«Yo, Héctor Zagal, algo estoy haciendo mal»

0
5148

Mi abuelo fue minero por el rumbo de Taxco. Murió de silicosis, sin seguridad social, como tantos otros, y dejó a mi abuela con sus cinco hijos en la miseria. La atención médica que recibió fue deficiente y, para colmo, consumió el precario patrimonio de una familia obrera. Cuando la muerte del abuelo, mi padre tenía apenas cinco años: fue la madrugada del 5 de enero. Esa noche los Reyes no llegaron a la vecindad donde vivían allá por Santa María la Ribera, en el DF.
Por ello, cuando explotó la mina de carbón de Pasta de Conchos (Coahuila) el 19 de febrero de 2006, recordé de inmediato la historia de mi familia paterna. Desconozco los entresijos técnicos de la tragedia. No soy un experto en derecho laboral, ni en medicina, ni en ingeniería. Ignoro si las condiciones laborales de los mineros se apegaban a la normas legales y técnicas, y si la empresa cumplía con los parámetros éticos propios de una sociedad desarrollada. Un hecho está fuera de cualquier duda: a la vuelta de sesenta años, la minería sigue cobrando víctimas y la injusticia social no parece superada.
Como saben los lectores de istmo, suelo repetir la admonición de un colega agnóstico: «Ustedes, cristianos, piensan que la única manera de pecar es rompiendo el sexto mandamiento, pero se les olvida que los mandamientos no robarás y no mentirás son igual de importantes y que, además, hay una infinidad de formas de romperlos, desde evadir impuestos hasta utilizar publicidad tramposa».
Este énfasis en los pecados contra la sexualidad obedece, en mi opinión, a que ordenar las pasiones personales es menos complicado que organizar una comunidad justa. Para no adulterar lo crucial es el esfuerzo personal. Para cumplir nuestros deberes de justicia en la empresa, en la universidad, en la política y, en general, en la sociedad, hace falta transformar las estructuras. Precisamente por ello es fácil escudarse en el sistema: «Yo quiero ser justo, pero no se puede». He escuchado esta excusa cientos de veces entre empresarios, ejecutivos y políticos. El resultado: como uno solo no puede hacer nada contra el mundo, entonces, nada en el mundo cambia.
Seré un poco más brutal. Ojalá nadie se me asuste. El núcleo del Moral Issue no es la sexualidad –como piensan los conservadores norteamericanos– sino la cuestión social. En una ocasión, Christopher Domínguez Michael calificó el tema de dignidad de la persona humana de «concepto gaseoso»; la dignidad es gaseosa si no se traduce en condiciones reales, tangibles, concretas. Cuando construimos departamentos donde difícilmente cabe un comedor y un refrigerador, cuando los pobres del DF invierten la cuarta parte de su vida en transporte, cuando las aseguradoras aducen pretextos para no pagar al enfermo, cuando las zonas verdes se concentran en los barrios ricos, la dignidad humana es «gaseosa».
Algo estamos haciendo mal en el mundo y en nuestro país. En esta ocasión, el plural –estamos– no es un plural mayestático para escondernos. El gerundio –haciendo– tampoco es un recurso retórico. Yo, Héctor Zagal, algo estoy haciendo mal. En una ocasión, un empresario nos invitó a Carlos Llano y a mí a cenar en su casa. Nos atendió una chica vestida de cofia y delantal blancos y almidonados. Cenamos espléndidamente. Casi al salir, me adelanté por el carro, y sin pretenderlo, alcancé a escuchar la recriminación de mi profesor: «Pero fulano, ¿no te das cuenta que tu empleada está desnutrida?».
En otro tono, mucho más duro, un obispo alemán comentó a un grupo de políticos latinoamericanos durante una reunión de la democracia cristiana: «Señores, yo estoy convencido de que el aborto es un crimen que clama al cielo, porque se asesina al niño no nacido, pero me parece que también es gravísimo que ustedes dejen morir de hambre a los niños que ya nacieron. ¿O es que el embrión pierde su dignidad humana en el momento de nacer? Parecería que nos olvidamos de ellos en el momento en que salen del vientre de su madre».
Espero que nadie se me «sienta» por lo que voy a decir: en México convergen el clasismo, el racismo, la avaricia, la inequidad, la indiferencia. Nuestra comunidad está rota, desgajada; unos odian a los otros. Y si alguien piensa que exagero, lo invito a viajar en la línea 3 del metro del DF en hora pico, preferentemente por la tarde, vestido con ropa de marca, de la que usamos cuando vamos a nuestras oficinas corporativas. Percibirá, entonces, cómo es objeto de recelo y, probablemente, de agresiones encubiertas. ¿Por qué en el tube de Londres la gente usa traje oscuro y mancuernillas sin llamar la atención?
El resentimiento social está a flor de piel. ¿Es culpa de los «resentidos»? No me lo parece. Es culpa nuestra. Nosotros hemos sembrado el resentimiento con nuestro silencio cómplice, con nuestras omisiones y, también con nuestras acciones. Hace unas semanas cenaba con dos muchachos, Jorge y Joaquín. Uno de ellos me preguntó a bocajarro: ¿qué es lo que el cristianismo le puede dar al mundo moderno? «Esperanza», le respondí. «¿Y no podría darle algo más?», me objetó. ¿Qué le hubieran respondido ustedes?
El año pasado se rescató a los mineros chilenos. ¡Que alegría! Insisto, carezco de los conocimientos técnicos para comparar el caso de Chile con Pasta de Conchos. El rescate costó mucho esfuerzo y mucho dinero. La vida humana lo vale. El gobierno chileno hizo muy bien en mediatizar el rescate. Se trata de un gesto simbólico: mostrar al mundo que se reconoce, con hechos, ese trabajo tan ingrato y tan necesario en nuestra sociedad. Una vida humana no tiene precio y, por ende, la racionalidad económica que minimiza pérdidas y maximiza utilidades, no tiene lugar a la hora de salvar una vida. ¿No nos enseñaron que Dios sólo sabe contar hasta el número uno?
Me pregunto si, por la noches, quienes manejaron el fallido rescate de los mineros atrapados en Pasta de Conchos pueden dormir con la conciencia tranquila. Cuando cierran los ojos y recuestan la cabeza en la almohada, ¿tienen la certeza de que hicieron todo lo humanamente posible para rescatar a aquellos trabajadores? Supongo que estas personas habrán visto las escenas de alegría a las afueras de la mina chilena. ¿No les quedará la duda de que podrían haber hecho algo más? ¿Se hubiesen empeñado más en salvarlos si uno de sus hijos hubiese quedado sepultado junto con esos mineros en Pasta de Conchos?
Bueno, pues quienes pertenecemos a las clases más privilegiadas de México tenemos una responsabilidad social con el prójimo. Si dormimos a pierna suelta, me temo, es porque no hemos pensado lo suficiente en la justicia social.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí