Carlos Llano en el día a día

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Es un hecho que en la intimidad de la vida diaria es cuando mejor nos conocemos. Tres personas que trabajaron y convivieron con Carlos Llano, hablan de sus gustos, intereses, sus manías… y sus defectos. Aquí se entrelazan las respuestas a una pregunta general ¿cómo era Carlos en el día a día?
Adrián Galván. Conviví con él desde que llegó de Roma en 1955. Inmediatamente empezó a trabajar en La Suiza, propiedad de su padre, Antonio Llano, y de Elías Pando, su tío. Carlos había llegado a un acuerdo con su papá, quien lo autorizó a estudiar Filosofía, con la condición de que después se ocupara, al menos unos años, de los negocios de la familia.
Empezó como jefe de compras, después fue gerente y luego director general, gracias a su habilidad para los negocios. Este fue el inicio para la formación del IPADE y su trato con empresarios. Decía que a los empresarios les hablaba de filosofía y a los filósofos de empresa, con lo cual siempre «los apantallaba». Sus clases, tanto sobre temas de empresa como de Filosofía, impactaban porque tenía mucho ingenio y ocurrencia para ilustrarlas con los ejemplos y anécdotas adecuadas. En esos dos campos Carlos se movió mucho, combinados con su trabajo en La Suiza. No recuerdo hasta cuándo la dirigió. Su padre se la vendió a don Elías Pando, pero Carlos siguió al frente.
Cuando llegó a México, era ya doctor en Filosofía en Roma, pero aquí no le reconocían sus estudios y fue a la UNAM para revalidarlos. Le pidieron que tomara algunos cursos; José Gaos, Eduardo Nicol y Adolfo Sánchez Vázquez, filósofos renombrados, fueron algunos de sus maestros a quienes siempre guardó admiración y cariño. Y para ellos fue un alumno predilecto porque era muy brillante.
Era hijo de don Antonio Llano y doña Estela Cifuentes. Tuvieron nueve hijos, algunos nacidos en México y otros en España. Su padre vino aquí desde muy chico a trabajar y llegó a ser una figura importante en la industria de alimentos.
Su mamá, cubana, fue excepcional. Su familia era dueña de los «Puros Partagás». En uno de sus últimos viajes a Cuba, Carlos se tomó una foto junto a una puerta de la fábrica que su familia perdió cuando Castro llegó al poder.
Estudió la primaria en el Colegio México e hizo su Primera Comunión en la iglesia de La Coronación, en junio de 1938; tenía una estampa alusiva. Cuando él tenía 10 años, la familia se fue a Madrid. Estudió en el Colegio El Pilar. Como a los 15 años sufrió un principio de tuberculosis que lo mantuvo marginado un año. Tiempo en el que empezó a estudiar y a aficionarse a la Filosofía.
Cuando vino a México y se hizo cargo de La Suiza, su papá vino algunas temporadas pero pronto dejó todo en sus manos. Sé que una vez se llevó tremenda regañada porque puso en un sobre «Durango-Zacatecas». No conocí a su padre, pero sí a algunos de sus hermanos que han venido, a Alejandro que fue Rector de la Universidad de Navarra, a Rafael Llano que es Obispo en Brasil… Es una familia muy cristiana y todos recibieron un enorme talento.
Alejandro Fernández Villa. En 1968, siendo director general del IPADE, Carlos ayudó a crear el ICAMI, institución dedicada a la formación y desarrollo de gerentes, que da a sus participantes la oportunidad de vivir su trabajo profesional como un medio de desarrollo. Encabezó al grupo que fundó el IPH, Instituto Panamericano de Humanidades, en 1968, con la misión de ofrecer una formación humanística integral. Inicialmente, se impartían las carreras de Pedagogía, Filosofía y Derecho. En 1978, se decidió impartir ocho licenciaturas adicionales. Fue cuando el IPH se convirtió en la Universidad Panamericana, que hoy cuenta con campus en la ciudad de México, Guadalajara y Aguascalientes en los que ofrece 33 licenciaturas y numerosos estudios de posgrado.
TRABAJADOR RIGUROSO Y ORDENADO

Francisco Ugarte. El trabajo era el eje de su vida y su faceta más conocida. Entendido como medio para responder a su vocación al Opus Dei y para servir a los demás. Era muy riguroso y exigente consigo mismo, es decir, si no daba el máximo no se quedaba tranquilo. Buscaba santificar su trabajo, intelectual y práctico y santificarse con él. Como se exigía mucho, a veces daba la impresión de ser obsesivo, era difícil convencerlo de que descansara, de que cortara con el trabajo, porque era muy responsable.
