a la gente le gusta la manera didáctica y divertida con que el simpático doctor destila su conocimiento en frases breves, claras y contundentes, con un lenguaje coloquial y con atinados chistes.
El carácter accesible y campechano del doctor Regio lo ha vuelto muy popular y de los programas de análisis ha transitado a otros derroteros mediáticos, lo mismo conduciendo entregas de premios cinematográficos que celebraciones oficiales. Igualmente, el doctor Regio ha incursionado en la política y aceptó ser candidato a diputado por un partido de oposición de izquierda, aunque al mismo tiempo recibe sin problemas reconocimientos gubernamentales y convive con la élite odiada por su partido.
Aunque el doctor Regio ya no tiene tiempo de investigar y nunca ha publicado un libro, sigue considerándose a sí mismo un intelectual y un integrante de la academia y, cuando se requiere, sabe utilizar el aura de neutralidad y aptitud que dicha pertenencia le otorga.
El perfil del doctor Regio es habitual en el nuevo escenario intelectual donde el capital curricular, el talento escénico y el pragmatismo político se mezclan y donde es posible observar a académicos que pasan más tiempo en los estudios de radio y televisión que en los cubículos; a locutores y gente del espectáculo que se vuelven referencia intelectual; a encuestólogos que adquieren la autoridad del oráculo; a farándulas artísticas fanática y volublemente militantes y a gremios intelectuales que, ya sin adscripciones ideológicas sólidas pero con mucho apetito, compiten ferozmente por los pasteles institucionales.
En este ambiente de ideologías destronadas, identidades cambiantes e imperativos prácticos y de corto plazo, ¿cómo definir al ente intelectual y evaluar lo que en el pasado llegó a denominarse como «compromiso»?
SIERVO DE LA VERDAD
La idea del intelectual como un modelo de comportamiento público y el crecimiento de su influencia es un fenómeno de larga data. Desde la Ilustración, y a medida que declinaban los poderes tradicionales de la monarquía y la Iglesia, el intelectual adquiría un nuevo papel en la vida social y se definía no sólo por su acervo de conocimientos o su especialidad, sino por su interlocución con el público.
Así, más que con grupos profesionales estrictamente definidos (aunque el hombre de letras y el artista fueron hasta hace poco los representantes más visibles de este estrato) la intelectualidad se identificaba con una misión social, espiritual o cultural común. Al convertirse en un paradigma social, el intelectual a menudo debía adoptar un compromiso público. Particularmente, en el siglo XX la idea de compromiso intelectual estuvo marcada por dos estereotipos encontrados que asumían un compromiso radical con dos distintas abstracciones: la «verdad» y la «historia».
Por un lado, el siervo de la verdad o «intelectual independiente», concebía la intelectualidad como una profesión caracterizada por un retiro al mundo de los doctos libros y las conversaciones con los difuntos, sólo ocasionalmente interrumpido con el rechazo público de una injusticia o con algún protagonismo altruista.
Si bien, bajo esta óptica, el intelectual era concebido como un ser apolítico, tenía el deber profesional y la obligación espiritual de intervenir en la vida pública y defender los valores universales de los que podía reputarse custodio. En general, esta noción del compromiso intelectual se identificó con distintos matices del liberalismo o la socialdemocracia y se orientó principalmente a la denuncia de la opresión política e intelectual y a la defensa de las libertades individuales.
Por el otro lado, en el llamado intelectual comprometido, privaba la noción de la intelectualidad como una forma de conciencia histórica superior y compromiso político concreto que exigía que el intelectual fuera un crítico del estado de cosas y un participante activo en el cambio social.
La crítica, la militancia y hasta la propaganda constituían fases de la actividad intelectual que debían empujar el imprescindible cambio histórico. En general, esta concepción del compromiso y la función intelectual arraigó en las diversas modalidades del pensamiento marxista y se orientó a diversas tareas que iban desde la crítica teórica del propio concepto de cultura hasta la participación activa en las luchas sindicales, sociales y armadas.
ZONA DE SILENCIO
En la nómina de los intelectuales «independientes» y «comprometidos» que atravesaron las distintas etapas de las revoluciones, las conflagraciones mundiales y la Guerra Fría en el siglo XX hay numerosos y conmovedores casos de integridad y sacrificio. Por supuesto, muchos intelectuales independientes ejercían un activismo político desde una plataforma de autoridad pretendidamente no política y se jactaban de una neutralidad e independencia que no siempre respondía a los hechos.
Igualmente, muchos intelectuales comprometidos incurrieron en el fanatismo, la violencia y la corrupción del poder. Hoy, tanto la idea heroica como el horizonte utópico que sostenían a estos arquetipos se han esfumado y los sucesores de estos intelectuales de compromisos fuertes, pertenecientes a la era de la ideología, son sustituidos por expertos, por hombres mediáticos o por esa frecuente mezcla contranatural entre ambos, como la del doctor Regio.
Cierto, el culto a los hombres excepcionales, con algo de razón, se ha perdido y la idea fuerte de compromiso suele confundirse con la enajenación intelectual y política. La concepción del intelectual como un defensor de verdades universales o como un militante auténtico del cambio social, suena grandilocuente en una época en la que privan el relativismo y el cálculo racional. Pero más allá de la sospecha institucionalizada, hay quienes con una vocación y emoción poderosa (que es muy difícil de cultivar en un ambiente masificado, altamente profesionalizado y desencantado) sí consagran su vida a un ideal intelectual.
Por eso, hablar de compromiso intelectual quizás implicaría volver a las raíces más humildes de este quehacer: desde la disposición emocional a aprender, a realizar un esfuerzo metódico y sostenido, a vencer la fatiga o el desencanto hasta la conciencia de las obligaciones intelectuales, la modestia a la hora de comunicar e interactuar o la energía para resistir las tentaciones.
Esto implica un trabajo interior, volver al corazón, a las convicciones esenciales, a las fuentes de inspiración y al enigma de la vocación. Como decía A.D. Sertillanges, en una vieja y enternecedora preceptiva (La vida intelectual, Ediciones Encuentro, 2003) «¿Queréis hacer obra intelectual? Empezad por crear dentro de vosotros una zona de silencio, un hábito de recogimiento, una voluntad de desprendimiento, de desapego que os haga disponibles por entero para la obra; adquirid ese estado de ánimo, libre del peso del deseo y de la propia voluntad que constituye el estado de gracia del intelectual. Sin ello no haréis nada o, al menos, nada que valga la pena».
*Ganador del premio de Ensayo Literario José Revueltas. Entre sus libros está Que se mueran los intelectuales (Joaquín Mortiz, 2005).

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