Los temibles 50. Jugando en los tiempos extra

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Antiguamente, el homo sapiens vivía en promedio 40 años. No fue sino hasta la generalización de las vacunas y los antibióticos cuando las esperanzas de vida se alargaron. Hoy por hoy, en los países desarrollados, fácilmente se llega a los 75. Sin embargo, ahora que rondo los temibles 50, caigo en la cuenta de que, desde el punto de vista biológico, estoy jugando en los tiempos extras del partido. Hace tiempo que dejé de ser un «adulto contemporáneo» para convertirme en un «hombre maduro».
La muerte se acerca con paso firme, contundente, decidido. Ya no es una posibilidad etérea, sino una realidad con la que convivo cotidianamente. Mis maestros van cayendo poco a poco. Cuando reviso el obituario del periódico, me topo siempre con el nombre de algún conocido.
El escenario me aterra. La seguridad social es un desastre. Para los empleados, la jubilación significa un empobrecimiento, precisamente en el momento en que más dinero necesitan.
Durante la vejez, los gastos médicos representan 40% de los ingresos.1 Para la mayoría de los mexicanos, el retiro significa una tragedia, un descenso en el nivel de vida, porque nuestro perverso sistema de seguridad social es incapaz de mantener nuestro nivel de vida.
La sociedad, además, castiga a los viejos. El transporte público los hostiliza, el tráfico los atropella. Las aceras se diseñan para jóvenes saludables. Los semáforos obligan al peatón a correr.
El mercado laboral, lacerante e inmoral, nos discrimina. Las oportunidades laborales de un «cincuentón» son lastimeras. Algunos supermercados admiten a personas mayores como empacadores: no tienen sueldo, sólo propinas. Lo justo sería que quien trabajó durante toda su vida, no tuviese que empacar despensas cuando llega a viejo.
EL GADGET COMO ESTILO DE VIDA
Los constantes cambios tecnológicos neutralizaron el valor de la experiencia acumulada. El mundo laboral lucha constantemente contra la obsolescencia. El software se actualiza varias veces al día. El conocimiento y la tecnología caducan en semanas. Los gadgets nacen obsoletos.
Hace unos días, mi sobrina comentó algo sobre Facebook, su primo, Enrique, de catorce años, replicó:
–¡Huy!, el Facebook es de viejitos.
–Pero mis alumnos de universidad lo utilizan –objeté yo.
Enrique me miró con conmiseración, y se dirigió a mi sobrina:
–¿Ves lo que digo?
El Twitter representa el tiempo nuevo: el instante. Importa el presente. Lo demás, el blog, el Facebook, el libro impreso, la historia, la memoria, la retrospectiva, llegan demasiado tarde.
SIN ESPACIO PARA EL PASADO

¿Qué aportamos los viejos a un mundo así? Poco, muy poco. La madurez, la prudencia, se construía sobre cuatro cualidades: la circunspección, la previsión, la petición de consejo, la memoria. Madurez equivalía a detenerse un momento a la mitad de la carrera para examinar nuestras circunstancias. Madurez equivalía a prever consecuencias. Madurez equivalía a solicitar ayuda de los más experimentados. Madurez equivalía a saber historia. La madurez, así entendida, se fue por el caño.
Velocidad, creatividad, audacia, cambio, innovación y vigor. El conservadurismo carece de carta de ciudadanía. Y todo anciano es, por definición, un conservador; su riqueza es, precisamente, la experiencia atesorada.
Como ya he señalado en artículos anteriores, la paradoja es que caminamos rumbo a un mundo de viejos. La pirámide demográfica se invierte. Y los ancianos, al parecer, estarán de más. El fantasma de la eutanasia y del suicido rondan los corazones.
¿Razones para temer la vejez? Pobreza, enfermedad, torpeza física, y sobre todo, soledad. Los viejos son –somos– los parias de la sociedad, los damnificados de 1968.
Como sucedió con otras revoluciones, la Revolución de 1968 devoró a sus iniciadores. Quienes tenían 18 años en 1970, están a un tris de los 60. Para 2015 deberán jubilarse, recluirse, resignarse a desaparecer del mundo público que ellos hicieron inhabitable para los viejos.
¿Qué podemos hacer? «Propón algo, me comentó mi querida editora cuando leyó la primera versión de este manuscrito».
Antes que nada, los gobiernos deben apuntalar el sistema de pensiones. La primera política pública para proteger a los ancianos es garantizar el derecho a una pensión digna. Si los ancianos carecen de ingresos –me choca el eufemismo «adultos mayores»– serán considerados un estorbo por los más jóvenes. Y hoy por hoy, al menos en el caso de México, no veo que las pensiones sean una prioridad de nuestros gobernantes.
Segundo, los empresarios, los ejecutivos, los jefes de recursos humanos tienen una enorme responsabilidad: revalorizar las virtudes de la vejez. El mercado laboral no debe privilegiar la juventud. Las empresas deben contratar personas maduras y mayores; si no lo hacen, están siendo cómplices de la catástrofe.
Si el Estado y la empresa no asumen sus responsabilidades, la sociedad se estará suicidando. Nadie querrá envejecer. En 2050, México tendrá 166 viejos por cada 100 niños.2 ¿Cómo tratarán los niños a los ancianos?
Pero al final, se impone una realidad: la vejez es antesala de la muerte. La condición humana es efímera. Contra la muerte sólo hay tres posibilidades: la resignación estoica, la esperanza religiosa, o el antidepresivo potente. Nótese el peso específico de la palabra esperanza. A la hora de la muerte, la esperanza no es poca cosa.
Hay, además, un paliativo para la vejez: el cariño de amigos y familiares. Una de las novelas que más me ha impresionado es El extranjero de Alberto Camus. Sus primeras líneas son demoledoras. Meur-
sault, se entera de la muerte de su madre. ¿Su reacción? El personaje escribe en primera persona:
«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo, ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer».
¡Qué diferencia del modo como mueren los patriarcas del Génesis! La madre de Meursault muere sola; los patriarcas, en cambio, rodeados de sus hijos y nietos. La vejez siempre será indeseable, pero hay distintas formas de morir. En la Escritura, los patriarcas abandonan este mundo colmados de cariño. El amor de los otros suaviza el trance de la muerte. Por ello, quien ama y es amado atesora recursos para ese momento.
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1 http://ols.uas.mx/PubliWeb/Articulos/mexico-un-pais-destinado-a-la-vejez.pdf consultada el 08/08/2009
2 CONAPO, Secretaria de Gobernación, comunicado de prensa 40/05, 27 de agosto de 2005.

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