Al final de su vida, cuando su salud y las limitaciones propias de la edad requerían descanso, quería seguir actuando como si estuviera en perfectas condiciones, hacía grandes esfuerzos para descansar, pero sacar tiempo para ello era una lucha, le era más natural trabajar que descansar.
No tenía una enfermedad importante, pero sí achaques y tomaba medicinas para cosas diversas. Padecía del corazón y tenía un marcapasos. En la última época empezaba a decaer en el aspecto físico, perdía el equilibrio fácilmente por lo que empezó a usar bastón (que en principio no le agradaba). En los temas que dominaba seguía siendo muy brillante, pero le empezaba a costar concentrarse en temas nuevos, aunque casi nadie lo notaba; por eso pienso que Dios se lo llevó en el mejor momento.
Algo que aprendí de él fue a dar seguimiento a los asuntos. Es un punto que siempre le admiré. Si quedaba en algo, era implacable, no lo perdía de vista hasta llegar al final. Era sumamente riguroso por eso lo conseguía, tenía todo controlado en su agenda y periódicamente preguntaba por el avance de cada cosa y no la borraba hasta que quedaba terminada. Esto da enorme solidez a cualquier proyecto que se emprende en la vida.
Cuando empecé a trabajar con él aprendí a usar su sistema de la agenda, que es el mismo que tiene una agenda electrónica, pero él nunca la adoptó, se quedó con la impresa. Usaba poco la computadora pues era poco hábil para ella. En lo técnico era bastante torpe, pero siempre encontraba una explicación para echar la culpa a los aparatos y decir que no le funcionaban.
En el trabajo, sabía corregir y a veces, con fuerza, sin embargo, la gente quedaba contenta. Creo que esto se lo aprendió a san Josemaría, quien insistió en que cuando fuera necesario reprender a una persona, había que ser claro y firme, pero siempre había que «recogerla», que no quedara dolida o distanciada. Carlos sabía hacerlo muy bien.
Alejandro Fernández Villa. Era un emprendedor sin miedo a transformarse. Carlos afirmaba en Metamorfosis de la empresa: «Estoy donde estoy, no donde quisiera estar. Pero no voy a donde voy, sino a donde quiero ir». Llano era el paradigma de un buen emprendedor, siempre inconforme, siempre queriendo mejorar, nunca dejándose llevar por las circunstancias. Trazando el rumbo, aprovechando oportunidades y viendo los problemas como obstáculos elegidos precisamente por quien se propone alcanzar objetivos grandes.
Adrián Galván. En Roma convivió con san Josemaría y entendió perfectamente, e hizo propio, que Dios le pedía santificar el trabajo ordinario, eje alrededor del cual se mueve todo. San Josemaría decía también que el que pueda ser sabio, debe serlo, y Carlos se esforzaba muchísimo por conocer a fondo los terrenos en que trabajaba.
Aprovechaba todos los viajes en coche o en avión para trabajar, le dictaba a la grabadora: «Expediente No. 1, de Carlos Llano para Carlos Rosell, Carlos te recuerdo que… Expediente No. 2…» y así con todo, tenía un sistema muy formal y ordenado que para él era eficaz porque no se le olvidaba nada. Cualquier recado lo escribía a mano, en papel «revolución» con una letra legible para pocos, lo metía en un sobre, se lo daba el chofer, el chofer se lo daba a la secretaria, la secretaria lo pasaba a máquina y lo mandaba con el chofer a su destino. «Así es el sistema», decía.
ALEGRE Y CON MUCHO HUMOR
Francisco Ugarte. Son cualidades características suyas. En sus clases era muy evidente, la gente se la pasaba muy bien, eran muy divertidas, lograba conectar fácilmente con su audiencia; le ayudaban mucho su manejo de la retórica y los cambios de voz. Era muy impactante en sus clases y conferencias. En oposición a lo complicados que son sus textos, en su forma de ser era muy sencillo e ingenioso en su forma de expresarse.
En su casa, en las reuniones de familia, se dejaba tomar el pelo e incluso él mismo lo provocaba. Conviví con él los últimos ocho años y era muy frecuente que le hiciéramos bromas, nunca se molestaba, siempre lo tomaba por el lado divertido. Tenía muchos despistes, nunca llegué a saber si reales o provocados, lo que daba pie a muchas bromas y a un ambiente divertido, por eso lo extrañamos mucho y se siente el hueco.
Era de espíritu deportivo, jugaba futbol y, sin ser muy bueno le imprimía mucha garra, era muy «entrón». Le gustaban las excursiones, el campo. Corría mucho y al final de su vida lo cambió por caminar en lugares cercanos como el Parque Hundido.
Adrián Galván. Era alegre, conviví mucho con él y puedo decir que nunca lo vi triste; enojado, muchas veces, pero triste no, y sé que vivió muchos momentos difíciles. Le gustaba la poesía y escribía versos ingeniosos y divertidos para diversos festejos.
Tenía los despistes propios de los sabios. El primer día que lo conocí, muy joven aún, dio una clase de filosofía en la avenida Nuevo León, en una biblioteca con diversas puertas iguales, entró, expuso brillantemente y al terminar, abrió una puerta y se metió a un clóset. Era típico que le pasaran esas cosas.
No era nada práctico ni hábil para las cosas manuales. Tenía una máquina de escribir eléctrica y con frecuencia se le olvidaba apagarla. Un día, llegó manejando él a la casa, se bajó a abrir la puerta pero dejó el auto en drive y pensaba que alguien estaba empujando el coche «¿quién me empuja el coche?», decía enojado.
Se daba tiempo para leer mucho, sabía de cultura general de historia y literatura; cuando se hablaba de algún personaje histórico o un autor, él recordaba pasajes o circunstancias que hacían la conversación amena. Contaba anécdotas y cosas que alegraban a los demás.
Combinaba una vida de piedad sólida con sus muchas actividades en el IPADE, la UP, en Montepío Luz Saviñón o sobre los negocios de su familia. Tenía varias oficinas, varias secretarias y asistentes y despachaba con unos y otros. Nunca dejó las clases de Filosofía, lloviera o tronara, él daba su seminario de metafísica los viernes de doce a dos. No había poder humano que lo cambiase.
Siempre procuraba estar en casa a la hora de la cena salvo excepcionales ocasiones. Los sábados y domingos acostumbraba escribir mucho. Muchas veces íbamos al cerro del Ajusco, a caminar, se conocía todos los caminos, hasta que le empezó a fallar el equilibrio entonces nada más caminaba y el resto del tiempo leía, estudiaba o escribía.
MÁS EFECTIVO QUE AFECTIVO
Francisco Ugarte. Sabía querer con un estilo más efectivo que afectivo. Quiero decir, que no se quedaba en el aspecto sentimental, realmente buscaba ayudar a los demás y era muy eficaz en ello, veía qué necesitaba cada persona y trataba de proporcionárselo, era muy serio en su modo de ayudar a los demás, iba más allá de la buena voluntad, apoyaba de manera efectiva.
Ahora que murió, me llamó la atención cuántas personas han manifestado, en testimonios espontáneos, el trato tan personal que tenían con Carlos. Dicen que las trató de manera especial y muchas tienen la impresión de haber sido amigas especiales de Carlos, de que recibían una atención diferente respecto a otras.
Eso refleja el interés tan grande que ponía en cada una, es un aspecto que explica su actitud ante los demás: verdadero interés, buscaba ayudar de verdad a cada uno según sus necesidades, tanto a gente de la Obra como a quienes acababa de conocer, es una constante en los testimonios. Siempre que se presentaba la oportunidad de ayudar, lo hacía. Era un servicio pensado, no puramente espontáneo, yo diría que casi calculado, porque pensaba las cosas antes para que su ayuda fuera efectiva.
Ayudaba en todos los sentidos. Cuando daba clases siempre se ponía a disposición de las personas por si querían hablar con él. Muchas se acercaban a contarle problemas profesionales o personales o a pedirle consejos, y siempre quedaban muy agradecidos por lo que les decía o la forma en que los atendía. Era usual que esta ayuda no se acabara en el momento de la conversación; por ejemplo, si alguien le planteaba un problema y había dudas sobre el tema, unos días después esa persona recibía un artículo o un dato investigado por Carlos con la respuesta.
No sólo hablaba de temas profesionales, también espirituales, animaba e impulsaba a la gente a acercarse a Dios.
Le costaba trabajo pedir favores o ayudas, porque tenía la teoría de que se los iban a cobrar, si pedía algún donativo, pensaba que le pedirían que diera una conferencia o algo por el estilo, y como era muy riguroso con su agenda, sabía que no podía abarcar todo. Esa situación lo tensionaba, porque buscaba sacar tiempo para lo realmente importante.
Pensaba mucho las cosas para servir a los demás, cuando le pedían algo calculaba si podría o no, porque no quería quedar mal. Esto respondía al orden que se imponía para ser eficaz. Decía que no a ciertas cosas para estar disponible donde realmente veía que debía ayudar.
Era muy clara su preocupación por formar gente. La impresión que tengo es que más que formar líderes, formaba ejecutivos, los enseñaba a ser eficaces. Trabajar con él favorecía el perfeccionamiento en el trabajo.
Empecé a trabajar profesionalmente con él cuando empezó la Universidad Panamericana, entonces todavía Instituto Panamericano de Humanidades. Carlos era el director, Jesús Magaña atendía lo administrativo y yo, lo académico. Por un par de años, una tarde a la semana veíamos todo lo referente a la universidad. Era un despacho maravilloso porque siempre me señalaba, corregía y daba ideas. Salía muy estimulado de esas conversaciones, era un gran maestro, te enseñaba mucho porque te ponía mucho interés y te hacía sentirte en confianza.
Adrián Galván. Se preocupaba mucho por todas las personas que estaban cerca de él: empresarios, gente de la UP, amigos, y no sólo desde el punto de vista humano, también de su atención espiritual. Daba cursos de formación cristiana y nunca dejó de darlos a grupos de diversas edades. Se preocupaba por ellos y los seguía en lo personal con consejos y orientación; como tenía tan claro el espíritu de la Obra, aunado a su habilidad y cabeza, era un apoyo muy grande para muchas actividades apostólicas.
Hasta el último mes de su vida viajó a muchas ciudades, por ejemplo a León a dar un curso de preparación para profesionistas jóvenes que al terminar la carrera iban a entrar al mundo de los negocios. Otras veces daba clases en retiros con jóvenes, porque además de ser muy brillante y explicar bien los temas, se hacía amigo de las personas, hablaba con ellas, profundizaba y luego mantenía el contacto.
Todo eso refleja su gran devoción por la gente y también por los que nos codeábamos con él, aunque a algunos nos trataba «mal». Nos llevábamos muy bien y nos teníamos mucha confianza; a veces se enfurecía cuando las cosas estaban mal, pero siempre se preocupaba por ver que nadie saliera herido. Tenía un carácter muy vivo y duro. Era exigente con la gente que trabajaba con él pero detrás de ese aspecto de hombre enérgico, estaba un alma muy grande, comprensiva.
PUDO SER UN PRESUMIDAZO…
Francisco Ugarte. Tenía una clarísima humildad, la gente tendía a elogiarlo mucho, ciertamente su modo de ser generaba admiración, pero no buscaba el aplauso. Aunque eso provocaba que lo alabaran más. Tal vez no era igual de humilde en otros terrenos, pero nadie es perfecto. Tenía sus ideas propias y en ellas no cedía fácilmente, y en esto, aunque es secundario, no era especialmente humilde. Llamaba la atención que siendo un hombre tan notoriamente brillante no permitía alabanzas ni homenajes.
No aceptaba dar conferencias fuera de la UP y el IPADE, porque él lo decidió así. Era una manía suya y a veces era víctima de sus propias decisiones, porque cuando tomaba alguna decisión de ese tipo, era inamovible, si hacía una afirmación, tenía que ser congruente con eso. No daba conferencias en otros lados porque no quería que se las pidieran y no tuviera argumentos para negarse, lo hacía para no desperdigarse. Nunca sacrificó el contenido por la forma. Siempre buscó que no fuera más la apariencia que lo real y fue muy congruente con esta postura.
Alejandro Fernández Villa. Era un auténtico emprendedor, alegre y optimista. Sus logros fueron impresionantes pero Carlos nunca los presumió. Era como esos buenos atletas que parecen (o aparentan) obtener triunfos sin esfuerzo. Que corren o meten goles disfrutándolo, como si fuera sencillo. «Parecería –afirmaba un colaborador suyo de aquellos tiempos– que sacó adelante una universidad como si fuera algo sencillo». Carlos emprendió tareas enormes, aparentemente imposibles, con gran audacia y con alegría. Tenía urgencia de servir, de trabajar. Al final de su vida, a pesar de su edad, se movía con prisa, y no desaprovechaba nunca el tiempo (escribía al menos un libro por año).
Adrián Galván. Con tantos títulos y premios empresariales y académicos que obtuvo podía ser un «presumidazo» de primera, pero nunca le dio importancia a eso, se lo ofrecía a Dios y ni hablaba de ello. En cambio, le costaba mucho rendir el juicio, era muy polémico y tenía mucha habilidad argumentativa, te podía hacer polvo.
LA FINALIDAD DE SU VIDA
Francisco Ugarte. Pienso que para hablar de Carlos Llano, hay que mencionar desde el principio que toda su vida estaba regida por el deseo de ser fiel a una vocación que había recibido de Dios. Una llamada a la santidad a través de la vida diaria y el trabajo ordinario dentro del Opus Dei. Para eso se proponía dar lo mejor de sí mismo en todos los terrenos porque era la manera de corresponder a esa vocación.
Aunque era evidente que se trataba de una convicción sólida, arraigada e inamovible la llevaba con gran naturalidad. Tengo la impresión de que nunca dudó de esa finalidad, o al menos nunca lo manifestó. Todo giraba en torno a la decisión que tomó desde muy joven de alcanzar la santidad y todo iba en función de esa meta. Era un hombre de convicciones fuertes y profundas, esta idea fue la principal en su vida, siempre presente, determinándolo todo.
Destacó también en el rigor con que cumplía su plan de vida espiritual, que consistía en ir a misa todos los días, recibir la comunión, rezar un programa de oraciones y medios espirituales definidos. Lo ponía siempre por delante del trabajo, porque de ahí sacaba la fuerza para sus muchas actividades.
Era muy ordenado y cuidaba su propia vida espiritual, el tiempo que invertía en estos ratos de trato con Dios era intocable, aunque trataba de que todo el día se convirtiera en ese encuentro. Lo cumplió durante todos los años desde que formó parte del Opus Dei, alrededor de los 17 años. Una persona que vive este programa, es lógico que tenga una vida espiritual muy fuerte y sólida.
Alejandro Fernández Villa. Era un católico que se honra de su fe y somete su vida a ella. En el prefacio de la misa de difuntos, la liturgia católica proclama: La vida no se acaba sino se transforma. Carlos Llano, entendía bien a la muerte (uno de sus más interesantes artículos es precisamente «El problema filosófico de la muerte» istmo 129). Tenía la certeza de que esta vida es preámbulo a la vida eterna. Fue miembro del Opus Dei durante más de 50 años, una faceta de su vida que él no consideraba como dato curricular, por pertenecer a la intimidad de la vida de fe, y supo encarnar el espíritu de esa institución que aprendió directamente del Fundador.
Alejandro Llano, hermano de Carlos y filósofo también, escribió el libro La vida lograda, en el que afirma: Quienes tienen vida lograda son mujeres y hombres que se han convertido en una tarea para sí mismos, que son autores de su vida… Buscadores implacables, se lanzan a comprometerse en cuestiones culturales y sociales que les implican y les trascienden… Son jóvenes; claro que es joven toda aquélla, o todo aquél, para quien el futuro presenta mayor interés que el pasado.
Todos los testimonios que tenemos de él, concuerdan: Carlos Llano, a sus 78 años, era un joven y su vida fue con un muy profundo alcance y en el más extenso sentido, la vida lograda de un emprendedor.
Aprendió cuando tuvo que aprender y emprendió cuando tuvo que hacerlo. Lo hizo con agrado, disfrutándolo, sonriendo. Le gustaba aquel poema del Cid de Manuel Machado –No confundirlo con su hermano Antonio, quizá más popular–, aclaraba Por necesidad batallo / y una vez puesto en la silla, / se va ensanchando Castilla, / al paso de mi caballo. Al Cid no es que le gustara pelear, tenía que hacerlo pero, ya en el caballo, acababa gustándole y lo hacía bien, ensanchaba Castilla. Así era Llano, un buen caballero que, a diferencia del Cid, sí servía a un gran propósito y, estamos seguros que, como dice la leyenda del Cid, continuará ganando batallas después de muerto.

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